El síndrome de Chabelo

Javier H. Contreras O.

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El personaje "Chabelo" simboliza la figura del “niño eterno”, asociada con la resistencia a crecer, asumir responsabilidades y enfrentar la vida adulta.

Por Javier H. Contreras O.

El hombre que se abstiene de crecer se convierte en el tirano de su propia vida

¿Quién no vio en alguna ocasión en la televisión al personaje llamado “Chabelo” durante las últimas décadas en México? Un hombre que llegó a la tercera edad con pantaloncillos cortos, un gran moño en el cuello y su voz impostada y aguda de niño; hablaba y lloraba como niño, y toda su actuación giraba en torno a juegos infantiles y canciones para menores de edad.

Al pasar los años y las décadas, ese “niño grande” no envejecía y todo le parecía color de rosa, como a un niño. Esa imagen parecía retar el paso del tiempo y casi se volvió el ideal de muchas personas: ser como Chabelo, en una especie de pequeño proceso de la novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, pero con la eternidad concentrada en un niño.

Ese Chabelo —entre síndrome y complejo— equivaldría al “niño eterno” o puer aeternus, que utilizó el psicólogo Carl Jung para referirse a los adultos que no logran madurar en su vida emocional y permanecen psicológicamente en una etapa adolescente o juvenil. Si bien Chabelo (“el amigo de todos los niños”) era una representación artística que se eternizó por la aceptación que logró entre los niños con esa personificación, entre los adultos despertó la inquietud por una longevidad permaneciendo siempre en la etapa de la infancia.

Algo similar sucede con el llamado síndrome de Peter Pan, que también se basa en esos “niños eternos” que se resisten a crecer para no tener compromisos ni responsabilidades, pero tampoco asumir retos o proyectos a futuro. Para ellos, lo ideal sería mantenerse en una edad infantil o hasta adolescente: se niegan a crecer mental y emocionalmente, aunque su cuerpo delate la edad adulta.

Revisando esa obra teatral de James Matthew Barrie, ésta cuenta la historia de un niño que no quería crecer y sí permanecer eternamente joven en el país de “Nunca Jamás”. Sin padres ni un adulto cercano que le enseñara lo que era bueno o malo, vivía con faunos y hadas en un mundo en el que nadie crecía y donde no había dolor ni sufrimiento, porque todos los que habitaban ese país eran eternos y jóvenes.

En pocas palabras, ser “Peter Pan” es evitar responsabilidades de la madurez y se asocia con el miedo a adquirir compromisos, el rechazo a los límites y una vida vista como “provisional”, mientras se espera que la vida “real” empiece más tarde… o nunca.

Cuando el hombre se abstiene de crecer, se convierte en el tirano de su propia vida. La frase refleja el costo que se paga al quedarnos como “niños”. Al ser niños, se vuelven intolerantes al fracaso; no saben lo que es una derrota como aprendizaje porque han tenido papás que les resuelven o consienten todo. Rehúyen la idea de crecer y madurar mentalmente porque eso implica enfrentar retos y luchar en la vida por lo que se quiere tener. Están atenidos o con la esperanza de que los padres les hereden fortuna, negocios o hasta casa y autos, porque son incapaces de asumir una deuda o un proyecto de vida.

La psicología señala que estos “niños eternos”, en lugar de gobernar su destino con sabiduría, se convierten en dictadores de su propia realidad, con sentimientos de frustración, rigidez y lamentos por el potencial desperdiciado.

El arquetipo del niño eterno lo desarrolla Marina de la Torre en su libro Autodestrucción Woke [1], y dice que su cultura es la del entretenimiento, la peor forma de la condición nihilista —de la nada—, con una incapacidad para apreciar y comprometerse con los valores más importantes. Parpadea ante la estrella y no ve nada. Se contenta con la felicidad escasa que ha inventado y carece de metas superiores dignas.

Sostiene que, sin guía ética, sin una identidad clara ni un propósito definido, el hombre posmoderno parece retroceder a un estado casi infrahumano. Se ahoga en ofensas inventadas y amenazas artificiales, mientras se muestra incapaz de enfrentarse a las verdaderas crisis que acechan tras la comodidad de su burbuja digital: la miseria, la muerte, la guerra, la corrupción, el choque con culturas embrutecidas y la escasez.

Para esos niños eternos, “la vida se convierte en una eterna promesa de algo que nunca llega. El compromiso es un enemigo. La disciplina, una amenaza; el sacrificio, un absurdo”.

Por eso, la resistencia a madurar y a crecer emocionalmente genera un estado de infantilismo en el que no se quiere dejar de jugar, ignorando lo que sucede a nuestro alrededor. Los trenecitos de juguete infantil son sustituidos por drones para entretenernos, aunque otros los usan como armas letales. Las muñecas siguen en la imaginación y representación.

Cualquier expresión desfavorable o crítica la etiquetamos de “bullying” o de discurso de odio porque seguimos teniendo una piel de bebé que ni el paso de los años ni las experiencias han endurecido. Una generación con debilidad y vulnerabilidad emocional a la que hasta las miradas serias afectan.

Y el resultado final es un narcisismo exacerbado: sólo nos queremos a nosotros mismos y nos vemos compulsivamente en la laguna-espejo donde nos reflejamos porque estamos enamorados del rostro que aparece allí. O sea, de nosotros mismos.

Se podría calificar como la edad del infantilismo, del niño príncipe, del reino infantil o como se le quiera llamar, pero el confort, la buena vida y el individualismo nos han encerrado en una burbuja que nos mantiene ajenos y alejados de la realidad.

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[1] DE LA TORRE, Marina (2026). Autodestrucción Woke. Auge y declive de los cultos posmodernos. Penguin Random House, Barcelona.