Ignacio Rodríguez Galván, un romántico innovador
Ignacio Rodríguez Galván.

Alberto Farfán

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La poesía de Ignacio Rodríguez Galván, marcada por la rebeldía y la pasión extrema, anticipa una ruptura con el sentimentalismo romántico tradicional y revela una conciencia crítica que aún interpela al lector contemporáneo.

Por Alberto Farfán

La importancia del poeta mexicano Ignacio Rodríguez Galván (1816-1842) no sólo radica en haber sido el mayor representante del Romanticismo en nuestro país, sino en haber trascendido esa corriente estética a todas luces.

Acaso el más claro arquetipo del poeta romántico, y elogiado por el erudito español Marcelino Menéndez y Pelayo, Rodríguez Galván fue huérfano a muy temprana edad, amén de pobre y analfabeta. Con serias dificultades lograría una formación cultural de manera autodidacta, inclinándose por la poesía. Poco atractivo y siempre sombrío, miserable y solitario, también fue despreciado por la única mujer que amó apasionadamente. Esta imagen romántica alcanzaría su cúspide con el padecimiento del vómito negro, enfermedad de la época que contrajera en la isla de Cuba a sus veintiséis años, muriendo de inmediato y en absoluta soledad.

Precursor directo del Himno Nacional, Rodríguez Galván se afanó por trascender las esferas particulares e íntimas, pues buscó abarcar al ser humano como un universo. Para ello dejará brotar su natural tono de firmeza enfebrecida, que romperá con las cadenas que esclavizan al individuo tanto en el terreno político o histórico, como en el ámbito amoroso o religioso.

A este respecto, el énfasis conductor del poeta se radicalizará con mayor vigor cuando se refiere al amor y a la mujer, destacando entre los más fervientes románticos del país y de Europa, pues Rodríguez Galván se singularizará al no caer en la dinámica propia de esta corriente: deificar a la amada, sumiéndose pasivamente el amado en la desesperación melancólica. No, nuestro poeta innova rompiendo este leit motiv del desamor romántico.

Lastimado por el rechazo de gran y único amor, la actriz Soledad Cordero, escribirá en El desengaño al descubrirla con otro:

Pues bien, vete. Si antes necio

Te adoré, hoy te desprecio,

Que no merece ni lástima

Mujer tan infame y vil.

Un juramento nos une.

¿Quedarás, perjura, impune?

Ya Dios desde su alta bóveda

Un rayo lanza a los dos.

Mi pecho no se contrista,

Aleve, aunque huyo de tu vista.

¡Adiós para siempre pérfida!

¡Para siempre adiós!... Adiós.

Pero en Un crimen, sin ambages develará el verdadero y genuino anhelo experimentado en esas circunstancias:

Mas, cielos ¡qué raro!... ¿La vista me engaña?

¡Es ella!... ¡la veo!... ¡Que dulce placer!...

Mas alguien… un hombre… ¡gran Dios! la compaña.

¡Infame, traidora, perversa mujer!

Le mira amorosa… le lleva a su seno…

—¡No más! Ya la daga feroz empuñé…

Y vuelo… ¡De rabia frenética lleno

En sangre mi diestra, mi brazo empapé!

En efecto, del sublime amor-desamor del español Gustavo Adolfo Bécquer en sus Rimas, o del cálido desamor dramático del alemán Johann Wolfgang Von Goethe en Las penas del joven Werther, por citar dos casos paradigmáticos, Ignacio Rodríguez Galván rompe con ello y plasma lo opuesto. Paradoja de paradojas, en estos tiempos su visión y lenguaje ─plausibles, ayer─ hoy serían con gran celeridad censurados por el régimen actual. Y acaso él quemado en la hoguera de las redes sociales.

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