Sergio Aguayo, ingenuidad o encubrimiento: el caso del CISEN

Capítulo: La red cooperativa de Sergio Aguayo o el origen de la sociedad civil de Calderón
Fragmento

Por Guadalupe Lizárraga

Con Eduardo Medina Mora, Sergio Aguayo Quezada tuvo la oportunidad de ser protagonista entre los recovecos del espionaje y la políitca de Inteligencia. Provenía de una familia relacionada con la Dirección Federal de Seguridad (DFS). Su padre, Jesús Aguayo Zaragoza, había sido un periodista con charola de Gobernación. Sergio seguía de cerca la información y contaba anécdotas de su padre. No obstante, aquellas referencias anecdóticas no incluían a Anastasio y Rafael Aguayo Zaragoza, que también tenían expediente en la DFS.

Desde mediados de los ochenta, Sergio Aguayo ya escribía sobre temas de seguridad, y se relacionaba con Jorge Tello Peón, uno de los directivos bajo las órdenes de Jorge Carrillo Olea, en la DFS, y luego en el CISEN. En los noventa, Aguayo se promovió como coordinador editorial de un libro de corte académico e invitó a Tello a colaborar con un ensayo sobre narcotráfico. El contexto era que Salinas de Gortari y Bush padre impulsaban una política internacional creada en 1989 y, en 1991, el Congreso estadounidense había designado al Pentágono como agente directriz para la prohibición de las drogas fuera del territorio de los Estados Unidos. La política de seguridad era fortalecida con los programas de ayuda a América Latina y el Caribe, con financiamiento administrado por el gobierno mexicano. Se trataba de un presupuesto para una guerra que no existía en México, al menos no como un problema público nacional. Sin embargo, Salinas de Gortari ya había creado alianzas y controles con los diferentes cárteles de narcotraficantes y la burocracia de seguridad nacional. La guerra estaba declarada, de acuerdo con la investigación del periodista Eduardo Valle Espinoza, El Búho, en El segundo disparo (Valle Espinoza, 1995). En ésta, se señalaban los hechos que llevaron a estrechas relaciones de Joaquín Chapo Guzmán con los Salinas de Gortari, y de cómo el tráfico de heroína por Tamaulipas era una de las empresas más exitosas liderada por Raúl Salinas, y custodiada por instrucciones presidenciales.

Tello Peón, en su propuesta para el libro de Aguayo, “El control del narcotráfico: operaciones estratégicas e intereses nacionales de México y Estados Unidos en el periodo posterior a la guerra fría” (1990), afirmaba que el narcotráfico ya era una amenaza directa para la seguridad nacional y se requería una cooperación más estrecha entre México y Estados Unidos, con estrictos controles, porque México había dejado de ser punto de tránsito. Aguayo apuntaba –aparentemente de manera simplista– la necesidad de un organismo de Inteligencia que fuera eficaz en la promoción de la democracia y que conciliara con el respeto a los derechos humanos. Los dos hacían sinergia, cada uno desde su perspectiva, e interactuaban con Carrillo Olea sobre la materia.

Pero por los acontecimientos dramáticos de 1994, se vino la interrupción del libro-campaña, debido a que Aguayo se involucraba directamente en la promoción de las elecciones presidenciales, con la fundación de Alianza Cívica, mientras Tello era ascendido a director general del CISEN. Finalmente, Las seguridades de México y Estados Unidos en un momento de transición (Aguayo, 1997), salió a la luz en 1997, y exponía la degradación de la DFS principalmente por utilizar la violencia con impunidad para control de la población, y por proteger a narcotraficantes, en el que mencionaba como ejemplo el asesinato del agente antinarcóticos Enrique Camarena y su piloto mexicano, en Jalisco. Aguayo sostenía, pues, que la DFS había sido infiltrada por el narcotráfico, y los agentes protegían a capos de gran envergadura. Como propuestas de solución, planteaba la modernización del organismo y la necesidad de incorporar a la “sociedad civil” como uno de los actores principales en temas de seguridad a manera de elementos de contrapeso y equilibrio, puentes de comunicación y creadores de fragmentación social con coaliciones capaces de hacer brotar disturbios de baja intensidad:

“La sociedad civil es el ámbito más propicio para las redes cooperativas, el que se fortalecerá más que cualquier otro y el que tendrá cada vez más influencia sobre el contenido y el tono de los asuntos de seguridad” (Aguayo, 1997).

En este periodo, se daba el arresto de Juan García Ábrego, uno de los cinco narcotraficantes más poderosos de México en ese entonces, con veinte cargos por narcotráfico y lavado de dinero, después de meses de presión por parte del gobierno estadounidense a la administración del presidente Zedillo para que México intensificara, con resultados, la guerra contra los cárteles del narcotráfico. Cuando fue arrestado el capo no ofreció resistencia alguna y, para la grata sorpresa de los agentes que lo capturaron, entre éstos el primer comandante de la PGR, Horacio Brunt Acosta, el narcotraficante solo estaba acompañado por dos hombres. Esto se interpretaba como una señal de la confianza que García Ábrego tenía en sus cuerpos de seguridad y de que no estaba preocupado por ser arrestado. Su sangre fría solo se habría quebrantado cuando se dio cuenta de que iba a ser expulsado a Estados Unidos, lo que sugería que esperaba ser liberado en México, como su hermano Humberto, liberado por el que sería abogado de Isabel Miranda de Wallace, el subprocurador de la UEDO, Samuel González Ruiz.

Un año después, 1998, Isabel caía en la cárcel, y González Ruiz era señalado por recibir millones de dólares para sacar del Maxiproceso a los hermanos Patiño Esquivel, ambos judiciales que daban protección al Cártel de Juárez. La prensa mexicana callaba estas historias.

Dos años más tarde, con Fox en Los Pinos y Medina Mora en el CISEN, Sergio Aguayo de nuevo lideraba otra investigación acerca de los servicios de Inteligencia, que daba pie a su siguiente libro La charola. Una historia de los servicios de inteligencia en México (Aguayo, 2001). Con el acceso privilegiado a un sinnúmero de archivos y una veintena de entrevistas a exdirectores, como Carrillo Olea, el mismo Tello Peón, agentes secretos, altos directivos y expresidentes reconstruía la historia del CISEN y destacaba las debilidades y fortalezas de la organización, concluyendo que se trataba de un nuevo organismo de Inteligencia eficiente y libre de corrupción. En su diagnóstico, por un lado, abordaba las persecuciones de la antigua DFS, y se enfocaba en casos de jóvenes opositores al régimen que habían sido desaparecidos por los gobiernos anteriores y el espionaje político a funcionarios. Esto le permitió cierta simpatía y confianza de grupos de izquierda y de sobrevivientes de la Liga Comunista del 23 de Septiembre. Por otro lado, en su conclusión, promovía seminarios y cursos de “expertos” para capacitar a los agentes en la nueva etapa de “modernización” del CISEN. Una de las tareas de estos “expertos” fue la de evaluar favorablemente el organismo de Inteligencia bajo la administración de Medina Mora, y dar su aval en marzo de 2001, de no estar penetrado por el narcotráfico, pese a que Aguayo, tres años antes sostenía que era el principal problema del CISEN, la protección a narcotraficantes.

Genaro García Luna ya era autoridad especializada y con rango en el CISEN, durante las investigaciones de Aguayo. Sin embargo, evitó mencionar su nombre y solo aludía a su área de manera indirecta. Sabía del Grupo de Apoyo Táctico, coordinado por García Luna, en 1999, y del apoyo que daba Telmex a esta área, para el espionaje, así como la red de los 600 agentes que García Luna movía a Inteligencia de la Policía Federal Preventiva, para el supuesto combate del crimen organizado, entre éste el narcotráfico.

En el mismo libro, Aguayo también elogiaba la administración de los recursos económicos en el CISEN, y su argumento era que el manejo escrupuloso del dinero público para Inteligencia lo demostraban 18 auditorías con 159 observaciones, entre 1994 y el 2000, de la entonces Secretaría de Contraloría y Desarrollo Administrativo.

Con este nuevo aval de un CISEN “eficiente” y “honesto”, Medina Mora lanzaba su discurso a la prensa nacional e internacional, y se creaba el documento clasificado para Estados Unidos con la autorización del presupuesto para la Agencia Federal de Investigaciones. Dos meses después, septiembre de 2001, el presidente Fox nombraba a Genaro García Luna como titular de la agencia, y su principal foco de interés sería el combate al secuestro. Para entonces, Sergio Aguayo había logrado empujar exitosamente el tema de la participación de la “sociedad civil” en temas de seguridad, y se creaba el patrón operativo: denuncia mediática del crimen, operación exitosa de la AFI, activismo de las víctimas, control de la sociedad civil y surgimiento de nuevos liderazgos políticos.

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Referencias bibliográficas:

Aguayo, S. y Bailey, J., Las seguridades de México y Estados Unidos en un momento de transición, Siglo XXI, México, 1997.

               – La charola. Una historia de los servicios de inteligencia en México, Editorial Ink, México, 2001.

Valle Espinoza, E., El segundo disparo, Ed. Océano, México, 1995.

 

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