Post-neoliberalismo

Sergio Saldaña Zorrilla

Escribo este artículo con el fin de poner un poco de orden conceptual en el actual debate público sobre la economía mexicana y, en especial, lo escribo debido a la ausencia de una propuesta de modelo económico que reemplace al neoliberalismo. Está siendo cada vez más frecuente el uso de términos equivocados por parte de líderes de opinión, así como la propagación de malinterpretaciones –intencionales o accidentales- sobre los objetivos económicos del actual gobierno.

Entre los economistas más serios que han analizado la economía mexicana de las últimas cuatro décadas, existe una especie de consenso en la dirección de que el modelo económico neoliberal está agotado. Los criterios para determinar dicho agotamiento consisten en sus malos resultados en los tres pilares convencionales de los resultados económicos de un país: estabilidad, crecimiento y bienestar. En los hechos, el neoliberalismo mexicano, en vez de generar estabilidad económica, ha generado recurrentes recesiones económicas; en lugar de lograr un crecimiento económico significativo, ha engrosado las filas de la pobreza en el país; en vez de aumentar el bienestar, hoy las mayorías han deteriorado sus ingresos reales y ha disminuido su acceso a bienes públicos.

La reciente afirmación presidencial de que estamos entrando en el post-neoliberalismo, así como la reciente renuncia del ex Secretario de Hacienda Carlos Urzúa sin haber logrado formular un modelo económico compatible con la Cuarta Transformación, son hechos que nos obligan a ordenar el debate. En este breve artículo[1] se pretende dar respuesta a las siguientes interrogantes: ¿qué es la política económica? ¿Qué son un modelo económico, la teoría económica y la doctrina económica? ¿Qué es el neoliberalismo? ¿Qué es el post-neoliberalismo? ¿Qué doctrina, teoría y modelo debemos entonces implementar?

Definición de conceptos

Iniciemos por definir el concepto del objetivo a superar: el neoliberalismo. El neoliberalismo es un modelo mental para conducir la economía y la política. En su vertiente económica, el neoliberalismo se apoya en un conjunto de modelos económicos basados en el liberalismo económico de la teoría neoclásica, la cual, a su vez, es una versión ligeramente modificada de la teoría económica clásica del S.XIX. Los modelos son representaciones mentales simplificadas de la realidad. La realidad es tan solo una interpretación producto de la percepción de los sentidos y de la razón. Las interpretaciones están impregnadas de subjetivismo, omisiones y errores propios del observador, en este caso, del modelador. Por eso, todo modelo debe tomarse con precaución. Pero esto tampoco debe llevarnos al otro extremo de opinión, tan común entre algunos críticos de izquierda, que consiste en considerar a los economistas como algo malo.

Los economistas pueden ser tan buenos o tan malos como un médico puede ser tan bueno o tan malo para curar a un enfermo. El prejuicio contra los economistas se lo debemos a los malos economistas que han ocupado los cargos de mayor autoridad económica de este país durante las últimas cuatro décadas debido a su reducido conocimiento de enfoques de teoría económica aunado a su falta de bondad hacia las mayorías de este país. Además, desde hace más de cuarenta años que carecemos de una doctrina económica propia. Para dejar más claro esto, continúo con la definición de conceptos.

La teoría económica es el conjunto de escuelas de pensamiento económico que, con base en la instrumentalización de modelos, pretende explicar el comportamiento económico. Así, la teoría económica puede clasificarse por la magnitud de su objeto de estudio en macroeconomía y microeconomía, así como por las variables en las que ponen el énfasis puede clasificarse en, mínimamente: escuela de Salamanca, mercantilistas, fisiócratas, escuela clásica, teoría del valor-trabajo marxista, escuela marginalista, escuela keynesiana, escuela austriaca y escuela neoclásica (las cuales, a su vez, se subclasifican en diversas corrientes, como el monetarismo, neokeynesianismo, entre otras).

Por su parte, la doctrina económica se sitúa justo entre la teoría económica y la ideología. Las doctrinas económicas constituyen los fundamentos éticos y técnicos que, haciendo uso –e incluso modificación- de la teoría económica, sirven para alcanzar el desarrollo económico. La ideología es un componente importante en la definición de la doctrina económica, pues constituye el conjunto normativo de emociones, ideas y creencias colectivas compatibles entre sí, que dan forma a las aspiraciones de una sociedad, las cuales pueden ser conservadoras o revolucionarias, conformistas o ambiciosas, dependiendo del momento histórico. Quiero ser insistente en la afirmación de que la ideología representa tan solo una parte de la doctrina económica, por lo que de ninguna manera puede aspirar a constituir por sí sola la doctrina económica en la que se base la conducción de un país; cuando esto ha sucedido, dicha conducción ha fracasado inequívocamente –como en la planificación económica de la antigua Unión Soviética, donde la ideología dominó tanto dentro de la doctrina, que desterraron a gran parte de la teoría económica, la cual probó que era sumamente necesaria cuando la autoridad económica soviética quiso reemplazar vectores de precios por decretos de precios de los bienes y servicios, que fue lo que en última instancia llevó a la economía soviética a funcionar cada vez más lejos de la eficiencia económica, lo cual, a la larga, lleva a la quiebra a cualquier economía.

 

La  Política Económica es el conjunto de decisiones materializadas en acciones por parte de la autoridad gubernamental de un país para dirigir su economía, fijando objetivos y plazos de implementación.

El post-neoliberalismo (o posneoliberalismo, como se prefiera escribir) es tan sólo el modelo que sigue después del neoliberalismo que estamos derrumbando, y lo especificaremos en función del momento exacto del ciclo económico por el que estamos pasando: desaceleración pre-depresión.

Ningún enfoque económico es permanentemente válido. Los enfoques deben responder a las necesidades generadas por la realidad, la cual cambia a cada instante. Por eso quien dirija la economía de un país debe conocer la pluralidad de enfoques y mantener el contacto con la realidad.

Hace un año y medio publiqué por primera vez que México debe cambiar a un modelo económico post-neoliberal (Saldaña Zorrilla 2018[2]), esto es, sin volver a modelos económicos del pasado, por bueno que haya resultado alguno de ellos. Ninguna vuelta al origen es un retorno, decía Octavio Paz a propósito de la tendencia de las culturas milenarias a la utopía de la vuelta a los orígenes. El relativismo del tiempo hace que nunca regresemos a donde alguna vez estuvimos. Quienes añoran las décadas doradas de la economía mexicana (1940s. 1950s y 1960s) también deben comprender que tanto México como el mundo han cambiado enormemente desde los gloriosos tiempos del modelo de desarrollo estabilizador. Los buenos resultados de ese modelo, ejemplares en términos de estabilidad y crecimiento especialmente durante los años 1950’s y 1960’s, hoy no se alcanzarían usando las mismas tesis keynesianas, estructuralistas, o de adaptaciones como el desarrollo hacia afuera y el desarrollo desde adentro. Eso hoy puede servirnos, a lo mucho, de inspiración. Lo anterior debido a que, entre otras circunstancias: i) mientras en los 1950’s estábamos a inicios del auge de la economía de la post-guerra, hoy estamos a inicios de una depresión de economía de pre-guerra (entre los EUA y China[3]); ii) hemos pasado de ser una economía de producción predominantemente primaria, a ser una economía mucho más diversificada y exportadora el día de hoy, y; iii) por el dominio del Federal Reserve Bank de los EUA sobre el valor de nuestras reservas internacionales una vez abandonado el patrón oro, el manejo de nuestros agregados monetarios ha dejado de ser soberano, por lo que zafarnos de esas ataduras representa un reto adicional. Ruego al lector no confundir esta advertencia con la trillada frase hueca de los neoliberales que afirman que “no podemos quedarnos al margen de la globalización”; justamente mi postura es la contraria a los neoliberales: claro que sí podemos y sí debemos retirarnos de la globalización en estos momentos, pero debemos hacerlo de forma estratégica para no sumirnos en una crisis de ajuste estructural. Francamente creo que los economistas del desarrollo estabilizador y sus respectivos secretarios de hacienda (Beteta, Carrillo, Ortiz, etc.) están sobrevalorados, especialmente por quienes sienten nostalgia por los buenos resultados en materia de estabilidad, crecimiento y empleo de esas décadas. Creo que el verdadero mérito de los secretarios de hacienda de esos tiempos consistió tan sólo en la adhesión y cumplimiento de los Acuerdos de Bretton Woods. Sin embargo, el mérito intelectual de esos buenos resultados proviene de John Maynard Keynes y de Dexter White. Keynes por la teoría, White por la negociación para llegar al Acuerdo. Sin embargo, hoy estamos lejos de disponer de un cobijo multilateral como el que Bretton Woods dio a la economía mundial de esas décadas, por lo que insisto en la necesidad de tener cuidado del multilateralismo financiero actual.

En el artículo referido que publiqué hace año y medio señalaba también que no podemos implementar un modelo económico anti-neoliberal, sino uno post-neoliberal. Ser anti-neoliberal es negar el neoliberalismo, lo cual conlleva un intento de retorno a un punto del pre-neoliberalismo, tiempo que es ontológicamente inalcanzable. Retornar al pasado es negar el presente, lo cual es, además de irreal, intelectualmente pobre. Parafraseando a Ortega y Gasset al respecto del liberalismo en La Rebelión de las masas, podemos decir que ser anti-neoliberal es lo que ya éramos antes del neoliberalismo, cuando sabíamos menos y nuestra realidad era mucho menos compleja. Hoy necesitamos implementar un modelo económico que trascienda al neoliberalismo. Por eso hoy necesitamos un modelo post-neoliberal.

La historia de la humanidad tiene periodos donde parece que la historia se repite, así como periodos donde parecen suceder cosas nunca antes conocidas. En la economía sucede algo similar. Los ciclos económicos son la muestra de ello. Cuando se analizan los patrones de crecimiento de la producción de las economías capitalistas a través de largos periodos, se identifican periodos de expansión y de contracción del Producto Interno Bruto (PIB). A esas fluctuaciones se les conoce como ciclos económicos. En los periodos de contracción, millones de trabajadores se quedan en el desempleo y hay una drástica caída en los niveles de inversión y las pérdidas empresariales se multiplican. Sin embargo, desde el fin de la Gran Depresión -y sobre todo después del fin de la Segunda Guerra Mundial-, estas fluctuaciones se han vuelto menos extremas, en buena parte debido a los avances del estudio de la macroeconomía y de cierta regulación internacional de los mercados. Acá entramos en el terreno del fino arte de la estabilidad económica, que parte de decisiones de política económica nacional y de su coordinación internacional.

La cooperación internacional es un arma de doble filo; si se sabe usar a favor puede traer grandes beneficios para un país; si no se sabe aprovechar, el país en cuestión se convierte en tan solo un peón del ajedrez de la estabilización de las potencias, caso en el que se sitúa nuestro país, especialmente durante las últimas cuatro décadas. El papel de peón o rey en ese ajedrez de la estabilización económica global no depende solamente de la capacidad militar-productiva que respalde a dicho país, también juega enormemente la habilidad diplomática para formar bloques geopolíticos que defiendan los intereses nacionales. Sin esas alianzas, no se explica cómo economías desarrolladas como Austria o Noruega, que cuentan con relativamente poco poderío militar, poseen las ventajas económicas actuales. En virtud de lo anterior, no debemos abstenernos de participar en el juego económico global. El otro punto de importancia que juegan los ciclos económicos consiste en la identificación del punto del ciclo por el que atraviesa la economía global y la economía nacional, pues el tipo de modelo económico a implementar en el país dependerá de si estamos en auge o en contracción.

Este mes se cumplen 75 años del Acuerdo de Bretton Woods, que, contrario a la creencia común, buscaba dar a los Gobiernos mayor poder sobre los mercados –pues ya estaba empíricamente demostrado que la economía entregada a las fuerzas del libre mercado tiende inequívocamente a la Depresión. Luego del Acuerdo de Bretton Woods vinieron 30 años de estabilidad y crecimiento keynesiano, hasta que llegó el neoliberalismo –con la especial presión del gobierno de Nixon para romper los Acuerdos de Bretton Woods. A partir de ahí, no ha vuelto a haber un acuerdo global en la dirección de un fortalecimiento real de la demanda mundial. El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) son dos instituciones financieras multilaterales que fueron creadas dentro del marco del Acuerdo de Bretton Woods con la finalidad de llevar a cabo esa misión reguladora, reconstructora y de sostenimiento de la demanda. Sin embargo, desde inicios de los años 1970s, se desvirtuaron los objetivos originales del FMI y del BM, convirtiéndolos en los actuales instrumentos de acomodo de capitales de la banca privada multinacional sin la más mínima intención del fortalecimiento de mercados internos, lo que le ha costado gran parte de la crítica negativa que desde entonces ha recibido (especialmente en los países de la periferia económica). Así pues, son razones reales las que me llevan a proponer reducir la dependencia de la economía mexicana, y no un simple capricho autárquico.

El modelo post-neoliberal

Al analizar las fuerzas que determinan los cambios en la escala de producción y de empleo de manera global, podemos notar que nos dirigimos a un periodo de depresión de la economía mundial. Estamos en un escenario económico global muy similar al de inicios de los años 1920s. Ante ello, debemos prepararnos para reducir la interdependencia global. Por eso, el modelo a implementar en México en este momento debe partir de la recuperación de los salarios reales para eliminar la brecha de demanda, implementar un proteccionismo gradual para reducir los impactos negativos de la desaceleración de la economía global y fortalecer la industria nacional. Se trata de un modelo post-neoliberal de sustitución estratégica de importaciones con un desarrollo desde abajo. La doctrina económica de este modelo debe basarse en un planteamiento moral de corte igualitarista, alejándonos del utilitarismo-individualista que lleva operando durante más de cuatro décadas[4]. Lo anterior no sólo por simples razones de compasión ante los actuales niveles de marginación -y descomposición- social (que ya serían suficientes para tomar semejante decisión), sino además por la insostenibilidad económica del utilitarismo.

Definitivamente, la política laboral es la parte de nuestro modelo post-neoliberal que más debe alejarse de los postulados de la teoría clásica (en la que se basa el neoliberalismo). En especial, debe alejarse de los dos postulados fundamentales de la teoría clásica que suponen que: i) el salario es igual al producto marginal del trabajo, y que; ii) la utilidad del salario es igual a la desutilidad marginal para un mismo volumen de trabajo.

Ya Keynes demostró[5] que la oferta de mano de obra no es función del salario real, con lo que derrumbó toda la teoría clásica del empleo. Si los postulados de la teoría clásica y neoclásica del empleo fueran ciertos, parte de los trabajadores dejarían sus trabajos cuando los precios suben, pues con ello baja su salario real, lo cual no ocurre en la práctica, pues aunque suban los precios y sus salarios nominales sigan siendo los mismos, los trabajadores siguen trabajando e incluso buscan fuentes de ingresos complementarias.

En ausencia de un Estado que los regule, los mercados laborales en la práctica tienden a reducir constantemente los salarios reales de los trabajadores, lo cual abre una brecha de demanda por la caída del poder adquisitivo que genera un círculo vicioso de reducción de ventas de las empresas, reducción de la inversión privada, aumento del desempleo y nuevas reducciones de salarios reales –o una caída en los precios con riesgos deflacionarios. Esta es la mecánica empleada en México durante las últimas cuatro décadas, en que los aumentos en las ganancias empresariales descansaron en los crecientes rezagos de aumentos del salario nominal respecto del aumento inflacionario, lo que en la teoría valor-trabajo marxista implica el aumento de la tasa de explotación.

El segundo postulado de la teoría clásica también es insostenible debido a la movilidad imperfecta del trabajo, así como por la existencia del desempleo involuntario, cuya existencia no admite la teoría clásica; increíblemente, los clásicos, neoclásicos y neoliberales niegan la más evidente realidad cotidiana. Para ellos, el desempleo existe porque los trabajadores se niegan a aceptar el salario que les corresponde en función de la productividad marginal de su trabajo, lo cual se conoce como desempleo friccional. En conclusión sobre este punto, debe haber una estricta regulación, una vigilancia permanente y mecanismos de corrección inmediata por parte del Estado en los mercados laborales a fin de que no caiga el salario real, pues, como la teoría keynesiana lo demuestra, esta es la causa de fondo de las crisis.

Por esta misma inverosimilitud de los supuestos clásicos es que siempre me ha parecido una duplicación intelectual del debate económico de las últimas cinco décadas el estar demostrando una y otra vez la invalidez de los postulados de la teoría clásica. Ya Keynes los derrumbó una vez y jamás volvieron -ni volverían- a reconstruirse. La reaparición de la teoría económica clásica en la segunda mitad del S. XX en su forma neoclásica-neoliberal no se debe entonces a un triunfo intelectual de sus postulados, sino estrictamente se debe a intereses de grupos de poder.

En materia productiva, también debemos alejarnos de la teoría clásica, especialmente de aquel postulado conocido como Ley de Say, que sostiene que toda oferta crea su propia demanda, y que proviene de la doctrina clásica de la primera mitad del S. XIX, como es el caso de John Stuart Mill, que en su obra Principios de Economía Política[6], desarrolla una extensión económica de los planteamientos morales del utilitarismo de su padrino Jeremy Bentham. Y recalco aquí el papel fundamental que han jugado siempre las apreciaciones morales como influencia determinante de la teoría económica, por lo que insisto que no existe una teoría económica neutra o desligada de intenciones morales. La teoría económica es siempre una consecuencia moral.

Mill señala que los medios de pago de una persona son sencillamente otros bienes de su propiedad, con los que él paga los bienes que consume. Esos bienes que consume, a su vez, fueron producidos por otras personas. Así, todos los vendedores también son compradores. Bajo esa lógica, si duplicáramos los bienes producidos en todos los mercados, señala Mill, duplicaríamos entonces el poder adquisitivo de todos. Los mismos razonamientos simplistas se encuentran explícitamente desarrollados por Marshall, Edgeworth, Pigou, entre otros clásicos, y están implícitamente implementados en todos los enfoques neoclásicos y, por tanto, en los neoliberales. Este razonamiento es el propio del trueque, por lo que su entendimiento es fácil de asimilar para cualquier individuo, pues tiene una aparente verificabilidad, que lo lleva a aceptarlo. Sin embargo, su validez termina cuando se considera la existencia del dinero y de los tipos de interés, los cuales alteran en el tiempo el valor presente de lo producido y su distribución entre agentes económicos. Por ello, los clásicos son insistentes en la neutralidad monetaria en la economía real; nada más insostenible que eso en la realidad. Las teorías clásica, neoclásica y neoliberal edifican sus modelos bajo el supuesto de que lo que una persona no consume en el presente, lo ahorra para su consumo y/o inversión en el futuro, lo cual hasta ahí es cierto; Sin embargo, a partir de ahí argumentan la falacia de que ese ahorro es igual al incremento neto de la riqueza futura de la comunidad a través de una demanda futura, cuando en realidad, las tasas de interés tienen un efecto distorsionador del valor intertemporal de la riqueza, pues cuando la tasa de interés es superior a la tasa media de ganancia empresarial de una industria dada durante ese periodo, el ahorrador ha aumentado su riqueza por encima del resto. La reiteración de esta operación lleva a una distribución inequitativa de la riqueza de la sociedad; a la concentración del ingreso.

Por ello, el modelo post-neoliberal debe tener una fuerte regulación bancaria y un fuerte control de la política monetaria, la cual no es, de ninguna manera, neutral en la definición de la distribución del ingreso. Para ello es importante retomar la función keynesiana de oferta global: ; así como la respectiva función de demanda global: , donde Z es el precio de oferta global de la producción, resultante del empleo de N trabajadores, mientras que D es el ingreso esperado por los empresarios por el empleo de N trabajadores. El nivel de empleo está determinado por la intersección de la función de la demanda global y la función de oferta global, debido a que en ese punto se maximizan las expectativas de ganancias de los empresarios; el valor de D en esta intersección se denomina demanda efectiva, y es la esencia de la teoría general keynesiana, cuya identificación e instrumentalización es la palanca para aumentar sostenidamente el empleo.

Si bien es cierto que del modelo ricardiano de comercio internacional debe rescatarse la lógica del costo de oportunidad, que implica no fijarnos la meta de producir todo en el país, pues hay bienes de poco valor estratégico y altos costos de producción nacional que será más eficiente importar, también es cierto que debemos hacer un marcado énfasis en producir en el país la mayor parte de los bienes, tan eficientemente como sea posible. Se deben producir en el país especialmente aquellos bienes altamente estratégicos, los cuales debemos, inequívocamente y cueste lo que cueste, producir dentro del país por mexicanos. En el caso de las actividades económicas más estratégicas, la producción debe realizarse con la exclusividad del sector público. Así como el Estado no puede reemplazar eficientemente al sector privado, exactamente así el sector privado tampoco puede reemplazar eficientemente al Estado.

En lo que respecta a política monetaria, el Banco de México debe aumentar sus reservas de oro, relajar los agregados monetarios M1 y M2 pero controlar más el M3 con un fuerte control de los tipos de interés. En política fiscal, el gasto público debe orientarse a inversión en infraestructura, principalmente en los sectores estratégicos (educativo, alimentario, energético, comunicaciones y transportes, principalmente), con una creciente generación de valor desde las empresas del sector público y una fuerte regulación. Por eso mismo, proyectos de inversión como las refinerías y los ferrocarriles son ejemplos de lo que sí debe hacerse para el abatir el rezago de décadas en la producción, la inversión pública, el empleo y el fortalecimiento de los salarios reales. Hasta ahora, el cronograma mensual de estas inversiones públicas está conteniendo el inicio de su derrama económica, principalmente por los tiempos de planeación y ejecución que inversiones de tal envergadura requieren. Ello explica que los niveles de inversión física de los primeros dos trimestres de 2019 registrados por INEGI no hayan aumentado como de costumbre respecto de los mismos periodos del año previo; Ello es perfectamente comprensible si se considera que, durante las últimas tres décadas, gran parte del gasto público se realizaba durante los primeros seis meses del año. No debe sorprender entonces que esta prudencia en el gasto público influya en los niveles generales de inversión del país, ante lo cual las expectativas de parte del sector privado se están adaptando. Algunos de ellos, en consecuencia, también están posponiendo sus planes de inversión. Esto es simplemente una posposición del crecimiento, que, una vez iniciadas las inversiones públicas, se traducirán en un fuerte crecimiento sostenido. Estas inversiones públicas no generarán los mismos bajos impactos en el crecimiento y el bienestar económicos de las décadas recientes, pues, en esta ocasión, estas inversiones vienen acompañadas de otras medidas de fortalecimiento de la demanda agregada, por lo que su impacto positivo será mucho mayor y estará fuertemente eslabonada con múltiples actividades económicas de la economía nacional.

En un siguiente artículo explicaré el papel del multiplicador de la inversión y de la propensión marginal a consumir, con el fin de complementar estas ideas. Justamente, es por ahí.

 

Notas:

[1] Si bien el presente artículo no pretende hacer las veces de libro de texto de economía, debido al alcance de este medio de comunicación a un público de formación académica tan heterogénea, así como por lo breve que debe ser un artículo que pretenda circular por todos los medios, intento al menos proponer algunas definiciones básicas para el debate sobre el tema.

[2] Saldaña Zorrilla, Sergio O. (2018) ¿Con qué reemplazamos al neoliberalismo? Diario Sin Embargo. 3 de abril de 2018.

[3] Léase al respecto: Saldaña Zorrilla, Sergio O. (2015). Reforma Energética en México: ¿Alfil en la guerra China-EUA?  Diario Sin Embargo. 18 de marzo de 2015.

[4] Es previsible que los más individualistas objetarán esta afirmación reclamando que no hemos sido lo suficientemente individualistas ni libertarios durante el periodo neoliberal en México, lo cual sólo nos confirmará la profundidad de su egoísmo.

[5] Keynes, John M. (1995). Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero. Ed. Fondo de Cultura Económica. Ciudad de México.

[6] Mill, John Stuart (1951). Principios de economía política, con algunas de sus aplicaciones a la filosofía social. Ed. Fondo de Cultura Económica (FCE). 2ª ed. México.

Sergio Saldaña Zorrilla

Doctor en Economía por la Universidad de Economía de Viena (WU-Wien), Austria, egresado de la Licenciatura en Economía de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), ex economista de la CEPAL, en Santiago de Chile y de IIASA, en Laxenburg, Austria.
Sergio Saldaña Zorrilla

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