Guadalupe Lizárraga Viernes, 13 de Abril del 2012, 23:01
Guadalupe Lizárraga
Artículo de opinión
La campaña política de Josefina Vázquez Mota va de picada junto con ella misma. Da pena ajena escucharla en público. Sus discursos se han vuelto ficciones que están muy lejos de persuadir a un electorado serio. Josefina no puede ocultar su frustración ni su miedo ante la compleja responsabilidad que representa gobernar. Lo que transmite a los ciudadanos es más bien temor y desconfianza.
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La candidata por el Partido de Acción Nacional no tiene conciencia alguna de lo que se está haciendo a sí misma. Perdida en sus disparates como el que va a “fortalecer el lavado de dinero” o el que “como nadie es perfecto, se fue a la Ibero a estudiar economía”, no le importa que sus intenciones correspondan o no un modelo preestablecido de lo moralmente correcto y de lo racionalmente estratégico para la ciudadanía. La expresión de su campaña es el resultado de quienes ven en la política el camino fructuoso para hacerse de dinero y de influencias. Y la evidencia más contundente ha sido el resultado de su pobre desempeño como funcionaria pública.
Josefina Vázquez le da lo mismo referirse a la UNAM, la máxima casa de estudios de México, como un “monstruo”, que avergonzarse de la Universidad Iberoamericana por haber estudiado ahí. No le importa dar entrevistas ebria o hacer gestos diabólicos ante una audiencia. Su presencia resulta absurda en el escenario electoral.
¿Qué persona objetiva puede creer en sus palabras incoherentes y mal pronunciadas? ¿Qué significan tantos tropiezos lingüísticos y de estrategia política? Los bien intencionados podrían pensar que esto es secundario y que lo que importa es su plataforma de propuestas para transformar a México.
Ya decía Octavio Paz que “para que un organismo sea capaz de llevar a cabo tareas históricas como la modernización de un país, el primer requisito es que sea fuerte”. Pero el PAN está muy desgastado por dentro y por fuera. La gestión de Felipe Calderón ha sido el aguijón para que este organismo político sea visto por su dirigencia como un peldaño para el botín. Y su candidata, que debería de ser el pilar para el rescate ético del PAN, vive a la sombra de su partido, favorecida por la política de privilegios, pero como súbdita y señor.
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Josefina tampoco tiene una fuente de legitimación del poder estatal, como ha sido tradicionalmente con los candidatos del partido en el poder a la hora de asumir la presidencia. Pero tampoco es difícil comprobar que su debilidad no es fortuita. Su partido, pese a lo desgastado que se encuentra, no deja de ser un ente influyente, con una intensa relación –complicidades, alianzas, pactos– con otros grupos de poder, especialmente porque han sido doce años de ejercer el botín más codiciado del país: la presidencia. Aún cuando estos grupos no sean homogéneos y existan rencillas y querellas entre ellos, no dejan de desplegar una estela de influencia y control sobre los medios y las estrategias de campañas. Sería naive, pensar que la campaña de Josefina Vázquez Mota se les ha ido de las manos. Más bien parece un juego burdo de póker, donde ella es el “bluff”. Sin embargo, simular su debilidad la está haciendo realmente débil y su aparente torpeza la vuelve realmente torpe. Indudablemente, terminará afectada su autoestima y su salud mental, pero con una codiciada recompensa, pues nadie que haya disfrutado del poder y del dinero que da el pertenecer a la alta burocracia se expondría a terminar con su carrera política de esta manera.
Lo cierto es que a Josefina ya las mentiras se le marcan en el rostro agotado, se lo deforman, y ni siquiera han pasado los tres meses de campaña. Pero más allá de la imagen tan deprimente que nos ofrece, cada vez queda más claro que Josefina Vázquez Mota aceptó la candidatura para perder.
Pensar en que ella pudiera llegar a la presidencia de México es imposible para cualquier mente sensata. Cada paso que da, parecería estar diseñado para tropezarse, para ceder ventaja a un candidato con más miedo que ella, pero con más cómplices en el poder: Enrique Peña Nieto.
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