
Rodolfo Soriano-Núñez Domingo, 24 de Septiembre del 2023
“Mi experiencia en el Seminario de Ciudad Juárez fue agridulce; es un tema que evito. No soy ateo, pero no confío ni me siento parte de la Iglesia”.
Religión y vida pública: Esta entrega presenta un caso paradigmático de la realidad de los seminarios católicos en Ciudad Juárez, en México y el mundo católico.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
Leonardo Escárcega Velázquez es un joven juarense que ahora estudia la carrera de odontología. Él explica así su historia como seminarista de la diócesis de Ciudad Juárez:
“Fui seminarista en el Seminario Conciliar de Ciudad Juárez, casa de los futuros sacerdotes de la diócesis de la ciudad. Nunca negaré que los primeros dos años fueron maravillosos, había algunas cosas que en su momento me causaban ruido, pero nada fuera de lo común.
“Yo cursaba el segundo año en la Escuela Preparatoria Central de Ciudad Juárez, cuando decidí entrar al seminario. Concluí ahí el bachillerato. Algo que lamento mucho es que esta primera decisión, y lo que aconteció después, afectó mucho la relación de confianza que tenía con mis padres.”
Leonardo, abunda sobre su experiencia como aspirante a sacerdote católico:
“Para contar el punto turbio de esta historia, es necesario poner en contexto a quienes no están familiarizados con este ambiente: los seminaristas deben cumplir en su año escolar con varios apostolados”.
“Uno, cada fin de semana en una parroquia específica; otro, durante Semana Santa y, finalmente, un mes completo en verano.
“En los apostolados de verano y Semana Santa el seminarista se queda en la casa parroquial con el sacerdote que le tocó y vive con él ese tiempo. El apostolado, en términos muy simples, es misionar en una parroquia específica: toca apoyar en los grupos; ayudar a organizar actividades, invitar a la comunidad a la iglesia, ‘pedir donaciones’ para el seminario, si se te pide, entre otras cosas.
“Al finalizar mi segundo año, el año propedéutico, comenzó la historia que me ayudaría a perder el encanto por el seminario, pues todo ocurrió durante un apostolado de verano, cuando me tocó quedarme en una parroquia”.
Lo que Leonardo narra es un modelo que con muy pequeñas variaciones se usa en todo México y en buena parte de América Latina y que nutre lo que, incluso en la propia Iglesia Católica se critica severamente: el clericalismo.
El clericalismo hace que los planes y programas de estudios, así como las prácticas concretas que las diócesis fijan para sus seminaristas, aíslen a los jóvenes de sus familias.
Clericalismo
Son prácticas, a veces acompañadas de ceremonias, que imponen sobre ellos rutinas que, al tiempo que los preparan para formar parte de la jerarquía, de quienes mandan en la Iglesia Católica, los separa, de manera irremediable, primero de sus familias y amigos, así como de manera más marcada, del resto de los fieles de esa iglesia y el resto de la sociedad.
Hay quienes ven esa separación como necesaria. En lo personal, me parece que corre contra los intereses del catolicismo, pues alienta las dinámicas de clericalismo que el papa Francisco ha denunciado repetidamente siempre que aborda el problema de los abusos sexuales en la Iglesia, como en su Carta al Pueblo de Dios del 20 de agosto de 2018. Esa carta, por cierto, fue una respuesta, a su vez, a la decisión del fiscal de Pennsylvania, Estados Unidos, de publicar un detallado reporte sobre el alcance de los abusos sexuales en algunas de las diócesis católicas en ese estado.
Como resultado del reporte se comprobó la existencia de patrones de encubrimiento de los abusos sexuales los que ya se sabía, pero que fueron documentados cabalmente gracias a ese y otros documentos publicados más recientemente, como el que el fiscal de Illinois, también en Estados Unidos, presentó a mediados de este año.
La jerarquía de la Iglesia Católica la integran tres tipos de sacerdotes: los diáconos, que pueden ser permanentes o transitorios; los presbíteros, conocidos como sacerdotes o curas y los obispos, que dependiendo del lugar en el que ejerzan, pueden ser llamados prelados, arzobispos, eparcas, entre otros títulos.
Este proceso que lleva a un joven como Leonardo a formar parte de la jerarquía, no es lineal, ni es transparente. Y sí, es cierto, en todas las profesiones hay un “currículum oculto”, reglas no escritas que suelen aprenderse más en la práctica que en un salón de clase.
El problema es que el “currículum oculto” es más importante en instituciones como los ejércitos o las iglesias, pues aspiran a separar de manera radical a sus miembros e integrarlos en cuerpos colectivos separados de manera igualmente radical del resto de las personas.
Esa separación está en el corazón mismo de la pretensión que esas profesiones tienen de que existan fueros distintos que no les juzguen como a otras personas y de que sí se les encuentra culpables de algo, los castigos sean distintos a los que reciben otros.
En el caso de los seminaristas católicos, un primer paso en esa ruta es la entrega o imposición de las sotanas, hecho que, aunque reversible y, en última instancia intrascendente, marca la primera aduana de una ruta que puede implicar procesos de entre cinco y hasta diez años de duración.
Imposición de sotana
Las diócesis católicas celebran en sus periódicos estas ceremonias a pesar de que saben que muchos de los que reciben la sotana, no concluirán ni siquiera el primer año de vida en el seminario.
En enero de 2017, cuando una generación cercana a la de Leonardo recibió su sotana, Presencia, el diario de la diócesis de Ciudad Juárez, publicó una nota (ver también aquí, en el Internet Archive).
Diez meses después, en noviembre de ese año, hubo otra entrega de sotanas. La nota de Presencia (ver también aquí en el Internet Archive), el diario de la diócesis era muy similar. En las dos se enfatizan las ideas del llamado, del compromiso y de la respuesta que estos jóvenes daban a ese llamado a ser sacerdotes, a ser especiales, a sacrificarse por el bien de su comunidad.
En San Juan de los Lagos, en 2020, así lo informaba el diario digital de esa diócesis. En la arquidiócesis de Monterrey, en 2021, así daba cuenta el periódico diocesano de una ceremonia similar.
Esta actividad llega a ser de las más importantes en el calendario de las diócesis. En la página de Facebook de la diócesis de Querétaro, por ejemplo, se pueden consultar las más de 40 fotografías con las que dio cuenta, en febrero de 2018, de una ceremonia similar. La misa celebrada por el obispo, cuatro presbíteros y al menos dos diáconos, contó con música interpretada por una orquesta de cámara, a la que se unió el coro del seminario. Todo lo cual deja ver qué tan importante puede ser esta actividad para algunas diócesis y sus obispos en México.
Perder el control
Y parte del sacrificio implicaba para Leonardo el irse a vivir al seminario o a una casa ajena. Ello implica perder -entre otras cosas- una parte del control de la vida privada. Continúa así su narración:
“En esa parroquia, al compañero seminarista que le tocó el mismo apostolado que a mí y a mí, nos recibieron en una casa de una de las capellanías. Vivimos con un diácono, es decir, una persona próxima a ser sacerdote, cuyo nombre prefiero obviar, quien estaba a cargo de nosotros.
“De la comunidad no tengo queja alguna; nos recibieron con mucho afecto y hay personas que sigo extrañando, pero que ya no pude ver, pues no era propio que yo volviera a ese lugar.
“Yo no conocía ni sabía nada del diácono con el que nos dejaron encargados, aunque después muchos me comentaron respecto de él. Pero, en su momento, logró ganarse mi confianza; realmente le tenía aprecio; llegué a contarle muchas cosas personales.
“Al final lo veía como alguien adelantado que podía guiarme, ya que, después de todo, estaba yo en el mismo camino. El problema es que los comentarios cada vez eran más extraños”.
Un joven de la edad y condición socioeconómica de Leonardo, en la casa de sus padres, no necesitaría de la guía o de depositar su confianza en otra persona y tolerar, en una suerte de intercambio perverso, esos “comentarios cada vez más extraños”.
Al dar cuenta de esos comentarios y las actitudes que los acompañaban, Leonardo explica: “luego trataba de demostrarme siempre que tenía control sobre cualquier situación al tener una fuerte amistad con el difunto obispo emérito, Renato Ascencio León, además de hablar con mucho desdén sobre el actual obispo, José Guadalupe Torres Campos, cosa que me parecía muy rara, pero asumí que fue cuestión de confianza, y ciertamente existía”.
Leonardo, como prácticamente cualquier joven católico que aspira a ser sacerdote era forzado a hacerlo, porque la Iglesia Católica ha optado por un modelo de formación en el que sus seminaristas son puestos bajo la responsabilidad de otros, además de que pierden el control de con quien quieren o no quitarse la ropa. Agrega acerca del diácono:
“Lo malo fue que, en cierto punto, esta persona sobrepasó esa confianza, y le pareció fácil realizar acciones que resultan al menos inapropiadas.
El exorcista
“Una noche, mientras el otro seminarista dormía y se supondría el diácono también, yo fui a la sala de la casa, y me puse a ver televisión, estaba la película de El Exorcista.
“Eran casi las tres de la mañana. Es en este momento que el diácono sale de su habitación portando únicamente ropa interior, y se sentó a lado de mi “a ver la película conmigo”.
“Realmente no me escandalizó verlo así, porque en el seminario vivimos muchos vatos juntos y, en más de una ocasión, alguno se paseaba en calzones por la comuna y no nos parecía raro. Lo que a mí no me gustó, fue que él empezó a querer juguetear y hacerme cosquillas; juegos que, de hecho, no tolero con nadie. Le dije que me dejara en paz porque yo quería ver la película, y de hecho entre jugando y molesto, le tiré un golpe leve diciendo casi ‘¡ya we!’”.
“Minutos después cuando ya todo estaba en paz, él se me sube, frota su entrepierna en mi pierna y siento su aliento y labios en mi cuello. Lo empujo y me voy a encerrar al cuarto donde estaba el otro seminarista dormido; nunca lo desperté ni le conté nada.
“Es en este momento, donde toda la noche no entiendo realmente que pasó. Quería forzarme a pensar que estaba malinterpretando las cosas; quería evitar escándalos, chismes; quería pretender que todo era un juego, y pues definitivamente no conseguí dormir.
“Al día siguiente, el diácono andaba como si nada hubiera pasado. De hecho, usaba la frase de la canción de Thalía ‘No me acuerdo y si no me acuerdo no pasó’. Y, neta, que me reventaba oírlo decir eso.
“Pero procuré guardar calma y serenidad. Esta persona, salió de viaje, por lo que los dos seminaristas quedamos a cargo de un matrimonio joven, dos personas maravillosas, a las cuales extraño mucho, y realmente me sentía en paz otra vez.
“Pero el diácono regresó de su viaje. Al hacerlo nos pidió ayudarlo a bajar su equipaje. A mí me encargó llevar unas vestimentas religiosas a su habitación. Cuando dejé todo ahí, él me alcanzó, me abrazó y me mordió el pecho y cuando le dije que por qué hizo eso, usó la frasecita cagada de la canción de Thalía”.
Lo que sigue en la narración de Leonardo deja ver la manera en que se configura, en un sentido, el modelo de formación con el que se ha comprometido la Iglesia Católica que, al inducir la construcción de jerarquías tan artificiales como rígidas, otorga un poder extremo incluso a quien apenas inicia, como diácono, su carrera religiosa, así como—sobre todo—el llamado vínculo escarlata de Richard Sipe, cuyas once tesis fueron resumidas la semana pasada en la entrega previa de esta serie.
¡Sáquenme de aquí!
Sigue la narración de Leonardo: “después de eso, a toda costa lo evitaba, eso sí, logró ganarse la confianza hasta de mis papás hablándoles bonito de mí. Y yo tipo ‘¡Güey, sáquenme de aquí!’.
“Pero nunca tuve el valor de hablarlo. Acaba finalmente el apostolado y el diácono me ofrece quedarme con él otra semana y yo, en mi mente pensando ‘¿acaso tengo cara de idiota o qué?’
En un sentido, Leonardo todavía se culpaba de algo que, a final de cuentas no era su responsabilidad. Las instituciones totalizantes, como la Iglesia Católica, el Ejército, entre otras, desarrollan nociones de orden, de responsabilidad, de lealtad tan complejas que, con tal de evitar ser visto como la causa de problemas para la institución a la que esperan integrarse, en el desarrollo de sus carreras los jóvenes eluden tanto como pueden ser visto como la causa de problemas.
“Finaliza el apostolado y finalmente estoy de vacaciones, estuve a punto de contarle a mi mamá, pero me ganaba el miedo, la vergüenza. Era algo raro, de cierto modo me sentía hasta sucio. Sólo le mencioné que ya no quería volver al seminario y ella, sin tener contexto, me alentó a seguir con mi camino y recuperar mis ‘ideales originales’”.
Y agrega:
“Ya de regreso en el seminario, le cuento a un amigo de confianza lo ocurrido, y él habiendo estudiado la carrera de psicología fue quien primero me ayudó a trabajar mi sentir; me aconsejó decir la verdad; pero no tuve tampoco en esa instancia la valentía”.
El problema, de nuevo, no es de valentía. Es un problema de tener miedo a ser percibido como la fuente o la causa de problemas para una comunidad que se dice comprometida con ideales que son incompatibles con las conductas de quienes ocupan posiciones de mayor influencia en la estructura jerárquica de esa comunidad, incluso cuando es sólo un diácono.
La narración del mismo Leonardo deja ver más adelante cómo no era un problema de valentía de él, sino de la estructura que activamente desalienta esas expresiones que podrían ser vistas como de crítica o incluso de ataque a la institución.
¿Quién te paga?
Esa ha sido una de las reglas no escritas del tratamiento por parte de los obispos de las acusaciones de abuso sexual. El ejemplo más notable de ello en México fue la manera en que Norberto Rivera Carrera, el todopoderoso cardenal y entonces arzobispo de la Ciudad de México, atacó a un periodista, en aquel entonces de La Jornada, cuando en México se empezaron a conocer algunos detalles de los abusos sexuales perpetrados por Marcial Maciel.
Lejos de aceptar que había un problema que ya entonces, a finales del siglo XX, en 1997, se ventilaba en la prensa civil y católica de Estados Unidos, Rivera Carrera increpó al periodista mexicano exigiéndole que informara “quien le pagaba” por atacar a Maciel.
Sigue la narración de Leonardo:
“En alguna otra plática, salió lo ocurrido otra vez, pero en esta ocasión, otro compañero del seminario estaba ahí también y supo todo lo ocurrido. A ambos amigos les pedí prometer que no dirían nada, pues el seminario es un nido de chismes y no habría querido nunca estar en boca de todos por una razón así.
“A pesar de la promesa, este segundo amigo optó por hacer lo correcto. Podría pensarse que me hubiera molestado con él, pero en realidad me liberó de una carga que no me correspondía portar, cuando la fecha de la ordenación sacerdotal de dicho diácono se acercaba, mi amigo habló con un sacerdote de su confianza, y expuso la situación con él”.
Es en este punto donde emerge cómo el problema de Leonardo no era de valentía. El problema es que, como muchos otros jóvenes, había sido socializado para no ser visto como la causa de problemas, de quiebres en una comunidad con la que él todavía se sentía identificado en ese momento. Sigue su narración:
“Eso fue algo por lo que aparentemente nunca lo perdonaron en el seminario y lo tacharon de alborotador y mala influencia, además que quedó en evidencia que nadie realmente confiaba en nuestros formadores del seminario, pues ni yo pude hablarlo, y mi segundo amigo lo habló con un sacerdote externo al seminario.
“Es necesario decir que fueron realmente injustos con mis amigos, los trataron como indeseables para el seminario.
“Esa misma noche, el rector Juan Manuel Orona me manda a hablar, me entrevista sobre lo ocurrido, y su primera pregunta fue de lo más impertinente, a mi parecer, viendo las circunstancias:
“-¿Tuviste algún tipo de relación homosexual con el diácono?” cosa que en su momento me indignó, pero preferí no mostrar mi molestia y contar todo tal cual pasó”.
La estrategia seguida en este caso es otra de las favoritas de la jerarquía católica: culpar a la víctima. Lejos de investigar qué ocurrió, colocan a la persona que, por la razón que sea, ha dado el paso al frente colocando a esa persona como la o al menos una de las posibles causas del problema. Hubiera bastado empezar con una pregunta básica, que no hiciera responsable a la víctima de los problemas que enfrentaba.
Neurosis católica
Que la jerarquía católica vea a la homosexualidad y las relaciones homosexuales como un problema no es, sin embargo, culpa del entonces rector Orona o del obispo José Guadalupe Torres Campos. Está inscrito en los documentos clave que regulan la formación de los seminaristas católicos en todo el mundo.
El documento más importante es la así llamada Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las órdenes sagradas. Aunque ese documento fue aprobado en los primeros meses del pontificado de Benedicto XVI, en noviembre de 2005, Roma venía desarrollando distintas versiones desde finales del siglo XX, durante el pontificado de Juan Pablo II.
Es un documento especialmente difícil de interpretar porque, aunque, prohíbe que se reciba siquiera a las personas homosexuales en los seminarios de las diócesis o las casas de formación de las órdenes religiosas, deja amplia libertad de criterio a los obispos y superiores de las órdenes religiosas en cuanto a cómo decidir quien “merece” ser considerado homosexual y, en ese sentido, indeseable para la vida religiosa.
En el décimo párrafo del documento se lee:
A la luz de tales enseñanzas este dicasterio, de acuerdo con la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, cree necesario afirmar con claridad que la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al seminario y a las órdenes sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay.
El problema empieza cuando, dos párrafos después, el documento habla de “de tendencias homosexuales que fuesen sólo la expresión de un problema transitorio”, categoría que Richard Sipe atinadamente describe como absurda en la quinta tesis sobre el vínculo escarlata, donde Sipe habla de la así llamada por la jerarquía católica "homosexualidad transicional".
Eso que Sipe llamó una “categoría pseudocientífica” es clave porque el treceavo párrafo del documento oficial de la Santa Sede de 2005 dice a la letra:
La llamada a las órdenes es responsabilidad personal del obispo o del superior mayor. Teniendo presente el parecer de aquellos a los que se ha confiado la responsabilidad de la formación, el obispo o el superior mayor, antes de admitir al candidato a la ordenación, debe llegar a formarse un juicio moralmente cierto sobre sus aptitudes. En caso de seria duda a este respecto, no debe admitirlo a la ordenación.
De nuevo, el vínculo escalata
En otras palabras, deja abierta la puerta a que sea el obispo o el superior de una orden religiosa quien decida si se admite o no a una persona que sea vista por otras como involucrada en prácticas homosexuales.
Los seminaristas en México y en cualquier otro país aprenden muy pronto a desarrollar estrategias para lidiar con la autoridad de los prefectos, rectores e incluso obispos en estos casos. Más cuando se consideran las tesis segunda a sexta del vínculo escarlata:
- II. El celibato (la abstinencia sexual) no es una práctica común o persistente del clero católico.
- III. Los clérigos sexualmente activos y aquellos con una historia de actividad sexual corren el riesgo de exponerse a sí mismos si denuncian las actividades sexuales de otros clérigos.
- IV. Las experiencias sexuales con compañeros seminaristas o profesores que sean sacerdotes en el seminario son comunes en las casas de formación (se estima que un 20 por ciento de los seminaristas tienen contactos sexuales) y la jerarquía lo sabe.
- V. El contacto y las aventuras homosexuales son tan comunes entre el clero que el Vaticano ha inventado una categoría pseudocientífica para esta conducta (homosexualidad transicional)
- VI. Incluso el involucramiento temporal de un sacerdote en una relación sexual o la experimentación con otro sacerdote lo pone en un estado de temor y en una suerte de “chantaje sistémico”. No puede exponer a otro sacerdote sin exponerse a sí mismo y sin arriesgar su situación y carrera.
(Ver la traducción completa de las once tesis en la entrega previa de esta serie, cuyo vínculo está disponible abajo de este párrafo o el original en inglés aquí.
Sigue la narración de Leonardo:
“Al día siguiente el obispo Torres Campos llega temprano y me entrevista otra vez sobre lo ocurrido en presencia del rector Orona.
“Al finalizar me notifica el obispo que la ordenación sacerdotal de esta persona no se efectuaría, pero que yo no comentara esto con nadie más y yo pregunté si eso incluía a mis papás, cosa que puedo jurar, se me dijo que “así era mejor”.
Pasa el tiempo y, de algún modo, el chisme se corrió entre sacerdotes y pasó lo que yo menos quería: al final la gran mayoría se enteró de lo ocurrido, pero con serias variaciones en las versiones de los hechos.
¿Quién provoca a quién?
Lo que sigue es justamente la expresión de la sexta tesis de Sipe sobre el vínculo escarlata y la razón por la que, a final de cuentas, muchos seminaristas, especialmente los que han invertido mayor tiempo en su formación, están menos dispuestos a denunciar.
“Mucha gente incluso pensó o insinuó que yo era quien había provocado lo ocurrido; que yo era una especie de seductor de padres y muchos que se decían ‘mis hermanos seminaristas’, hacían chistes crueles al respecto, o incluso también era incómodo que con algunos de ellos nunca entablé realmente una comunicación o relación amistosa, y de la nada me invitaban a platicar, a sus cuartos y demás”.
Más que personas concretas, como el diácono, que es claro que tenía ya una cierta estrategia para buscar víctimas dentro de los pocos que ocupaban una posición inferior a la suya en la estructura jerárquica de la Iglesia Católica, es el modelo mismo el que alienta este tipo de incidentes que, no en balde, se repiten una y otra vez en México y otros países.
La narración de Leonardo se torna cada vez más sombría. Y no podría ser de otro modo, pues lejos de que la comunidad del seminario de Ciudad Juárez actuara como tal, culpó a la víctima y la destruyó:
“Fue en este punto donde mi ánimo comenzó a decaer profundamente. Y no voy a mentir, pues esto denunciando a una institución que ha actuado de mala fe en mi contra. Cabe decir que en este punto mi comportamiento no era ya propio de un seminarista; me brincaba rezos, me escapaba del seminario, no asistía a clases, faltaba a misas; incluso comencé a meter alcohol a escondidas y seguido estaba en mi cuarto apestando a cigarros con cruda y a varios días de no salir a bañarme o comer.
“El chisme creció. Tanto así, que mis papás se enteraron de todo lo ocurrido, no por mí; se enteraron porque fue el tema en una reunión de un grupo religioso de matrimonios al que ellos asistían”.
Lamentablemente, las familias de muchos seminaristas e incluso de aspirantes mujeres a ser monja o religiosa, no siempre encuentran fácil procesar las agresiones contra sus propios hijos.
Lejos de extenderles siquiera el beneficio de la duda, los culpan a ellos por lo ocurrido. Aunque no es posible generalizar, en algunos casos esa disposición de los familiares puede tener su origen en la excesiva presión social que se ejerce sobre quienes llegan a ingresar a la vida religiosa, así sea sólo como seminaristas, en el caso de los sacerdotes diocesanos o como aspirantes en el caso de los religiosos varones, pero también de las religiosas mujeres.
La difusión que se le llega a dar, incluso en la prensa comercial, al ingreso al seminario, no siempre va a acompañado de alegría para la familia. Se traduce frecuentemente en presiones adicionales sobre la familia y quien ha ingresado a la vida religiosa.
Expectativas
En un sentido, implica romper o al menos modificar expectativas respecto del desarrollo profesional de esa persona joven. En otros sentidos, hay quienes inevitablemente culpan a quien critica a los obispos o sacerdotes. Las personas católicas somos educadas desde una edad muy temprana a ver a la Iglesia Católica como víctima de todo tipo de conspiraciones.
En México eso se agrava porque efectivamente hubo un periodo, entre 1917 y 1991, en que la legislación era tan restrictiva que resultaba absurda y terminó por favorecer el surgimiento de figuras como Marcial Maciel que justificaron todos los abusos que perpetraron en nombre de esa legislación contra la Iglesia.
La llamada Guerra Cristera o Cristiada tampoco ha ayudado, pues siempre se usa como un ejemplo del tipo de hostigamiento al que, objetivamente, la Iglesia estuvo sometida, pero uno encuentra narrativas similares de la Iglesia Católica como víctima en Estados Unidos, Brasil o Argentina, que nunca tuvieron situaciones similares a la mexicana.
En el caso de Leonardo, esto es lo que dice:
“Obviamente me confrontaron. Llorando les expliqué lo ocurrido y por qué no podía decirles; que era algo difícil para mí; así que ellos fueron a hablar con el rector Orona; pero en esta ocasión, el rector del seminario les dijo que eso de no decirles a ellos debía ser una mala interpretación mía, y que incluso él ‘se había ofrecido a hablar con ellos y que yo me negué’”.
Orona dejaría al poco tiempo la rectoría del seminario, que actualmente recae en quien era, durante el periodo en que Leonardo fue seminarista, vicerrector a cargo de los estudiantes de teología, Jesús Arnoldo Manríquez Ruiz. Como muchas cosas en la Iglesia Católica en México, no es claro por qué en agosto de 2021 ocurrió el relevo.
Como se puede ver en la imagen que la propia diócesis publicó en su cuenta de Facebook, hay rectores que han ocupado el cargo hasta once años, como en el caso de Héctor Xavier Villa Hernández, quien lo fue de 2002 a 2013, hay quienes lo han ocupado por un año, como su antecesor, Carlos Martín Márquez Horta, quien sólo lo fue de 2001 a 2002. A diferencia de lo que ocurre en universidades públicas, donde los nombramientos de los rectores tienen un plazo determinado de antemano, en las diócesis católicas, el cargo de rector del seminario depende por completo del obispo.
Lo que es un hecho es que en este caso Orona y Torres Campos no sólo instruyeron a Leonardo a guardar silencio incluso con sus padres. Generaron un conflicto mayor en el seno de la familia de Leonardo. En su narración, Leonardo lo percibe como un momento que “terminó de darme en la madre”.
La fractura
Y agrega: “desde ese momento reconozco que mi relación con mis padres se fracturó; pues, aunque no creyeron nunca lo que dijo el rector, sí entendieron que yo era capaz de guardar secretos profundos, algo que nunca había existido entre nosotros”.
En la lógica del clero, el secreto es clave porque les permite tomar distancia del pueblo al que dicen servir. Y, por cierto, no es sólo el papa Francisco quien ha vinculado al clericalismo con el abuso sexual en el seno del catolicismo. Es posible consultar este texto de 2019 del teólogo francés Hervé Legrand sobre el vínculo entre esas dos realidades del catolicismo. Es un vínculo que no es exclusivo de México, de América Latina (la traducción fue originalmente publicada en Chile) sino que forma parte de las prácticas más generales del mundo católico.
Es imposible estimar el daño que la "sugerencia" del rector Orona y el obispo Torres Campos de guardar silencio incluso con sus padres causará en la vida de Leonardo y su relación con su familia. Habrá quien lo justifique en la lógica de siempre presentar a la Iglesia Católica como víctima de alguna perversa conspiración, pero en este caso ¿qué trataban de lograr Orona y Torres Campos al instruir a quien era su alumno en el seminario a no informar a sus padres, a crear ese abismo que ahora separa a Leonardo de su familia?
La narración de Leonardo sigue: “finalmente decido ya retirarme. Para entonces ya empezaba mi cuarto año como seminarista, pero realmente murió todo lo que alguna vez me emocionó de este camino.
“Ahora, si me preguntan, no soy tal cual ateo, supongo que hay un Dios, mucho de lo que estudié en filosofía en el seminario podría apoyar la hipótesis de un Dios. Por otro lado, si la pregunta es si ¿realmente la Iglesia sea una institución en la que confíe o me sienta que forme parte? Entonces la respuesta es definitivamente no.
“Pude darme cuenta cómo manejan ellos las cosas a conveniencia; realmente, puedo afirmar que yo con la Iglesia Católica no quiero nunca más nada y, a la par de lo que me pasó a mí hay otras historias de otros seminaristas, que nunca hicieron tanto eco, que pasaron por situaciones similares; espero algún día se llegue a la verdad con ellos.
Experiencia agridulce
"Mi experiencia en el seminario fue agridulce; quienes apenas me conocen saben que es un tema que seguido evito o soy lo más breve posible en hablar sobre mi estadía ahí, pero ahora realmente no tengo ya más miedo o vergüenza, ni de lo que piensen o se diga de mí, ni cargo con culpas que nunca fueron mías. Mi presente es lo único que importa y es el que, día a día, me esmero en pulir, desarrollando nuevos proyectos y aceptando a nuevas amistades".
La narración original de Leonardo se puede consultar en la porción pública de su perfil de Facebook. Yo entré en contacto brevemente con él con la esperanza de aclarar algunos aspectos de su caso.
Me permitió que le hiciera una pregunta sobre la identidad de quien era el rector del seminario cuando esta situación ocurrió, pero de manera muy amable pero enfática, él declinó mi solicitud para una entrevista.
Me dijo en un breve intercambio en esa red social: “siendo muy sincero, no es un tema que quisiera volver a sobre retomar, más bien vi el texto que publiqué en Facebook como mi catarsis que le puso punto final a ese capítulo”.
En otra porción de nuestro intercambio, Leonardo me autorizó a usar los textos que él mismo hizo públicos. Me dijo: “si a usted le sirve lo ahí escrito, puede tomarlo sin ningún problema, pues la naturaleza de la publicación es intencionalmente pública.”
Es por ello que, dada la intención de sus textos y la autorización adicional que me ha dado para usarlos, los tomo como una narrativa de una de las víctimas de este modelo que Richard Sipe llama de vínculo escarlata, que es el que concreta la formación de los futuros sacerdotes de la Iglesia Católica. Lo hace en un ambiente marcado por profundas contradicciones que son insostenibles a la luz de lo que, por ejemplo, Benedicto XVI estableció como las normas para la formación de los futuros sacerdotes y/o miembros de las órdenes religiosas en 2005.
Esto es más claro cuando, además de los datos que ofrece la obra de Richard Sipe uno consulta los pocos estudios disponibles en la actualidad acerca de la vida en los seminarios católicos. Entre los más notables está el que en 2020 publicó John Cavadini de la Universidad de Notre Dame en Estados Unidos, disponible en inglés aquí, que encontró—entre otros hallazgos—que un mínimo de diez por ciento de los estudiantes de seminarios católicos son víctimas de alguna forma de abuso sexual.
Eso quiere decir que en el periodo en el que Leonardo fue seminarista, además de él, un mínimo de otros nueve estudiantes fueron víctimas de abuso, asumiendo una población de cien seminaristas que es lo que la diócesis reportó para mediados de la década pasada a Roma, así como una tasa de diez por ciento de estudiantes víctimas, que es la que Cavadini encontró.
Cavadini encontró también que de los pocos seminaristas que reportaron las instancias de abuso a sus superiores, la mayoría considera que no fueron tomadas suficientemente en serio. En ese sentido, la experiencia de Leonardo tendría que verse no como una anomalía, sino como parte de la vida normal en los seminarios católicos.
La próxima semana voy a presentar más detalles sobre el caso de Margarita, la niña que fue llevada, a petición de los abogados de la diócesis de Ciudad Juárez al antiguo albergue del DIF de Pradera Dorada, y dada la mayor información que me han hecho llegar personas afectadas por la conducta de la diócesis, voy a agregar una entrega más con esa información adicional sobre la crisis de abusos en esa diócesis.
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Si alguien en Ciudad Juárez o en alguna otra diócesis de México u otro país desea ponerse en contacto conmigo para narrar su experiencia o informar de algún otro caso puede contactarme por Twitter hoy X en @rsnunez o en el correo electrónico rsnunez@gmail.com.