Cuauhtémoc Blanco y la ética en el deporte

Equipo zapatista en Chiapas Foto: aucas-pueblo.blogspot.com

Viaje al Epicentro de la Tierra

(Un estudio profundo del inconmensurable fenómeno del zapatismo)

Los Tiempos Indios

Crónica

Por Vinicio Chaparro

¿Y que diablos tiene que hacer Cuauhtémoc Blanco en un estudio sobre el inconmensurable fenómeno del zapatismo, si ya ni siquiera juega al futbol y ahora es el hijo de Carmen Salinas en una telenovela de alto rating en El Canal De Las Estrellas?, me pregunté tres veces antes de escribir esta entrega. ¡Bull Shit!, casí grité, (acuérdense que también estoy escribiendo para los lectores chicanos de Los Ángeles Press).

¿Y qué tenía que ver ese patán en un ensayo sobre zapatismo y ética deportiva?

En este viaje al epicentro de la tierra, al parecer, debía haber otros temas más importantes que el de un pobre futbolista cuyo mérito intelectual más destacable era el movimiento de sus patas (sí, dije patas). No, definitivamente esto era irregular, algo sicótico, (ojalá y sepan que quiere decir esta palabra, por que yo no, y se oye muuuuy mal), era algo que se había salido de control y de estilo literario, juro por dios que todo lo ve y nada olvida, que en toda la caravana no hubo toques eléctricos. Fue otra cosa lo que motivó la aparición del Cuau, fue definitivamente, otra cosa.

Fue un juego de básquetbol.

Apenas habíamos asimilado lo increíble y novedoso del nuevo planteamiento zapatista en términos de educación, de organización social y de la cuestión del poder y justo después de deglutir dos sabrosos tamales de frijoles que dos de las hormigas antropólogas nos habían ido a ofrecer por la cómoda cantidad de dos pesos con cincuenta centavos por los dos tamales, cinco pesos por cuatro, (lo que ocasionó que volviera a pensar en el Nobel de Economía, otra vez), y después de un intercambio de miradas cómplices con las dos jóvenes vendedoras, que seguían sus análisis de mi persona, tal vez porque era el más veterano de La Karavana de La Karakola o por que vieron la juventud de mi corazón, no sé. A la mejor por feo. O por lo bonito, o les recordé a su abuelito, pero se alejaron contentas por su venta y las seguí con la vista y veía que de vez en vez, juguetonas, volteaban y tapaban su sonrisa con una mano, en la otra cargaban los tamales, por dos bromas infantiles que les habíamos hecho.

Apenas devoramos, Fabi y yo, los cuatro tamalotes y empezó un juego de basket en la cancha de La Garrucha. Tuvimos que mover rápidamente nuestros traseros para salir corriendo como Las Ángeles de Charlie, a quitar nuestras tiendas de campaña que en un rincón de la cancha, estorbaban al juego.

La División del Norte, que se mantenía a la expectativa a distancia de la cancha, vio nuestro rápido movimiento y a una mirada del Yeneral Ányol, (¿se acuerdan del él, el que estaba enamorado de Miranda y nunca se lo dijo?), toda la División: Jesús, el primo lejano de Charlie Brown, (ya no le voy a decir Chuky), Javier, Gema, y la subdivisión completa de Querétaro, (“Los hijos de La Corregidora”, les decíamos, o Los Chichimecas de La Jefa Tanya), se incorporaron a la labor y a duras penas y en un rápido movimiento colectivo divisionario movimos las tiendas con mucho cuidado, pues algunas tenían una lujosa laptop de 2 mil dólares americanos, con 7 gigas de memoria Ram, (brincos diéramos), adentro del sleeping y había que evitar daños cibernéticos. Y el juego continuó.

El árbitro zapatista en juego de basquetbol Foto: Proyecto Suri

Bueno, en realidad los jóvenes no habían dejado de jugar y, cuando se requería capturar una bola fugaz que se iba hacia el rincón aquel, brincaban las tiendas como canguros, como cuando los perseguía el ejército aquel enero del lejano1994.

Solo Rina, la alemana más tierna de esta historia, hija renegada de La Merkel, tomaba apuntes con inusitada pasión. Se podía escuchar el tallar de su bolígrafo. Los demás observábamos el juego con especial interés. Bueno, Rina se la pasó todo el viaje escribiendo, solo se interesaba en nosotros cuando escuchaba albures, entonces si trataba de mejorar su español, y las relaciones germano-mexicanas.

Fue entonces que me percaté de lo importante de aquel juego.

Mi mente viajó lejos, a mi Chihuahua del alma, cuando éramos campeones, cuando Raúl Palma, Oscar Asiain, La Flecha Zaragoza y hasta Chuy García, eran nuestros Maykoles Yordans y Mayics Johnsones. Y Ron Sidol (así se oía en la radio) era el ídolo de nuestras malinchistas chihuahuenses que nomás con ese negrote “querían”, a los chihuahuenses ni los volteaban a ver aunque hicieran mil garigolas.

Recordar es vivir, me dije mientras observaba a aquellos jóvenes zapatistas dándonos unas clases de fragor y entusiasmo que ya las quisiera el Che en sus filas cuando andaba en El Congo. Eran jugadores de potencia. No muy altos, pero corrían como desgraciados. La defensiva era terrible, una lluvia de manos estorbaba cada tiro. Mucha fuerza, poca técnica bajo el tablero, recurrían sin cesar a los tiros de media distancia, con funestos porcentajes de aciertos.

Seguramente que a ambos técnicos, de los dos equipos, debían poner a practicar fuertemente los movimientos y tiros bajo el aro, (les urgía y les requeteurgía un video de Michael Jordan), eran una jauría. Eran puros Rodmans defensivos. Y ya se han de imaginar, nomás se oían los pujidos, y nosotros, los disciplinados villistas de la División, estábamos tras uno de los aros.

Podíamos observar las venas del cuello, inflamadas por el esfuerzo. Pero aún y la falta de técnica y de tiros bajo el aro, la potencia, la fuerza con que luchaban, era de llamar la atención. La pasión, como diría Faithelson. “Era pasión, dedicación, entusiasmo, lo que el básquetbol exigía. Una inmensa lucha por ganar, por ser el mejor. Y solo los gladiadores son capaces de eso, pues se juegan la vida frente a un león…”.

Bueno, parece que he visto mucha tele últimamente y…la pasión me desborda el entusiasmo, las ganas de vivir el remolino de la competencia, del duelo del hombre contra el hombre. Ay güey, pensé, a ver si no me ve José Ramón Fernández o el pobre arrastrado de Brozo, el ex payaso tenebroso, y me quieran contratar de cronista.

Hice mis anotaciones mentales con excelsa pulcritud y me dispuse a observar todo a mí alrededor, como el antropólogo natural que nunca fui. Rina sacaba la lengua mientras escribía y exprimía un pequeño barrito adolescente, mientras daba ocasionales miradas a la cancha, parecía no importarle mucho el marcador. (Ni nosotros, creo que siempre le valía madre si estábamos o no, cerca de ahí). Eso me inspiró, después de todo Carlitos Marx era alemán, así que, prensé un botón y puse el Ojo Biónico Avisor, en ON.

Fue hasta el segundo tiempo, cuando un equipo rebelde le ganaba a otro equipo rebelde, fue hasta entonces que me cayó el veinte y vino Cuauhtémoc Blanco a mi memoria, de cuando era el estrellita del equipo América y propinó, ante las cámaras de Tv Azteca, un santo trancazo en la cara a David Faihtelson, mi cronista deportivo favorito, después de Juanra, (los de Televisa me dan ganas de guacarear), desde una minúscula ventana de unos vestidores, cuando el poeta grandulón pasaba por ahí, en un acto por demás miserable, de Cuaytemoc, claro, y recordaba cuando insultó a la primer árbitra mexicana de la historia, cuando, con mis antenitas de vinyl inglés, me percaté que en ese partido que observaba en ese momento no había árbitros, ni ampayers, ni referis. Los mismos jugadores advertían de cualquier falta. ¡Oh…!, dije para mis adentros. Un caso para Sherlock Holmes, sin duda. (Bueno, debí decir Cherloque Jolms, ya ven que soy la versión mexicana).

Pero, perdón por la desviación, creo que tendremos que llevar un poco la vista atrás, volver hasta cuando el deporte fue corrompido por las ambiciones (y ganancias) del capitalismo, (ya ven que el capitalismo tiene la culpa de todo, hasta de cuando no llueve), podemos verlo a cada minuto cuando en las camisetas de los equipos de futbol de los mexicanos ya no cabe un anuncio más: bancos, coca colas, cerveceras, papitas fritas, tenis superbiónicos, Leche Lala y todas las falsas ilusiones de calidad que llenan el cuerpo de los jugadores ídolos de nuestra juventud, con fines meramente publicitarios, o sea, mercantiles.

Los juegos olímpicos han perdió su sentido deportivo para convertirse en un espectáculo de ventas. O, ¿cómo le podemos llamar al hecho de que Michael Jordan, quien ganaba millones de dólares al minuto, se enfrentara a deportistas tan pobres que su alimentación era peor que la del mismo perro favorito de Jordan. Hasta allá ha llegado el capitalismo a corromper la competencia de unos atletas amateurs que a veces tenían problemas hasta para comer arroz o frijoles.

Basta imaginar a un atleta de Ruanda, de Indonesia o de México tratar de enfrentar a temibles máquinas estadunidenses, rusas y alemanas formadas de todo tipo de asteroides y esteroides. Noooombre, sería como si yo me enfrentara con John Cena (Yon Sina, se prenuncia), ese transformer hecho de puras hormonas musculares, en una dispareja contienda de wrestling (lucha libre, para los que no hablan inglés). Ni los huesos me hubieran quedado. Que diferencia al Cavernario Galindo que se daba tremendos trompones con El Santo, El enmascarado de plata, pero naturalitos. Cero hormonas artificiales. Ahora son puros globos.

Los grandes deportistas han sido capturados por la mercadotecnia y esto ha desarrollado una ambición por sueldos tan millonarios como el de Messi y de Christiano Romualdo, (perdón fanáticos del Real Madrid, debí decir Ronaldo, el dios Ronaldo). Hoy el deporte es un negocio, es decir, una manipulación de nuestros ánimos deportistas. Una manipulación que busca la ganancia como motor fundamental de los juegos olímpicos y todo tipo de competencias mundiales o televisivas.

Solo en Cuba se ha impedido esta involución. El resto del mundo mira el futbol entre comerciales de las transnacionales que nos hacen tomar una coca al día, querer tener un Peugot o anhelar un viaje a Cancún o, mínimo, una cerveza Sol. Para eso nos quieren ahí, sentados frente al televisor, para hacernos fanáticos de Hugo Sánchez. Bueno, antes; ahora El Pichichi es más «mamón» que el mismísimo Cuau. Ya ni Televisa lo quiere.

Y dentro de la ética en el deporte, dicho con todo respeto para los amantes del Perro Bermúdez, el futbol es el deporte más cuestionable de todos. ¡Truchas, ojo, zorras!, fíjensen bien en el terreno del juego. Basta ver a un jugador de futbol soccer tirado en el pasto agarrándose una pierna con una cara de muerte mortal, como si se le hubieran quebrado la pata (si, dije pata) en tres partes, basta eso y ver como todos los dolores desaparecen al sonido favorable del silbato.

Fingir es lo común en el futbol. Hasta Cristiano Ronaldo se ha roto un fémur con tal de ganarle al Barcelona. Messi no hace malos quesos, lo he visto sufrir como en un parto natural y levantarse ágil y ligero a los 15 segundos, después de conseguir el penalti con su actuación.

Podrán poner a miles de niños a que saquen una enorme bandera de “Fair Game” antes de cada juego, de todos modos los patadones se dan al por mayor, insultos, escupitajos, golpes bajos y conatos de violencia. Eso es clásico para los domingos en el sillón (los que tienen sillón). La ética en el futbol es una desconocida manifestación humana, reflejo de nuestro sistema pedagógico, que no ha sido estudiada con todo rigor. Pero es solo un deporte, ¿que de importante puede ser la ética del deporte si lo que este intenta es divertir? Dirimir las guerras en carreras y jodazos reglamentarios al por mayor (sobre todo en el box).

Un caso aparte es la lucha libre, como fenómeno deportivo-teatral, aún más preocupante para la sociología del deporte. Pero, eso…es otra historia.

Por eso, en ese espíritu de “ganar a como de lugar”, en que se ha convertido el deporte, el basquetbol es el rey de la ética, (porque en todos los demás aspectos, el rey de los deportes es el beisbol, ya lo decía mi Hemingway del alma). Pero, ya fuera de broma, sin antagonismos deportivos y sin rictus de dolor en el césped de un estadio, hay que reconocer el papel ético en el deporte del basquetbol. ¿Dónde más?, me pregunto, ¿un deportista levanta la mano para aceptar haber cometido una falta? No, ¿verdá?

Eso no tiene ninguna duda, podrán darse todas las polémicas sobre el particular, pero el basquetbol es el más diferente de todos los deportes por este simple hecho, bastaría con imaginar que el faulista de un equipo de futbol levante la mano para aceptar haber cometido una infracción al reglamento. Noooombre, ni en sueños. He visto grandes jugadores meter goles con la mano y se hacen güeyes y celebran como si hubiese sido legal. Pero eso es normal para el futbol. Por eso no aceptan revisar las jugadas como en el futbol americano, ahí se la pasarían.

Pero bueno, mis increíbles análisis deportivos y los tamales de frijoles, hacían estragos con mi estomago y la gastritis me provocaba inflación y no podía ver el juego con atención, apreté los ojos y así pensé en lo que veía. Los dos equipos, el rojo y el azul, fueron detenidos al llamado de un riel colgado de una viga y golpeado con un tubo de una vieja silla tubular, valga la rebuznancia, y el juego terminó.

Entonces me alejé a 50 metros, mínimo.

Mural de educación zapatista Foto: émula.blogsport.com

Habíamos apreciado que el zapatismo tenía una alternativa revolucionaria de educación. Pero lo visto ahí fue un shock total.

No supe quien ganó, los fuertes dolores estomacales, la gastritis, amenazaban con reventar mi estomago, debo confesar que el hambre ancestral de tarahumara me había llevado a consumir cuatro enormes platos de frijoles negros en la cocina de La Karakola y no, no eran los tamales, era la media tonelada de ese alimento altamente explosivo lo que no me dejó apreciar todos los detalles del juego.

Aún así, entre mareos y amenazas de desmayamiento, aprecié algunas cosas que me gustaría mencionar.

Los jóvenes zapatistas eran jugadores de potencia, recorrían la cancha de un lado a otro, cuatro veces en medio minuto, como motores desbocados.

Pero eso provocaba muchos roces y golpes de dolor y pujidos. Aún así, el jugador golpeado, apretaba los dientes y levantaba la mano cuando el oponente cantaba el faul. Es decir, “aguantaba vara”, como decimos los rancheros, a pesar de del rasguño en su cara que limpiaba discretamente.

Y en ese juego de potencia el hecho se repitió sin cesar. Se escuchaba el golpe sordo y alguien levantaba la mano. Cero discusiones, eran hermanos. Educación, le llaman en mi rancho. Los frutos de la pedagogía, diría Piaget.

Es una estupidez, una verdadera estupidez, como todos mis reportes, pero ¿podríamos imaginar que en el resto de México, algún día, la gente, en las competencias deportivas, no se apasionara tanto y quisiera ganar a como diera lugar, y no necesitara ni árbitros, ni referis, como en los tiempos indios?

Los tiempos indios… antes de que el hombre blanco viniera a corromper todas nuestras cosas. Desde un espejo, hasta un juego de futbol.

Vinicio Chaparro
Enviado especial de
Proyecto Nedni

2 thoughts on “Cuauhtémoc Blanco y la ética en el deporte

  1. EXCELENTE REPORTAJE, RESUME EN FORMA DIVERTIDA LA PERDIDA DE VALORES NO SOLO DE MEXICO SINO DE TODA LA HUMANIDAD, DERIVADOS DE LAS POLITICAS CAPITALISTAS BARBARAS.

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