
Rodolfo Soriano-Núñez Lunes, 29 de Junio del 2026
La falta de criterios coherentes para atender a las víctimas genera agravios pues obliga a que compitan entre sí.
La Iglesia Católica no incorpora el conocimiento en su reflexión el tema el abuso de poder y sus efectos sobre las víctimas de abuso sexual.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
María Teresa Compte Grau es una profesional de las Ciencias Sociales que preside en la actualidad una de las organizaciones civiles de España que buscan ofrecer respuestas al abuso sexual a manos de clérigos centrada mayormente, aunque no de manera exclusiva, en la Iglesia Católica.
Catalana, pero residente la mayor parte de su tiempo en Madrid, María Teresa es doctora en Ciencias Políticas y tiene amplia experiencia en América Latina, donde coordinó para la Universidad de Salamanca diversos programas en la primera y segunda décadas de este siglo.
Ahora encabeza Acogida Betania que, a decir de la propia Compte Grau, “quiere ser un tercero facilitador, lo que significa crear las condiciones para que personas que han sido victimizadas puedan encontrarse en un ámbito de seguridad y de confianza para contar lo que les ha pasado y facilitar que los hechos puedan ser puestos en conocimiento de las instituciones en las que se han perpetrado los abusos”.
Acogida Betania es una referencia al pasaje del Evangelio de Juan (12 1-8) en que María de Betania recibe a Jesús y le unge los pies seis días antes de su crucifixión y es una imagen frecuentemente asociada con una idea de caridad y de respeto, así como de reconocimiento de la doble naturaleza, humana y divina de Jesús y el deber de aceptar al extranjero, al fuereño en el hogar.
Lo que sigue es una conversación con María Teresa Compte Grau centrada en el tema de las respuestas que la Iglesia Católica en España ha dado en fechas recientes a la crisis de abuso sexuales, que busca dar cuenta de la manera en que Acogida Betania desarrolla sus actividades.
Teresa, tú formas parte de Acogida Betania, que es una experiencia de sobrevivientes en la Iglesia Católica en España. ¿Cuál es tu cargo en Acogida Betania?
Soy una de sus fundadoras, coordino el equipo y presido Acogida Betania.
¿Podrías explicar cómo surge Acogida Betania?
Pues sí. El núcleo inicial son conversaciones entre amigos que por su tarea profesional y sus compromisos vitales han tenido la oportunidad de encontrarse con personas que han sufrido abuso sexual en contexto eclesial y hay experiencias diferentes.
Desde el ámbito del periodismo, del acompañamiento, la atención psicológica, incluso la abogacía, la judicatura, y vamos teniendo la convicción de que conocemos todos casos de que las personas que se han enfrentado a esto no tienen a dónde ir, no tienen una respuesta institucional que les sirva y durante un año nos reunimos una vez al mes en un grupo que va creciendo hasta ser un total de 17 y decidimos finalmente constituirnos en una asociación civil con un carácter fundamentalmente profesional.
Ése es el origen y la razón fundamental de ser, dar una respuesta y una respuesta profesional con vocación de institucionalización, o sea, sostenida en el tiempo, viable, con una estructura y con unos objetivos claros, pero también con una fundamentación teórica clara.
Aunque ha habido cambios recientemente en la Conferencia del Episcopado Español, la realidad es que todavía hace cinco años no había una respuesta seria de parte de la conferencia, ¿o me equivoco?
Cuando nosotros nos constituimos en 2019, luego de que se aprueban los estatutos el día 10 de diciembre de 2018, ese día nos comunican que somos una asociación civil, que hemos sido reconocidos, por lo tanto, nosotros estamos sometidos al ordenamiento jurídico español civil. Cuando nosotros nos constituimos en febrero del año 2019
En ese momento, no hay una propuesta organizada, sostenida, institucionalizada. Por lo tanto, de alguna manera nosotros somos los primeros que empezamos a hacerlo de manera organizada desde un ámbito civil, no desde un ámbito eclesial, desde un ámbito puramente civil, como un proyecto social y como un proyecto que tiene una marca de intervención social o que está planteado desde la intervención social, no sólo desde la atención terapéutica.
Luego surgen otras propuestas. Gracias o a través del motu proprio Vos estis Lux Mundi, en el año 2019, se crean primero de manera, diríamos, como a modo de tentativa y luego ya hasta que esto adquiere un valor universal y además estable y fijo, se crean las oficinas, ¿no?, a lo largo de todo el mundo se entiende que todas las diócesis del mundo deberían tener una oficina o un servicio de atención a víctimas con terminología diferente. Y esto pasa en España.
Se constituyen a partir del año 2019 en adelante todo un sistema de oficinas, iban surgiendo oficinas en las diócesis, sistemas de entorno seguro, de ambientes seguros, de protección de menores en congregaciones y órdenes religiosas, iban surgiendo o surgen algunas otras iniciativas, aparte de asociaciones de víctimas que es otra dimensión, otras iniciativas de atención.
Lo que pasa es que lo que no existía en España era una respuesta institucionalizada por parte de la iglesia, sobre todo en el ámbito de la reparación o de la reparación económica. Esto es lo que se consigue con el PRIVA, con independencia del juicio de valor que cada uno pueda hacer de la Comisión Asesora del Plan de Reparación Integral de Víctimas de Abuso (PRIVA).
Ésa es una respuesta institucionalizada, formal y estable, que está orientada fundamentalmente a la reparación económica. Y recientemente, en abril del año 2026, se ha constituido otra comisión, que es la comisión llamada del Defensor del Pueblo, que ya aparecía pergeñada en el informe que esta misma oficina del Defensor presentó en 2023. Éste es el panorama.
Una cosa es qué naturaleza tienen las distintas iniciativas, qué es lo que persigue cada una, qué coherencia existe entre ellas, cómo las vemos cada uno, porque aquí cada uno valoramos las cosas también muy diferentes. Quiero decir, si yo tengo que hacer una valoración de conjunto, pues me parece que la pluriformidad de iniciativas está muy bien.
En la medida en que respondan a los intereses, los derechos y las necesidades de las víctimas, que son todas diferentes y que no quieren todas lo mismo, nosotros en Betania siempre hemos insistido en lo mismo, desde que nos constituimos hasta el día de hoy. Existan tantas iniciativas como sea oportuno, justo y necesario, lo que tiene que existir son criterios coherentes, porque la falta de criterios coherentes genera agravios y los agravios generan competencia victimal y la competencia victimal es perversa.
Se genera lo que decimos muchas veces muchos y seguro que tú también lo dices, que al final cuando existen agravios existen víctimas de primera, de segunda, de tercera y de cuarta.
Claro, que es una posición que se defiende en la serie por el problema de distinguir entre víctimas menores de edad y víctimas mayores de edad, como si ese fuera el problema sustantivo, cuando la realidad es que no puede ser ese tipo de criterio. Un problema es ése.
En la Iglesia Católica existe un número importante, no sabemos cuánto, porque las magnitudes es muy difícil identificarla, y siempre se dice lo mismo, que nunca vamos a conocer la magnitud del problema, es imposible. Por la cultura y por la propia también decisión libre de las víctimas, cada uno decide contarlo o no contarlo, denunciar o no denunciar, o denunciar a su manera.
Quiero decir que esto es muy respetable, estamos hablando de denuncias que afecten a personas que o bien ya han prescrito el delito o son adultas, no estamos hablando de delitos que se están cometiendo contra menores en este momento, ése es otro tema. Pero ése que tú apuntas es uno de los primeros agravios, porque en la Iglesia Católica existe un número, vamos a decir, importante, de personas que en el lenguaje técnico son víctimas sin identidad, que son las víctimas adultas, que no están reconocidas como víctimas.
Ése es un primer agravio, pero luego dentro de las víctimas hay muchos agravios, porque ha habido durante mucho tiempo en España se han acometido programas de reparación, de reparación económica, que no estaban acordados internamente.
Al no existir unas directrices claras, ha habido congregaciones y órdenes religiosas que han sido muy sensibles a una reparación y a una escucha comprometida mientras que las ha habido y no lo han sido. Ha habido personas que han tenido posibilidades de escalar muy alto en sus denuncias, mientras que otras no tienen esas posibilidades y todo eso genera agravios. Hay víctimas en España que han tenido un protagonismo muy significado en la política victimal. Yo no lo cuestiono, pero no todas han tenido el mismo protagonismo en la política victimal.
A mí no me gusta eso de que haya víctimas adocenadas y víctimas subversivas, ni me gusta que haya víctimas buenas ni víctimas malas, ni me gusta que haya víctimas constructivas y destructivas.
Las víctimas desgraciadamente son víctimas porque han sufrido, o bien un abuso de poder o un delito grave. Entonces eso es lo que las define como víctimas. Todo lo demás, si son más o menos contestatarias, si tenían 15 años, 16 y medio o 18 con 50. Todo eso son agravantes o son especificidades que habrá que tener en cuenta en función de los hechos, los daños, las circunstancias. Pero lo que no puede ser es que utilicemos nociones tan selectivas y apriorísticas de víctimas. Y creo que la Iglesia tiene una noción muy selectiva y muy apriorística de víctima que acaba siendo excluyente: “tú lo eres o no lo eres”.
A mí esto me parece una cosa, yo creo que contigo esto lo podemos hablar tranquilamente, con otras muchas personas, pero a mí me parece, a ver cómo lo digo, me sigue cuestionando mucho que para la Iglesia Católica se es víctima en función de pertenecer a un grupo que ha sido definido previamente como tal.
O sea, uno no es víctima por haber sufrido un proceso de victimización o como dicen los estándares internacionales, por haber sufrido delitos graves o abusos de poder. No, es víctima por pertenecer a un grupo definido previamente como tal.
O sea, perdón, esa imagen apriorística es excluyente.
Que viene desde el título mismo de la institución creada por Francisco, qué bueno que la crea, pero al darle el título de Tutela Minorum y luego agrega lo de “personas vulnerables” y de qué depende la vulnerabilidad. En lugar de llamarle simplemente Tutela Fidelium, que yo creo que era lo adecuado en todo caso, porque todos somos susceptibles.
Eso es algo que todavía para muchos, incluso en la prensa, especialmente en la prensa española, es muy difícil que se entienda que no es pederastia nada más, que es un problema mucho más complejo, mucho más elaborado, pero que siguen atenidos, yo no sé si por criterios editoriales o para protegerse judicialmente o por alguna otra razón, siguen atenidos a la idea de pederastia como el criterio en el que paradójicamente terminan por estar de acuerdo con lo que la jerarquía de la Iglesia Católica quiere que suceda.
Es que no es sólo pederastia, quiero decir, a ver, yo creo que esto lo hemos podido hablar en otros momentos, o sea, la iglesia no posee un lenguaje propio para definir el fenómeno del abuso sexual o del abuso de poder, no tiene un lenguaje propio, ese es un lenguaje que como en otros tantos terrenos la iglesia lo tiene que apropiar de otros ámbitos.
Y lo incorpora desde las ciencias sociales fundamentalmente, algo que tú y yo conocemos bien que es la doctrina social de la iglesia, su naturaleza es interdisciplinar y se basa fundamentalmente en la autonomía de las ciencias. Concilio Vaticano Segundo, puro y duro, o sea, quiero decir, la iglesia valora y el concilio lo dice muy claro, la autonomía de las realidades temporales y la autonomía de las ciencias, ¿no? Y busca ese diálogo interdisciplinar.
Curiosamente en este tema, a mí me llama poderosamente la atención no que en estos momentos no haya buena investigación en el ámbito católico, en un ámbito universitario, por ejemplo, científico, o no haya buena teología sobre el tema que dialogue con las ciencias humanas y sociales, lo que me llama la atención es que el magisterio en estos temas no dialogue con las ciencias humanas y sociales, eso es poderosamente la atención.
En España ahora mismo se está haciendo buena teología sobre esto, hay algún jesuita español que no sólo en España, también en Estados Unidos, se está haciendo buena teología sobre esto y se está entrando en cosas muy interesantes, ¿no? El tema del mal, cosas interesantes que tienen que ver desde el ámbito de la teología, por supuesto que decir de todos los estudios que se hacen en temas de transparencia, accountability, safeguarding, por supuesto, hay buena investigación en universidades católicas sobre este tema.
Pero, insisto, Rodolfo, insisto, el magisterio no ha incorporado las Ciencias Sociales a su discurso, a su reflexión, a su doctrina sobre el tema del abuso de poder, que al final es que es abuso del poder.
O sea, aquí hay un problema que es de abuso de poder que se manifiesta de manera distinta, en términos de abuso de conciencia, abuso espiritual, abuso sexual, que al final es abuso de poder. Es decir, hay un objeto que debería ser objeto de estudio y también objeto de estudio de la teología que es el poder, la concepción del poder en la Iglesia Católica.
Claro que es una de las contribuciones con todos los limitantes que tuvo del pontificado de Francisco, que es identificar al clericalismo como uno de los nodos clave, que no siempre se quiere reconocer, que el clericalismo es ante todo un problema de poder.
Y de legitimación del poder y de concepción del poder. O sea, yo creo que una de las cuestiones que tampoco hemos abordado suficientemente, que está superada en la Sociología y la Ciencia Política, tú lo sabes muy bien, es la noción de poder como objeto, el poder es una relación, no un objeto. Y desgraciadamente en la vida interna de la Iglesia Católica y de otras confesiones, el poder sigue siendo concebido como un objeto, como un objeto que se posee, no como una relación que se genera. Y bueno, pues por ejemplo, que la Ciencia Política y los teóricos de la política que han estudiado el poder pudieran en sus contribuciones teóricas ayudar a una reflexión sobre la noción del poder dentro de la iglesia es importante.
El tema de la legitimación carismática, por ejemplo, el poder se legitima carismáticamente, pues dentro de la Iglesia Católica todavía se legitima carismáticamente. Ya sabemos que la Iglesia Católica no es una democracia, pero no estamos diciendo eso.
Luego hay un tema que, a mí, que no soy teóloga, pero que también me interroga, que es decir, hay determinados ministerios en la Iglesia Católica que sólo se pueden ejercer por razón del ministerio presbiteral.
Por ejemplo, que el prefecto del Dicasterio para los Laicos sea un cardenal, porque es presbítero. O sea, entonces ejerce ese ministerio como prefecto de un dicasterio, prefecto de los laicos o familia, vida y laicos, como se llama ahora, tenga que ser un cardenal, porque es presbítero.
Entonces incluso hay quienes creen que el ministerio lo puede desarrollar un prefecto en el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral. Dependen del ministerio presbiteral. Ésa es la fuente de legitimidad para el ejercicio de un servicio o de un ministerio como es dirigir dicasterios de esta naturaleza.
Yo me lo pregunto: ¿el ministerio presbiteral es el que legitima el ejercicio del poder? Son cosas que me chocan y que me pregunto yo sin ser teóloga que no lo son. Y creo que esto tampoco derrumbaría algún pilar fundamental, ¿no?
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La hermana Simona Brambilla…
¿Por qué? Porque estamos hablando de una realidad que, por supuesto, entendemos que quien ha sido nombrado es competente, que la competencia deriva del conocimiento, bueno, del conocimiento y, además, no sólo del conocimiento intelectual, teórico o teológico, sino también de una experiencia que permite aportar un mayor conocimiento a esa tarea, ¿no?
Estas son cosas que habrá que ir pensando. Yo no sé si la sinodalidad las aborda completamente o no, pero que son temas que hay que ir pensando, ¿no? Y que, sin lugar a duda, contribuirían. Pero, en cualquier caso, yo creo que lo urgente es que el magisterio de la Iglesia Católica en estos temas busque el diálogo con las Ciencias Sociales.
¿Por qué? Porque, insisto, porque el magisterio no tiene un lenguaje específico y propio para nombrar y comprender estas realidades.
Que esas serían una de las características del trabajo de Acogida Betania, ¿no? Que ustedes tienen justamente un equipo interdisciplinario.
Sí. En Betania hay psicólogos, hay personas que son, vamos a llamar, expertas en acompañamiento, que implica acompañar un proceso de recuperación, de toma de conciencia, de confrontación con la realidad. Es sostener.
Hay personas que vienen del ámbito de la intervención social, pues en intervención social en el tercer sector o incluso en trabajo con menores, con menores que han estado en los contextos institucionalizados.
Luego hay juristas, expertos en derecho penal, abogados penalistas, abogadas en este caso, que trabajan en el ejercicio de la abogacía fundamentalmente en el ámbito del derecho penal, y luego personas que, pues que estamos además en el ámbito de la docencia o de la investigación en estos temas con un interés especial en todo lo relacionado con la victimología.
Y pues ése es el conglomerado en el que estamos, ¿no? Y luego pues cuando evidentemente también contamos con asesoría de canonistas, de algún teólogo moralista, porque aquí se plantean muchos problemas que necesitan miradas muy diferentes.
Entonces, tenemos un buen equipo que trabaja fundamentalmente pro-bono, que eso es uno de los grandes problemas, porque este trabajo es duro y exige mucha dedicación y entonces pues lo del pro-bono no es la mejor manera, pero bueno, pero ahí vamos.
Pero me interesa mucho que enfatices eso, porque hay este mito de que organizaciones de víctimas, de sobrevivientes como ustedes, lo hacen porque quieren enriquecerse.
Uno de los rasgos de nuestro trabajo es la profesionalidad. Yo creo que la profesionalidad es una virtud, porque implica excelencia, implica rigor, una deontología, una responsabilidad en el ejercicio de las tareas, también un saber de prudencia, o sea, muchos juicios de prudencia, sabiduría práctica, conocimiento de la realidad y exige un conocimiento técnico de las cosas.
Entonces, un trabajo profesional debe ser un trabajo remunerado.
Pero ustedes no tienen esos recursos y por eso es pro-bono, ¿no?
Fundamentalmente, pero no todo lo que hacemos lo hacemos pro-bono. Pero hay un porcentaje importante de trabajo pro-bono.
Nosotros prestamos servicios y esos servicios cuando podemos y se puede, se cobran. ¿Por qué se cobran? Porque esos servicios se prestan en concepto de reparación por daños causados, ya sea por daño moral, ya sea por daño material.
Cuando una persona viene a Betania, llama a la puerta y dice “necesito ayuda, me ha pasado esto, ¿cómo me podéis ayudar?” Lo que nosotros hacemos es, en primer lugar, escuchar; no escuchar a título de inventario, escuchar de manera comprometida.
No escuchamos para saber; ni escuchamos para acumular conocimiento, ni escuchamos de manera empática, que ahora es un término que se usa mucho. Nosotros escuchamos de manera comprometida, es decir, aquí hay un proyecto que intenta ser un proyecto generador de seguridad y de confianza, que entiende que el abuso genera un daño y que ese daño debe ser reparado.
Hay personas que necesitan atención psicológica; las hay que no la quieren. Hay personas que sólo necesitan escucha o que necesitan una aclaración jurídica. Cuando ese proceso cobra forma y la persona toma conciencia y es capaz de narrar de manera lineal, no de manera inconexa, sino de manera lineal, un testimonio de vida, una historia de vida, nosotros nos ponemos en contacto con las instituciones.
“Oiga, aquí hay alguien que alega esto, hemos estado tantas sesiones trabajando”. Hay instituciones con las que tenemos acuerdos, con otras no tenemos acuerdos. En estos momentos en España hay que decir que, cuando se entra en un proceso de reparación las terapias se pagan.
Por lo tanto, las instituciones las pagan y el profesional que desempeña ese servicio de atención psicológica va a cobrar sus sesiones. Pero lo nuestro es un proyecto que necesita dinero para funcionar, para que exista una coherencia, para que sea un proyecto sostenible en el tiempo, porque también requiere tareas de gestión, de sistematización de la información.
Entonces vamos arañando, vamos arañando de aquí y de allí y vamos subsistiendo, hemos tenido algunas ayudas institucionales, pero no contamos con unos recursos económicos más allá de esto. Digamos que existimos, que intentamos hacer bien nuestro trabajo, pero no lo hacemos con la comodidad de contar con un presupuesto que ayude a sostener.
Aquí la cuestión no es que los profesionales que trabajamos en Betania nos enriquezcamos, sino que haya un proyecto sostenido financieramente que permita que los servicios que prestamos sean los mejores servicios posibles, que es distinto.
Pero ustedes no están en esto porque sean corsarios; no están ustedes en esto por enriquecerse.
No, alguna vez nos lo han dicho, que vamos por ahí buscando víctimas como quien va buscando inversores, pero Betania no busca víctimas. Y esto es una cosa que también es bueno que lo expliquemos.
Nosotros sólo iniciamos procesos de escucha, acompañamiento, orientación e intervención cuando, por escrito, lo pide una víctima. O sea, ni siquiera aceptamos que sean las instituciones las que nos deriven personas. Aquí no se deriva nadie.
Puede que una institución diga: “mira, aquí tienes una propuesta, quizás te interesa, quizás le podrían ayudar”, pero no se inicia un proceso porque una institución nos llame. No, esto no pasa. La decisión aquí es autónoma.
Ahora mismo, éste es un ejemplo sencillo, pero ahora mismo acabamos de firmar una carta a una persona que nos ha pedido un acompañamiento de naturaleza psicológica, se le hace una carta para explicar cómo vamos a proceder. Se le ha dado la dirección de un psicólogo; es un psicólogo de este proyecto, y a la persona se le dice: “tú eres quien debes escribirle, no voy a escribir yo”.
Y cualquier otra de las personas que estamos en Acogida, pues de la misma manera. A Betania no vienen personas derivadas, como si fuera la externalización de un servicio. Vienen las personas que quieren y que libremente lo han decidido, No vamos a buscar a nadie, Y es verdad que ha habido quien ha intentado decirlo. Pero no se sostiene, porque no es verdad.
Otra cosa es que cuando uno llama, se le escucha, nosotros firmamos siempre un documento de confidencialidad, porque es un documento de protección, que nos obliga a nosotros y protege la identidad de la persona.
Un documento de confidencialidad no es una cláusula de silencio, la persona viene a Betania y puede contar lo que quiera, nosotros no podemos, y cuando la persona decide irse, firma un documento de revocación. Hoy ha habido una persona que ha firmado un documento de revocación de consentimiento.
¿Por qué? Pues porque hay un proceso que se ha atascado. Cuando se atasca un proceso no se le puede generar un mal mayor a la víctima. Entonces cortemos y se busca otra salida, pero no con nosotros. Por eso debe existir una revocación de consentimiento, porque este es un ejercicio de autonomía y de libertad, no puede ser de otra manera.
No nos enriquecemos. Aunque hay personas que se están enriqueciendo con esto, esto es verdad. Sobre todo, en el ámbito, por ejemplo, de la elaboración de protocolos, líneas guía, estándares, códigos de conducta.
Sí que es verdad que me consta que hay quienes están haciendo dinero con eso, ¿no? Pero no, no es nuestro caso. Nosotros trabajamos con víctimas y trabajar con víctimas es otra cosa. Eso es un trabajo, es un trabajo que está sometido por su propia naturaleza a unos estándares críticos que son exigentes, ¿no? Fundamentalmente porque cuando uno trabaja con víctimas el principal riesgo, el primer riesgo es la revictimización y eso es lo que hay que evitar a toda costa.
Teresa, el papa León XIV acaba de estar en España, tuvo una visita, a mí me parece muy positiva en el ámbito de la migración. Muy positiva incluso en el ámbito de la reconciliación de España consigo misma, pero estamos quienes creemos que esa reunión en Madrid, con ese grupo de víctimas no fue el mayor acierto de la visita. ¿Qué piensas tú de esa visita, de ese aspecto de la visita?
Ahora voy a contestar a la gallega. No, pero la gallega es cierta, yo no he estado en España. Yo durante los dos últimos meses y medio he estado fuera de España, por lo tanto, la visita geográficamente me ha pillado lejos y no la he vivido de cerca, por lo tanto, no puedo hacer tampoco una valoración porque tampoco por razones de trabajo he tenido mucha oportunidad de seguir la visita, eso como primera medida.
Con relación al encuentro no poseo información privilegiada de ningún tipo, poseo la misma información que posee el resto de los mortales lo que se ha publicado y lo que se ha dicho. Por lo tanto, tampoco sé cómo se ha gestado esa entrevista; quiénes la han gestado y mucho menos sé quiénes estaban.
Sé que se ha producido y creo firmemente, si las personas que han estado en esa entrevista y en esa reunión han salido pacificadas, satisfechas, justificadas, eso es fundamental.
Segunda cuestión, aunque en esa reunión hubiera habido 100 víctimas, esas 100 víctimas no hubieran representado a todas las víctimas. Tercero, no seré yo quien diga que las víctimas que han asistido a esa reunión son víctimas adocenadas.
Son personas que han sufrido un abuso sexual y por lo tanto yo no diré si son adocenadas o no. Lo que sí me pregunto es si esos encuentros son realmente necesarios y en esto voy a contracorriente.
¿Esos encuentros son necesarios? ¿Para quién? ¿Para qué? ¿Y por qué? ¿Por qué es necesario que el papa se encuentre con víctimas? ¿Como un símbolo? Hago la pregunta, ¿un símbolo es una manera de testimoniar un compromiso?
Bueno, quizás. ¿Qué se dice en esas reuniones? ¿Cuánto duran esas reuniones? ¿Qué es lo que se traslada en esas reuniones? ¿Qué efectividad tienen?
Porque si esas reuniones son una simple escucha, una escucha no comprometida, es una escucha revictimizante. No voy a decir que el papa no esté comprometido, no digo eso.
Pero yo soy de las que se preguntan si esas reuniones son realmente útiles. Mira, te voy a decir algo que puede sonar provocador.
Pero yo no sé si tú viste el acto de Montjuic, el acto del papa en Montjuic.
En los testimonios de Montjuic hablaron tres personas, creo que fueron. Recuerdo dos. Recuerdo una chica que había sufrido una depresión grave. Recuerdo a una chica cuyo padre había intentado asesinar a la madre, ella había sido testigo de eso, se interpuso alguien. Y no recuerdo el tercer testimonio. Cuando yo vi en diferido esos testimonios, me hice una pregunta internamente, pero ahora la hago en público.
¿Hubiera sido posible que, ante cuarenta mil personas, de la misma manera que habló una mujer que había sufrido una depresión grave y había estado al borde del suicidio, o habló una mujer que había sufrido y ha vivido en sus carnes, o al menos en su familia, la violencia de género, hubiera sido posible que ante cuarenta mil personas y ante el papa hubiera habido un testimonio de una mujer, de un hombre, y hubiera sufrido abuso sexual dentro de la Iglesia Católica?
¿Las cuarenta mil personas que escucharon a esos testimonios se hubieran escuchado con los ojos fijos en esas personas o hubieran agachado la mirada?
No le quito un ápice de valor al encuentro éste, a los que ha habido, que ha habido muchos antes, Benedicto se ha encontrado con víctimas, Francisco se ha encontrado con víctimas, por lo tanto, León XIV tendrá que encontrarse con víctimas, quiere decir, eso ya ha pasado.
Y está bien que los encuentros sean reservados si las personas no quieren dar la cara, ¿no? Pero para mí la gran cuestión es lo otro, o sea, hubiera sido posible ese mismo testimonio delante de cuarenta mil personas, la mujer que, digo, y no lo quiero centrar en esa mujer, pero otros, mira, por ejemplo, algo que a mí me impactó mucho y seguro que a ti también.
Cuando el papa Francisco estuvo en Colombia y se celebraron encuentros con perspectiva restaurativa a mí me impresionaron muchísimo, por ejemplo, pensemos en esos encuentros, pensemos sólo en lo que pasó en Barcelona y en Colombia, que a mí me pareció muy importante.
¿Sería posible que víctimas que han sido en Iglesia Católica tuvieran encuentros así? Igual el desafío es ése, ¿no? Pero el desafío también es no normalizar, porque esto no se puede normalizar. Aceptar con mayor transparencia que esto pasa en nuestra casa, claro.
Es que ése también es el problema de distinguir de esa manera entre las violencias. Y reconocer que efectivamente sigue sucediendo, que es lo que me parece que no sabemos qué va a pasar aquí. Bueno, sigue pasando porque, sabemos que, bueno, que la violencia sigue siendo para muchas personas un recurso.
Por eso de que la agresividad es adaptativa, pero la violencia tiene una razón de ser más cultural. Bueno, hay que atajar eso. Y para atajarlo hay que visibilizar lo que existe y lo que ha existido, respetando siempre, por supuesto, a las víctimas. O sea, aquí no hay que exponer a la gente como si fueran muñecos de feria.
Pero sí que hay que permitir que las cosas sucedan, pasen, se vean. Y luego, sobre todo, porque me parece que en España hace unos cuantos años, recuerdo, unos diez en la Universidad del País Vasco, en el Instituto de Criminología de la Universidad del País Vasco, se hizo una pequeña encuesta de victimización.
Y una de las cosas que se preguntaba era sobre el tema de los bebés robados, ¿no? Más que de abuso dentro de la Iglesia, el tema de los bebés robados. Y qué apreciaban de diferencias, de similitudes y tal. Entonces, pues las víctimas que lo han sido, que fueron robadas, han, digamos que con cierto orgullo, reivindicado sus derechos.
Es verdad que la violencia sexual genera siempre mucha más vergüenza. Y es un tabú y es un estigma fuera y dentro de la Iglesia. Pero, pero no se aborda con la misma, no voy a decir naturalidad, porque no es con naturalidad, pero no hemos conseguido dignificarlo de la misma manera. Sigue existiendo esa vergüenza.
Aunque bueno, las víctimas de Bétharram en Francia, abiertamente quieren estar presentes y que se sepa lo que sucedió a ellos y que sus testimonios se escuchen. Es lo que están peleando ahora que negocian y no quieren la situación de Madrid.
Claro, pero, yo me pregunto, ¿es necesario que eso suceda con el papa como testigo? Eso es lo que yo me pregunto. Porque al final, en este tipo de viajes, yo creo que es muy bueno que los papas escuchen a las víctimas, es muy bueno. Y probablemente hay otras maneras de hacerlo, no lo sé.
Pero igual es muy bueno que los papas escuchen a las víctimas, es muy bueno que los obispos lo hagan, los superiores mayores, los cardenales lo hagan, los arzobispos lo hagan, los laicos lo hagamos. Quiero decir, hay que saber lo que ha pasado.
Porque mientras no sepamos lo que ha pasado, no podremos prevenirlo. Y las únicas formas que lo pueden contar son las que lo han sufrido. Entonces, aquí estamos siempre en el escenario del pez que se muerde la cola.
Quiero decir, yo tengo muchas preguntas con relación a este tipo de encuentros. No tengo claro. Creo que tienen un poder simbólico muy importante. Precisamente porque tienen un poder simbólico importante, hay que hacerlo bien. Siempre va a haber quien se sienta discriminado, eso también es verdad. Pero quizás hay que generar también otros mecanismos, de encuentro, de escucha.
Y luego, bueno, pues mira, el encuentro del año 2019 o, por ejemplo, algunos testimonios recogidos de víctimas durante alguna de las sesiones del sínodo, pues me consta por las sesiones que han sido relevantes.
Quizás se pueden hacer también más actos de ese tipo. No lo sé, es algo que me genera muchas preguntas. No tengo respuestas sobre esto. Tengo preguntas, muchas. Entonces, no puedo tampoco aclararte mucho más ni decirte mucho más.
Claro, y ahí además está el problema del contexto jurídico de cada país. Ustedes en Europa, tienen un marco común de derechos humanos muy sólido, las diferencias entre España y Francia o Alemania, aunque notables, son de tono. En América Latina, donde no existe un marco de derechos humanos de esa naturaleza es mucho más difícil.
¿Qué les han dejado estos años de trabajo, Teresa?
Nosotros ya llevamos siete años, hemos atendido a muchas personas, en términos generales, en estos años unas 200, un promedio de tres personas al mes.
Y no es una línea de producción donde tú puedas programar y esto se va a resolver en tanto tiempo, porque cada persona va a tener una experiencia distinta.
Pues nosotros estamos. Te voy a poner un ejemplo. Desde la semana pasada, una persona se pone en contacto y escribe un correo y se entabla una conversación.
La conversación genera una cierta confianza y una cierta seguridad, entonces hay una respuesta, un correo adicional, una invitación a hablar, una llamada telefónica, una posible conferencia o videoconferencia. Puede que haya una aceptación o no o que la persona diga, “oye, pues si no puede ser ahora; podríamos vernos dentro de tres semanas”.
Si hay la posibilidad de un encuentro personal, la persona hace una serie de demandas, se ponen en marcha las demandas y cuando la persona ve que eso se va a materializar, dice, no. Siempre no.
Eso puede durar un mes. Y luego están los procesos que empiezan y terminan. Es decir, la persona que viene, que establece una relación de confianza, entra en un proceso de confrontación, de recuperación de la memoria, de elaboración del trauma. Hay un momento determinado que esa persona que al principio decía: "no quiero ver a un psicólogo", cuando lleva dos meses y medio o más dice “creo que necesito ir a terapia”.
Entonces, se busca un psicólogo, se empieza el proceso terapéutico, el proceso de acompañamiento. Se convierte en algo muy puntual, se elabora el testimonio, la psicóloga hace su informe, se hace un análisis de las dinámicas del abuso, se identifican los elementos más simultáneos, se construye la confianza, que es fundamental para el trauma en este contexto, así como el valor del silencio, el reconocimiento de uno mismo como víctima, la noción subjetiva de víctima, y todo eso se va elaborando y se llama la puerta de la institución.
Es posible que ya ha pasado un año, ya ha pasado un año, como poco, y cuando se llama la puerta de la institución, después de encontrar una institución que dice, vamos a dialogarlo y vamos a llegar a una propuesta de reparación dialogada, o en estos momentos puede haber una institución que diga, “Muy bien, ésta es la información, vámonos a la comisión del PRIVA”, y entonces empieza un proceso que va a durar, ¿cuánto tiempo? ¿Tres meses más?
Tres meses más, y luego hay un dictamen, y luego se cumple el dictamen, y luego se firma un acuerdo y luego puede que haya un encuentro personal con una cierta perspectiva restaurativa entre la persona y la institución. ¿Cuánto tiempo ha durado eso? ¿Un año y medio? ¿Dos años y medio? En Betania hay personas que llevan en terapia cuatro años.
Claro, no es una línea de producción. No se puede predecir tanto tiempo para lograr X. Es un proceso que inicia y ojalá concluya...
Y luego aquí hay personas que se encuentran con respuestas institucionales auténticamente reparadoras, no sólo en lo económico, porque esto es una cosa que hay que decir, en la Iglesia Católica en España lleva algunos años reparando económicamente. Se podrá discutir si la reparación económica o la dimensión económica de la reparación es suficiente.
Y éste es un tema interesante también para la investigación, porque a día de hoy podría medirse el impacto de lo que ha pasado con las indemnizaciones cuantiosas en Estados Unidos. Las víctimas a 15 años después de haber recibido cifras millonarias, si se les hiciera una encuesta, se podría valorar el impacto de la indemnización en sus vidas, ¿dirían que ha sido reparador o necesitan algo más?
Porque aquí se están también es necesario examinar esos procesos. Los millones que la Iglesia Católica estadunidense ha pagado serían impensables en Europa. Pero este tema es muy importante, porque esto igual dentro de cinco años genera lagunas y vacíos emocionales importantes.
Aunque igual en Estados Unidos quizás si no hubieran litigado tanto los casos y negado tanto los casos, no habría sido necesario que gastaran tanto…
Eso lo apunta el famoso informe que se presenta en el año 85, Que tú conoces perfectamente el que se publica a raíz o el que se hace a raíz del caso Gilbert Gauthe, ¿no? Ese informe en el que trabaja el antiguo canonista de la nunciatura en Washington, D.C. Thomas P. Doyle. Él ya apuntaba en los ochenta el impacto que iba a tener la crisis de abusos sexuales.
Doyle advertía, “si no hay una respuesta inmediata, esto se va a convertir en una crisis brutal.”
Claro, porque se acumulan las horas de los abogados y los abogados en Estados Unidos no van a cobrar un dólar por la hora.
Sí, pero ¿cómo impacta eso en la vida de las víctimas. Éste es un trabajo muy importante. Esclarecer si eso ha servido y para qué. ¿Para el crecimiento postraumático? ¿Para la forja del carácter? ¿Para la recuperación plena? ¿Para que las personas dejen de ser víctimas?
Ése es el objetivo final, porque no se puede vivir eternamente siendo víctima, no se puede.
Y lo que las instituciones aprenden también, porque es terrible que la primera diócesis, la única diócesis en Estados Unidos que ha perdido dos obispos por abuso sexual, que es Palm Beach, acaba de reportar otro caso de abuso y 30 años después, sigue sin desarrollar una memoria institucional de qué es lo que se tiene que hacer para evitar casos de abuso.
Y eso también te pone en duda incluso el trabajo de Seán O'Malley, porque él fue obispo ahí en Palm Beach, él fue enviado para resolver esos problemas y 30 años después regresa el problema, ya con otro obispo y otro sacerdote acusado, pero regresa el problema.
Claro, tú lo planteas desde la perspectiva institucional, ésa es una dimensión fundamental. Yo lo planteo desde la dimensión victimal, las indemnizaciones económicas sirven a la reparación y no estoy diciendo que no sean necesarias, lo son, lo son un elemento de justicia, son un elemento de justicia.
Y otros problemas, como si el delito ha prescrito, si se puede ejercer la acción penal o no. Es decir, yo ahí soy muy clara, los estándares dentro de la Iglesia Católica son otros, entonces está el delito prescrito o no, usted no tiene un deber jurídico, pero usted tiene un deber moral.
Claro, el pecado no prescribe...
La injusticia tampoco. Y donde hay justicia, si no se hace justicia, no se restaura el orden. No se restaura... Y aquí te voy a decir una cosa y voy a citar a Ratzinger, no cabe la amnistía, en su Introducción al cristianismo, hablando de la cuestión de la reparación, que probablemente Ratzinger no estaba pensando en los abusos, pero dice claramente, la amnistía no cabe sin reconocimiento de la culpa, no hay amnistía posible.
Y eso lo dice también la teología de la liberación. Hay una reflexión muy interesante en el libro de Jon Sobrino, el de La fe en Jesucristo, ensayos sobre las víctimas. Cuando Sobrino, hablando de las víctimas del mundo, dice eso de cuando no funciona el encubrimiento, cuando no funciona el encubrimiento, apelan a la amnistía. No cabe la amnistía.
Y cuando yo digo esto, siempre cito a Joseph Ratzinger, porque si tú citas a Ellacuría o a Sobrino te pueden contestar. Si citas a Ratzinger no te contesta nadie; los que se atreverían a refutar a Ratzinger no lo hacen porque no se atreven. Quiero decir, sin perdón, sin perdón y sin reconocimiento de la culpa, aquí no cabe la amnistía. Y aquí hay que leer la Spes Salvi sobre la reparación.
O sea, es que éste es otro tema muy importante. La banalización del perdón, lo que decía Dietrich Bonhoeffer: la gracia barata. Ése es un tema gordo, lo sabemos, lo compartimos tú y yo, que es un tema gordo, es un tema gordo. ¿Qué pasa?
Que hemos encontrado una fórmula que es útil, que es la fórmula de la indemnización económica, que es una manera de hacer justicia, no es toda la justicia.
¿Qué es lo que hace posible que un profesional de la salud le dedique tiempo a otra persona? No es un problema del dinero como tal, es que hace posible que un profesional de la salud entrenado para eso le dedique tiempo a una persona que ha sido afectada. Pero claro, se les quiere presentar a ustedes como si fueran corsarios.
Y no sólo eso, porque en España en estos momentos se está indemnizando por el daño moral. No sólo se indemniza por daño material, se indemniza por daño moral. Pero claro, éste es un debate. ¿Cuánto cuesta? Claro, ahí estamos en la cuestión de los criterios económicos, pero tiene que haber estándares objetivos, ¿no? ¿Qué dicen los tribunales ordinarios de justicia?
Quiero decir, aquí queda mucho por hacer y hay que pensar mucho sobre el daño moral también, Yo no soy jurista, pero hay que pensar y hay que pensar sobre el tema del daño moral desde la perspectiva penal, hay que pensar sobre el daño moral desde la perspectiva teológica y hay que pensar el daño moral desde la perspectiva ética y psicológica. Que es el sufrimiento,
Bueno, la verdad es que en Estados Unidos hay buena bibliografía sobre todo esto, muy buena. Todo el tema de los supervivientes de la guerra de Vietnam, todo el trabajo de los movimientos de derechos civiles, los enfoques feministas, toda la ética del cuidado, o sea, hay cosas muy interesantes, muy interesantes sobre este tema que ayudan a pensarlo y hay que seguir pensándolo, hay que seguir pensándolo.
Y que lamentablemente es más fácil hacerlo desde la perspectiva del derecho sajón, de la Common Law, que hacerlo desde la perspectiva del derecho francés e hispanoamericano que se ata a una visión formalista que no permite incorporar esos elementos.
Además, porque tiene también unos procedimientos muy distintos, pues al final establecer cuantías mucho más bajas.
Y es claro el costo, que es lo peor, porque como no se reconoce, entonces se incentiva el rechazo de los propios sobrevivientes, Y se les hace más difícil el sobrevivir al proceso.
Eso es un tema, lo que acabas de apuntar es un tema muy importante, probablemente la fase más dura, la fase con mayor riesgo de revictimización, la fase que mayor estrés genera, es la fase en la que la víctima toma conciencia plena de que está en un proceso de reparación. Ésa es la fase peor, Rodolfo, la peor. Por lo menos, la más difícil. La peor en cuanto a intensidad del dolor y el sufrimiento, porque se dispara la incertidumbre.
Porque en esos momentos, en los momentos en los que, mira, esta tarde hablamos con un señor, hemos entregado una parte del testimonio, o sea, hemos entregado una parte de la información. Pues para que la institución sepa y tenga los datos básicos y pueda empezar a investigar, pues tiene que investigar.
Pero luego viene el testimonio de vida. Que tarda más en elaborarse, pues hay que revisarlo. Porque una cosa es que lo trabajemos o que las personas graben y te digan, vamos ahí, os voy a ir mandando retazos. Y lo graben porque les resulta más fácil que escribirlo, aunque nosotros creemos mucho en la narrativa, en esto del valor terapéutico y sanador de la narrativa. Del escribir en primera persona.
Pero hay personas que no pueden, entonces lo graban. Y entonces lo transcribimos y luego lo hablamos y luego ellos lo revisan. Bueno, esta tarde hemos terminado en una reunión de Acogida, hemos terminado un testimonio de vida. Y le hemos dicho a la persona: Léelo con detenimiento, revísalo.
Al final del testimonio siempre se incluyen las demandas de reparación, es lo que la persona le pide a la institución en materia de de reparación y tú lo firmas y le pones fecha. Y me dice, nos dice, “en cuanto me lo mandéis, lo leo y lo firmo”.
No va a ser así. ¿Por qué? Porque la persona sabe que ha trasladado una información básica, pero ahora viene lo fundamental, poner en manos de la institución es información es un ejercicio de confianza brutal. Le entrega a la institución en la que sufrí daños, mi vida. ¿Qué van a hacer con ello? ¿Y por qué no contestan? ¿Y cuánto tiempo van a tardar? ¿Y me van a creer? ¿Y voy a ser acusado? Prefiero no esperar nada.
Entonces, ahí hasta la persona más estructurada, más integrada, enfrenta problemas en ese punto. Hemos acompañado procesos que han sido una delicia en el sentido de que hemos sido testigos de cómo la persona ha reconstruido la narrativa sobre su propia vida con una profundidad y con una delicadeza hacia sí mismo impresionante.
Y de repente, cuando todo eso se ha trasladado a la institución, hemos visto a otra persona. Pero este no era el que parecía o esta es otra. Porque, claro, se dispara absolutamente. Ese proceso, claro, es que, fíjate, ese es el verdadero proceso de empoderamiento en el sentido inglés del término, que a mí, o sea, en el significado inglés me encanta el término, adquirir el poder, recuperar el poder de decisión, recuperar la autonomía.
El paso de ser víctima a ser sobreviviente...
Sí, en inglés se habla mucho de sobreviviente. Yo lo que digo es el paso de ser víctima a dejar de serlo. Vale, o sea, a dejar de serlo. Es la persona que piensa como sujeto de derechos. Yo no sé, ¿tú conoces un librito de Marie M. Fortune (contenido en inglés) con cinco o seis páginas dedicadas a la agencia moral.
Y para mí son una joya, porque es explicar los abusos como incapacitantes, pero la víctima no es incapaz. Entonces, el proceso de empoderamiento, que a veces se ridiculiza mucho el término, sobre todo en la traducción española se ridiculiza mucho el término y el significado. Y a mí me parece brutal, ya sé que esto es una expresión poco académica y poco formal, pero me parece brutal. O sea, empoderarse es tomar conciencia de que eres un sujeto de derechos, que actúas de manera autónoma. Eres capaz de tomar decisiones por ti mismo. Entonces, es pasar de ser víctima, de vivir tutelado, de vivir incapacitado por la acción de alguien, pasar de vivir aislado, desconectado de la comunidad, a reconectarte, es construirte y pensar en primera persona. Y actuar en primera persona.
Entonces, para mí el problema es ¿por qué la Iglesia Católica quiere perderse conscientemente ese proceso? ¿Por qué quiere perdérselo? O sea, ¿por qué en lugar de comprometerse activamente en ese proceso da un paso atrás y eso le asusta?
Rodolfo, yo últimamente leo mucho a Ignacio Ellacuría, a José María Castillo, a Jon Sobrino y hay muchas cosas de su discurso que no me convencen. Pero, la noción de liberación es clave en este proceso. Es clave, porque es liberarse del peso del abuso, liberarse de la opresión, liberarse de la incapacidad, liberarse del sometimiento.
Entonces yo digo, pues para ser libres nos liberó Cristo, pero la Iglesia quiere dar un paso atrás en ese sentido. No estar presente en ese proceso, no favorecerlo, ¿por qué? Si ahí es donde debería echar el resto, ahí es donde debería echarlo.
Yo en clase, repito muchas veces, una frase de Jacques Maritain que a mí me cautivó: Desde el útero al sepulcro, el hombre debe poder existir libre.
Pero en la Iglesia Católica se permiten instituciones coactivas, manipuladoras, instituciones que acaban con la agencia moral de las personas, atrapadas en derivas sectarias, y no vamos a hablar de los legionarios porque terminamos, no terminamos nunca, pero, por favor, las aberraciones que nosotros vemos de personas que han sufrido, y eso se permite.
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