La trivialización del crimen organizado: La entrevista de Vicente Serrano a Javier Lozano Alarcón

Guadalupe Lizárraga

En un ejercicio aparentemente cómico, de corte periodístico, el youtubero Vicente Serrano entrevistó a Javier Lozano Alarcón, exsecretario de Estado con el gobierno de Felipe Calderón. Este encuentro –solicitado por Serrano, de acuerdo con la aclaración de Lozano– al margen de los intereses que lo suscitaron, surgió después de que el Capitán de Infantería Vladimir Ilich Malagón Rendón expusiera, en entrevista con Los Ángeles Press, a los periodistas que tenían la misma información que me estaba entregando y guardaron silencio: las pruebas de haber sido torturado por la Policía Judicial Militar, los días 2, 3 y 4 de junio del 2010, para que dijera quién más estaba enterado de la complicidad del entonces secretario de Estado Javier Lozano Alarcón con el Cártel de Sinaloa.  

El contexto

Un día antes de las torturas, el Capitán Malagón había sido insistentemente buscado por el Capitán Carlos Antonio Alemán Pérez, escolta de Javier Lozano, bajo argumento de que su familia estaba en riesgo si no iba. Se vieron en un lugar público, cerca de la SEDENA, y Alemán pidió que lo acompañara con Aponte Gómez (el jefe de seguridad del Cártel de Sinaloa) que estaba esperándolos en unas camionetas muy cerca del lugar. Al negarse Malagón, Alemán quiso obligarlo a punta de pistola, lo esposó de una mano, hubo forcejeos y dos disparos. Malagón se liberó de las esposas, se dirigió a SEDENA con los cabos que lo esperaban, y se entregó con su superior inmediato, el General de División del Estado Mayor, Jorge Juárez Loera, quien fue ejecutado meses después, en medio de calumnias del propio Ejército.

El capitán Malagón tardó tres meses en recuperarse y saber dónde estaba, por lo que le habían hecho los torturadores de la Policía Judicial Militar. Poco a poco, se fue dando cuenta de su situación judicial, de las irregularidades y vicios de su proceso, declaraciones que le habían hecho firmar bajo tortura, y crímenes que le habían fabricado sin respeto a su derecho a la legítima defensa, ni por ser un militar en funciones mientras se dieron los hechos, y al igual que el general Loera, fue calumniado por el periódico Reforma, señalándolo como responsable de un crimen pasional. Quienes lo sentenciaron fueron los jueces Arturo Zaldívar, Norma Lucía Piña Hernández y José Ramón Cossío, éste último había avalado la no infiltración del narcotráfico en 2001, en el CISEN, con Eduardo Medina Mora y Genaro García Luna.

Ésta es una parte de la historia.

La entrevista

La entrevista de Vicente Serrano, más allá de las actuaciones satíricas, dio pie a que Lozano respondiera sobre la denuncia del capitán Malagón. La primera reacción de Lozano fue preguntar: “¿Te consta?”. Sin embargo, el señalamiento no lo hacía directamente Serrano, él solo leía parte de mi trabajo que se refería a una afirmación, de acuerdo con el testimonio de Malagón, hecha por el escolta de Lozano para persuadirlo a que fuera con el jefe de seguridad del Cártel de Sinaloa.

Cuando le preguntó Serrano qué es lo que pensaba de esas declaraciones del capitán Malagón, a quien –por cierto– se refirió de manera despectiva y con aparente interés de sembrar duda, al decir de manera inexacta “que se dice perseguido y está en el bote”, Lozano sonrió. Segundos después, con ánimo bravucón, dijo “pónganmelo enfrente, pónganmelo enfrente”. Después, enfatizó su histrionismo y calificó de ridículo, el señalamiento: “No hay una palabra que tenga, nada de solidez, ninguna veracidad”. Y posteriormente, señaló que todo era inventado y era porque él no les caía bien.

La trivialización

Toda proporción guardada, ver a Lozano en el video jugando con Serrano, me evocó la pregunta de la filósofa política Hanna Arendt cuando dio cobertura al juicio de Eichmann como corresponsal para la revista The New Yorker: “¿puede una persona normal cometer semejantes atrocidades?”.

Con este sentido, las preguntas llegaron a mí: ¿Cómo una persona tan “normal” –como se ve Lozano, sonriendo frente a la cámara mientras lo entrevistan–, pudo haber operado para el Cártel de Sinaloa, como se le ha denunciado formalmente, y ser parte del hundimiento sangriento de México? ¿Cómo pudo haber mandado torturar para investigar quién más sabía de estos hechos en resguardo de su prestigio? ¿Cómo pudo ser parte de la ejecución del general Loera por las investigaciones que seguía, mientras el capitán Malagón era denigrado y humillado en prisión? ¿Realmente desconocía quién era su guardaespaldas, cuando su seguridad personal dependía de ello? ¿Qué tan “persona normal” es Javier Lozano como para decir hoy que Felipe Calderón fue el “mejor presidente de México”, después de todas las atrocidades que se perpetraron durante su gobierno? ¿Qué tan “persona normal” es Javier Lozano para jactarse de una amistad con el principal diseñador de la política macabra de fabricación de culpables en el país, Genaro García Luna, y reclamar respeto a los medios por el debido proceso y la presunción de su inocencia, principios absolutamente inexistentes durante el gobierno de Calderón? ¿Por qué la dignidad de un García Luna valdría más que la de las víctimas de Wallace, o más que la del capitán Malagón?

La “normalidad” de Javier Lozano Alarcón hoy, pese a su fingido histrionismo, contrasta con la normalidad de un sobreviviente de tortura, que siguiendo los principios de honor y valentía aprendidos en la milicia, sólo hacía su trabajo con dignidad, el denunciar la narco-corrupción, puesto que su cargo estaba relacionado directamente con ello, en Inteligencia militar para la seguridad del edificio de la SEDENA.

Lozano Alarcón era tan normal en el gobierno de Calderón como Eichmann en el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Lozano era un hombre de poder político y económico, con una estrecha relación con el entonces presidente que había declarado la guerra al narcotráfico rival del Cártel de Sinaloa. El contexto que se vivía era de autoritarismo, de restricción de libertades y derechos, de masacres a las comunidades indígenas y migrantes, de feminicidios, de crímenes de lesa humanidad que se perpetraron de manera sistemática, de asesinatos y amenazas a periodistas, de narcogenerales que ordenaron masacrar a su propio Ejército para justificar la guerra a los grupos delictivos contrarios a Sinaloa. Eso era lo normal en el gobierno de Calderón, incluso la traición y muerte entre ellos, porque el régimen era absolutamente autoritario y corrupto. Vivimos el narco-terror de Estado. En esas acciones, Javier Lozano Alarcón participó directamente con decisiones públicas contrarias al bienestar ciudadano, pero en aparente lealtad a Calderón.

Decisiones que no hubieran pasado en una democracia, con Estado de derecho, donde lo normal es que se denuncie la corrupción, se investigue, se abran juicios, y se determinen responsabilidades, e incluso se repare el daño. Pero desde el régimen calderonista y antes, el Poder Judicial ha sido parte de la misma corrupción.

Trivializar las atrocidades del crimen organizado desde el Estado, ayudado por Vicente Serrano, exhibe que lo normal en el régimen de Calderón era la depredación, y oponerse a ello era oponerse al presidente, lo que se pagaba con muerte o cárcel. El capitán Malagón sigue pagando su lealtad a México, pero su deslealtad a Calderón, mientras Lozano nos muestra su normalidad sonriente.

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