
Guadalupe Lizárraga Miércoles, 23 de Octubre del 2013
Edwin Sánchez Ausucua*
Durante los días de visita familiar, los fines de semana, a un tutelar para adolescentes infractores se puede observar un componente fundamental del fenómeno transgresivo y su dinámica. Lo primero que se hace evidente es que el número de mujeres que visita a los adolescentes es tres veces mayor que los hombres adultos. Se trata de las madres principalmente, pero también asisten las hermanas, tías, novias, abuelas, algunos padres. Las jóvenes novias y concubinas que asisten a visitar a los adolescentes, suelen embarazarse muy jóvenes, entre los 15 y 18 años. La mayoría de ellas se queda en un nivel de primaria o de secundaria interrumpida, y en menor índice las de preparatoria.
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Quienes logran hacer una carrera profesional son realmente son muy pocas, pues su expectativa de vida no vislumbra un futuro planeado donde se vean a sí mismas buscando opciones distintas a las de ser con seguridad madres antes de los 18 años. Se apartan de la vida académica, viviendo siempre al interior de los fuertes lazos maternales y familiares. Así que tenemos numerosos “papás” internos en el tutelar de menores infractores, de 17, 18 y 19 años de edad en condiciones en las cuales no pueden ejercer su función de padres: primero por su edad, pero además porque se hallan fuera del ámbito de la legalidad, por lo que las jóvenes madres se apoyan en sus propias madres o tías y otros familiares donde los niños empiezan a crecer visitando a su papá en la cárcel para menores.
De esta misma realidad provienen los adolescentes infractores que llegan a esta institución, de jóvenes madres que los concibieron cuando eran menores de 18 años. En esta constelación dinámica de los lazos familiares, la ausencia del padre es notoria. Algunas de las madres que llegan hacen también otra visita el fin de semana al reclusorio, a ver a sus otros hijos, o maridos, o hijas y nietas. Algunas de estas madres trabajan durante la semana ganando 3,500 pesos al mes (283 dlls) y el fin de semana visitan a sus hijos y parientes. En sus vidas, el sistema penitenciario se convierte en una constante de su realidad. Una institución del Estado donde la vida sigue siendo posible, ante la presencia sistemática de la violencia y la degradación.
Las cárceles son parte de la realidad en todo estudio antropológico de la pobreza. Así, se puede observar mujeres que a los 35 años ya son abuelas, y han de trabajar para su nieto y sus hijos adolescentes quienes terminan delinquiendo, para obtener los satisfacciones que sus familiares no les pueden brindar como ropa de marca, joyas costosas, lociones de lujo, celulares caros, etc.
Se permite el ingreso solamente a tres personas previamente inscritas en el cardex. Hoy se pudo ver un incidente protagonizado por una familia cuyos cuatro integrantes se presentaron para visitar a su familiar adolescente, pero como sólo se les permite ingresar tres, una trabajadora social les indicó que después de un rato uno de ellos tendría que salir para que entrara el cuarto integrante de la familia.
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La joven de 16 años que venía con la familia tomó entonces la iniciativa y empezó a dar instrucciones a su madre y a su hermano adolescente, diciéndoles que ellos iban a entrar: ella en primer lugar, su madre y su hermano también, y el padre se quedaría afuera esperando.
Al ver esto, la trabajadora social interviene y pregunta al padre:
–¿Hace cuanto tiempo que no ve a su hijo?
–Como dos meses, dice el padre, un hombre alto y corpulento.
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–¿No cree que es usted quien debe entrar primero?, interviene de nuevo la trabajadora social.
Ante la pregunta, la adolescente se molesta y le dice a la trabajadora:
– Usted no tiene por qué meterse. Y la trabajadora responde:
–Decídanlo como quieran, pero creo que el señor tendría que entrar.
La joven ya muy molesta le indica a su hermano que él deberá esperar para que entre su papá, pero él joven replica, ‘’yo no he visto a mi hermano desde que entro aquí hace ocho meses, mejor que se quede ella que entra todas las veces que quiere’’, mientras señala a la hermana que había empezado a tomar las decisiones. “Ella entra todas las veces, y mi papá también lleva tiempo sin ver a mi hermano”, dice el joven.
Entonces la trabajadora social señala que la jovencita que estaba tomando las decisiones era quién tendría que esperar afuera. Ella, se niega enérgicamente:
–Ni madres, usted quién es para decidir. Yo voy a entrar.
Ni la madre ni el padre dicen una sola palabra. No sabemos qué historia hay detrás de todo esto. Es probable que los padres estén separados o exista una historia de violencia y disolución, pero la decisión de que la jovencita iracunda se quede afuera se hace necesaria. Cuando los guardias se acercaron para tranquilizar a la adolescente, terminó por salirse “mandando a todos a la chingada”, no sin amenazar y manotear:
–¡Son todos unos hijos de su puta madre!.
Ninguno de los padres intervino. Parecería que es la joven quién les impone su voluntad. Cuando los hijos son quienes prohíben las cosas a sus padres entonces estamos en una situación caótica. De ahí la importancia de transformar el encierro, para que el fenómeno transgresivo pueda evaluarse también en el contexto familiar y también pueda ser tratado como un componente del delito.
Tras el incidente con la adolescente que gritó, insultó y amenazó y demás, nos llega la información de que ella se había hecho novia de uno de los adolescentes internos, a quien visitaba cada vez que entraba para ver a su hermano. Es parte de la vida de estas instituciones donde se establecen lazos sociales, de complicidad y de enamoramiento.
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