El costo de la neutralidad en un mundo donde el petróleo ya arde
Escudo de las Américas, la iniciativa de Trump.

Hazael Sayavedra

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La volatilidad del petróleo refleja cómo la crisis global ya empieza a impactar el tablero económico de México.

Por Hazael Sayavedra

Cuando Donald Trump firmó el "Escudo de las Américas" el 5 de marzo en Doral, Florida, doce países levantaron la mano: Colombia, Guatemala, Honduras, El Salvador, Panamá, Costa Rica, Ecuador, Perú, Chile, Paraguay, Brasil y Argentina. México no. Ni siquiera fue invitado.

La imagen es inequívoca: Trump al centro, rodeado de líderes, firmando como si fuera un tratado de la Guerra Fría. Su mensaje, directo al micrófono: “México es el epicentro del narcoterrorismo. Si no actúa, otros lo harán por ellos”.

Esa exclusión no es diplomacia. Es estrategia. Con la guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán en su día doce —misiles, drones, refinerías en llamas—, el Escudo se presenta como coalición anti-terrorismo que ya apunta al sur. México, que se mantiene en neutralidad absoluta, queda como el vecino que no quiere jugar: no aliado, pero tampoco enemigo declarado.

Y mientras el Estrecho de Ormuz está cerrado, el petróleo mexicano —la mezcla Maya— sube a sesenta y seis dólares el barril. Un corto beneficio: Pemex gana, la gasolina no sube por decisión política. Sheinbaum lo repite: “No tocamos precios”. Pero ese respiro es frágil. Si la guerra escala, el crudo puede colapsar o dispararse al triple. Y México, sin aliados en el Escudo, queda expuesto a la presión económica y militar.

Desde contrainteligencia, la pregunta es clara: ¿por qué dejar fuera al país con la frontera más larga y la mayor producción de fentanilo del mundo? La respuesta no está en Teherán. Está en lo que podría pasar aquí.

Rutas de droga que ya cruzan el Pacífico desde Venezuela —vía Hezbollah— sirven de autopista logística. Talleres clandestinos en Baja California y Sonora podrían adaptar un dron Shahed-136 —el mismo que Irán usa contra Israel— en semanas: piezas llegan por contenedor, se ensamblan con manos narco, se prueban en desierto. Un lanzamiento desde Sonora cruza la frontera en diez minutos. Impacto en California. Titulares: “Drones iraníes operados por CJNG”.

No hay prueba de alianza formal entre Teherán y los cárteles. Pero el ecosistema existe: lavado de dinero, células de Hezbollah en la Triple Frontera, enlaces históricos con Zetas y CJNG. Un incidente —real o fabricado— sería el pretexto perfecto para declarar guerra híbrida. Trump ya lo insinuó: “Si México no controla, nosotros lo haremos”.

Los cuatro puntos que la contrainteligencia mexicana debe blindar ya:

  • Monitoreo de señales: rastrear cualquier comunicación en farsi o árabe en puertos clave —Veracruz, Manzanillo—. Un celular satelital iraní en un narco es alerta roja.

  • Inteligencia compartida sin cesión: acuerdos bilaterales con EE.UU., pero sin bases ni tropas. Si aparece un dron, que lo verifique la ONU —no el Pentágono—.

  • Radares propios: reforzar Sonora y Baja con sistemas antiaéreos básicos. Si un Shahed despega aquí, México lo detecta y lo derriba primero. Quita excusa.

  • Narrativa pública: Sheinbaum debe repetir: “No hay alianza, pero vigilamos”. Las marchas en CDMX —gente quemando banderas gringas, iraníes, palestinas— muestran rechazo a la guerra. Hay que capitalizarlo.

Neutralidad no es virtud. Es vulnerabilidad. El petróleo alto ayuda hoy, pero, si el conflicto se alarga, México será el flanco barato: narco demonizado, gobierno aislado, pueblo furioso.

La pregunta final no es si Irán y los cárteles se unen. Es si EE.UU. necesita que parezca que sí. Y si México está listo para probar que no.

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