Foro Público: Morena: Caudillismo y pragmatismo

Ignacio García

Compartir

Agréganos como fuente preferida en Google

Morena pasó en 15 años de movimiento electoral a fuerza dominante del país, con control territorial, legislativo y una estructura construida entre lealtades, rupturas y pragmatismo político.

Foro Público

Esta semana el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) cumplió 15 años desde que nació como una plataforma política electoral para el entonces aspirante a la presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador, ante la inminente ruptura con el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

El ahora partido preponderante en el país tuvo un crecimiento vertiginoso en unos cuantos años. Pasó de ser un movimiento político a convertirse formalmente en un partido político en 2014, después de la desbandada de perredistas que migraron al nuevo instituto político tras el conflicto entre López Obrador y “Los Chuchos” que se enquistaron en el sol azteca.

El instituto político guinda nació como una alternativa a las disputas internas que se vivían en el PRD a consecuencia de las luchas entre las distintas tribus que buscaban el control del entonces principal partido político que representaba a la izquierda.

Después de la elección presidencial de 2012, Los Chuchos aceptaron negociar con el gobierno de Enrique Peña Nieto para avalar el llamado “Pacto por México” que permitió la aprobación de las reformas estructurales que se aprobaron en el último sexenio priista, mientras que López Obrador advirtió que esa decisión provocaría el final del sol azteca.

El tabasqueño comenzó a adherir en las filas del incipiente movimiento político a más perredistas que fueron fieles a su causa. Comenzó a realizar recorridos por el país para tejer nuevas redes y alianzas políticas locales que le permitieran establecer nuevas capacidades territoriales ante el desgaste del PRD.

Morena nació por medio de la figura de un caudillo, como en su momento el PRD se fundó por medio de la representación de Cuauhtémoc Cárdenas que encarnaba los ánimos de la izquierda después de las elecciones presidenciales de 1988, y que durante años fue el principal actor de cohesión del partido.

Tras la debacle de Cárdenas, López Obrador ocupó ese espacio, pero Los Chuchos que se caracterizaron por su pragmatismo comenzaron a adherir a personajes que no debían su lealtad al ex jefe de Gobierno de la Ciudad de México y por ello decidió abandonar esa fuerza política para reorganizarse en una nueva.

La desbandada de perredistas le dio a López Obrador nuevas herramientas para ampliar su influencia, mientras que los pésimos resultados del gobierno de Peña Nieto lo catapultaban como principal presidenciable para los comicios en 2018.

Las elecciones federales de 2015 fueron el primer termómetro que evidenciaron la fuerza del nuevo movimiento político. A diferencia de los Chuchos que paulatinamente cedieron espacios al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y que fueron cuestionados por su alianza con el Partido Acción Nacional (PAN), Morena se configuró como una fuerza política en crecimiento, pues obtuvo resultados significativos en la Ciudad de México.

La capital del país que había sido uno de los bastiones políticos más importantes del perredismo estaba en disputa. Los morenistas demostraron que sus estructuras territoriales fueron sólidas y las organizaciones perredistas migraron al morenismo, mientras que Miguel Ángel Mancera perdió influencia, tras enemistarse con López Obrador.

Los resultados electorales en la Ciudad de México provocaron que Morena creciera más y más. Los priistas y panistas que no encontraron acomodo en la patridocracia tradicional encontraron en el nuevo movimiento una nueva oportunidad, en tanto garantizaran su absoluta lealtad al caudillo y jefe máximo del partido.

La victoria en 2018 y el control del país

En 2017 el partido guinda estuvo cerca de arrebatarle al PRI el control político de su principal bastión político, el Estado de México, que durante años había sido el nido de diferentes grupos políticos caciquiles, entre ellos el llamado Grupo Atlacomulco, que disputaron el territorio para que se mantuviera en su poder a través de Alfredo del Mazo.

No obstante, esos resultados ya avisaban las capacidades de competitividad que tenía Morena, pero el priismo minimizó el peso específico que tenía el nuevo movimiento político, que a su vez amasaba nuevas alianzas pragmáticas, sin necesidad de ser identificados como integrantes de la izquierda.

A diferencia de las elecciones de 2006 y 2012, en las cuales López Obrador intentó conseguir el triunfo electoral con sólo el apoyo de la izquierda, para 2018 optó por atraer a los sectores más conservadores por medio del Partido Encuentro Social (PES), que hubiesen sido impensables 12 años atrás.

La contundente victoria electoral en 2018 demostró que el pragmatismo había funcionado. El descontento generalizado en contra de la partidocracia tradicional y la alternativa que representaba Morena le dieron un triunfo que superaba ampliamente a los anteriores presidentes electos en el actual siglo.

Desde la época hegemónica del PRI no se observaban resultados tan avasalladores para un partido político. El tabasqueño obtuvo una mayoría calificada en el Congreso de la Unión que le permitió impulsar su proyecto político que denominó como la “cuarta transformación” de la vida pública del país.

Los resultados de 2018 sólo fueron el inicio, pues en los siguientes años el morenismo sólo se extendería más y más hasta alcanzar su máximo nivel en 2024, cuando al dejar la presidencia, López Obrador heredó el poder político a Claudia Sheinbaum un escenario idóneo con 24 gubernaturas, mayoría en ambas cámaras y el control de la mayoría de las presidencias municipales.

Pese a las críticas y escándalos de corrupción que fueron una constante en el sexenio de López Obrador, sus capacidades electorales nunca estuvieron en duda. El tabasqueño consolidó un régimen que alteró la vida política de la nación y desapareció el sistema de los gobiernos divididos que se había instalado desde 1997.

López Obrador, convertido en “el gran elector” como sucedió con el priismo hegemónico, fue el principal responsable de definir la sucesión presidencial, aunado a que logró desarticular a la oposición para casi volverla anecdótica.

El pragmatismo de Morena ha alcanzado nuevos niveles. Ha dado prioridad al fin sin importar la justificación de los medios, y se ha adherido de forma viciosa con los partidos Verde Ecologista de México (PVEM) y del Trabajo (PT), aunque el primero se ha caracterizado por su nula lealtad política, tras haber participado en elecciones con el PAN y el PRI.

Así, ha concentrado poder político similar al que tuvo en su momento el PRI, con el control también del Poder Judicial y la eliminación de los organismos autónomos que representan severos retrocesos en cuanto a la probidad de la democracia mexicana.

Aunque López Obrador ha insistido en su retiro de la actividad política, sus capacidades reales de incidencia siguen vigentes con el control total del partido por medio de una serie de colaboradores leales que siguen siendo files a su causa, mientras que Sheinbaum ha emulado su forma de gobernar como las conferencias de prensa mañaneras y los constantes mítines que sirvieron para fortalecer su narrativa.

Así, los fundadores de Morena que siguieron fielmente a López Obrador fueron completamente olvidados, mientras que los panistas y priistas que tanto criticaron al tabasqueño ahora ocupan los cargos públicos de mayor importancia, llevando el pragmatismo a un nuevo escenario.

Las bases morenistas, relegadas, siguen añorando fiel y lealmente el pasado de lo que representó el triunfo del tabasqueño, sin importar que las prácticas políticas se remontan al pasado nacionalista y populista del priismo de la década de los setenta que se centra en un fuerte componente de la recuperación del indigenismo como centro de la reivindicación nacional.

Agréganos como fuente preferida en Google