Carta de Revueltas a Paz desde Lecumberri
Octavio Paz y José Revueltas, imagen facilitada por el autor del texto.

Miguel Ángel Sánchez de Armas

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La carta de Revueltas a Paz conserva intacta su fuerza porque hoy puede leerse como un manifiesto sobre el poder de la palabra frente al poder de la fuerza.

Revueltas no escribió un documento histórico. Le escribió a Paz, un amigo, desde una prisión, en uno de los momentos más oscuros de la vida de su autor.

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Es el sábado 19 de julio de 1969. Millones de personas en el mundo siguen fascinadas cómo se consuma la más grande hazaña de la especie desde la conquista del fuego: pisar el satélite de la tierra.

Y mientras un hombre da ese “gran salto para la humanidad” y revienta las cadenas que la atan a la brizna de polvo cósmico llamada Tierra, desde la oscuridad de un calabozo mexicano, otro propone que “la única libertad es la poesía”.

Una fue la mayor victoria de la ciencia. La otra, una afirmación de la soberanía del espíritu. La primera demostró hasta dónde podía llegar el ser humano con instrumentos. La segunda, hasta dónde podía llegar sin moverse de una crujía.

Hoy marcamos uno de esos aniversarios duales que pertenecen tanto a la historia como a la conciencia. Dos conquistas que ocurrieron al mismo tiempo. Una quedó registrada por las cámaras de televisión; la otra sobrevivió en unas cuantas hojas escritas desde una prisión.

Tras los barrotes del Palacio Negro, José Revueltas, preso por el movimiento estudiantil de 1968, le escribe a Octavio Paz. No es una carta de reconciliación ni de ajuste de cuentas. Es una reflexión sobre aquello que ningún gobierno, ningún ejército ni ninguna prisión pueden confiscar: la libertad interior.

La carta también tiene el valor de un puente. Revueltas y Paz habían recorrido caminos políticos distintos. Éste había renunciado a la embajada de México en la India como protesta por la matanza de Tlatelolco; aquél era acusado de ser el instigador intelectual del movimiento estudiantil.

Los separaban temperamentos, trayectorias y compromiso político. Sin embargo, la literatura fue un espacio donde el diálogo les era posible. En estos tiempos de brutal polarización que hoy vivimos, ese hecho merece ser recordado.

Hay otra razón para volver a esa carta cincuenta y seis años después. Revueltas propone una idea a recuperar: la libertad no como permiso, sino como creación. No como derecho administrativo, sino como soberanía espiritual. Pero no reduce la libertad al verso. Da a la poesía su sentido más profundo: la capacidad humana de crear sentido, incluso allí donde todo parece destinado al silencio.

Me es inevitable recordar la reflexión de Archibald MacLeish:

  • Hay una muy buena razón por la que la relación de la poesía con la revolución política debiera interesar a nuestra generación. La poesía, para la mayoría, representa la intensa vida personal del espíritu único. La revolución política representa la intensa vida pública de una sociedad. La relación entre ambas contiene un conflicto que nuestra generación entiende: el conflicto entre la vida personal de un hombre y la vida impersonal de muchos hombres.

Por eso la carta conserva intacta su fuerza. No fue escrita para convertirse en documento histórico. Fue escrita para un amigo, desde una prisión, en uno de los momentos más oscuros de la vida de su autor. Y, hoy, puede leerse como un manifiesto sobre el poder de la palabra frente al poder de la fuerza.

Cada generación tiene sus propias cárceles. Algunas son de piedra; otras son de miedo, fanatismo, conformismo o ruido. La pregunta que deja Revueltas sigue siendo la misma: ¿qué clase de libertad permanece cuando todas las demás desaparecen? La carta de José Revueltas a Octavio Paz es de la estirpe de textos nacidos en cautiverio que nos confirman que, si el cuerpo está preso, el pensamiento se vuelve más libre que nunca: la Carta desde la cárcel de Birmingham de Martin Luther King, De profundis de Oscar Wilde o las Cartas desde la cárcel de Antonio Gramsci.

Aquí el texto de aquella misiva, fechada el 19 de julio de 1969… desde la cárcel de Lecumberri:

Muy bien habría logrado reunir aquí Martín Dozal sus dos, sus tres docenas de libros, su Baudelaire, su Juan Ramón Jiménez, su Miguel Hernández, su Pablo Neruda, su Octavio Paz. 2, 3 docenas de libros; ah, qué bello es decirlo aquí, los 20, los 30 libros, qué amoroso resulta, qué callada y paciente aventura esconde. Han venido uno a uno hasta llegar a sus manos -y ahora a las mías-, y aquí están para esa visita antigua, renovada, que se convino con nuestras gentes, de sus manos a las nuestras, de nuestros ojos a los suyos, ¿cómo decirlo?, años no, sueños atrás, desde entonces, desde aquel entonces -éste de hoy mismo, éste de no importa qué día de visita-, tan lleno de la confiada seguridad moral, del sosiego cálido y humilde con que nos miran a través de esa forma severa y religiosa que aquí toma el amor, cuando vienen a visitarnos, nuestras gentes y nuestros libros, cuando vienen a visitarnos y a quedarse aquí en la cárcel con nosotros, todo lo que nos ama y lo que amamos. Han venido desde los años y los sueños más distantes y más próximos y aquí están en la celda que ocupamos Martín Dozal y yo, su Baudelaire, su Proust, mi Baudelaire, mi Proust, nuestro Octavio Paz.

Martín Dozal lee a Octavio Paz; tus poemas, Octavio, tus ensayos, los lee, los repasa y luego medita largamente, te ama largamente, te reflexiona, aquí en la cárcel todos reflexionamos a Octavio Paz, todos estos jóvenes de México te piensan, Octavio, y repiten los mismos sueños de tu vigilia.

Pero puesto que estas palabras se escriben para hablar de ti, Octavio, antes de hablar de estos jóvenes que en la cárcel de Lecumberri leen tu obra, he de decirte quién es Martín Dozal, mi compañero de celda, mi hermano, Octavio, nuestro hermano.

Un día cualquiera de este mes de julio, Martín cumplió 24 años y realmente ésa es la cosa: está preso por tener 24 años, como los demás, todos los demás, ninguno de los cuales llega todavía a los treinta y por ello están presos, por ser jóvenes, del mismo modo en que tú y yo lo estamos también, con nuestros cincuenta y cinco años cada uno, también por tener esa juventud del espíritu, tú, Octavio Paz, gran prisionero en libertad, en libertad bajo poesía. Porque si leen a Octavio Paz es por algo. No son los jóvenes ya obesos y solemnes de allá afuera, los secretarios particulares, los campeones de oratoria, los ganadores de flores naturales, los futuros caciques gordos de Cempoala, el sapo inmortal. Son el otro rostro de México, del México verdadero, y ve tú, Octavio Paz, míralos prisioneros, mira a nuestro país encarcelado con ellos. Martín Dozal lee a Octavio Paz en prisión. Hay que darse cuenta de todo lo que esto significa, cuán grande cosa es, qué profunda esperanza tiene este hecho sencillo. Hubo pues de venir este tiempo, estos libros, esta enseñanza que nos despierta.

Martín Dozal tiene 24 años, es un joven maestro inalcanzable y bello que trabajaba sus 24 años, sus 24 horas diarias en las aulas, en las escuelas, en las asambleas, que enseñaba poesía o matemáticas e iba de un lado para otro, con su iracunda melena, con sus brazos, entre las piedras secas de este país, entre los desnudos huesos que machacan otros huesos, entre los tambores de piel humana, en el país ocupado por el siniestro cacique de Cempoala.

No, Octavio, el sapo no es inmortal, a causa, tan sólo, del hecho vivo, viviente, mágico de que Martín Dozal, este maestro, en cambio, sí lo lea, este muchacho preso, este enorme muchacho libre y puro. Y así en otras celdas y otras crujías, Octavio Paz, en otras calles, en otras aulas, en otros colegios, en otros millones de manos, cuando ya creíamos perdido todo, cuando mirabas a tus pies con horror el cántaro roto. Ay, la noche de México, la noche de Cempoala, la noche de Tlatelolco, el esculpido rostro de sílex que aspira el humo de los fusilamientos. Este grandioso poema tuyo, ese relámpago, Octavio, y el acatamiento hipócrita, la falsa consternación y el arrepentimiento vil de los acusados, de los periódicos, de los sacerdotes, de los editoriales, de los poetas-consejeros, acomodados, sucios, tranquilos que gritaban al ladrón y escondían rápidamente sus monedas, su excremento, para conjurar lo que se había dicho, para olvidarlo, para desentenderse, mientras Martín Dozal -entonces de 15 años, de 18, no recuerdo- lo leía y lloraba de rabia y nos hacíamos todos las mismas preguntas del poema: «¿Sólo el sapo es inmortal?»

Hemos aprendido desde entonces que la única verdad, por encima y en contra de todas las miserables y pequeñas verdades de partidos, de héroes, de banderas, de piedras, de dioses, que la única verdad, la única libertad es la poesía, ese canto lóbrego, ese canto luminoso.

Vino la noche que tú anunciaste, vinieron los perros, los cuchillos, «el cántaro roto caído en el polvo», y ahora que la verdad te denuncia y te desnuda, ahora que compareces en la plaza contigo y con nosotros, para el trémulo cacique de Cempoala has dejado de ser poeta. Ahora, a mi lado, en la misma celda de Lecumberri, Martín Dozal lee tu poesía.

20 de julio de 2026

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