¡Pásenle a El Apando!

Detalle de la película reproducida por identi.li
Detalle de la película reproducida por identi.li

Abelardo Gómez Sánchez

José Revueltas (1914-1976)

Tres ratas pensantes apañadas o apandadas en una atarjea. Sí, tres tristes ratas tragando mierda —la especialidad de la casa— en un canal, en su desembocadura, en ese anverso de la casa pública que es toda cárcel, aquí un edificio de hechura porfiriana: La Cárcel Preventiva de Lecumberri, alias El Palacio Negro. Sí, tres personajes revueltianos típicos: Polonio, Albino y El Carajo aherrojados en una celda de castigo: “el apando” dicta el caló mexicano. Sólo un postigo o ventanillo los conecta con el exterior; y les permite apenas atisbar a sus custodios, los monos, los micos. Pero “el movimiento real” de los carceleros —diría Revueltas— es el de los encarcelados. No porque estén presos, sino por estar “hechos para vigilar, espiar y mirar en su derredor”; por estar “cubiertos de ojos de la cabeza a los pies, una malla de ojos por todo el cuerpo, un río de pupilas recorriéndoles cada parte de su cuerpo (…)” porque con ser todos ojos, están atrapados en sus anteojeras de centinelas, en la cárcel sin cárcel de su ceguera panóptica.

Maurice Blanchot postuló que cada escritor nos entrega la llave para acceder a su obra: en José Revueltas —cuyo centenario concelebramos— esto resulta central, porque a este autor le perteneció la fineza de la elaboración conceptual estética y artística (pero esto merecería un texto aparte por su complejidad). Por lo pronto remitámonos a “Mi posición esencial” en Antología personal (1975, Ed. F.C.E.) y su definición mínima de novela: “ese arte de decir las cosas a fondo”. Esta idea de profundidad es clave, porque este novelista taladra la realidad, o sea, hace girar su pluma en cada punto de su relato, la espiraliza para mostrar las estratigrafías de lo narrado; así refuerza y, sobre todo, redimensiona una circunstancia, un personaje, un hecho; sacar la cabeza por el ventanillo del apando es: “trasladar el cráneo del mismo modo que el de un ajusticiado”, “ponerla en la charola de Salomé” y requiere el esfuerzo “de autoparirse con fórceps”. Cada secuencia regresa sobre sí para redimensionarse, para multiplicar, con recursos imaginativos, los niveles de lo real.

Ante este rasgo perceptivo, hay que mencionar a Evodio Escalante y su desmistificadora lectura en José Revueltas. Una literatura del “lado moridor” (1979, Ed. Era) precursor ensayo que salva a Revueltas de las décadas de ninguneo, de una crítica cegatona que endilgó a su obra la fácil etiqueta de realista. En efecto, “la máquina literaria revueltiana” (Evodio dixit) no es realista, porque no quiere reflejar ninguna realidad externa, sino llevarla más allá de sí. Por lo mismo, este gran escritor se deslinda de las viejas pretensiones de los realismos —los decimonónicos tan epatantes o emocionalizados; o los (¡Ay nanita de Stalin!) concientizadores y estatalmente optimistas del realismo socialista—. Así es, ni espeluznación del hipócrita lector ni ánimo de linchamiento ante el horror cotidiano ni catequesis dizque revolucionaria. Por lo demás, para Revueltas el Petate del Muerto es posturopédico, es decir, el mundo cruel es domable, armonizable mediante la inteligencia de la escritura.

Detalle de la película El Apando por identi.li
Detalle de la película El Apando por identi.li

Todo lo contrario. Pese a la crudeza de sus personajes: Apolonio y Albino, hampones orgullosos de su malévola casta y cuya única esperanza “en el cajón” es la de introducir droga; El Carajo porque tuerto y con la pierna tullida “valía un reverendo carajo, no servía para un carajo”; la Meche ratera “que estaba buena, mucho muy buena”; la Chata hembra “jocunda y bestial” y la madre de El Carajo tan estupefacientemente fea y sórdida como su vástago. Pese, también, a la inmundicia de ergástula que esta novela corta nos ofrenda. Se trata más bien de un display ficcional que es —a fuerza de oficio— radiante y jubiloso. La putrefacción articulada en las distintas fases de esta palpitación literaria, su maestría en la vivisección del sufrimiento, nos permiten disfrutar, ampliamente, los trazos contundentes del filo de la inteligencia ante los materiales narrados. Como no faltará un bobalicón que vea en esto una proclividad al vouyerismo empalagoso frente a una cámara de tortura­ —ya sea del autor o de este, su seguro servidor—, entendámonos: hablo de la contemplación del artificio magistral de la inteligibilidad de una escritura, es decir, de la pericia en la construcción de significaciones novelísticas.

Sabido es que Revueltas, debido a su férrea posición política, conoció de presidios, de hecho, todo un faquir del régimen carcelario mexicano: La Correccional, la cárcel de Santiago Tlatelolco, Las Islas Marías (con doble tour evocado en Los Muros de agua, 1941, en edición de autor) y Lecumberri. En esta última de sus estancias carcelarias, y con motivo de su alegre ubicuidad en el movimiento del 68 —es célebre su autoinculpación en la que se afirmó como el único responsable, para concentrar en sí mismo el castigo de todos, una suerte de: “yo te aseguro que yo sí fui” cantado socarrónamente desde su crujía— fue cuando escribió, en el lapso “Febrero-Marzo (15), 1969”, la precisión es de él, El Apando (1969, Ed. Era).

En esta breve obra, José Revueltas encuentra el círculo de la cuadratura de una mazmorra de escarmiento. Traza la redondez perfecta de su objeto literario: un penal que, claro, es el mexicanísimo Lecumberri, pero, gracias a su comprensión imaginativa, al encuentro de lo universal en lo particular (y aquí no está de más recordar que recomendaba, al que pretendiera ser escritor, la lectura de la Fenomenología del espíritu de Hegel) nos remite no al sistema penal fulano o perengano; sino a una realidad más acá y simultáneamente más allá de su arquitectura punitiva. A una estructura plásmica, a una genealogía, antropomórfica demasiado antropomórfica, que muestra su golosa arborescencia antropofágica. Casi al final el narrador refiere “una arqueología de las pasiones” como trasfondo del relato. Por eso presos y custodios, más allá del penal, son cuadriculados, expresados desde las profundidades de nuestra taxonomía zoológica.

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