
Alberto Farfán Lunes, 21 de Septiembre del 2026
Rosario Castellanos queda lejos del alcance literario y la complejidad narrativa desarrollados por Doris Lessing.
Por Alberto Farfán
Es sorprendente el número de tesis presentadas que se pueden encontrar en la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM tanto de décadas atrás como actuales acerca de la poetisa, narradora y diplomática Rosario Castellanos. Prácticamente todas ellas elogiando hasta grados superlativos a la autora y sus escritos.
Pero hablemos de una novela inédita de 1965 publicada post mortem. Pues colocar en un mismo nivel a las obras Rito de iniciación y El cuaderno dorado, de Castellanos y Doris Lessing, respectivamente, como argumentación central presentando sin más una apología de la primera, revela no un desacierto inherente a un espíritu eclipsado por la euforia, sino a una clara ignorancia propia de un fan imberbe.
Al recibir Castellanos críticas bastante fuertes sobre su manuscrito por escritores e intelectuales de su época, buscó evitar las disputas estériles por la publicación de éste, considerando sobre todo el rechazo del connotado autor Juan García Ponce. Y en este sentido, el escritor Eduardo Mejía opta tanto por defender su descubrimiento con una comparación absurda como por argüir contradictoriamente a su favor por darla a conocer.
Y ése es justamente el problema en su texto incluido en la novela, El libro de Rosario Castellanos que no se perdió, pues su afán extraliterario lo conduce a equiparar a Rosario Castellanos (1925-1974) con la Premio Nobel de Literatura 2007, Doris Lessing (1919-2013), cuando a lo sumo se podría aceptar que la mexicana sólo fue una alumna irregular, bastante mala, de la maestra de origen inglés.
Al establecer implícitamente que ambas autoras comparten el mismo rango literario, inician las incongruencias. Porque si bien es cierto que las dos coinciden en temáticas como la condición femenina y la opresión racial; el tratamiento que les confiere Lessing es distinto, pues no cae en el panfleto ni en la conmiseración plañidera característicos de Castellanos. En tanto que la británica ahonda en lo social y el ámbito existencial, entre otros aspectos propios de un ser humano integral.
Más aún, dentro de la extensa obra de Lessing encontramos libros impensados en la reducida producción de Castellanos, que van desde las pertenecientes a la pentalogía Los hijos de la violencia o La buena terrorista, hasta Instrucciones para un viaje al infierno y El quinto hijo, amén de las del ciclo “Canopus en Argos”. Diversidad que abarca el realismo, el terror y la ciencia-ficción.
Al proponer un paralelismo entre Rito de iniciación (1997) y El cuaderno dorado (1962), pareciera que Mejía sólo se limita a lo expresado por Lessing en el prefacio a su escrito en la edición española de 1978, ya que en él la autora explica la finalidad de la estructura empleada (hilo conductor inconexo en espiral ascendente) a aquellos que no la entendieron.
Escribe Mejía a este respecto: “Como sucede en el caso de Lessing, el resultado (en Rito de iniciación) no es el resultado (sic) de acumular y sumar experiencias, sino la combinación de todos... En Rito de iniciación la libertad no es sucedánea de cada acto de Cecilia, sino la acumulación, pero sumada a la reflexión, al libre albedrío...” O sea, después de una gran batalla esta mujer obtiene su identidad y se emancipa en todos sentidos, como por arte de magia.
Esta observación es válida en Lessing pero no en Castellanos porque la fragilidad de los personajes de esta última no permite llegar a dicha configuración vital. Lo curioso es que Mejía acepta que más que personajes sólo son rasgos, para después decir lo contrario. Esto significaría que tácitamente admite inconsistencia, la cual, por la estructura en bloques de la obra, perjudica la presumible intención de la mexicana por emular a su maestra.
Así, no sólo resulta incomprensible sino hasta ridícula la culminación de esta historia. La mediocre y desdibujada protagonista se eleva hacia un nuevo estatus de raro origen. Estatus que Mejía le confiere a Rito de iniciación y a Rosario Castellanos, soslayando deliberadamente que esta conclusión no guarda relación alguna con lo alcanzado por Doris Lessing y su obra.
---