Encuentro en el centro de la Tierra

Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Las antípodas guardan un secreto. No están separadas por la inmensidad del planeta. En algún lugar del centro de la Tierra, los caminos terminan por encontrarse.

Cuando los escritores abandonan este mundo, llegan a esa cámara secreta situada en el centro de la Tierra.

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Invito al lector a un viaje fantástico. No se requiere pasaporte, pues no encontraremos más aduanas que las de la imaginación, el amor por los libros y la curiosidad intelectual. Como equipaje llevaremos la certeza de que hay escritores que se conocen sin haberse leído nunca, como me confió Edmundo Valadés en un rincón de El Nivel una tarde en aquellos tiempos mejores de la República.

Comenzamos. Dante Alighieri sólo imaginó nueve círculos para el Infierno. Yo propongo que olvidó dibujar un décimo. No un lugar de castigo, sino de encuentro, más abajo que el hielo de Lucifer, allí donde las condenas terminan y comienzan las raíces del mundo.

En éste, mi décimo círculo, las raíces del baobab africano se entrelazan con las del ahuehuete mexicano. Ya no pertenecen a dos continentes; forman un solo árbol cuya copa sostiene la memoria de los hombres. Allí no llegan los geógrafos ni los conquistadores. Llegan las historias.

Y en la penumbra de esa bóveda de raíces, Juan Rulfo se encuentra con Amos Tutuola. Ninguno pregunta quién es el otro. Se reconocen de inmediato, como se reconocen dos viejos narradores que han contado siempre la misma historia con palabras distintas. Hablan de pueblos donde los muertos siguen conversando con los vivos, de caminos que atraviesan el tiempo, de árboles que escuchan, de voces que el viento se niega a llevarse.

Pero… ¿¡qué veo!? Mientras conversan, aparece un viejo que se guía con un bastón. Se detiene unos pasos atrás. No interrumpe. Escucha. Reconoce ese lugar. Alguna vez creyó haberlo visto en un sótano de Buenos Aires y lo llamó El Aleph: el punto donde todos los lugares del mundo existen simultáneamente sin confundirse. Sonríe. Comprende que las antípodas nunca fueron una cuestión de geografía sino de imaginación. Se aleja satisfecho. Ya no necesitará escribir otra página.

Y entonces entra Dante. Lleva un tahalí y parece dispuesto a propinarme los 39 azotes consagrados en el Deuteronomio por mi insolencia. Pero se detiene. Observa la escena con el desconcierto de quien descubre que la imaginación humana es más vasta que su propia arquitectura del universo. Comprende que existe un círculo que nunca visitó: el de las historias que sobreviven a la muerte y unen lo que la geografía separó. Cierra lentamente la Comedia. Acepta que se la he completado.

Así es, querido viajero. Las antípodas guardan un secreto. No están separadas por la inmensidad del planeta. En algún lugar del centro de la Tierra, donde no existen mapas ni brújulas, los caminos terminan por encontrarse. Allí, en una galería entre raíces y piedras un campesino de Comala estrecha la mano de un bebedor de vino de palma de Abeokuta. Ninguno pregunta el nombre del otro. No hace falta. Ambos conocen el idioma de los muertos.

Arribaron después de miles de kilómetros, océanos, lenguas y una historia que jamás se cruzó. Sin embargo, al hojear Pedro Páramo y El bebedor de vino de palma comprobamos que llegaron al mismo sitio por caminos distintos. No por casualidad, sino porque las verdades de la imaginación no conocen fronteras.

En Comala, los muertos hablan como si nunca hubieran abandonado el pueblo. En los bosques de Ogun, los espíritus negocian, trabajan, castigan, beben, engañan y aman con la naturalidad de cualquier vecino. Ni Rulfo ni Tutuola tienen necesidad de explicar ese prodigio. Los dos saben que hay culturas donde la frontera entre la vida y la muerte no es un muro, sino apenas una vereda.

A veces me pregunto si una parte de aquello que llamamos realismo mágico no emprendió su viaje hacia América mucho antes de que existiera la literatura latinoamericana. No hablo del joven término literario, nacido apenas en el siglo XX, sino de una manera de mirar el mundo. Quizá comenzó a cruzar el Atlántico en las sentinas de los barcos negreros. Hombres y mujeres arrancados de los pueblos yoruba, ewe, fon, mandinga o bantú no podían llevar consigo otra pertenencia que la memoria. Y la memoria viajaba en cantos, rezos, leyendas y relatos donde los muertos caminaban junto a los vivos, los dioses descienden a conversar con los hombres y los árboles tienen voluntad propia.

Pienso que aquellas historias desembarcaron en Cartagena, Veracruz, La Habana, Salvador de Bahía y otros puertos del Nuevo Mundo, y se mezclaron con las cosmovisiones indígenas, con el imaginario barroco español y con el catolicismo popular, produciendo una de las alquimias culturales más extraordinarias de la historia. No digo que de esa travesía naciera el realismo mágico, pero sospecho que en esos viajes comenzó a respirarse una forma de entender la realidad donde lo visible y lo invisible jamás fueron enemigos.

Tal vez por eso Alejo Carpentier habló de lo real maravilloso. No era una técnica narrativa. Era una condición del mundo americano. Eso mismo hizo Tutuola. No inventó milagros para sorprender al lector. Escribía desde una cultura donde el milagro nunca había dejado de ser cotidiano.

Amos Tutuola fue herrero, mensajero y empleado público y, en 1952, parió una novela que desconcertó al mundo, El bebedor de vino de palma, escrita fuera de todas las reglas, impregnada por la sintaxis yoruba. Aunque la Academia alzó la ceja por lo incorrecto, yo creo que el suyo no era mal inglés, sino Shakespeare aprendiendo a narrar al son una nueva música.

Con todo, la crítica de la pérfida Albión cayó rendida y Dylan Thomas saludó la novela como algo hechizante. Claro que nadie es profeta en su tierra y algunos intelectuales del continente negro la rechazaron porque juzgaron que confirmaba los prejuicios coloniales. Pero hoy Tutuola ocupa el sitio que merece: el de un escritor que no pidió permiso a ninguna academia para demostrar que la tradición oral podía convertirse en una de las grandes literaturas del siglo XX.

Juan Rulfo fue agente viajero, archivista y empleado público. En 1955, parió una novela que desconcertó al mundo, Pedro Páramo, escrita fuera de todas las reglas, impregnada por la sintaxis de la oralidad campesina. Aunque la Academia alzó la ceja por lo incorrecto, yo creo que el suyo no era mal español, sino Cervantes aprendiendo a narrar al son una nueva música. Hoy Rulfo ocupa el sitio que merece: el de un escritor que no pidió permiso a ninguna academia para demostrar que la tradición oral podía convertirse en una de las grandes literaturas del siglo XX.

En las páginas de Tutuola el lector mexicano experimenta una extraña familiaridad. Descubre que aquel hombre nacido entre los yoruba entendió algo que también sabía Juan Rulfo: los muertos nunca terminan de irse. Permanecen alrededor de nosotros, hablan en voz baja, intervienen en nuestras decisiones y siguen formando parte de la comunidad. Occidente llama a eso fantasía. Muchas civilizaciones lo llaman simplemente memoria.

Quizá por eso prefiero imaginar que, cuando los escritores abandonan este mundo, no ingresan en una biblioteca infinita. Llegan a esa cámara secreta situada en el centro de la Tierra donde se encuentran las antípodas. Allí Rulfo conversa con Tutuola mientras Carpentier escucha sonriendo, un anciano del Popol Vuh intercambia historias con un babalawo yoruba, un griot mandinga afina la voz antes de comenzar otro relato, y Joseph Conrad no habla, escucha. Y al fin desembarca de su vapor racista y se aleja cabizbajo, con un ejemplar de Todo se desmorona bajo el brazo.

Porque, al fin y al cabo, la literatura no consiste en descubrir territorios, sino en confirmar que los territorios que creíamos más lejanos tenían siglos esperándose.

6 de jujio de 2026

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