Gracias Ayotzinapa, desde Filadelfia

Una de las manifestaciones en Filadelfia para exigir la aparición con vida de los normalistas de Ayotzinapa. Foto: Perla Lara
Una de las manifestaciones en Filadelfia para exigir la aparición con vida de los normalistas de Ayotzinapa. Foto: Perla Lara

Perla Lara*

A pocos días de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, mi coraje por lo inadmisible creció a la par de un tsunami de indignación internacional. Fue un shock cuando la imagen del joven Julio Cesar Mondragón se estrelló en mi consciencia. Le arrancaron los ojos pero nos dieron vista, lo despojaron de su rostro, pero nos lo descubrieron a muchos, que frustrados esperábamos a que termine la pesadilla para los mexicanos dentro y fuera de sus fronteras. Después el descubrimiento de las fosas nos hizo temer lo peor, de la indignación a la angustia, y de ahí a la rabia, al coraje de la impotencia.

Pero no eran ellos, ¿Y entonces de quién son esas decenas de cuerpos, víctimas colaterales, criminales quemados en manos del bando enemigo? Nuestros montes, y nuestras cañadas se han convertido en un absurdo cementerio. No sólo en Guerrero se siembra muerte, nuestro país está lacerado de fosas, de malsanas sepulturas. De esta matazón, hay más de 100 mil muertos en los últimos ocho años, de los cuales un mínimo son identificados, y son ya más de 30 mil desaparecidos. Es un parte de guerra, pero ¿quién va ganando y contra quién es la guerra? Contra nosotros mismos.

Nuestra población se está quedando sin ciudadanos, unos se vienen a los Estados Unidos en busca de trabajo, o huyendo de la violencia, otros se enrolan al crimen organizado y su destino es la muerte o andan de prófugos hasta que les toque. Los que restan están secuestrados de sus conciencias, en su indiferencia o en el temor. Extorsiones, corruptelas, intimidación alimentada por la impunidad de más del 90% del total de los delitos de un país que está quebrado en dos.

Son dos “Méxicos”, al menos dos. Uno es los Estados Unidos Mexicanos, la República, el país progresista, el del G 20, el de la economía emergente en el que se congrega la clase media, que se codea con la clase alta, con los “nobles”.

Hay una simulada libertad de prensa, hay instituciones, hay crecimiento, hay escuelas, hay bancos, hay comercios, hay mucho espectáculo y claro hay pobres y ricos.

Existe el otro, el de 50 millones de pobres, de los cuales un tercio son miserables, y cuando digo miserables estoy hablando de los ingresos de un país tan pobre como Haití. A ese México lo he vivido, lo he sufrido, lo he palpado y me sigue pulsando en el alma. Es un México que está a la deriva, olvidado es poco; negado. Entregado a las manos de quien lo agarre de asalto por su vulnerabilidad.

Ahí no existen instituciones, no hay derechos, no hay servicios básicos, no hay educación ni salud. Hay una pantomima ridícula que pretende creer que están en la lista de espera; pero llevan más de 500 años esperando, resistiendo.

Son de origen indígena, son los excluidos entre los excluidos. Son los que están tan abajo tan abajo que ni se les ve, ni se les considera. Los que se mantienen en el poder quisieran tan sólo borrarlos del mapa, les estorban. Son la vergüenza de un país que aparenta ser lo que no es, y ya casi se tragan el cuento ellos mismos, y sus vecinos y sus aliados, por no decir sus cómplices.

Mexicanos en Filadelfia indignados por el crimen de Estado contra Ayotzinapa. Foto: Perla Lara
Mexicanos en Filadelfia indignados por el crimen de Estado contra Ayotzinapa. Foto: Perla Lara

Hasta que irrumpió Ayotzinapa. Aun no entiendo en qué cabeza cupo la osadía de desaparecer a todos esos estudiantes, herir a más de una veintena, entre ellos al menos un par aún están en graves condiciones, y dejar a seis muertos –tres de ellos normalistas– y como muestra del destino apocalíptico que habrían de tener sus compañeros, el testimonio del joven desollado en vida.

Y todo esto es el resultado de la impunidad que impera en ambos “Méxicos”. Pero la pregunta sigue en el contaminado aire ¿A quién le sirve la matanza de Iguala, y la hipótesis de aberración de Cocula?

En Iguala, hoy “narco-imperio”, nació nuestra bandera, ahí debería renacer nuestra patria para todos, la patria que ha sido abortada una y otra vez y que le ha sido negada a casi la mitad de la población de un país que no termina de forjar un Estado de derecho.

Viendo las imágenes de los ríos de almas que corren por las arterias de la capital mexicana, y las venas de mi país, me veo ahí, me reencuentro ahí como hace 20 años catapultada por el resurgimiento de la lucha zapatista. En ese entonces, aunque había un consenso por la legitimidad de la lucha indígena, hubo muchos desfiladeros naturales y artificiales donde se perdió la marcha a un México de todos.

Pero hoy Ayotzinapa nos reclama a todos, nos cimbra a todos los que podemos decirnos “humanos humanitarios”. Nos tiene que surgir el coraje y empezar a transformar este país de fondo. Cualquiera que sea nuestra trinchera, tenemos la responsabilidad histórica de no dejar impune la tragedia de estas familias guerreras y guerrerenses.

Por eso le doy gracias a Ayotzinapa, por eso le doy gracias a esos muertos que hoy nos dieron vida, por la magnitud de la tragedia y de la deshumanización que ha permeado millones de corazones mexicanos presos de la desesperanza.

Decimos basta, pero no sólo para desahogarnos, no debemos dejar que este movimiento global de repudio a un gobierno penetrado por el crimen, se quede en un desahogo que sólo despresurice el hartazgo.

Convocar a la consciencia, y exigir justicia, dicen mexicanos en Filadelfia. Foto: Perla Lara
Convocar a la consciencia, y exigir justicia, dicen mexicanos en Filadelfia. Foto: Perla Lara

Hagamos un llamado a la gente de buena voluntad alrededor del mundo, convoquemos a una gran comisión civil anticorrupción, que vigile, que salvaguarde a los mexicanos de su propio sistema putrefacto.

Hagamos un llamado a un comité de figuras nacionales e internacionales de implacable calidad moral, que acuda a nuestro país y que nos ayude a salvarnos de nosotros mismos. Somos un mundo global, y para los crímenes de lesa humanidad, para los etnocidios no hay fronteras. Si para los capitales no las hay, menos para la intervención internacional a un Estado que aunque nos duela reconocerlo es un Estado fallido, un Estado caníbal que se devora al más débil.

Las evidencias lo comprueban, hasta nuestro sistema forense está rebasado y no se da abasto con los muertos. Además, ¿Cuántos de los 2365 municipios están libres de condicionamientos del narcotráfico? ¿Cuántos son narco-gobiernos y cuantos gobiernos narcos?

Frente al Consulado mexicano en Filadelfia. Foto: Perla Lara
Frente al Consulado mexicano en Filadelfia. Foto: Perla Lara

Enrique Peña Nieto nunca tuvo calidad moral para ocupar el puesto de presidente, que nos dejamos arrebatar. Con los recientes acontecimientos en los estados de México, Michoacán y Guerrero, colindantes con el gobierno que dirigió por seis años, se revela lo que también se gestaba en su administración. Y ahora le salió el tiro por la culata. En Michoacán, el boom de la Autodefensas, con un gobernador de su mismo partido obligado a renunciar por su ineptitud y corrupción. El narcotraficante apodado “La Tuta” aún fugitivo, mientras sus sicarios son incorporados a las policías municipales de la entidad. En el Estado de México, el ejército es acusado del fusilamiento de 22 civiles entre ellos una menor de 14 años en Tlatlaya, y como si fuera poco, en el norte del país, ni siquiera puede visitar la plaza de Tamaulipas. La lista es larga.

Ahora les lloramos a nuestros muertos, y les haremos justicia. Pero no con más muertos, ni con más sangre; les enseñaremos de qué están compuestas las entrañas de un patriota, que no por haber salido de su nación se ha olvidado de qué color tiene su alma. Muchos de los 30 millones de mexicanos que estamos aquí en Estados Unidos, salimos porque no resistimos pisar el mismo suelo de los criminales que se han apropiado de nuestro país.

Aquí hemos enfrentado muchos retos, muchas injusticias, pero también hemos aprendido, que nos merecemos más de lo que nos acostumbraron; hemos aprendido a pedir y a recibir. Aquí somos más respetados, libres, y ayudados, aun siendo muchos de nosotros indocumentados. Queremos no sólo la sobrevivencia para nuestro país, pretendemos su libertad y prosperidad. Con las mismas agallas con las que hemos cruzado muchas fronteras, seguramente lo vamos a lograr.

Prohibido olvidar a los 43 y a todo el resto que fueron heridos y perseguidos, y los que escaparon. También, Julio César Ramírez Nava vive aunque fue de los primeros en caer. Aldo Gutiérrez Solano se encuentra aún entre la vida y la muerte, Édgar Andrés Vázquez lucha por recuperarse de un disparo que recibió en la cara. Y al estudiante que perdió varios dedos de una mano, le daremos nuestras manos empuñadas en pie de lucha.

Dejemos de ser el México que le hace culto a la muerte y alabemos la vida. Juntos, unidos, sin reparo con fuerza, valor, fibra y civismo, nuestras esperanzas de un México libre, se realizarán con el amor que persevera y la bendición de Nuestro Dios que es un Dios de Justicia.

 

*La autora es periodista de origen mexicano radicada en Philadelphia, Pensilvania. Este texto fue publicado originalmente en el digital latino El Sol el 11 de noviembre de 2014.

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