Las (im) posibilidades del IFE

Leonardo Valdés y José Woldenberg Foto: archivo ONU

Francisco Bedolal Cancino*

En voz del ex consejero presidente del IFE, José Woldenberg, el título de su artículo Por qué es imposible un fraude, publicado por del Diario Reforma el 14 de junio, tiene la apariencia de una defensa técnica y políticamente irrecusable del desempeño de la institución que él presidió, de cara a los señalamientos críticos que abundan sobre el papel del IFE. Pretensiones entre apologéticas y románticas aparte, lo cierto es que el contenido del artículo en comento tiene muy poco que ver con su temerario e insostenible título. Y es que la trama a la que se refiere nuestro autor no es el fraude electoral como tal, sino una de sus especies: la consistente en “modificar, alterar, maquillar, los votos que se depositan en las urnas”.

Dicha especie del fraude se sitúa en el campo de acción en el que, como bien advierte Woldenberg, el IFE construyó y perfeccionó sus fortalezas técnicas y procedimentales anti-fraude mediante las que dio soporte a la alternancia democrática en la década de los noventa. A partir de esta concepción reduccionista y anacrónica del fraude, él puede llegar a la conclusión que realmente le importa: la imposibilidad de que, más allá de irregularidades en una o un conjunto de casillas, el IFE pueda ser el espacio para la gestación de “un fraude maquinado centralmente”. La síntesis del argumento es simple: hay que estar tranquilos, porque los mecanismos de vigilancia y observación cívicos y partidistas, hacen imposible que el IFE pueda orquestar centralmente la adulteración de los votos depositados en las urnas.

Frente a este complaciente enfoque, se impone llamar la atención sobre los riesgos críticos del fraude en 2012, esos que no aparecen en la definición del citado experto electoral. Me refiero al cúmulo de actos atentatorios de la libertad de elección y la competencia justa, que pueden ocurrir, y efectivamente ocurren, en el lapso que va de las precampañas hasta antes de la jornada comicial: información dolosa, vía encuestas “científicas”; organización de debates “chatarra”; mercados negros de compraventa de tiempo en medios; violación de los límites de gasto en las campañas; campañas denigratorias; comportamiento sesgado de los empresarios mediáticos; y, lo que es peor, las consabidas estrategias de compra-venta del voto; entre otras.

El común denominador a los riesgos críticos del fraude es la existencia de un cúmulo vasto e integral de facultades de arbitraje y sanción con las que el IFE está investido, de tal suerte que si como los indicios públicos señalan, ocurren actos que trucan la elección, confieren ventajas indebidas a los competidores o coaccionan el ejercicio libre y razonado del voto, es porque el fraude no sólo es posible, sino también probable. Todo ello, eso sí, sin que el IFE sea el maquinador central, pero sí el árbitro comparsa. A estas alturas es insultante llamar a la tranquilidad porque tengamos un árbitro imposibilitado para orquestar el fraude.

*Analista político

3 thoughts on “Las (im) posibilidades del IFE

  1. Pues sólo eso faltaba: que el IFE tuviera la posibilidad de hacer fraude. Cosa que no descarto porque la estructura interna del IFE está copada por funcionarios de cepa priísta.

  2. pero, ¡Por el amor de Dios! la aseptica argumentación woldenberguiana no convence, pareciera que habla de otro país, subestimando el quéhacer mapachesco de los miles de operadores electorales en todo el país, sobre todo en las poblaciones más alejadas… por eso insisto, IFE significa en términos reales: Instituto de Fomento a los Espuriatos.

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