Migración en EEUU, la disputa que amenaza el equilibrio de poderes

Daniel Lee

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En EEUU, la disputa migratoria escala hacia los tribunales federales y abre un conflicto sobre independencia judicial, autoridad ejecutiva y cumplimiento legal.

Por Daniel Lee

Este 30 de septiembre, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó una denuncia por conducta judicial contra jueces del Distrito de Minnesota que hablaron con The New York Times sobre la presión que las operaciones migratorias ejercieron sobre los tribunales y sobre casos en los que, según los jueces, el gobierno no habría cumplido determinadas órdenes judiciales.

La dependencia pidió además que los jueces que participaron en esas declaraciones se inhiban de conocer asuntos relacionados con el Departamento de Seguridad Nacional.

Es claro que la migración se ha convertido así en uno de los principales escenarios donde se está poniendo a prueba la relación entre los tres poderes del Estado estadounidense. El Ejecutivo reclama capacidad para aplicar su política migratoria; los tribunales sostienen su facultad para determinar si esas acciones cumplen con la ley; y el Departamento de Justicia se encuentra en medio de esa disputa, defendiendo la agenda gubernamental ante los jueces que deben revisar su legalidad.

La política migratoria de Estados Unidos ya no enfrenta solamente a la administración federal con los migrantes y sus defensores. Ahora la confrontación alcanza directamente a los jueces encargados de revisar la legalidad de las acciones del gobierno. Y cuando el Departamento de Justicia acusa de parcialidad a casi todo un tribunal federal, el problema deja de ser exclusivamente migratorio: se convierte en una disputa sobre los límites del poder y el alcance de la independencia judicial.

El argumento del fiscal general Todd Blanche es que esas declaraciones fueron políticas, éticamente improcedentes y demostraron un supuesto sesgo contra el gobierno. La denuncia sostiene que siete jueces —casi la totalidad de los que tenían estatus activo en Minnesota durante el periodo referido— incurrieron en conductas que, a juicio del Departamento de Justicia, comprometen la confianza en su imparcialidad.

Pero existe otra parte de la historia que no puede ignorarse. Los jueces señalaron públicamente preocupaciones relacionadas con el cumplimiento de órdenes judiciales y con la capacidad del Departamento de Justicia para atender la enorme carga derivada del incremento de las operaciones migratorias. Reuters reportó además que una opinión de un panel de ética judicial emitida en febrero contempló que los jueces pueden pronunciarse públicamente para defender la independencia judicial y el Estado de derecho.

Ahí está el verdadero punto de tensión.

Un juez no puede convertirse en actor político ni utilizar su cargo para intervenir en el debate partidista. Pero tampoco puede dejar de ejercer su responsabilidad cuando considera que una orden judicial no está siendo cumplida. El problema consiste precisamente en determinar dónde termina la defensa legítima de la autoridad de los tribunales y dónde comenzaría una intervención indebida en la arena política.

La respuesta, sin embargo, no debería decidirse mediante presiones públicas ni mediante acusaciones cruzadas. La denuncia presentada por el Departamento de Justicia será revisada por las instancias correspondientes del Poder Judicial federal, y será ese procedimiento el que determine si existió una violación de las normas de conducta judicial.

Lo preocupante es que este episodio no aparece aislado. La administración Trump ha mantenido enfrentamientos con jueces federales por órdenes que han limitado algunas de sus políticas migratorias. El conflicto también se ha trasladado a tribunales de apelación, incluido un proceso relacionado con deportaciones de migrantes a terceros países y otro en torno a posibles incumplimientos de órdenes judiciales sobre vuelos de deportación.

La migración está poniendo ese equilibrio bajo una presión extraordinaria. Y Minnesota se ha convertido en uno de los escenarios más visibles de esa disputa. Lo que está en juego no es solamente el destino de determinados casos migratorios, sino la capacidad de las instituciones estadounidenses para resolver sus diferencias dentro de la ley y no mediante la presión política.

No hay que perder de vista esto: cuando el Ejecutivo y el Poder Judicial dejan de reconocerse mutuamente como instituciones sujetas a reglas, el conflicto migratorio deja de estar solamente en las fronteras: entra directamente al corazón del sistema constitucional.

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