
Javier H. Contreras O. Domingo, 30 de Agosto del 2026
El cielo se vacía cuando la atención humana queda atrapada en pantallas, consumo y tecnologías que sustituyen la búsqueda de trascendencia.
Por Javier H. Contreras O.
La religión está mal vista como si fuera una enfermedad infantil: Santiago Roncagliolo
Durante siglos, diversas corrientes políticas e ideológicas que pretendían borrar el cristianismo de la faz de la tierra, como una visión filosófica, sentido de la vida espiritual o cosmovisión aprendida desde la infancia, recurrían siempre al calificativo de “fanatismo religioso” y a la descalificación de que la religión era “el opio del pueblo”.
Hoy vivimos un contundente y aplastante fanatismo económico y tecnológico, que representan un alto riesgo de desaparecer el humanismo. En un mundo marcado por el materialismo y la economía de mercado, la existencia de Dios la sometemos a una subasta donde va ganando la desdivinización, la alergia a lo sagrado y a la vida, el desprecio y apatía a lo que huela a religión, a pesar de ser una tendencia natural del humano para religarse con la naturaleza divina. Religión, viene de re-ligare, reunirse y entrar en contacto a otro nivel como facultad teleológica. Religión es lo que une lo humano y lo divino, por eso el interés en desaparecerla.
Teleología, es una doctrina filosófica centrada en el estudio de los fines, propósitos u objetivos de las cosas, en lugar de limitarse a buscar su origen o causa mecánica. Por naturaleza, los hombres vemos más allá de nuestra propia vista y cabeza. Entonces, la teleología viene a ser el estudio o tratado de los fines o metas y por lo tanto buscamos una finalidad última. Y esto lo dijo Aristóteles, antes del cristianismo y no es invento de un padrecito para manipular al pueblo.
Sin embargo, nos enfrentamos a teorías como La agonía del cristianismo, Los funerales de Dios, La muerte de Dios, El fin del cristianismo y a una “Cristianofobia”[1]. Lo interesante es que estas teorías van orientadas contra el cristianismo, sin tocar un pelo las otras religiones monoteístas como el islamismo y judaísmo. Y claro, porque estos últimos reaccionan ante cualquier intento de desprestigiar su religión a diferencia de lo acomodaticio e indiferencia de los cristianos.
No hay duda de que el “espíritu” del tecnocapitalismo es ateo que maneja el negocio global de las tecnologías digitales con miles de millones de clientes en todo el mundo, no tiene Dios. La ofensiva económica contra lo sagrado, ha ido transformando la naturaleza humana en una verdadera mutación antropológica, que no se había vivido en esas dimensiones. De internet a plataformas digitales, de aplicaciones a perfiles, de avatares a inteligencia artificial (que ni es inteligente ni artificial, sí
una valiosa herramienta) han logrado ir recomponiendo o desarmando la estructura mental para configurarla de otra manera, donde lo divino y lo sagrado del hombre va siendo arrumbado.
Las iglesias se van quedando vacías y desapareciendo los feligreses, a contrapelo de otros puntos de reunión y sobre todo al ensimismamiento en las redes sociales que constituyen el centro de nuestra atención. Nuestro tiempo, nuestros sentidos, nuestro cuerpo y nuestra mente los tenemos entregados y dedicados a las redes sociales. Esa es la nueva religión. Por eso, el cielo se está quedando vacío.
Diego Fusaro[2] en una amplia y documentada reflexión sobre el tema dice que “el espíritu de la época que se cierne sobre Europa en el nuevo milenio se caracteriza en todas las latitudes por una ostentosa indiferencia, si no una aversión absoluta hacia toda figura superviviente de lo sagrado y hacia toda efigie de la fe y trascendencia, percibida como anticuada y obsoleta, regresiva y desfasada del nuevo eficientísimo ateo y tecnocrático de la voluntad de autoempoderamiento ilimitado. En una realidad donde todo debe funcionar y ser útil, lo sagrado y lo eterno, el alma y la trascendencia parecen intrínsecamente fuera de lugar”.
“Al negar a Dios, el sistema tecnocrático se deifica, se convierte a sí mismo en Dios… mientras avanza un desmantelamiento de todo concepto divino o teológico de la vida pública y privada”. En pocas palabras, es lo que llaman el estado laico, seglar o liberal.
“El nuevo opio del pueblo, dice Fusaro, es el ateísmo declarado o, más a menudo, la indiferencia hacia los temas de la fe y lo sagrado, que parecen ser figuras hegemónicas en una era de consumismo y la actividad irreflexiva de la tecnología en cuyos espacios cosificados, toda cuestión de significado y futuro parece haberse eclipsado con respecto a un sistema global”.
Eso da una respuesta a la pérdida del sentido de lo sagrado que nos degrada como humanos, entre un ateísmo radical e impositivo que cada día avanza con nuevas leyes para ir borrando vestigios del cristianismo en la historia, en las tradiciones y en la vida diaria.
Paralelamente surgen “religiones” sin Dios para tratar de llenar los huecos de sentido y vacío espiritual ante los excesos de sustituir lo espiritual con la naturaleza, animales o máquinas.
Al abandonar lo sagrado, se pierde la distinción entre lo profano y lo sagrado, lo que nos hace perder la conciencia de esas dos realidades que siempre han estado en la naturaleza humana y la han sustituido por otros dos realidades: lo virtual y lo presencial basadas en la mercancía y las pantallas.
Esas pantallas (computadoras, celulares, tablet, monitores) no nos dejan mirar al cielo, porque al perder la trascendencia, dejamos de tener miras de altura. Ahora, solo estamos encorvados, horas y horas, ignorando lo que sucede alrededor, mientras grandes empresas se enriquecen con el negocio de la atención: nuestra atención, tiempo, mente y voluntad.
Otra consecuencia es la pérdida del sentido de lo absoluto, perdiendo la capacidad de la representación, porque solo vivimos el presente efímero y el sentimiento de lo sagrado, ha sido sustituido por la ideología del bienestar, comodidad y el poder.
Entonces, estamos ante un mundo deshabitado por lo divino y paradójicamente “endiosados” con las tecnologías digitales que cada día nos acercan más a las frías máquinas, sirviendo de clientes cautivos a grandes empresas que nos confunden y engañan comercializando productos, desinformando y vendiendo espejitos digitales.
Mientras, el cielo cada vez, se queda más vacío, porque ya no subimos la mirada.
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[1] BUENO de la Fuente, Eloy (2012) ¿Cristianofobia? La polémica anticristiana, tan antigua y tan nueva, editorial Monte Carmelo, Burgos, España.
[2] FUSARO, Diego (2026) El fin del cristianismo, editorial Ultima línea, España.