Algo pasa en México: el cambio inminente y necesario

Marcha de normalistas de Ayotzinapa para exigir justicia por sus compañeros secuestrados. Foto: libertaddepalabra.com
Marcha de normalistas de Ayotzinapa para exigir justicia por sus compañeros secuestrados. Foto: libertaddepalabra.com

Ricardo V. Santes Álvarez*

El pasado 26 de enero, en el marco de la ceremonia “Diálogos sobre la Educación Superior en México”, en la residencia oficial de Los Pinos, el rector de la UNAM, José Narro Robles, dijo al presidente de la República que “nadie en su sano juicio puede permanecer indiferente ante los horrores que afectaron hace cuatro meses a estudiantes de Ayotzinapa y a la población de Iguala”. La alocución refería lo ocurrido en Iguala, el 26 de septiembre de 2014, donde 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero, fueron desaparecidos.

La respuesta de Enrique Peña Nieto no se hizo esperar: “Este momento en la historia de México, de pena de tragedia y dolor, no puede dejarnos atrapados, no podemos quedarnos ahí”.

Tal expresión podría considerarse una reedición de aquél “Ya supérenlo” construido socialmente a raíz de una previa y desafortunada declaración, el cuatro de diciembre de 2014, en Coyuca de Benítez, donde el mandatario inauguró un puente y anunció apoyos económicos. Ahí, convocó a la audiencia para que, “con su capacidad, con su compromiso con su estado, con su comunidad, con sus propias familias, hagamos realmente un esfuerzo colectivo para que vayamos hacia delante y podamos realmente superar este momento de dolor”.

Al gobierno de la República le urgía borrar del imaginario social y político el suceso, ya que significaba un encontronazo con la alharaca mediática ideada a través de un discurso triunfalista respecto a la aprobación de un conjunto de reformas estructurales “de gran calado”.

Sin embargo, es claro que amplios sectores se niegan a hacer caso a la sugerencia presidencial de cerrar tan lastimoso capítulo. El “hashtag” #YoSoyAyotzinapa permeó el territorio en un santiamén gracias a las redes sociales; y trascendió fronteras. La solidaridad con los familiares de los estudiantes se volvió un grito de resistencia y lucha, a la par que una demanda mundial de justicia.

Algo pasa en México cuando la protesta social se manifiesta incansable en las calles, el único espacio donde puede materializarse, y las fuerzas y alianzas del Estado son incapaces de coartarla. El duopolio televisivo y otros medios orgánicos tradicionales “de información” cerraron filas en la pretensión de silenciar el grito callejero, exhibidor de la incapacidad de un sistema judicial y político de antaño atascado en prácticas deleznables, como la fabricación de pruebas y culpables. Pero fallaron en su propósito.

Algo pasa en el país cuando la disuasión pasiva resulta inconvincente; como la afirmación del comisionado Nacional de Seguridad, Monte Alejandro Rubido García, a mediados de octubre, de que el Estado llevaba a cabo esfuerzos titánicos “para encontrar a los muchachos”. Y algo pasa cuando la disuasión activa resulta ineficaz, como ésa de agredir, humillar y encarcelar a quienes se atreven a protestar, reinaugurada por la presente administración desde diciembre de 2012. Hoy, el gobierno habrá de darse cuenta (tal vez) que nada de eso ha funcionado.

Por el contrario, el descrédito de las instituciones responsables es mayúsculo, y la demanda de investigación imparcial cobra relevancia. Sobre todo, luego de que este 27 de enero, la Procuraduría General de la República (PGR), a cargo de Jesús Murillo Karam, hiciera pública la versión oficial de lo sucedido: los jóvenes normalistas “fueron privados de la libertad, privados de la vida, incinerados y arrojados al río San Juan. En ese orden. […]Ésta es la verdad histórica de los hechos”

Luego de tanto tiempo, la PGR responde las preguntas con facilidad:

¿Perpetradores?

— Miembros del grupo criminal Guerreros Unidos;

¿Sitio de incineración?

— El basurero de Cocula;

¿Fuerzas del Estado en el asunto?

— Locales solamente, el resto, nada que ver.

¿Y las versiones de hornos crematorios en instalaciones militares?

— Rumores, falsedades… ¿a quién se le ocurre pensar eso?

Algo pasa en México porque la “verdad histórica” del gobierno de la República no es capaz de convencer más que a quienes la construyeron y a quienes viven complacidos con el statu quo; porque ni siquiera llega a ser verdad jurídica aunque el procurador ya se propasó y juzgó. Porque, al parecer, tampoco libra el filtro de la verdad científica.

En menos de 24 horas la argumentación oficial fue rechazada; en primer lugar por los padres de los desaparecidos, luego, por el ombudsman nacional, Luís Raúl González Pérez, quien consideró que Ayotzinapa no es un caso superado, ni debe hablarse de cerrar el expediente “hasta que se juzgue a todos los responsables y se aclare el destino de los normalistas”. Y qué decir de la sociedad mexicana, que mira con frustración y desesperanza los traspiés en la cúpula.

Adicionalmente, la tragedia de Iguala vino a testimoniar que México no está solo: forma parte de una comunidad global atenta a lo que le ocurre. Y no es para menos si las sospechas sobre la participación de las fuerzas policiacas y militares en los crímenes y desapariciones contra ciudadanos se tornan recurrentes. Algo pasa en México porque reconocidas personalidades, organizaciones y medios de diferentes geografías hacen pública su preocupación; inclusive, se atreven a romper todos los protocolos de la diplomacia y opinan con dureza respecto al desempeño del gobierno de Peña Nieto.

Recordemos las palabras de José Mujica, presidente de Uruguay, en noviembre, aseverando tener la impresión que México es un Estado donde los poderes públicos “están perdidos totalmente de control, están carcomidos”. También, la intervención de John Kerry, Secretario de Estado de la Unión Americana, en diciembre, en el sentido de que los responsables del crimen (la desaparición de los estudiantes) “tienen que rendir cuentas”. Y más recientemente la afirmación del presidente estadounidense, Barack Obama, el seis de enero, quien se manifestó “triste” por los acontecimientos. Como dijo un conocido periodista, si alguien no estaba enterado de lo sucedido en México durante los pasados meses, luego de la declaración de tristeza de Obama ya debe saberlo.

Algo pasa en México cuando organizaciones y medios de tanta reputación como Human Rights Watch, la Oficina de Washington para Latinoamérica, Amnistía Internacional, organizaciones de la sociedad civil mexicana, The Economist, The Wall Street Journal, The Guardian, entre otros, lamentan la respuesta gubernamental, no sólo ante lo sucedido en Guerrero, sino de cara a embarazosas situaciones, como los contratos arreglados para realizar obras públicas que benefician a empresarios allegados al poder, o “casas blancas” que brotan como hongos en tiempo de aguas. De cara a la vorágine de críticas, el gobierno federal es incapaz de hilar ideas y presentar explicaciones creíbles.

No cabe duda que el inolvidable “no te preocupes, Rosario” fue patente de Corso para que los corruptos de siempre hicieran suyo el espaldarazo presidencial. Seguramente, confiaron haber escuchado alientos como, “No te preocupes, Pedro Joaquín”, “No te preocupes, Duarte” (por partida doble), “No te preocupes, Luis”, “No te preocupes Moreno”, y un largo etcétera.

Es evidente que la estrategia de contención de daños, mediante oneroso cabildeo, ha dejado de tener éxito. The Economist lo asentó de manera lapidaria: nos encontramos frente a un presidente “que no entiende que no entiende”, en otras palabras, ante alguien que se muestra o bien incapaz de gobernar un país que desconoce, o bien con soberbia tan elevada que le lleva a gobernar caprichosamente un país que desconoce. O ambas cosas a la vez.

Algo pasa en México porque el presidente llama a superar tragedias y avanzar, pero él y su gobierno permanecen estancados en inacción y omisión. El rector Narro le manifestó que “la fórmula para la reconciliación debe surgir de la ley, la justicia y el cambio”… pero si las dos primeras no se aplican, el cambio no llega.

Me atrevo a pensar que lo que pase en México en el futuro inmediato será positivo, al menos en lo siguiente: el país del “cambiar todo para que todo siga igual” cederá su lugar a uno donde, desde abajo y desde afuera, se incrementará el empuje para que, finalmente, se den las condiciones de cambio. Por esa ruta caminamos.

(*) Analista político

Twitter: @RicSantes

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