Isolina, entre la denuncia y el dogma
La autora Dacia Maraini y la portada de su novela. Foto: Wikimedia Commons bajo CC BY-SA 3.0.

Alberto Farfán

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Isolina queda convertida en símbolo de una disputa ideológica que, según la crítica, termina desplazando a la propia víctima.

Por Alberto Farfán

Es una lástima que las mujeres, particularmente aquellas que se asumen escritoras, todavía no sean capaces de romper con el viejo vicio de su contraparte masculina al denunciar un hecho nefando en aras de provocar una respuesta crítica en el lector: el radicalismo maniqueo que todo lo enturbia y que siempre se revierte.

Tal es el caso de la escritora francesa Dacia Maraini, autora de numerosas novelas y cultivadora de los géneros poético y dramático, con su obra Isolina, la mujer descuartizada, en la cual se propone redescubrir un asesinato perpetrado a fines del siglo XIX en Italia, en cuya impunidad se registraría la lucha ideológica y política imperante.

Oscilando entre la crónica periodística y la novela, en perjuicio de esta última, nuestra autora se apasiona a tal grado por los rubros políticos y morales en torno al crimen, que termina en el mismo terreno cuestionado por ella. A las autoridades del juicio, al militar inculpado y a la parte acusadora no les interesaba la víctima, sino la hegemonía ideológica y política; algo parecido ocurre en Maraini, pues Isolina no será para ella más que una bandera de su doctrina feminista.

Según la autora, Isolina es una mujer de 20 años que busca romper con la opresión hacia su género. Actúa con mayor autonomía en todos sentidos para su tiempo; aparentemente no aspira a casarse —ha tenido un par de amantes—, pero anhela tener un hijo. Se involucra con un militar de alto rango llamado Trivulzio, de quien queda embarazada. Él la persuade para que aborte, pero Isolina se niega. Posteriormente, se celebrará una fiesta de oficiales a la que asiste.

Transcribe Maraini una carta anónima: “Cuando todos estaban achispados, a uno de ellos se le ocurrió decir: ‘Isolina, venga, ya que quieres abortar, échate encima de la mesa’. Isolina debió de obedecer porque en su embriaguez no tenía conciencia del peligro, como tal vez ni siquiera la tenía el que la invitaba a tumbarse sobre la mesa. Luego debieron de introducir en el útero un tenedor, causándole un dolor tan intenso que Isolina estalló en alaridos”. Después la descuartizan y la arrojan al río.

Cerrado el caso por presiones del poder, se reabrirá por los ataques del periódico del partido socialista al Ejército; maniobra política en contra del gobierno y ajena al crimen en sí. Situación que subleva a Maraini, pero que no logra eludir y procede igual; atosiga con descripciones desarrolladas en su investigación para centrarse en las militares, y enfatizar: “las arquitecturas más perfectas son hijas de tiranos y de asesinos...”

Sobre el juicio resaltará la objetividad argumental de los socialistas y evidenciará la sensiblería manipuladora de los militares, sin evitar hacer esto último. Se imagina a Isolina de pequeña con “tantas ganas de jugar que incluso aquel raquítico patiecillo (a que acudía la niña) le parece (a Isolina) un parque...” O supone una analogía entre los interfectos con La Bella durmiente, en el que Isolina es besada por Trivulzio para despertar en aras de la denuncia: “¿A dónde irá la Bella Durmiente? ¿Al tribunal de justicia, a la iglesia, a los periódicos?”

Y al final nos queda la impresión de que Isolina fue un mártir más pero no para la humanidad, sino para un feminismo radical en plena decadencia.

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