Los “Perros de Dios“

Javier H. Contreras O.

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Los “Perros de Dios” denunciaron abusos contra indígenas y defendieron principios de libertad, dignidad y derechos adelantados a su época.

Por Javier H. Contreras O.

La historia es la memoria de un pueblo. Cuando se deja a un lado, el olvido es mal consejero. Luego viene el proceso de reescribir la historia sobre bases ideológicas para borrar lo que realmente sucedió y edificar una nueva narrativa. Los gobiernos y sociedades actuales les apuestan a las famosas narrativas, que muchas veces terminan en falsedad o verdades “a modo”.

Esa es la llamada posverdad, una “alternativa” de verdad, por no decir una mentira, pero que tranquiliza las conciencias, envenena el alma y distrae de la esencia o raíz de las cosas.

Lo primero que hacen las dictaduras cuando toman el control de un país es cambiar el lenguaje y la historia. La estrategia es borrar el pasaje o lo que llaman deconstruir y derribar ideas, corrientes y posturas no afines, y las sustituyen por sus propios “héroes”, rebautizan lugares históricos y magnifican ídolos con fuerza ideológica.

El famoso árbol de la Noche Triste ya le llaman “árbol de la Noche Victoriosa”. Pretenden cambiar “El Paso de Cortés” por “el Paso de los Pueblos” o retirar la estatua de Cristóbal Colón. Aunque la historia no cambia por cambiar sus palabras, muestran el interés de un gobierno por transformar el lenguaje y, con ello, tener el control máximo de la población.

Y los hechos históricos y personajes que tuvieron un papel trascendental en la historia de México, si no los pueden negar o cambiar, simplemente los ignoran, aunque las evidencias sigan presentes.

Es el caso de la etapa de la conquista de México por los españoles, encabezados por Hernán Cortés. En torno a este hecho se ha creado una leyenda negra, que ha llegado al ridículo de exigir disculpas públicas y diplomáticas 500 años después al gobierno de un país que no puede ni debe responder a las acciones de cinco siglos antes o a la misma Iglesia Católica una reivindicación o perdón.

Es lo que ellos mismos llaman “politiquería” para distraer a los ciudadanos, en lugar de atender las necesidades y reclamos actuales de carencias en salud, educación y seguridad; en lugar de investigar a los propios por corrupción de alto nivel, contubernio con el narcotráfico e impunidad. La propuesta es que nos remontemos 500 años atrás.

Y, por otra parte, son incapaces de reconocer y agradecer la labor que hicieron hombres con amplios conocimientos en filosofía y teología y con gran sensibilidad de los derechos humanos, que intercedieron por los indígenas del Nuevo Mundo.

Se cumplen ahora 500 años de la llegada a las tierras de este continente de un grupo de 12 frailes dominicos, con la misión de propagar el cristianismo, y fueron los que defendieron a los indígenas y se opusieron al trato inhumano que recibían por parte de algunos españoles.

Con fundamentos filosóficos, estos “perros de Dios” fueron los auténticos pioneros de la denuncia y defensa de los pueblos originarios frente a abusos en la Colonia, con argumentos sólidos. El fraile de la Orden de Predicadores o dominicos Bartolomé de las Casas elaboró documentos y defendió ante la Corona española que los indígenas de las Indias tenían tres características: eran racionales, libres y con alma, defendiendo derechos adelantados a su época como el derecho a la libertad, a la conservación de sus culturas y religiosidad, y al rechazo de la conquista violenta.

Otro fraile dominico, Francisco de Vitoria, fue el precursor fundamental del derecho internacional moderno y de los cimientos filosóficos de los derechos humanos. Desde la Universidad argumentó que los nativos americanos poseían razón e inteligencia, por lo que eran verdaderos dueños de sus bienes y tierras, rechazando su esclavitud o la conquista injusta.

Un referente más de la labor de los dominicos en América a favor de los indígenas fue fray Antón de Montesinos, quien acusó a los colonizadores españoles de vivir en pecado mortal por la crueldad y tiranía con la que trataban a los indígenas.

La historia oficial que enseñan en las escuelas solo refiere que la llegada de los españoles a América fue un desastre y una masacre. Olvidan, de mala fe, reconocer que los dominicos, con sus conocimientos en filosofía, teología y derechos humanos, fueron los que establecieron las normas de contención de abusos de algunos conquistadores. Además, dirigieron universidades y edificaron monasterios y monumentales iglesias que hasta nuestros días son parte del patrimonio arqueológico y religioso de México.

Con conocimientos aristotélicos adaptados por el también dominico santo Tomás de Aquino, bajo la luz de sus principios de fe y razón, establecieron que, si todo hombre es libre, luego todo indio es hombre; por lo tanto, todo indio es libre. Esa es la esencia de los derechos humanos, que en pleno siglo XXI se regatean o se les reconocen solo a los que piensan igual que los gobernantes. Unos derechos a modo, unos derechos pintados de color, unos derechos teñidos de ideología, pero que se espantan por reconocer a los auténticos pioneros de los derechos humanos en América.

Esta es una de las grandes aportaciones de la Orden de los Predicadores o dominicos, que cumplen 800 años de creación de su orden por Domingo de Guzmán y 500 años del arribo a las tierras americanas.

¿Y por qué “perros de Dios”?

La historia cuenta que cuando la madre de Domingo de Guzmán estaba embarazada tuvo el sueño de que dentro de su vientre había un perro con una antorcha encendida en el hocico. De ahí nació Domingo, quien fundó la Orden de Predicadores con el significado de prender fuego a toda la tierra con su prédica, el fuego de la fe y la razón. De ahí, la identidad de “perros de Dios” o “perros del Señor”, que fue el inicio de un gran predicador cuyos ladridos despertarían almas dormidas y cuya antorcha encendida inflamaría de fuego la tierra.

El nombre oficial es Orden de Predicadores, pero a sus miembros se les dice dominicos (en latín, dominicanus) y, al dividir la palabra, suena como “domini canes”, que significa “los perros de Dios”, y los frailes aceptaron este apodo con orgullo.