
Daniel Lee Viernes, 02 de Octubre del 2026
En Estados Unidos, esta generación acumula patrimonio, crea empresas, participa en instituciones públicas y amplía la influencia de la diáspora mexicana.
Por Daniel Lee
La segunda generación de mexicanos en Estados Unidos está cambiando el peso de la diáspora: ya no se trata solamente de migrantes que trabajan, envían remesas y mantienen vínculos con México, sino de ciudadanos estadounidenses de origen mexicano que estudian, construyen patrimonio, crean empresas, participan en la vida pública y ocupan espacios de decisión.
Ese cambio tiene una dimensión económica que difícilmente puede ignorarse. La población de origen mexicano en Estados Unidos generó en 2024 una producción económica estimada en 2.27 billones de dólares, de acuerdo con el UCLA North American Integration and Development Center. El dato coloca a esta comunidad en una escala económica comparable con la de grandes economías nacionales y obliga a replantear la manera en que México entiende a su diáspora.
El verdadero poder económico de los mexicanos en Estados Unidos no está únicamente en las remesas.
Está también en los salarios que generan, en los bienes que compran, las viviendas que adquieren, los negocios que crean, los impuestos que pagan, las inversiones que realizan y el patrimonio que acumulan. Las remesas son una expresión visible de ese vínculo, pero representan solamente una parte de una relación económica mucho más amplia.
Y ahí es donde aparece la segunda generación.
Los hijos de los migrantes nacidos en Estados Unidos ya no enfrentan las mismas condiciones que sus padres. Son ciudadanos estadounidenses desde el nacimiento, tienen acceso al sistema educativo de ese país y pueden participar directamente en sus instituciones políticas. Algunos llegan a las universidades, a profesiones especializadas, al empresariado, a organizaciones civiles y a gobiernos locales.
Pero el proceso no es uniforme ni está garantizado. La educación continúa siendo uno de los principales mecanismos de movilidad social. También persisten diferencias de ingreso, oportunidades y acceso a la educación superior que condicionan el ascenso de distintos sectores de la población mexicano-estadounidense. Por eso, hablar de segunda generación no significa hablar de una comunidad homogénea ni asumir que todos han alcanzado las mismas oportunidades.
Significa reconocer que el centro de gravedad de la presencia mexicana en Estados Unidos está cambiando.
Por décadas, México construyó buena parte de su política hacia los mexicanos en el exterior alrededor de la primera generación: documentación, protección consular, defensa laboral, remesas y atención a quienes habían dejado el país.
Esas tareas siguen siendo indispensables. Pero ya no son suficientes.
La segunda generación plantea una relación diferente. No necesita que México la trate como población migrante porque, en muchos casos, no lo es. Es estadounidense de nacimiento, aunque conserve una identidad mexicana o mexicano-estadounidense, hable español, mantenga tradiciones familiares y tenga vínculos permanentes con México.
La identidad no desaparece con la ciudadanía; se transforma.
Ese punto es fundamental. Ser estadounidense y tener raíces mexicanas no son condiciones incompatibles. Tampoco significa que todos los mexicano-estadounidenses tengan las mismas posiciones políticas o mantengan el mismo vínculo con México. La comunidad es plural y está atravesada por diferencias generacionales, económicas, educativas, regionales e ideológicas.
Precisamente por eso, su creciente participación política no debe entenderse como la formación de un bloque electoral, sino como la consolidación de una ciudadanía con capacidad de organización e incidencia.
El dato demográfico ayuda a entender la dimensión del fenómeno. Millones de ciudadanos estadounidenses tienen ascendencia mexicana y cada nueva generación amplía ese universo. A ello se suman millones de inmigrantes mexicanos naturalizados que también participan en el sistema político estadounidense.
El resultado es una comunidad con peso económico, ciudadanía, capacidad de organización y creciente presencia en los espacios públicos.
México debería asumir esa realidad con una visión estratégica.
La relación con la diáspora no puede reducirse a pedirle que envíe dinero o a convocarla únicamente cuando existe una emergencia migratoria. Tampoco basta con hablar de los mexicanos en Estados Unidos como si todos siguieran viviendo la experiencia de la primera generación.
La realidad es otra.
México necesita dejar atrás la mirada que reduce a su diáspora a la figura del migrante que se fue.
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