México: gobernantes bárbaros y gobernados a modo

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Vicente Fox, Javier Duarte, Enrique Peña, Manlio Fabio Beltrones, Felipe Calderón. Composición: red

Ricardo V. Santes Álvarez

Cada defensa [del dictador Porfirio Díaz] es un ataque al pueblo mexicano. Así tiene que ser, puesto que no se puede concebir otra defensa del despotismo que la de decir que [e]l pueblo es tan débil o tan perverso que no es posible confiar en que se cuide a sí mismo. […] El punto sustancial de esa defensa consiste en que al mexicano hay que gobernarlo desde arriba, porque no es apto para la democracia; que hay que esclavizarlo en aras del progreso, puesto que no haría nada por sí mismo o por la humanidad si no se le obligase a hacerlo por medio del temor al látigo o al hambre; que debe ser esclavizado, porque no conoce nada mejor que la esclavitud; y que, de todos modos, en la esclavitud es feliz. Todo lo cual, en fin de cuentas, se resuelve en esta simple proposición: puesto que el mexicano está sojuzgado, se le debe mantener sojuzgado.

John Kenneth Turner, México Bárbaro, 1908

Hace más de 100 años, el periodista John Kenneth Turner condensaba expresiones de esa época, la del México de Porfirio Díaz. Expresiones hechas no precisamente por mexicanos sino por funcionarios estadounidenses quienes, con inocultable admiración y regocijo, hacían recuento de las oportunidades que les ofrecía el dictador amistoso que gobernaba al sur de su frontera, para llevar a cabo sus proyectos de inversión. Entre las muchas alabanzas, se reconocía a Díaz como gran estadista: “el hombre más grande del continente”. Lo que no se decía era que, paralelo a poner al país al servicio de intereses extranjeros, sometía a su pueblo a firme y arbitrario control.

Pese a la larga data del pasaje anotado, con los matices del caso y el natural cambio de protagonistas, su actualidad es palmaria. Si el “Héroe de Las Américas” fue halagado por medios impresos, como Pearson’s Magazine, donde se publicó la famosa entrevista que concedió a James Creelman, en marzo de 1908, el adalid del “Mexican Moment”, el hoy presidente Enrique Peña Nieto, no ha sido menos cortejado por fuentes externas, como la revista Time (Saving Mexico, se tituló el reportaje de Michael Crowley, de febrero de 2014). En otras palabras, si a Díaz se le consideró como el modernizador del México del siglo XX, a Peña Nieto se le alcanzó a ver como el modernizador del México del siglo XXI, al pasar por el Congreso “el más ambicioso paquete de reformas en materia social, política y económica del que se tenga memoria”. No cabe duda, desde el exterior, nuestra nación siempre ha lucido como apetecible botín, y sus mandatarios claramente se han identificado como amigos del mundo… pero no de sus connacionales.

Si en el inicio del siglo pasado la intención externa era defender el despotismo encarnado en Porfirio Díaz para continuar disfrutando de su “hospitalidad”, en el presente tal objetivo parece juego de niños. Ahora, la comunidad de países influyentes no sólo defiende el autoritarismo imperante en México; NO, también cobija el cinismo, la corrupción, la impunidad, y la ilegalidad que caracterizan a un gobierno bárbaro. Eso es lo que hacen los socios poderosos cuando guardan ominoso silencio ante la crítica situación interna, con tal de verse favorecidos por las “reformas transformadoras” que impulsa el régimen. ¿Acaso en esos círculos de influencia persiste la idea que al mexicano hay que gobernarlo desde arriba, porque no es apto para la democracia? ¿Se piensa todavía que hay que sojuzgarlo en aras del progreso, porque al fin así es feliz? Es patente que ninguna ayuda para salir del bache va a ser más útil que aquella que nosotros mismos nos demos. No obstante, sería un detalle muy apreciable que los países desarrollados dejen de pensar en el lucro que puedan obtener de esta tierra por gracia de gobernantes incompetentes, y considerar que un pueblo con mejor calidad de vida les significaría un socio menos inestable y por tanto, más confiable.

Escribió Turner que ciertos vicios atribuidos a los mexicanos “son la pereza incurable, superstición infantil, imprevisión desenfrenada, estupidez ingénita, conservadurismo inmutable, ignorancia impenetrable, indomable propensión al robo, embriaguez y cobardía”. Felizmente, somos cada vez más los que rechazamos tales apreciaciones, y con hechos demostramos, tanto en el interior como allende las fronteras, que seguimos luchando por superar tan injustos atavismos.

En México hay gobernantes a quienes conviene que los ciudadanos sean reprimidos, maniatados y, en el extremo, silenciados definitivamente. No resulta difícil adivinar por qué esos reyezuelos optan por mantener gran cantidad de gobernados a modo, inmersos en la pereza, la ignorancia, la embriaguez, y otros infortunios. Pues bien, contra esas lacras, enquistadas por generaciones en los puestos de toma de decisiones, la sociedad mexicana debe aplicar su máximo esfuerzo hasta lograr la necesaria emancipación.

Turner no dio malas noticias solamente. También brindó esperanza cuando citó a un empresario de la época, quien afirmó: “Hemos tenido mucha experiencia con los mexicanos, y hemos encontrado que una vez se les alimenta y recuperan su fuerza, se vuelven muy buenos trabajadores”. En efecto, los mexicanos debemos alimentarnos para recuperar la fuerza y trabajar bien. Nuestro alimento debe ser una nutritiva comida, sin duda; pero asimismo una adecuada ración de conocimientos y libertades, para discutir y deliberar los asuntos de interés común. El alimento bueno también debe ser la posibilidad de criticar y tolerar la crítica; romper las ataduras y los miedos que pretenden imponernos autoridades corruptas y criminales. Ésa es la vía que permitirá a mujeres y hombres emprendedores, e interesados en superarse, vivir en un país mejor.

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@RicSantes

One thought on “México: gobernantes bárbaros y gobernados a modo

  1. Creo que es tiempo de quitarnos las ataduras de dentro y de fuera, para hacer un cambio profundo, donde existan leyes que se cumplan, castigando a los vende patrias y estrechar las relaciones con los hermanos del sur del continente, tal como lo ha hecho, Bolivia y Chávez en Venezuela

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