Beatriz Paredes urge a romper la rivalidad inculcada entre mujeres
Participantes al Encuentro Nacional de Mujeres Políticas en Veracruz. Foto: Livia Díaz.

Livia Díaz

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Beatriz Paredes sostuvo que la rivalidad entre mujeres se aprende desde la infancia y debe desmontarse desde el ejercicio del poder.

Por Livia Díaz

XALAPA, VERACRUZ. — En una jornada de resonancia histórica para la política nacional, el Encuentro Nacional de Mujeres Políticas —desarrollado en la capital veracruzana durante los días 16, 17 y 18 de octubre bajo la convocatoria de la Red Nacional de Defensoras de la Paridad en la República Mexicana, Capítulo Veracruz— se convirtió en el escenario de una de las piezas oratorias y analíticas más contundentes del debate contemporáneo sobre el poder.

Ante una masa abarrotada de legisladoras, servidoras públicas, académicas y activistas procedentes de todos los rincones del país, quienes vestían distintivos y accesorios en tonalidades moradas como símbolo indudable de solidaridad y lucha por la equidad sustantiva, según se constata de forma fehaciente en la memoria gráfica del recinto, la legisladora y lideresa política Beatriz Paredes Rangel pronunció un discurso que caló hondo en las estructuras conceptuales del movimiento femenino.

Ataviada con la sobriedad e identidad cultural de un tradicional huipil artesanal en matices rojo y blanco, y flanqueada en el pódium principal por una intérprete de lengua de señas que traducía simultáneamente cada inflexión de su voz para garantizar un acceso universal e incluyente, Beatriz Paredes se dirigió a la audiencia con una compostura magisterial. La ponente no se limitó a repetir la retórica habitual sobre la paridad formal o las cuotas legislativas; por el contrario, apuntó de manera frontal hacia el núcleo cultural y pedagógico que socava la cohesión entre las propias mujeres desde la infancia. Sostuvo con vehemencia que la rivalidad intergeneracional e interpersonal que con frecuencia aflora en los espacios públicos no constituye de ningún modo una conducta biológica o consustancial al género, sino el producto minuciosamente esculpido de un proceso de socialización patriarcal.

«Nos enseñan desde niñas a competir entre nosotras porque nos vendieron la falsa noción de escasez: la idea de que solo existe un príncipe azul y que el triunfo de una compañera representa automáticamente el despojo de la otra.»

— Beatriz Paredes Rangel

La anatomía del mito: Romántico engaño y economía de la escasez

Tal como se registra en las grabaciones fonográficas de la sesión, Paredes desmenuzó la arquitectura narrativa del mito del «príncipe azul». Explicó que esta fábula romántica funciona como un poderoso dispositivo de control social que acostumbra a la mujer a percibir el afecto, la validación y el reconocimiento como bienes sumamente restringidos. Bajo esta lógica de la escasez ficticia, si una mujer destaca en belleza, inteligencia o liderazgo, el sistema cultural condiciona al resto del entorno a sentir que la porción de validación propia se reduce drásticamente. Así, el mérito ajeno se vivencia como una amenaza directa, inhibiendo la capacidad de celebrar las victorias colectivas y entrenando a la psique femenina para el recelo permanente.

Virtudes invisibilizadas frente a la inmediatez de la crítica

Para ilustrar con crudeza pedagógica este fenómeno, Paredes propuso durante su mensaje un experimento mental altamente revelador. Invitó a reflexionar sobre qué sucede cuando se congrega a un grupo de mujeres y se les solicita enunciar cinco virtudes genuinas de cada una de sus compañeras. El resultado observado en la práctica social —articuló la oradora— es un silencio penoso, una lentitud dubitativa y una resistencia casi paralizante. Sin embargo, cuando el ejercicio cambia de rumbo y se trata de identificar defectos, fisuras, errores o motivos de murmuración, la elocuencia brota con una agilidad pasmosa y devastadora. Esta asimetría no es casualidad: es la prueba irrefutable de un adiestramiento social enfocado en la fiscalización de la otra.

Trascender la envidia: Hacia una arquitectura de pactos sin violencia

La conclusión de Beatriz Paredes Rangel en Xalapa trascendió la mera denuncia sociológica para convertirse en una hoja de ruta eminentemente política. La sororidad —sostuvo con contundencia— no puede quedarse en una consigna poética o en un lema pancarta; debe transformarse en una metodología de ejercicio del poder. Romper el adiestramiento de la rivalidad implica que las mujeres en puestos de decisión aprendan a respaldar públicamente los méritos de sus pares, construyan alianzas multipartidistas inquebrantables y defiendan los avances colectivos por encima de los recelos individuales. Solo desmontando el mito del príncipe azul y erradicando la sospecha mutua será posible consolidar una igualdad sustantiva genuina, blindada contra la violencia política de género y cimentada en la fuerza indestructible del pacto entre mujeres.

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