La soledad del ciudadano común o el apagón de Presidencia

Juan Carlos Pérez Ruiz

«En las cosas profundas e importantes estamos terriblemente solos».
Cartas a un joven poeta,
Rainer Maria Rilke

Tenemos que admitirlo. Por más que nos esforcemos en negarlo, en mirar hacia otro lado para consolarnos ante la contundencia de la evidencia, estamos solos.

Estamos solos, estamos solos todos aquellos que no tenemos un importante cargo público. Solos todos aquellos que no aparecemos en los periódicos más reconocidos, ni en las revistas de sociales. Aquellos que no aparecemos en los grandes canales de televisión, ni en las estaciones de radio; los medios más populares y en su mayoría, los más prostituidos de todo el conjunto de medios tradicionales, con toda la enlodada miseria anti ética e inmoral que cargan.

Estamos solos todos aquellos que no controlamos las redes sociales, todos aquellos que no inflamos las tendencias con bots, trolls, trending topics y videos virales impulsados artificialmente con el único fin de reducir la discusión pública a ciertos temas que desvíen la atención de otros temas más graves, más urgentes y profundos pero en los que las estructuras de poder no quieren que pensemos demasiado. Cortinas de humo y cajas chinas, que se suceden –unas tras otras– como un bombardeo incesante que nos aturde la paz y el razonamiento; noticias triviales (y muchas veces, hasta falsas o fabricadas) que la gran e hipermercantilista maquinaria mediática hacen crecer cual gigantescas bolas de nieve hasta que se agota la novedad, el escándalo y la estridencia, e inflan otras banalidades para que las audiencias se entretengan con otra historieta pueril, del mismo modo que muchos padres dejan a sus niños horas ante el televisor para que ya no molesten. Apetitosos cebos, coloridos señuelos, juguetes mentales para que nunca ampliemos nuestro campo de visión más allá de las máscaras y la basura que las oligarquías nos ofrecen. Distracciones para que olvidemos y jamás cuestionemos, ni nos sintamos con derecho a disentir y pelear por ello.

Estamos solos todos aquellos que no somos dueños de los grandes medios de comunicación, pero también aquellos que ingenuamente confiábamos en la independencia, apertura y supuesta libertad de ciertos de medios y comunicadores “independientes”. No tiene caso dar nombres, ni reducir esto a derechas o izquierdas que la raíz del problema va mucho más allá de las intrigas partidistas, políticas, empresariales o faranduleras a las que nos tienen acostumbrados. Usted elija al primer falso comunicador independiente del que se acuerde, y que se ponga el saco a quien le quede. No hay demasiada diferencia.

Estamos solos todos aquellos ciudadanos que no tenemos acciones o inversiones en las grandes multinacionales, ni millones (de pesos, dólares o euros) en nuestras cuentas bancarias, en caso de que tengamos una. Aquellos que no podemos pagarnos banquetes en restaurantes de lujo, que no compramos ropa de marca como quien compra cualquier chuchería cada cinco minutos. Estamos solos todos aquellos que, al no ser parte de los grandes poderes socioeconómicos, políticos, mediáticos o delincuenciales, no hacemos uso de las prácticas monopólicas, el influyentismo, el nepotismo, y los abusos de poder ante los que los lores y las ladies de la información cierran los ojos intencionadamente. Estamos solos y terriblemente expuestos a los caprichos y arbitrariedades de los que usan y abusan del poder y la mayoría de los medios no nos apoyarán si caemos en desgracia, a menos que sus patrones los autoricen a lucrar con nuestra tragedia. De lo contrario, fingirán no haber visto nada.

El asesinato de cualquier ciudadano (como su vecino, como usted, como yo, como cualquiera de nosotros) podría ser emitido en vivo y encadenado multimediáticamente a nivel intercontinental, en súper alta definición y con close ups incluídos, pero si al medio o al periodista no le conviene decir la verdad, le dirá que es suicidio, y hará todo lo posible por convencerle que fue suicidio, y que usted no vio lo que vio. Ese es el nivel de corrupción, cobardía, perversidad, hipocresía, cinismo y doble moral de muchos que están dispuestos a convertirse en sicarios de la noticia con tal de codearse con figuras de poder, con tal de embriagarse bajo el seductor opio de la fama más ramplona, con tal de saborear unas pocas migajas, sin importar la descarada peligrosidad o el nivel de crueldad criminal de quienes les pagan las croquetas.

Prueba de ello es la forma en que los grandes medios de comunicación continúan demonizando, criminalizando e incluso ridiculizando a la mayoría de los movimientos sociales, las protestas sociales de los sectores más vulnerables (sobretodo las del magisterio rural) y la resistencia indígena.

Desde siempre la clase empresarial, así como los políticos y medios de la ultraderecha que se habían apropiado de nuestro país, han financiado, creado y promovido, feroces y mezquinas campañas de odio contra todas aquellas rebeliones que proponían cambios de fondo y no solo de forma.

Pero lo triste es que ahora también algunos legisladores que se dicen de izquierda y medios que se dicen “independientes” o “de izquierda”, se han sumado a las campañas de ataques a esos sectores combativos y populares, que en su mayoría los apoyaron para llegar al poder. Usted busque en la red algún vídeo sobre las protestas de la CNTE de las últimas semanas y verá que las campañas de odio contra el magisterio siguen vigentes en los grandes medios y el odio ha calado profundamente en gran parte de la población.

Y a pesar de que el presidente ha roto con ese discurso de odio, algunos de sus legisladores participan alegremente en esa lógica. Y mientras el debate se centra en ello, ninguno de esos comentócratas de sonrisa almidonada que aparecen en horario estelar le hablara de las políticas de futura privatización de la educación pública que instauró el gobierno anterior, ni de las paupérrimas condiciones en que operan la mayoría de las escuelas públicas de México, ni tampoco de la pérdida de los más básicos derechos laborales de los maestros. Solo le repetirán como mantra que los maestros son flojos y malvados, que toda la culpa de nuestros males es de ellos y que usted debe creerlo cual dogma, para ser un ciudadano respetable y no quedarse fuera del mundo que le pinta la televisión.

Otra prueba del nivel de envilecida manipulación y encubrimiento coordinado y unánime al que pueden llegar los medios tradicionales e incluso algunos independientes, es la forma en que se invisibilizó la denuncia de la periodista Guadalupe Lizárraga, ocurrida durante la conferencia mañanera del presidente Andrés Manuel López Obrador el pasado viernes 29 de marzo.

La periodista independiente Guadalupe Lizárraga, quien es la fundadora de este sitio informativo Los Ángeles Press y que desde hace más de cuatro años se ha especializado en investigar y desenmascarar la fabricación del falso caso Wallace y los abusos brutales de la presidenta de Alto al secuestro, asistió a la conferencia para denunciar públicamente y ante el presidente, a la empresaria y falsa activista antisecuestros María Isabel Miranda Torres (o Isabel Torres, de acuerdo a las diferentes identidades legales que la “respetable” señora Miranda de Wallace ha utilizado, sin que tampoco por ello ninguna autoridad la llame a cuentas).

La periodista denunció puntualmente no sólo la fabricación del caso Wallace, sino también las torturas que han sufrido los culpables fabricados del caso, así como las amenazas e intimidaciones que ha recibido la periodista por parte de la misma Isabel Miranda de Wallace como de la diputada de Morena María de los Ángeles Huerta del Río. En respuesta, el presidente ordenó en conferencia que la Fiscalía General de la República presente un informe de los avances en la investigación sobre la falsedad del caso, ante la denuncia formal de la periodista el 11 de diciembre del pasado 2018.

Sin embargo, la transmisión de la conferencia, tanto en los canales de televisión que lo transmiten como en el canal de Youtube de Presidencia y en los canales de la mayoría de los youtubers que la transmiten simultáneamente, se “cayó” justo poco antes de la participación de la periodista. Hecho que fue aprovechado para vetar completamente el tema. Como si nada hubiera ocurrido, como si esos minutos jamás hubieran existido, como si la periodista no hubiera estado ahí, o como si no se hubiera dicho ni hecho nada relevante.

¿No debería ser tema de extensa discusión pública la falsedad de un caso tan mediático, la fabricación de una “activista” que tiene un siniestro lado oscuro, la impiedad de una mujer que opina e interviene en asuntos de seguridad pública a través de su organización Alto al secuestro, con sus cifras de secuestro y sus constantes participaciones en la radio y televisión mexicanas, en las que no sólo no la tocan ni con el pétalo de una crítica o cuestionamiento, sino que además la engrandecen como dama respetable y supuesta líder social? ¿Acaso podemos considerar, de verdad, una casualidad el que una denuncia tan grave no haya sido reseñada, ni siquiera de forma ligera o trivial, por ninguno de los reporteros ni youtubers que estuvieron presentes en la conferencia? ¿A nadie le pareció interesante registrar eso? ¿Acaso nadie vio, nadie escuchó?

Los medios y periodistas que registraron, aunque levemente, el hecho se pueden contar con los dedos de una mano y nos sobran dedos. De ese tamaño. Busque en la red y se asombrará. No sólo eso: No hubo un post de Facebook, ni un video, ni un tuit. Absolutamente nada. A ninguno de ellos, sean de derecha o izquierda, le pareció importante comentar el hecho o aún peor, parece que ninguno de ellos se enteró. Todos los comunicadores se solidarizaron ante las amenazas que sufrió Carlos Loret de Mola por el caso del Cártel de la Totoaba, pero ninguno dijo ni media palabra ante las amenazas que ha sufrido Guadalupe Lizárraga. De esa magnitud la ceguera o la hipocresía.

Y salvo la respuesta que López Obrador dio en la conferencia, ninguno de los funcionarios del nuevo gobierno ha dado ningún posicionamiento público. Nada. Ni por la falsedad del caso, ni las amenazas. Cero. Guadalupe no existe, o no la ven y no la oyen, al parecer. Ningún anuncio de alguna medida que tomarán, ningún informe de la investigación.

Los ciudadanos estamos solos, y será mejor que lo aceptemos y dejemos de convertir en ídolos a ciertos comunicadores. Debemos apoyarnos entre nosotros, para que el silencio deje de alimentar la impunidad. Que la impunidad ya no sea la cobija bajo la que todos se cubren. Y que la dignidad se haga costumbre en este país herido, que reclama acciones prontas y concretas a esta Cuarta Transformación. Que podamos mantener viva la esperanza y que la Cuarta Transformación no termine siendo una simulación.

Lo invito a cuestionar, criticar y analizar todo lo que le ofrecen los medios de comunicación. Y haga lo mismo con los independientes; verifique la información que le dan y las razones por las que se le dan. No tenga miedo de dudar, que la duda es la semilla de la autonomía de pensamiento. Permita que caigan ante sus ojos, todas las máscaras que deban de caer, no cierre su mente. Busque la información que no le dicen y compártala aunque ello implique nadar a contracorriente. No se deje engañar por historias tan infames como el falso caso Wallace.

Los ciudadanos que carecemos de fama, fortuna, poder e influencias, sólo nos tenemos los unos a los otros. Aprendamos a establecer redes de solidaridad, y rechacemos esa normalización de la crueldad e indolencia que nos quieren imponer. No seamos cómplices ni espectadores pasivos de la barbarie que azota a nuestro país desde hace décadas. Apoyemos y difundamos todo lo posible la información de los periodistas que realmente arriesgan la vida, y dejemos de endiosar falsos comunicadores ególatras y falsos activistas psicópatas, que solo se apoyan entre ellos y se burlan de nuestra credulidad.

Es hora, es momento. Las miles o millones de víctimas de este país, como las del falso caso Wallace, nos necesitan. Nos necesitan quienes reclaman sus derechos, como muchos de los maestros u otros grupos vulnerables. Nos necesitamos todos, fuertes y unidos, hoy y siempre.

Rompamos los cercos mediáticos, que ni siquiera algunos periodistas independientes se atreven a romper. Decir sí a la solidaridad ciudadana, no permitir nunca más la censura. Basta de injusticias en este país.

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