“Protección ciudadana” y la pirámide de la corrupción moral

Guadalupe Lizárraga*

Foto: Circula sin autor en la red

La violencia hacia las mujeres en Ciudad Juárez ha tenido la contribución de policías federales, estatales, municipales y militares. En el análisis de los feminicidios en los últimos seis años se ha encontrado participación activa, es decir, corrupta de miembros de estos cuerpos de seguridad.

La propia fiscal Rosa María Sandoval, responsable de las investigaciones de estos crímenes en el estado de Chihuahua, ha sido denunciada por sus amenazas de muerte, a periodistas y al joven Manuel García Ruiz, quien ayudaba a Marisela Escobedo a buscar a su hija, y después a buscar al asesino de su hija.

No son pocas las historias de las víctimas que pudieron haberse salvado, pero en todos estos casos, encontraron corrupción, ineficacia, desaparición de pistas, indiferencia y complicidad de las policías. Podríamos atinadamente decir con mayúsculas: Misoginia.

Al ver esta foto en la red, no puedo quedarme callada, sin pensar en esas vidas que se pudieron salvar y en las madres que lloran a sus hijas. “Protección ciudadana” y encontramos federales disparando a jóvenes en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez o en la Normal de Ayotzinapa. “Protección ciudadana” y vemos policías embriagados de droga en Torreón o escuchamos denuncias de los municipales asesinos de Santa Catarina. “Protección ciudadana” y no puede faltar la obscenidad del misógino manoseo frente a un lente de cámara por un uniformado.

El hecho de que podamos pasar de largo en las redes sociales ante una imagen como la que aquí se muestra, no impugna la falta de ética del policía y su acto de misoginia. La imagen no es sólo una invitación a que prestemos atención. Hay mucho más en ello. Hay un estado de cosas que hemos aceptado hasta ahora los mexicanos, sin poner en entredicho. Es la burla en pirámide proyectada desde el presidente, Felipe Calderón, hasta sus bases de seguridad. Todos dicen protegernos y hacer valer nuestros derechos. Demasiado perverso para un país tan hundido y con tantos muertos.

La poca o nula indignación moral que instantáneamente puede producirnos esta imagen como un mero objeto de contemplación es, en alguna medida, el peso y la seriedad que le damos al costo humano que implica una autoridad pública con la moral corrompida.

¿Debemos indignarnos por una imagen que consideramos normal, un hombre y una mujer enfiestados en una noche? Podría pensarse que la respuesta es obvia. Pero las muertas no hablan. Aquí sí.

La imagen de un intimidante uniforme, una patrulla impecable, y una mujer desnuda es tan acusatoria como la corrupción de las policías, los feminicidas de Juárez y sus cómplices burócratas. Todos saben quiénes son, pero siguen al frente de sus escritorios con su sueldo completo.

No podemos entenderlo, quizá ni siquiera podamos imaginar lo que significa el dolor de una madre a quien le descuartizaron a su hija, o el del esposo que le entregaron a su mujer mutilada de sus extremidades y con los pezones balaceados, o el padre que recoge una osamenta con el nombre de su hija a quien buscaba por años, mientras se la guardaban en la morgue. No podemos entenderlo hasta que se experimenta en carne propia. Y en la pirámide de la corrupción moral, Calderón simplemente no sería el mismo, si su hija ya hubiese muerto.

 

 *Escritora y periodista mexicana en Los Ángeles, CA.

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