Balada de otro tiempo, una historia inexorable
José Luis González, autor de *Balada de otro tiempo*, obra en la que explora los mandatos sociales, la masculinidad y la deshumanización. Foto: literatura.us

Alberto Farfán

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La historia expone cómo matrimonio, masculinidad y deseo se convierten en mecanismos de control sobre los individuos.

Por Alberto Farfán

De origen dominicano, el escritor José Luis González (1926-1997) nos entrega con su novela corta Balada de otro tiempo (1978), un claro ejemplo de la maestría en la creación literaria de altos vuelos. Partiendo de un hecho de infidelidad femenina en un contexto campesino paupérrimo, González nos conducirá a las profundidades de la deshumanización de los individuos, que suscita y perpetúa una sociedad decadente.

Cada uno de los tres personajes que intervienen en esta obra, ganadora del Premio Xavier Villaurrutia, presenta una serie de rasgos y matices configurados según el estatus conferido por la sociedad: es decir, según el sexo, el estado civil y el nivel económico. Adoptadas sin mayor análisis, esas características convergen en el individuo y anulan su margen de acción propia. Los personajes sólo hacen lo que “se dice” que deben hacer: obedecen al “debes”, opuesto al “ser”.

Pero al alcanzar el inevitable autocuestionamiento los tres protagonistas caerán en una especie de tenebroso abismo circular. El abismo de la duda, de la angustia, de la frustración, de la asfixiante desesperación vital, que ávida y contradictoriamente necesitan para romper con el cerco de la deshumanización cosificante, que preserva, por su propia perpetuación, una sociedad de corte opresiva en todos sentidos, como lo es la de esta narración.

En este sentido, Rosendo y Dominga, quienes conforman el matrimonio en deterioro, y Fico Santos, el hombre joven y soltero con el que huye Dominga (su supuesto amante), son los tres personajes en los cuales se conjugará la carga social y moral, contradictoria y anulante. Aparentemente, ésta y aquéllos juegan el papel de víctimas y victimarios, pero sólo en apariencia, justamente porque su visión del mundo se perfila unidimensional; el “deber ser” los inhabilita, arrojándolos a una única alternativa: por un lado, Rosendo deberá cumplir con la obligación de todo marido “engañado”; por el otro, Dominga y Fico deberán de buscar los elementos necesarios en sí mismos para justificar su “crimen”.

El “deber-ser” empieza por verse en tela de juicio, pero más del lado femenino, que del masculino. Puesto que es éste el que contribuirá a alimentar el malestar del primero. Así, será Rosendo el que por momentos se permita disentir de llevar a cabo el ritual del esposo ofendido. En virtud, precisamente, de que la situación aparencial es meramente la superficie del problema, puesto que éste en realidad se encuentra en los matices intrínsecos del rol social masculino en su calidad de unívoco. De ahí el conflicto interno de este personaje, como el de Fico Santos.

Ambos hombres, se hallan bajo la sujeción de un cúmulo de conceptos y de aspectos de corte afectivo-emocional, que no les permite pensar o sentir de manera opuesta a lo que se les ha dicho que implica el ser hombre. Esto es, el detentar el “poder” en todas sus posibles manifestaciones con relación a los demás individuos tanto del sexo femenino como del masculino.

Acaso con más claridad se observe esto en Fico, pues él desea internamente de manera crucial el alcanzar el coito con alguna mujer, pero no por una necesidad básica, biológica y plenamente natural, sino por saberse obligado, en función de esa moral aprendida que lo estigmatizará si no cumple con su rol de hombre. Penetrar sexualmente a una mujer, sea quien sea ésta, deberá significar simbólicamente el acceso al “poder”, a la “verdadera y real” masculinidad, virilidad. A lo cual él no ha tenido cauce, paradójicamente, por esa misma presión moral de mujeres y hombres: al no haber logrado Fico la erección, se le rechaza por presunto homosexual; siendo éste el más grave calificativo que puede recibir un individuo del sexo masculino en el contexto de esa sociedad.

Dominga, gracias a las actitudes aprendidas obligatoriamente de su marido, empieza a anidar el rechazo para con él, en cuanto hombre y esposo. Además de rehuir de su condición de mujer y esposa. Por esto también rechazará a su entorno. La única salida que llega a avizorar Dominga es el rompimiento abierto y declarado de su vínculo matrimonial, y de “poder”, con Rosendo. La cosificación perpetrada en él, a su vez, a ella la cosifica. Por ello, Dominga quiere romper con su propia asfixiante cotidianidad. Fico, otro ser cosificado, será el elemento externo que se constituirá en la posibilidad de acceder a ser libre, en cuanto individuo autónomo: mujer, o factible esposa.

Dominga busca explorar todas sus facultades individuales y encontrar su retribución con otro ser, en estricta reciprocidad, lo cual no obtuvo en su relación de pareja. De ahí, como puede verse, de que en ningún momento nosotros hablemos de una problemática de orden amoroso-pasional en todo ello. Lo plasmado por José Luis González es mucho más profundo e inexorable.

Y a pesar de los cambios sociales actuales aún existen individuos como ellos.

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