Terminemos el trabajo: Michael Moore

Michael Moore

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Michael Moore sostiene que desplazar a Trump no bastaría y reclama cambios estructurales para fortalecer la representación política y el sistema electoral estadounidense.

Por Michael Moore

Estados Unidos puede celebrar todos los festejos que quiera por sus 250 años y brindar por esa supuesta gran democracia. Ningún pastel, vela o copa de champaña puede ocultar un hecho incómodo: este país nunca ha sido una democracia plena, por mucho que repitamos que lo es.

A poco más de un mes de las elecciones intermedias del 3 de noviembre, propongo retomar el trabajo donde lo dejaron los fundadores del país y recoger la pelota que ellos dejaron caer.

Todos los días escucho decenas de veces las mismas frases: “Tenemos que salvar nuestra democracia” o “Trump ha destruido nuestra democracia”.

Resulta difícil hablar de democracia al referirse a una nación cuya economía prosperó durante décadas sobre la esclavitud y el trabajo gratuito de mujeres que carecían de voz política. Aquellos hombres blancos propietarios de tierras hablaban de “vida, libertad y búsqueda de la felicidad”, aunque el sistema que crearon estaba lejos de garantizar esos principios a todos.

Hicieron muchas cosas importantes, pero no construyeron una democracia plena.

Empecemos entonces por definir qué significa democracia.

Una democracia debería sustentarse en tres principios básicos: una persona, un voto; igualdad absoluta entre todos los ciudadanos, sin excepciones; y representantes elegidos libremente por todos los ciudadanos adultos mediante elecciones accesibles, justas y periódicas.

A ello se suma lo establecido por la 14.ª Enmienda de la Constitución: quienes participen en una insurrección contra autoridades legalmente constituidas no deberían poder aspirar posteriormente a ocupar cargos públicos.

Si el próximo 3 de noviembre los votantes logran cambiar el control de la Cámara de Representantes y el Senado, ¿por qué no comenzar inmediatamente a completar una tarea pendiente desde hace casi 250 años?

Un nuevo Congreso podría empezar por varias reformas fundamentales.

La primera sería neutralizar el Colegio Electoral para garantizar que el candidato que reciba más votos a nivel nacional sea quien llegue efectivamente a la Presidencia. Organizaciones como National Popular Vote impulsan desde hace años una reforma en ese sentido.

La segunda sería eliminar el filibusterismo en el Senado. En el sistema actual, una minoría puede impedir la aprobación de una ley respaldada por una mayoría de legisladores. Si cada representante tiene un voto, una sola persona o una pequeña minoría no deberían poder bloquear decisiones que afectan a millones.

También habría que revisar la representación en el Senado. Hoy, Wyoming, con alrededor de medio millón de habitantes, cuenta con los mismos dos senadores que California, donde viven cerca de 40 millones de personas. Difícilmente puede hablarse de “una persona, un voto” cuando semejante diferencia demográfica produce exactamente la misma representación.

Otro cambio indispensable sería impedir que los propios políticos redibujen los distritos electorales en beneficio de sus partidos y en perjuicio de minorías raciales, étnicas o religiosas. Michigan avanzó en esa dirección en 2018 después de que una ciudadana impulsara una iniciativa electoral contra el gerrymandering.

Estados Unidos también necesita ampliar su sistema de partidos. Resulta difícil sostener que sólo dos fuerzas políticas puedan representar toda la diversidad ideológica de un país de aproximadamente 350 millones de habitantes.

Podría existir, por ejemplo, un Partido MAGA que agrupara al actual electorado republicano; una formación republicano-demócrata de centro y moderada; un partido inspirado en Franklin D. Roosevelt para los progresistas; los Socialistas Democráticos; y los libertarios.

Cinco fuerzas políticas ofrecerían un abanico mucho más amplio que el actual sistema bipartidista.

Votar también debería ser mucho más sencillo. El día de las elecciones tendría que convertirse en feriado nacional o trasladarse al fin de semana. El sufragio debería ser una actividad accesible para todos, sin obligar a millones de trabajadores a escoger entre cumplir con su jornada laboral o acudir a las urnas.

Otra reforma sería adoptar de manera generalizada el voto por orden de preferencia, conocido como ranked-choice voting. Este sistema ya funciona en algunas ciudades y estados y permite a los electores ordenar a los candidatos según sus preferencias. De esa manera, el resultado puede reflejar con mayor precisión las tendencias políticas del electorado y reducir la dependencia de los partidos tradicionales.

Además, este mecanismo puede modificar la lógica de las campañas: los candidatos necesitan explicar por qué deberían recibir el voto, en lugar de limitarse a decir por qué su adversario no debería ganarlo.

Todo esto sería apenas un comienzo.

El problema no consiste únicamente en “deshacerse de Trump”, como si con eso se resolviera todo. El desafío es construir una democracia suficientemente sólida para que un próximo Trump, sea quien sea, no pueda manipular sus instituciones con facilidad.

Eso exige elegir el 3 de noviembre a representantes dispuestos a realizar esas reformas.

Mike

Michael Moore publicó este texto el 27 de septiembre de 2026 como parte de su serie sobre las elecciones intermedias de Estados Unidos.

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