Siria: Tres razones del estado de guerra

El ejército libre sirio a fuego cruzado en Alepo el 11 de agosto. Foto: Reuters/Goran

Miguel Guaglianone*

Análisis

La situación en Siria sigue siendo grave. A pesar que en los últimos tiempos el gobierno de Bashar Al-Assad está logrando algunos triunfos militares significativos contra la oposición armada (retoma de la ciudad de Alepo y reducción de los enfrentamientos en Damasco), la situación de ataque provocada por los “rebeldes” no sólo se mantiene, sino que es estimulada constantemente por los Estados Unidos, las potencias centrales europeas, Israel, Turquía y las monarquías pro-occidentales de la zona.

Tal como era previsible, la aplicación del libreto de intervención que fuera aplicado con éxito en Libia, no iba a ser tan efectivo en Siria por varias razones.

Primero porque el gobierno Sirio nunca siguió la política de desarme de Kadaffi (para complacer a Occidente), sino que desde la Guerra de los Seis Días y la toma de las alturas del Golan por parte de Israel, siempre se ha mantenido en estado de guerra, conservando una capacidad militar importante.

Segundo porque la posición de Rusia y China ha variado, ambas potencias no están dispuestas a permitir que el Consejo de Seguridad de la ONU apruebe alguna resolución que permita ataques aéreos, como lo hicieran en el caso libio. Igualmente, posibles ataques aéreos a Siria, dada su ubicación geográfica provocarían peligro de “fuego amigo” para sus vecinos, algunos de los cuales (Turquía, Jordania, Israel) son parte de la coalición que está atacando ese país.

Pero la falta de efectividad de este proceso de intervención no provoca el más mínimo cambio de política en las potencias centrales. La cada vez más surrealista Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, declara en estos días con total desparpajo que “el mundo debe prepararse para una Siria sin Bashar Al-Assad”. A la vez la prensa occidental –la de las cadenas corporativas de medios– deja filtrar algunas noticias: El Departamento de Estado, con el visto bueno de Obama, aprueba una nueva ayuda de 25 millones de dólares para los “rebeldes” sirios. Por otro lado, altos funcionarios del gobierno británico declaran que esa nación está incrementando su ayuda a esos “combatientes por la libertad”. Finalmente, el gobierno francés envía una importante misión militar ¿humanitaria? hacia Siria a través de la frontera turca.

La pregunta sería: ¿Por qué los Estados Unidos y las potencias centrales insisten en mantener cada vez más activo el proceso de intervención, a pesar de que hasta ahora su único y lamentable costo ha sido la muerte de civiles sirios, pero todavía está muy lejos de cumplir los objetivos de cambiar el gobierno sirio por uno pro-occidental?

Son varias las razones que podemos señalar.

1) En primer lugar, Siria sigue siendo -por su posición geográfica central en el área- un objetivo fundamental para la constitución del “Nuevo Medio Oriente” que pretenden los Estados Unidos, con un estado de Israel preponderante en la región y gobiernos pro-occidentales en los países musulmanes aledaños. Se constituye entonces en un objetivo estratégico muy importante para una política exterior norteamericana que intenta mantener en medio de una grave crisis interna, su condición de potencia unipolar en un mundo en el que existen nuevos polos geopolíticos de poder que desafían su predominio.

2) En segundo lugar, la caída de Siria facilitaría notablemente el ataque al principal enemigo que es Irán. Las cada vez más estrechas relaciones entre los gobiernos de Teherán y Damasco, uniendo fuerzas ante la agresión, debilitan los planes de conquistar al estado persa, considerado un obstáculo para el objetivo final de aislar a Rusia y China en la estrategia general para el Nuevo Siglo norteamericano.

3) Finalmente, es necesario probar hasta las últimas consecuencias las posibilidades de la nueva forma de intervención utilizada, adecuada a los tiempos y las circunstancias económicas de los Estados Unidos y que diera tan buenos resultados en Libia. Precedida de una campaña mediática global, coloca al estado a agredir como “el malo de la película” o “eje del mal”, se organiza y se promueve una fuerza de intervención militar constituida por la oposición más radical en ese país. Se trata de mercenarios contratados de varias procedencias y por una variopinta aglomeración de combatientes de los más insólitos orígenes.

Sirio llora a su familia que fue asesinada por las fuerzas leales al presidente Bashar Al Assad el 1 de agosto de 2012. Foto: Reuters/Husam Chamy

Así se ha constituido una especie de “Armada Brancaleone” que incluye desde miembros activos de Al-Qaeda (otrora tan combatida y satanizada por Occidente) hasta oficiales del ejército turco y de Arabia Saudí (hechos prisioneros por el gobierno Sirio en los combates por la retoma de Alepo). A esa gente se la arma de la manera más “pragmática” posible (se monta artillería por ejemplo sobre camionetas rústicas de doble tracción), y se financia y apoya diplomáticamente.

En el caso sirio sólo faltan los bombardeos aéreos que la OTAN realizó en Libia (75.000 misiones) y que destruyeron las fuerzas armadas de Kadaffi, permitiendo al Consejo Nacional de Transición hacerse con el poder. Bombardeos que hasta ahora no se han realizado al no haberse obtenido algún tipo de resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que le diera un viso “legal” a un ataque aéreo, por el veto sistemático de China y Rusia cada vez que se ha propuesto.

El resultado que dio en Libia este modelo de intervención permitió la caída del gobierno de Kadaffi sin que ni las fuerzas armadas norteamericanas ni las europeas movilizaran un solo soldado para la invasión. Permitió además, al haber corrido los gastos de los bombardeos por cuenta de la OTAN, que los Estados Unidos tampoco gastaran un céntimo en recursos de guerra aérea, cosa que fue resaltada como un gran logro por el presidente Obama en declaraciones públicas que diera después de la destrucción de Libia.

Mientras esto se escribe, agregando más leña al fuego, reseñamos la información que la Secretaria de Estado norteamericana se reunió con el Premier turco, proponiéndole la creación de una “zona de exclusión aérea” sobre Siria, lo cual pareciera un intento bilateral de sustituir la que no se ha podido lograr en el Consejo de Seguridad.

En definitiva, aparentemente el ataque sistemático a la nación siria va a continuar por todos los medios posibles. Lamentablemente el pronóstico no es bueno para nadie. Una situación de guerra continuada en Siria, si bien pudiera tener un efecto de desgaste que beneficiara a los agresores, puede tener también una duración indefinida que no se sabe a quien beneficiará. A eso hay que agregar que el gobierno de Putin, si bien no parece estar comprometido a rajatabla con Bashar Al-Assad, tampoco está dispuesto –y así lo viene dejando claro a Occidente– a permitir una intervención armada en Siria. Hasta ahora Rusia ha realizado el máximo de sus esfuerzos en esta posición a través de las vías diplomáticas, pero según las circunstancias puede en cualquier momento decidirse a intervenir militarmente en el conflicto (ya ha enviado buques de guerra a Siria).

Las consecuencias generales de estos posibles escenarios son impredecibles y mientras tanto siguen muriendo civiles inocentes, se sigue destruyendo la infraestructura de un país y se está creando una corriente de desplazados que huyen de la guerra continua hacia los países vecinos.

Nada alentador el panorama para el Medio Oriente y el mundo en general.

 

*El autor es analista venezolano, editor de Barómetro Internacional. miguelguaglianone@gmail.com

 

 

Guadalupe Lizárraga

Periodista independiente. Fundadora de Los Ángeles Press, servicio digital de noticias en español en Estados Unidos sobre derechos humanos, género, política y democracia. Autora de las investigaciones en formato de libro Desaparecidas de la morgue (Editorial Casa Fuerte, 2017) y El falso caso Wallace (Casa Fuerte, 2018) ambos distribuidos por Amazon.com

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