En defensa del gerundio
Kennedy descubre el gerundio y lo vuele a encerrar. Dibujo de Ronald Searle disponible en The Jolly Contrarian @ jollycontrarian.com/index.php?title=File:Kennedy_Gerund.PNG

Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Cierto que abusar del gerundio produce frases pegajosas. Cierto que puede oscurecer quién hace qué.

Pocas formas verbales han despertado semejante recelo como el gerundio. Todos quienes pasamos por una redacción alguna vez caímos bajo la lupa de un epígono de aquel Kennedy.

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Un barbado sahib de la pérfida Albión, tocado con casco colonial y botas de campaña, camina por alguna comarca no registrada por la Royal Geographical Society. No lleva al hombro un Holland & Holland .500/.465 Nitro Express, sino una red para cazar mariposas. Y más sorprendente, conduce a una criatura que parece salida de un cuaderno escolar: cuerpo de cerdo, trompa de elefante, patas diminutas y una resignación que sólo puede ser gramatical.

Es un cartón de 1954 del feroz, nervioso y satírico dibujante británico Ronald Searle. Lo tituló: “Kennedy encuentra al gerundio y lo conduce nuevamente al cautiverio”. No se refería a John Fitzgerald Kennedy, por supuesto, sino a Benjamin Hall Kennedy, latinista y pedagogo británico cuya gramática aterrorizó a generaciones de alumnos ingleses. Con unos cuantos trazos Searle consiguió algo que los profesores intentan desde hace siglos: dar cuerpo a una categoría gramatical. El resultado fue una bestia.

Pocas formas verbales han despertado semejante recelo. Todos quienes pasamos por una redacción alguna vez caímos bajo la lupa de un epígono de aquel Kennedy. Sin casco o red, pero lápiz rojo en ristre, detectaba a veinte metros una terminación en -ando o -iendo y se lanzaba sobre ella con el deleite del agente del ICE que descubre a un ilegal.

“¡Cuidado con los gerundios!”, amonestaban unos. “Un gerundio más y reescribes la nota”, era la advertencia de otros. Todavía recuerdo la mirada vidriosa de un corrector que revisaba mis textos y sus recomendaciones solemnes como preceptos bíblicos. Generaciones enteras aprendimos que caminando, leyendo, pensando o viviendo eran formas verbales de infame reputación de las que debíamos huir como del maligno.

Nunca escuché, en cambio, que alguien gritara en una mesa de redacción: “¡Cuidado con los participios!”. Tampoco recuerdo que el infinitivo haya despertado semejantes temores. Pero el gerundio quedó asociado a uno de esos pecados de la escritura cuyo peligro todos conocen, aunque muy pocos lo puedan explicar.

Algo parecido fueron otras normas recibidas de los viejos secretarios de redacción: no comenzar una frase con “pero”, no repetir palabras, no usar la primera persona, desconfiar de los adverbios terminados en mente, evitar las frases demasiado largas y también las demasiado cortas. Quienes cumplieron disciplinadamente al pie de la letra tales reglas produjeron una prosa irreprochable… pero que pocos tenían deseos de leer. Creo que todos acabaron como redactores de boletines en oficinas de prensa.

Pero -nótese el majadero asalto a la regla- el pobre gerundio no es reo de ningún delito. “Salió corriendo”, “pasó la tarde leyendo”, “respondió sonriendo” son construcciones que han sobrevivido sin causar daños perceptibles al castellano. El problema aparece cuando queremos que la criatura haga un trabajo para el cual no fue diseñada.

Si escribimos, “El auto chocó contra un árbol, muriendo el conductor tres días después” merecemos el látigo de Kennedy. El chofer no puede morir durante tres días en el interior de un gerundio. Primero ocurrió el accidente y después la muerte. La relación entre las acciones es temporalmente falsa y la frase, aunque muy favorecida en ciertos periódicos, confunde lo sucedido. Pero de allí a declarar sospechosa a toda palabra terminada en -ando o -iendo, es querer corregir una mala costumbre llevando al pecador al cadalso.

Las supersticiones gramaticales nacen de consejos sensatos y por eso son longevas. Cierto que abusar del gerundio produce frases pegajosas. Cierto que puede oscurecer quién hace qué. Y es verdad que la burocracia lo adoptó como instrumento predilecto:

“Se procedió a efectuar la revisión, cotejando y verificando la documentación, comprobando y corrigiendo inconsistencias, determinando la procedencia de la solicitud y procediendo finalmente a notificar al interesado”.

En esos pliegos el gerundio se reproduce como el sargazo en las playas caribeñas. Pero tampoco parece razonable responsabilizar al verbo por los crímenes del burócrata. Un martillo sirve para clavar un clavo y colgar un cuadro de Siqueiros … y también para matar a un cristiano, pero a nadie se le ha ocurrido prohibir los martillos.

Lo que ocurre es que las prohibiciones son mucho más fáciles de enseñar que el criterio y el sentido común. “No uses gerundios” cabe en cinco segundos de clase y puede escribirse con grandes trazos en el pizarrón. Explicar que conviene usarlo cuando expresa correctamente la relación entre dos acciones, cuando no introduce ambigüedad, cuando contribuye al ritmo de la frase y cuando no existe una manera más clara de decir lo mismo, exige algo bastante más difícil: enseñar a escribir. Y escribir no se logra cargando a cuestas un inventario de prohibiciones. Consiste en conocer a fondo el idioma para saber cuándo una regla protege la claridad y cuándo comienza a estorbarla.

De allí viene la extraña relación entre los buenos escritores y las gramáticas. No es que Cervantes, Quevedo, Borges, Rulfo o García Márquez ignoraran las reglas. Las conocían tan bien que podían caminar por sus bordes. Me cuesta imaginar a Quevedo preocupado porque un corrector obsequioso de los que nunca faltan le hubiera subrayado tres adverbios consecutivos, o a García Márquez aceptando que su Apple Macintosh dividiera una de sus frases porque excedía el número recomendable de palabras.

El idioma es un espléndido y complejo edificio de arquitectura peculiar, pero en sus entrañas hay habitaciones, corredores, escaleras falsas, sótanos, desvanes, ventanas y alguna puerta secreta. Quien sólo se aprende el mapa de piso conoce el edificio. Quien escribe aprende a habitarlo.

En mi época reporteril tuve jefes que corregían por oído y otros que corregían por doctrina. Siempre preferí a los primeros. Jorge Villa gruñía “Esto es una pendejada” y rompía las cuartillas. Chemo Estrada podía equivocarse, pero cuando metía el lápiz primero decía, “Esto no suena bien”. Era menos científico que citar una regla, pero más útil. Porque después de la sintaxis, la concordancia y la propiedad, se abre una comarca en donde la gramática no siempre gobierna con la autocracia de Felipe II. Allí está el oído. El oído sabe cuándo una frase respira y cuándo jadea, cuándo una repetición es torpeza y cuándo se convierte en ritmo, cuándo una palabra sobra y cuándo su ausencia deja a la oración caminando con una pata menos.

Por eso me fascina el animal de Ronald Searle. Benjamin Hall Kennedy vuelve triunfante de la expedición llevando al gerundio en cautiverio. La criatura camina dócilmente detrás de él, como si aceptara su destino. Pero hay algo que Kennedy no sabe: el gerundio lleva siglos escapándose.

Conviene que siga haciéndolo. Las lenguas necesitan gramáticos que vigilen las jaulas. También necesitan escritores que, de cuando en cuando, olviden cerrar la puerta.

10 de agosto de 2026

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