Javier H. Contreras O. Domingo, 25 de Octubre del 2026, 09:18
Las redes sociales y la sobrecarga informativa alimentan una anestesia cotidiana que reduce la sensibilidad frente a la injusticia y favorece el olvido colectivo.
Por Javier H. Contreras O.
De la anestesia social a la amnesia colectiva…
¿En esta sociedad, estamos anestesiados o sufrimos de amnesia?
La anestesia, cuando es completa, genera una pérdida total de conciencia como un profundo sueño que anula la capacidad del cerebro de sentir el dolor. En términos esenciales, elimina el dolor, anula la conciencia y relaja los músculos del cuerpo.
Una profunda anestesia, es casi una puerta a la muerte: podemos volver a la vida o quedarnos en el paso entre la conciencia e inconsciencia y que nos declaren muertos. La anestesia es para bloquear la sensibilidad al dolor y se utilizan medicamentos en las cirugías o procedimientos médicos.
Pero esa es la anestesia médica ¿y la anestesia social? ¿Quién la aplica, con qué ingredientes y qué efectos produce?
Por ejemplo, ya es muy común que al llegar a un lugar público donde hay cajones azules para personas con algún tipo de discapacidad y con la identificación que los reconoce como tales, llega un conductor y acomoda su vehículo tranquilamente, sin inmutarse y sin ninguna reacción de las demás personas. Antes, hasta las miradas de otros conductores le hacían que cambiara de lugar. Hoy, la anestesia social, nos hace ignorarlo en una sensación colectiva de incumplimiento de las leyes establecidas. O sea, nos vale… como a ellos les vale estacionarse en un lugar prohibido.
Nadie le dice nada, ni los grandes letreros que indican que son lugares reservados para personas con problemas de movilidad. Ni en las zonas rojas que son exclusivamente para vehículos oficiales de auxilio como bomberos; o zonas rosas para mujeres embarazadas. Menos en zonas amarillas donde muchas personas se estacionan, para caminar menos, porque ya no sienten nada, están sometidos a una anestesia social, a una sociedad de sentimientos anestesiados que cada día nos convierte en zombies, medio humanos, medio muertos, medio monstruos que caminamos sin ver a quienes nos rodean.
Esa anestesia social, es lo que nos tiene insensibles ante la violencia, la injusticia, problemas de la comunidad, caos vial y un mundo de mentiras e incongruencias.
Esa insensibilidad social nos ha conducido a normalizar todo. Algunos le llaman tolerancia, pero el problema es que lo malo lo estamos pasando al bloque de los buenos, para no tener conflicto ni problemas con los malos. Y como los buenos, no reaccionas por la anestesia social, la normalización del abuso de poder, la violencia o las injusticias son lo más “común”. La reacción ciudadana está sometida a la droga de la “adormidera”, esa planta de amapola de donde se extrae la morfina, entre otros, utilizados como potentes analgésicos y depresores del sistema nervioso.
Los “medicamentos” de esta anestesia social son las redes sociales, la sobrecarga excesiva informativa o hiperinformación, la propaganda oficial y comercial y el consumismo. Todo lo que consumimos, nos consume.
Paradójicamente, estamos expuestos, como nunca, a noticias de todo tipo: violentas, chismes, guerras, escándalos sexuales, rumores, denuncias de corrupción e infidelidades que entretienen y como la anestesia adormece el cerebro, inactivan las reacciones, nos hacen pasivos y apáticos.
Y después de todo esto, viene el gran olvido, el darle la vuelta a la página, el pasar el dedo sobre la pantalla del celular para ver, con avidez y morbo, lo que sigue e incasablemente pasar horas pegados a las pantallas. Ni es alucinación ni ficción: solo basta ver por las calles, en restaurantes, reuniones y en cualquier parte, los nuevos seres en que nos hemos convertido.
Al mirar el celular la inclinación de la cabeza puede varias entre los 15 y los 60 grados. La mirada fija en la pantalla, ignorando lo que sucede alrededor o de las personas que tengamos enfrente en un largo trance de hipnosis o anestesia que en ese momento nos puede pasar un tráiler por encima sin percatarnos de su cercanía. De ese grado es la profundidad de la anestesia social.
Esa inclinación del cuello equivale, según el grado de inclinación, a un peso que ocasiona efectos de tensión, estrés y daños fisiológicos.
Según el ángulo de inclinación empezando por la posición neutra de cero grados, equivale a sostener 5 kilos que es el peso normal de la cabeza alineada; con 15 grados de inclinación, le cargamos a la cabeza 12 kilos que genera ya una tensión leve; con 30 grados, son 18 kilos que son una tensión moderada en músculos y nuca y los 60 grados, que es muy común en el uso del celular, representa 27 kilos que es el esfuerzo extremo, equivalente a tener cargando en los hombros a un niño de 8 años.
En esa anestesia social, hemos perdido la conciencia, además, del tiempo y la vida que se nos va frente a la pantalla del celular.
Por mera curiosidad, revisemos la aplicación llamada bienestar digital o tiempo de pantalla, veremos cómo se nos registra las horas al día que pasamos en Facebook, Instagram, WhatsApp o Tik Tok. En México, existe el promedio general de anestesia digital entre 4 a 5 horas diarias, destacando jóvenes de 18 a 24 años que llegan, por lo pronto, a un consumo de 5.9 horas al día. Lo que se consume, nos consume. ¿Ya revisó el tiempo de su anestesia digital diaria?
Y de la anestesia social, pasamos tranquilamente a la amnesia total, social e irresponsable. La amnesia equivale a un trastorno de la memoria con incapacidad parcial o total para recordar información, experiencias pasadas o hechos sucedidos. Es lo que ahora dicen que se nos borra el disco.
Todo se nos olvida, todo se nos resbala. Vivimos tan de prisa, que hasta la memoria hemos perdido.
Se nos olvidó que muchos de los jueces y magistrados fueron “electos” por medio de un acordeón por el pueblo sabio y experto en conocimientos jurídicos; que hay varios señalados de complicidad con el narcotráfico y que andan libres, que quedamos en los peores lugares en educación por la prueba Pisa y que al rato se nos olvidará las penurias y crisis de salud en el IMSS.
Estamos anestesiados por las pantallas y como las esponjas de mar y medusas, sin cerebro ni sistema nervioso central, sin capacidad de almacenar recuerdos.