Putin: Cosas rusas

Antonio Hermosa Andújar*

Primer Ministro de Rusia Vladimir Putin

Rusia se renueva, señores, y empieza por la Duma, cámara baja de la Asamblea Federal de Rusia, encargada entre otras funciones de aprobar las leyes, tanto federales como constitucionales, para las que se requieren diferentes mayorías. Está compuesta de 450 diputados, y me juego un Putin a que hay alguno entre ellos al que el futuro presidente y actual primer ministro no ha alentado, promovido, designado, financiado, comprado, vendido, chantajeado o lo que se tercie, que es gerundio, y por algo los dineros, aunque no sean suyos, los maneja él. ¡Y creerán los ayatolá que lo de hacer de titiritero con la oposición lo han inventado ellos!

Lo inexplicable, y, por supuesto, lo antirruso, es el resultado producido pese al putinazo electoral (ruego al lector me permita en este caso la pedantería de llamar a la cosa directamente por el nombre ruso en lugar de usar el nuestro de pucherazo electoral), o sea: que si hay urnas misteriosamente rellenadas con votos no depositados por nadie; que si hay tiovivos que giran por diversos colegios electorales votando en todos ellos (¡y no sé qué me hace sospechar que votando siempre lo mismo, o sea, y en definitiva, al mismo); que si se autoriza la presencia de observadores internacionales antes de obstaculizarles tanto en su labor como para parecer ausentes; que si se detiene a alguna de ellas por sospechosa habitual en esta Casablanca rusa; y lo más importante: las voces de la oposición, todas silenciadas por ataques masivos de hackers que casualmente, ese día y durante esas horas, pasaban por allí sin nada que hacer. Y ello sin contar con la tradición: más tiempo en la tele, más propaganda en el cielo y en la tierra, uso de los aparatos administrativos del Estado como si fueran propios, compra de votos, etc.

Sólo ha faltado poner la guinda al pastel, o sea, que los dirigentes de Rusia Unida (RU) se quejaran de que a causa de todo eso han perdido la mayoría: se entiende la buena, la cualificada de dos tercios. La otra, la absoluta, sí la han conservado, pero es con la que han perdido con la que se hubiera podido decidir, por ejemplo, que il capo Putin desempeñaría de una vez por todas todos los cargos de todas las Rusias por todos los siempres; y que cuando se cansara, si es que un caníbal así se sacia alguna vez de la carne humana, fundaría su propia dinastía llevando al putinato a su putinito preferido a fin de evitar ese putiferio, como diría un italiano, que se monta con cada elección, y que a tanta gente descontenta deja sin que la oficialidad, y con razón, sepa muy bien por qué: ¡como si fuera la primera vez que pasa!

Y, sin embargo, fíjense en lo sucedido: a pesar de cuanto he dicho resulta que RU ha pasado del 64.30% de los votos al 49.5%, reduciéndose el número de diputados de 315 a 238, que si en mucho da para mucho en materia constitucional, en cambio, apenas da para pipas (por ejemplo, si RU decidiera iniciar en la Duma un proceso de reprobación del putin de turno lo tendría peliagudo, pues se requieren dos tercios… ¿han reído ya bastante? Pues sigo. Las caras del dirigente y medio de Rusia explicando el indómito resultado eran un tratado de elocuencia por sí mismas.

¡Y qué desaire en plenas elecciones el de los desarrapados esos, antipatriotas vendidos a algún Occidente de por ahí, que han votado contra Rusia, es decir, contra él! Cuando se autoproclamó próximo presidente del país, sin consultar a nadie, presidente incluido –un presidente al que él había nombrado antes primer ministro para luego nombrarse a sí mismo primer ministro con el otro de presidente, y prometerle que será el próximo primer ministro cuando él vuelva a ser presiente-, no hacía sino entroncar plenamente con el meollo de la historia rusa y perfeccionarla: 614 delegados -o sea, los que había- lo eligieron de forma “unánime” y “secreta”. Éxito imperial, Señores: los comunistas, al menos, para ser tan unánimes tenían que recurrir a elecciones a mano alzada. Pero denle un poco de tiempo al gran Putin a que digiera la sorpresa, tan impropia, y verán pronto cumplida su venganza contra tanta infame perfidia.

Ante semejante atentado histórico contra la Madre Rusia (y su actual padre putativo), lo primero que le pasa a uno por la mente es preguntarse: ¿pero bueno, es que ya no hay rusos? ¿Dónde están esos ingratos? Con lo bien que babeaban antes en su presencia, cuando el ex coronel del KGB –llenas las arcas del tesoro público con los beneficios obtenidos del petróleo- les compraba de todo, les regalaba bienestar, hacía reformas sociales y bajaba los impuestos; y al tiempo que acababa con los cambios que dividían la sacrosanta Unidad Rusa, inyectaba en los corazones que se dejaban ese arcaísmo que sigue siendo el patrioterismo ruso, que sólo es feliz cuando va delante de los demás y, a ser posible, sobre ellos.

En fin, pase que muchos se olviden de militar en un partido-marioneta al que el domador ni pertenecía; pase eso de olvidar en general que el contrato político ruso se basa en que el gobierno ordena y el súbdito obedece, con tal, eso sí, de que se le deje en paz y se le ponga cómodo; pase también olvidar que el desorden y la política rusa son dos de las cosas que más se parecen del mundo, sobre todo en Rusia; o la aspiración a santificar a Stalin; y, por pasar, pase que mucho ruso haya olvidado su historia de tanto repetirla, convirtiéndola en naturaleza, con lo que se la consagra en lugar de cambiarla; pase, pues, que hayan caído en el agujero del olvido los siglos de servidumbre, las siete décadas de totalitarismo, el permanente desprecio de la individualidad y humillación de la colectividad. De acuerdo, pasemos por alto todo eso y el conjunto de taras que dicho conglomerado de tiranía y esclavitud pone al advenimiento de la democracia en Rusia incluso cuando lleguen elecciones limpias. ¿Pero y mi Putin, qué tiene Él que ver con todo eso? ¿Adónde ha ido a parar ese indestructible amor que le profesaban los rusos cuando más gángster parecía: cuando, por ejemplo, tras soltar una ráfaga de palabras, su boca humeante era la mejor garantía de que había caído acribillado el sempiterno terrorista o el puntual periodista? Aquéllos sí eran tiempos: te miraba, y caías fulminado con la mirada; lo mirabas, y te convertías en estatua de piedra por osar mirar a los ojos a la Gorgona rusa.

Eso sí, no se me emocionen demasiado rápido que aquí nada está ganado; el culto del ruso medio al hombre fuerte, más allá siempre y por encima de las instituciones, santificado además por esa otra parte inmarcesible del alma rusa que es, al decir de Dostoievski, la religión (ortodoxa, no la de los pecadores), no es precisamente flor de un día; y esas creencias, más su control de las instituciones y la corrupción galopante de la sociedad, y genuina alma de la misma, vuelven mucho más peligroso al león herido que cuando las presas se disputaban el honor de ser la primera en llenar su estómago. De momento, por tanto, Rusia se ha renovado y Putin ha sustituido a Putin: ¡viva el Rey!

Cabe suponer que ahora, cuando el precio del petróleo es más inestable y la crisis europea una realidad tan tangible, las arcas del Estado no rebosen como hace unos años, y que si bien Rusia pueda seguir creciendo el ritmo será más lento y el dinero será algo más invisible; cabe suponer que, en más de una ocasión, los votantes del actual zar –les pido disculpas por hacer como si ya fuera marzo- se queden incluso sin chuches, lo que les puede instar a la búsqueda de un nuevo dueño y a venderse más barato. Mas también Putin, en tal caso, igual otearía alguna nube en el horizonte, porque desde las redes de poder, esa especie de reminiscencia feudal resurgida en Rusia, que concentran el poder económico y social en torno a determinados potentados, que suelen situarse detrás del candidato ganador -y logran ser el principal contrapoder político real que, si se les enfrentan, hallan los ocupantes transitorios del Kremlin-, cabría empezarse a tramar un recambio, y hasta venderlo democráticamente dadas las formas autocráticas del próximo inquilino del mismo.

Especulaciones aparte, lo realmente verídico del resultado electoral es que ni con las trampas habituales más las inventadas para la ocasión Putin ha logrado retener la mayoría anterior. Muchas voces, incluso entre antiguos partidarios, se han alzado contra el nuevo Mesías que siempre está dispuesto a inventar un problema mayor del que salvar a su país con tal de permanecer él en el poder. Y, a su lado, algo que quizá a algunos parezca una nueva Rusia que no para de crecer, aunque de modo más lento de lo que se le necesita, y que para ello se ve constreñida a recorrer una vía paralela fuera de las instituciones, pútridas como sus sucesivos amos. Pero lo cierto es que poco hay de genuinamente nuevo en esa Rusia separada del alicaído zar; unos redivivos comunistas son hoy el segundo partido en la Duma, y detrás una serie de fuerzas políticas más o menos furibundamente nacionalistas. Putin, por tanto, caso de que esté empezando a morir, seguirá matando al morir por ser historia rusa en carne viva. Más allá de su futuro silencio, de llegar a producirse, lo cierto es que la alegría por la pérdida de votos y de poder por parte del partido del gobierno no compensa, ni de lejos, el escepticismo sobre el futuro democrático del país. De momento, en efecto, hay numerosos testimonios de vida democrática en un océano antidemocrático, pero no parece que la democracia haya depositado en alguna fuerza política oficial sus esperanzas de llegar algún día a ser ciudadana rusa.

* Escritor y filósofo español.

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