Territorio libre o la muerte de estereotipos

Mural Zapatista Foto: Comunidad Caracol La Garrucha

Por Vinicio Chaparro

Introducción

Querido Diario:

A ti no te puedo mentir. Me mentiría a mí mismo. Tendré que ser sincero. Algo ha cambiado dentro de mí. Quiero confesaros que este día han muerto muchos estereotipos en mi pobre corazón. Tengo que hacer ahora un acto de constricción (creo que así se dice). La posición de Loto me agotó. No quiero volver a decir Oooooohmmmmm, en mi vida. Las críticas estuvieron salvajes. Pareciera que la gente no tiene sentido del humor. Y, por supuesto, lo había advertido, al imaginar a los raramuris en el poder algunos cerebros tronaron como palomitas de maíz, y me llenaron de heces fecales. Pareciera que tengo destino de palo de gallinero, ya lo había comentado. Bueno, a ti, querido diario, no te puedo engañar. A veces, te confieso que no se quién soy, entre investigador y reportero, ando hecho un desastre. Es un severo conflicto de identidad.

Además, no sé bien cómo definir lo qué es un estereotipo, excepto el de la muñeca Barby, como el estereotipo de la belleza occidental, de la mujer hermosa. Güera, esbelta, estilizada a más no poder, (o sea que, según este estereotipo, a las gordas ya se las llevó San Judas Iztafiate, ya nomás Botero las quiere). Pero en realidad, no sé que fregados es un estereotipo y, a pesar de ello, han muerto muchos de ellos en mi mente. Un reportero tiene que tener un corazón sensible, si no, sería rápidamente sustituido por una computadora. Eso humano es lo que le da sabor al caldo. Lo demás es pura estadística de porquería.

Lo peor de todo este despanzurradero de estereotipos es uno que tenía clavado en mi corazón. La muerte del que me decía que sólo los blancos podían gobernar. Lo ví, me consta. Los indios pueden gobernar y tratar de construir una sociedad mejor, ¿los blancos?, los blancos, con su gobierno sólo han resquebrajado la ética de los mexicanos acostumbrándonos a vivir en medio de la corrupción. Los actos de corrupción de los funcionarios son cosa de todos los días, por donde quiera que se le pique brota excremento. La cuestión es entonces preguntarnos, ¿pueden los indios gobernar mejor que los mestizos? El zapatismo está probando que sí. Que otro México es posible. La cuestión es ética.

Bueno, pero te dejo, tengo que escribir un artículo para Los Ángeles Press, el diario más fregón de toda la pradera. ¿Dónde más podrían publicar estas idioteces? Tengo que aprovechar, antes de que “me den aire”.

Ay tamos querido diario.

Atentamente Cherloque Jolmes,

en algún lugar de la Selva Lacandona.

 Empieza el artículo.

Niños zapatistas Foto: Comunidad Caracol La Garrucha

De cómo empezaron a morir los estereotipos

Cuántas distracciones. ¿Dónde nos quedamos? Creo que nos quedamos en cuando unas cabecitas greñudas se asomaron entre una nube de humo y nos hablaron a comer y que, al fin, pudimos esconder nuestros calcetines. Olían horrible, tuvimos que ponerlos en una bolsa de plástico bien amarrada o amenazaban con convertir a nuestras tiendas de campaña en una cámara de cianuro, excepto Jimmy que había tenido que lavar previamente su ropa, hasta se atrevió a ponerlos a secar encima de una tienda.

Luego nos dirigimos a la cocina. Era un salón enorme. Con un fogón. Eso llamó poderosamente mi atención (verso sin esfuerzo). Había que hacer una enorme investigación (otro verso) sobre los fogones. Entendí porqué las cabecitas greñudas aparecieron entre una nube de humo.

La comida estuvo deliciosa (seguro que me están oyendo las cabecitas greñudas, debo ser cortés). Terminamos y entre pláticas y bromas lavamos los enseres.

Salimos de la cocina, “Después de un taco…”, dijo el General Ányol, y departimos la neblinosa tarde alegremente. La selva a nuestro alrededor era increíble. Conversamos con toda lucidez. Nos acababa de caer el veinte de que estábamos en un territorio libre.

Entonces, como estábamos en territorio libre, podríamos pensar libremente. Era como estar en Cuba. En territorio rebelde al capitalismo. No era cualquier cosa. Habíamos de platicar cosas importantes. Era ocioso hablar de mujeres, aunque a duras penas reprimimos nuestros impulsos cuando pasaron las argentinas, y sin el piquetero mayor. Hicimos pausa y seguimos departiendo nuestros primitivos conocimientos. Éramos como neanderthales tratando de hablar de física cuántica y de agujeros negros. Pero, de pronto se incorporó El Dany, el mejor antropólogo de La Karakola, (claro, era el único) y nos habló de los fogones y de la situación de pobreza en que viven todos los indígenas del sureste, no sólo de Chiapas. Nos dio una verdadera cátedra de los fogones. Se enfocaba en hacernos entender que los indígenas vivían todos así. Que difícilmente podríamos ver una estufa, un refrigerador y un piso de cemento en todo el sureste o en cualquier lugar indígena del territorio nacional. Que el país había sido diseñado para dejarlos afuera. Se dejó caer el muchacho y nos dejó patinando en la arena, otra vez.

Entendimos y teorizamos sobre las razones del levantamiento zapatista. En que la exclusión, la discriminación, la falta de justicia y las terribles condiciones en que vivían los indígenas le daban fundamento al levantamiento. Después de 17 años, las demandas del zapatismo seguían sin ser resueltas. La situación de marginación de todos los pobres, no sólo de los indígenas, seguían empujando al país a una olla de vapor. Los discursos de los gobernantes seguían siendo sólo eso, discursos. Las condiciones en que vivían los indígenas seguían siendo las mismas que cuando gobernaba Salinitas El Orejón (y hasta cuando lo hacía Bomberito Juárez). O sea que, al igual que en 1994, los zapatistas seguían teniendo razón en decir: Ya basta. Las cosas no habían cambiado, excepto que en todo ese tiempo, ellos, al igual que los charlies de Vietnam, construían túneles por debajo de la tierra. Los zapatistas habían construido sus cabezas de playa, su invasión ética, con tanta pulcritud que sentaban un precedente de cómo debía ser el país y para demostrar que su propuesta de “Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece”, era viable y éticamente superior al país de la mentira y el engaño que estábamos heredando a nuestros hijos.

Reglas de la comunidad zapatista

Decidimos analizar un poco el efecto mediático del zapatismo. No puede ser que todo mundo crea que este asunto ya se resolvió. Que fue sólo una llamarada de petate. Pero, preguntaba Javier, con su enorme sensibilidad, –¿Realmente estaba muerto el zapatismo ya?

De eso se trataba este increíble viaje. Pobre Watson, se la perdió.

Pero no comáis ansias. Falta lo bueno. No os he contado que en La Garrucha sólo estaríamos unos días, deben saber que la caravana de La Karakola había agendado previamente y con toda oportunidad su participación en un Simposio, Foro o Congreso muy, muy importante en La Universidad de la Tierra en San Cristóbal de Los Chantes, con la participación de Boenaventura de Souza, Luis Villoro, Pablo González Casanova, representantes de Cherán, Michoacán, estarían los wixaricas en su lucha eterna por sus tierras sagradas y otros muchos participantes de varias partes de América que, si los menciono a todos, se acaba el reporte.

Los luchadores del mundo, los intelectuales de la lucha contra la globalización y un titipuchal de gente de todas partes: antropólogos, sociólogos, luchadores sociales, activistas (que es lo mismo) y muchos, muchos periodistas, reunirían sus pensamientos para interpretar el significado conceptual y dialéctico del zapatismo y de las luchas sociales en otras partes del planeta. Filosofía pura, pues. O sea que se iban a juntar muchos charlies de varias partes del mundo, de esos que les platiqué, los que querían a toda costa impedir que aterrizaran cómodamente los helicópteros del capitalismo. Esos meros. Pero en montón.

La División fue aleccionada sobre ese encuentro con toda precisión por Gema y sus ojotes de sol, (del resto de Gema ni les platico por que se enamoran), esa fue la plática de la noche en el campamento de La División.

En otra esquina de la cancha se acomodaron las argentinas, a instancias del piquetero mayor, y empezaron a juntar a alguna gente y a hablar de política y, curiosamente, de zapatismo. Se tomaban las cosas con tanta seriedad que parecían organizar unos tremendos piquetes de hojarasca al capitalismo. Claro, eran piqueteros y, con ellos, el capitalismo tendría que andar con las nalguitas pegaditas a la pared. En misión cigarrera, pasé por ahí. Al notar mi presencia, bajaron la voz. Solo se escuchaban los tremendos sorbetones de mate, (pichi Ché, si hubiera sido así de clandestino no lo habrían descubierto en Bolivia). Esos argentinos se tomaban la lucha con mucha responsabilidad. Tan mala imagen que nos ha dado Televisa de ellos y ellos tan luchadores. Los admiré, pero… no me gustó el mate cuando Miranda me ofreció una chupada, de mate, aclaro. Lo tomaban sin azúcar y era amargo. Yo pasaba a comprar unos cigarros a la tienda del caracol pero ahí, en una esquina de la cancha, murió otro estereotipo, el de los argentinos mamones. No todos eran igual. Después de todo El Ché era argentino y Miranda, ay Miranda…, en eso volteé al campamento y el General Ányol continuaba su labor de observación con unos ojotes más grandes que los de Gema y acariciaba su barba nostradámica como queriendo tirar trancazos.

–Represor–, pensé, y me alejé.

Luego me dirigí a la tienda y compré unos cigarros Sheriff, de esos piratas que andan por ahí (en cada pequeña tienda del país) y cuando pregunté que cuanto era, me contesta el encargado, –Diez pesos–, y me fui para atrás. No podía ser, en todo Chihuahua no había encontrado esos cigarros piratas en menos de 20 pesos (US 1.50 dlls). Ahí murió otro estereotipo. El del Capitalismo. Los zapatistas no intentaban obtener ganancia de su tienda, sino brindar un servicio. Eso significaba que en todas las otras tiendas del país aquellos cigarros les significaban una ganancia de más de la mitad del precio original. Y eso, la ganancia, era el motor del capitalismo. Puede parecer un detalle insignificante pero eso indicaba que la lucha del zapatismo contra el capitalismo era real y en ese momento se murió también el estereotipo del Tío Rico Mc Pato. Cargóselo la desgracia. O sea que, unos pinches cigarros corrientes que provocaban dolor de cabeza, de diez pesos, me mostraron que sí hay otra forma de organizar al mundo. Sentí que podía ganar el premio Nobel de Economía con ese descubrimiento pero cuando se lo platiqué al General Ányol, éste solo me dijo, -No mame, mi Vini, hablemos de cosas serias-. Y olvidé el Nobel, pero, total, se murió otro estereotipo. Eso ni El Yeneral lo podría evitar.

Me acordé de mis clases de dialéctica, en especial de aquella ley que hablaba del desarrollo de la sociedad y… aquella matazón de estereotipos me convenció de que esas leyes se cumplían estrictamente en la sociedad actual, (claro, eran leyes), y todo aquello pareciera ser sólo el regreso del comunismo primitivo, el de los indios, pero con rifles 22.

(Y con Internet, que es lo peor).

Vinicio Chaparro

Enviado especial de Proyecto Nedni.

 

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