El desierto no debe ser una sentencia de muerte para migrantes
Migrantes cruzando el desierto de Arizona.

Daniel Lee

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El desierto de Arizona mantiene miles de muertes registradas desde 1981 y más de 1,600 migrantes permanecen aún sin identificar.

Por Daniel Lee

Hay fronteras que se cruzan con documentos, otras con pasaportes y algunas, demasiado frecuentemente, con miedo. Pero en la frontera entre México y Arizona existe otra realidad: miles de personas han terminado cruzándola a pie, en silencio, bajo temperaturas extremas y por territorios donde un error puede significar la muerte.

Los números vuelven a ponerle rostro a una tragedia que corre el riesgo de convertirse en estadística. En lo que va de 2026, se han recuperado 73 cuerpos de migrantes en las zonas desérticas de Arizona, de acuerdo con el seguimiento realizado por Humane Borders y la Oficina del Médico Forense del Condado de Pima.

En junio se registraron 13 muertes y en julio otras 19, convirtiendo a este último en uno de los meses más críticos del año. La propia organización advierte que el verano es la temporada más letal y que las temperaturas del desierto pueden superar los 43 grados centígrados.

Pero detrás de cada cuerpo hay mucho más que una cifra. Hay una familia que espera una llamada que nunca llegará. Hay una madre, un padre, un hermano o un hijo que quizá nunca sabrá dónde quedó su ser querido. Hay personas cuyos restos permanecen sin identificar durante años. Humane Borders registra 4,489 muertes de migrantes en las zonas fronterizas de Arizona desde 1981 y señala que 1,638 personas permanecían sin identificar al actualizar su base en julio de 2026. Y hay una realidad todavía más dolorosa: muchos cuerpos nunca son encontrados.

La explicación inmediata suele ser la deshidratación, la exposición prolongada al calor y el agotamiento. El cuerpo humano simplemente no puede resistir indefinidamente las condiciones de un desierto que, durante el verano, puede convertirse en un horno abierto. Pero reducir estas muertes a fenómenos naturales sería una manera cómoda de evadir el problema.

Cada cuerpo encontrado en el desierto representa también una falla.

Falla de una política que no logró evitar que esa persona emprendiera el viaje. Falla de una estrategia fronteriza que no pudo impedir que terminara atrapada en un territorio mortal. Falla de los mecanismos de rescate cuando una persona pudo pasar días agonizando sin recibir ayuda. Y, sobre todo, falla de una región que todavía no encuentra una respuesta humana y racional a un fenómeno que lleva décadas frente a sus ojos.

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