Cinthya Alvarado Enriquez Lunes, 18 de Noviembre del 2024, 23:09
La pobreza también es violencia, el caso de Idolina, la vendedora de atol en Chiapas.
RÍOS DEL SUR
Por Cinthya Alvarado Enríquez
Escucho su delgada voz:
—¡Atole de elote, calientito, con granillo!
La veo atravesar la calle. No sé cómo, bajo esa gran carga, se asoma una nobleza que me dice:
—¡Marchantita!
Es Idolina, cargando su olla de atole caliente, de más de 25 kilos.
Los mexicanos hemos sido pobres desde siempre. Ya los indígenas estaban clasificados en castas cuando llegaron los españoles. La conquista, la independencia, la revolución y los demás cambios sociales no transformaron gran cosa en esa distribución social.
—Mi respeto para ella —dice un señor que acaba de comprarle un vaso.
Le pedimos que nos permita ayudarle a bajar la carga, y hasta para él, siendo hombre, le resulta difícil. Le digo a Idolina que me duele cada vez que la veo con esa pesada olla.
—¿Pero qué más puedo hacer? —responde—. Ahora que le mordió la culebra a mi hijo… Vivo en la segunda sección de Cebadilla, bajo del pesero y ya vengo andando.
El señor pregunta:
—¿Cuánto tiempo le lleva caminar con su olla?
Idolina responde:
—Hasta que termine, lo cual puede ser una hora o más.
Hay personas que no compran; otras, para aliviarle un poco la carga, sacan un traste y le piden dos o tres tazas de su riquísimo atole. Caliente es una delicia; frío, un postre digno de cualquier delicatessen.
Pies descalzos, pies de arduo trabajo
—No tengo dónde vender, y si me paro, siento que no vendo.
—¿Qué edad tiene usted? —56 años. Tenía 8 cuando comencé y nunca lo he dejado. Todo el tiempo vendiendo, así me lo he pasado, con atole de elote y tamalitos.Idolina Quintana Páez se levanta a las 4 de la mañana para preparar el atole. Los elotes se los llevan a casa, pero a veces paga hasta 20 pesos por una “mano” (unos cinco o seis elotes). Ella vende una taza grande del tradicional atole a 15 pesos. En un rato me cuenta parte de su vida.
—¿Sabe por qué lo hago? Porque no tengo otro apoyo, y ahora mi hijo, mi mudito, se enfermó por la mordedura de una coralillo. De milagro se salvó, y él es quien me acompaña.
Mientras enrolla un trapo para colocarlo en su cabeza, amortiguando el peso de la olla caliente, añade:
—Me quedé viuda hace 17 años, y he tomado la vida con esa fuerza que me hace soportar las necesidades y salir a diario a vender en estas condiciones.
“Mi marido se enloqueció. Desde entonces camino muchísimo. Antes recorría 4 kilómetros desde mi casa, subía y bajaba el río. Vivo en la segunda sección de Cebadilla. Llegaba al camión de Palo Seco y me iba a Puerto Madero a vender porque mis papás no tenían dinero. Descalza me iba. Por eso me acostumbré a andar descalza. Cuando llego a mi casa, aviento mis chanclas, jejeje” —dice con una risa que refleja cómo la aceptación se ha convertido en fortaleza.
Un joven, al pagarle con un billete de 200 pesos, fue a cambiarlo a la tienda. Regresó con un refresco para doña Idolina.
—Muchas gracias, papito. Que Dios me lo conserve bueno. Ayúdeme a cargar la olla.
Entre tres personas subimos el pesado y caliente trasto a su cabeza.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) reporta cada año dos millones de incapacidades laborales vinculadas a enfermedades y accidentes de trabajo, afectando principalmente a las mujeres. Sin embargo, historias como la de Idolina no están incluidas en esas cifras.
El trabajo extenuante de miles de mujeres en México y otros países pobres es una carga invisible que sostiene un mundo desigual e injusto, construido por políticos que probablemente nunca han andado descalzos ni cargado una olla de 15 kilos de atole hirviendo.
