Rodolfo Soriano-Núñez Lunes, 07 de Abril del 2025
En agosto de 2023, un tribunal declaró a McCarrick incapaz de enfrentar un juicio, a pesar de haberse declarado inocente de los cargos de abuso sexual.
La muerte de McCarrick no aporta solución ni alivio a las víctimas y sólo perpetúa un modelo, que permite a facciones de la Iglesia Católica utilizar a las víctimas como moneda de cambio en sus disputas internas.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
Tras la muerte de Theodore McCarrick, el silencio que a menudo sigue al fallecimiento de los acusados de abuso corre el riesgo de nublar nuestra comprensión de la crisis de abuso sexual del clero.
Si bien su fallecimiento puede cerrar un capítulo doloroso para algunos, no ofrece una verdadera solución para las víctimas ni hace nada para desmantelar las fallas sistémicas que permitieron que ocurrieran sus abusos, e innumerables otros. “Muerto el perro se acaba la rabia” no es una política oficial, pero para algunas de las partes interesadas en casos similares, ha sido la “solución” preferida, a pesar del continuo debilitamiento de la confianza en las iglesias que siguen este camino.
Y no sólo en la Iglesia Católica: si se analiza el caso de John Smyth, se puede ver cómo existía la expectativa de que su muerte en 2018 liberaría de alguna manera a la Iglesia de Inglaterra de la responsabilidad institucional derivada de su rol como figura clave en el Iwerne o Titus Trust y los Campamentos Iwerne o Campamentos Bash, donde jóvenes fieles anglicanos estarían expuestos a la violencia, sexual y de otro tipo, infligida por Smyth y otros miembros de esa iglesia.
Sólo la persistencia de las víctimas y los medios de comunicación británicos forzaron, seis años después de la muerte de Smyth, en noviembre de 2024, la renuncia de Justin Welby como líder de la Iglesia de Inglaterra y una nueva ronda de revisiones de las políticas para prevenir el abuso, sexual y de otro tipo, en esa organización religiosa.
¿Un alivio?
Si bien la muerte de McCarrick puede ofrecer una sensación superficial de cierre para algunos, también presenta un riesgo familiar: la tendencia a ver dicho abuso como el acto aislado de un “depredador solitario”, lo que oculta las fallas sistémicas que permitieron décadas de daño.
El caso McCarrick, documentado de forma única por un informe institucional, irónicamente resalta este punto. Las conclusiones del informe sobre las advertencias ignoradas y los mecanismos que permitieron el ascenso de McCarrick revelan que sus acciones no fueron simplemente depravación individual.
Lo hecho por McCarrick fue resultado de un entorno institucional que permitió el abuso que perpetró, ya sea por negligencia o ceguera voluntaria, en la propia estructura de la Iglesia Católica. Este patrón que facilita de manera institucional el abuso, lejos de ser una anomalía, resuena en otros escándalos de abusos del clero, lo que refuerza la necesidad de ir más allá de la narrativa simplista del “depredador solitario” para abordar los problemas sistémicos más profundos.

En ese sentido, aunque es lamentable que la muerte de McCarrick haga más difícil acceder a alguna medida de justicia, es el único caso en el que la Iglesia Católica ofrece una explicación institucional de los repetidos abusos de un clérigo contra jóvenes seminaristas o que consideraban la posibilidad de iniciar ese tipo de educación para hacerse sacerdotes.
Aunque el informe demuestra que las víctimas tenían razón cuando denunciaban y eso es importante, el documento como tal no facilita el acceso a la justicia, más en la medida que un tribunal declaró al antiguo arzobispo de Washington, D.C., incapaz de enfrentar un juicio en agosto de 2023. Y más aún porque el informe atribuye la mayor parte de la culpa a Juan Pablo II, fallecido hacía casi 15 años cuando el documento se publicó.
Karol y Theodore
El informe proporciona algunos detalles sobre cómo, siendo aún arzobispo en su Polonia natal, Karol Wojtyla conoció, allá por la década de 1970, a un sacerdote relativamente joven y multilingüe de la Arquidiócesis de Nueva York:
- En 1976, McCarrick se encontraba de pesca en las Bahamas con adolescentes de algunas familias católicas cuando recibió un telegrama del cardenal Cooke instruyéndole a regresar de inmediato a Nueva York porque «estamos hospedando a un cardenal polaco y desconocemos qué idiomas habla». La visita fue del cardenal Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia y futuro Papa, acompañado por su secretario particular, Stanisław Dziwisz. El cardenal Wojtyla, quien ya era una de las figuras más conocidas de la Iglesia Católica, viajaba por Estados Unidos para asistir al Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Filadelfia durante el año del Bicentenario de Estados Unidos. Dado que McCarrick hablaba varios idiomas y que el cardenal Cooke desconocía el inglés del cardenal Wojtyla, McCarrick fue llamado de regreso de sus vacaciones para asistir al servicio del cardenal polaco durante su estancia en Nueva York (págs. 17-18).
La clave para comprender cómo Juan Pablo II impulsó la carrera clerical de Theodore McCarrick y la casi imposibilidad de interpretar los abusos de McCarrick como obra de un "depredador solitario" se encuentra en las páginas 169 a 184 del informe. La sección, titulada "Carta de McCarrick al obispo Dziwisz y la decisión del papa Juan Pablo II de trasladar a McCarrick a Washington (agosto-noviembre de 2000)".
La llamada sección XVII del informe detalla cómo Roma promovió a McCarrick de Newark a Washington D. C. en el 2000. Para entonces, McCarrick ya había tejido una amplia red de contactos con políticos de los partidos Demócrata y Republicano.
Me resulta imposible mostrar las fotos de McCarrick asistiendo a una actividad de campaña de Ronald Reagan en 1988, sentado junto al entonces presidente, como el relativamente joven arzobispo de Newark, ya que esas fotos sólo están disponibles para los suscriptores de agencias de noticias a las que no tengo acceso. Sin embargo, pueden encontrarla como la foto 18 de un conjunto de 19 imágenes disponible aquí.
Más tarde, en 1993, McCarrick asistió a una visita de los líderes de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos a la Casa Blanca durante el primer mandato de Bill Clinton, como se muestra en la hoja de contacto después de este párrafo, tomada de la Biblioteca Digital Clinton.

Así pues, cuando la sede episcopal de Washington, D. C. estaba libre, Juan Pablo II quería tener ahí un astuto operador político en esa sede, y su elección fue McCarrick. Generalmente, ocupar una sede tan importante implica consultas con el nuncio apostólico en Estados Unidos, cardenales, obispos y sacerdotes estadounidenses, y posiblemente líderes laicos.
Un elemento clave para comprender la justificación del informe es una carta de 1999 del cardenal John O'Connor, entonces en la arquidiócesis de Nueva York, al nuncio apostólico, el arzobispo colombiano Gabriel Montalvo Higuera.
O'Connor desaconsejó explícitamente el ascenso de McCarrick a Washington. El contenido de la advertencia de O'Connor, que citaba acusaciones anónimas de abuso de un menor y rumores persistentes de comportamiento inapropiado con adultos (seminaristas y sacerdotes), incluyendo el “compartir camas”,
El informe enfatiza que Juan Pablo II y su colaborador cercano, Stanislaw Dziwisz, estaban al tanto de esta información, incluyendo la firme recomendación de O'Connor contra el traslado.
Escándalo tras escándalo
Esto ocurría en un momento en que las acusaciones contra Marcial Maciel eran la comidilla de la Ciudad de México y en un momento en que el escándalo en la arquidiócesis de Boston estaba a punto de estallar. Además, Jason Berry había estado publicando su serie sobre abusos en las diócesis del estado de Luisiana desde 1985, por lo que la crisis de abusos sexuales por parte del clero en la Iglesia Católica ya estaba en su segunda década y seguía en pleno auge.
Resulta difícil creer que el Juan Pablo II desconociera los posibles problemas en torno a la idoneidad de McCarrick para el cargo en la capital de Estados Unidos. Probablemente lo quería allí por afecto personal, pero también porque McCarrick había desempeñado un papel clave en comités estadounidenses enviados a China, Kosovo y la región de Oriente Medio. Era eficaz recaudando fondos y tenía una gran habilidad para tratar con políticos, tanto republicanos como demócratas, tanto a nivel nacional como local.
Además, el informe describe cómo McCarrick conocía de primera mano la advertencia de O'Connor. Minimiza su propio interés en el ascenso que conllevaría el cardenalato, pero es evidente que quiere influir en la toma de decisiones del papa.
El informe indica que McCarrick no figuraba en la llamada terna, un grupo limitado de tres o cuatro candidatos propuestos para el cargo, ya que el nuncio Montalvo Higuera ya conocía el alcance de las acusaciones.

Finalmente, tras la carta de McCarrick al obispo Dziwisz, fechada el 6 de agosto de 2000, el papa Juan Pablo II revocó su decisión inicial y promovió a McCarrick a Washington, D.C., como sustituto de James Aloysius Hickey.
La carta de McCarrick negó vehementemente cualquier tipo de abuso e incluso llegó a negar cualquier acusación de haber mantenido relaciones sexuales con alguien, “ya fuera joven o mayor, clérigo o laico”. Presentó las acusaciones como rumores destinados a socavar su reputación y ministerio y, aún más importante, las interpretó como un intento de destruir el prestigio y la reputación de la Iglesia, como lo hicieron Maciel y muchos otros depredadores, a sabiendas de que, durante sus años en Polonia, Wojtyla enfrentó acusaciones del régimen de tendencia soviética contra sacerdotes y obispos católicos.
En la página 173, el informe incluye una nota a pie de página bastante extensa (no. 580) que detalla la interpretación de Juan Pablo II sobre las acusaciones de abuso sexual por parte del clero como parte de campañas contra los clérigos y, en última instancia, contra la Iglesia Católica. El reporte sólo está disponible en inglés e italiano. La versión en inglés está disponible en Scribd aquí y en el sitio de la Santa Sede aquí. En italiano se puede consultar aquí.
Un párrafo de dicha nota afirma: «El papa Juan Pablo II temía que las acusaciones contra los obispos fueran la mejor manera de atacar la credibilidad de la Iglesia», y recuerda que el papa solía decir: «Atacar al obispo ataca al rebaño».
El cardenal Harvey señaló que McCarrick contaba con un historial largo y aparentemente positivo al momento de las acusaciones, y que «quienes evaluaban esto estaban muy condicionados por el tipo de comportamiento que experimentaron bajo un régimen comunista».
Dios los cría y ellos se juntan
Como sucedió con Maciel y muchos otros depredadores que afirmaron ser víctimas de conspiraciones anticatólicas cada vez más numerosas, Juan Pablo II aceptó la negación de McCarrick y, a finales de noviembre de 2000, lo trasladó de Newark a Washington, D.C.
Como subraya la conclusión del informe, Roma, y más precisamente Juan Pablo II, vio en McCarrick lo que él quería ver y, utilizando los plenos poderes del pontificado, eludió todas las advertencias para promover un astuto agente político y diplomático, a pesar de que, al hacerlo, no evaluó adecuadamente la gravedad y la persistencia de las preocupaciones.
El informe describe los pasos finales que llevaron al nombramiento de McCarrick como arzobispo de Washington D.C. y su posterior elevación al cardenalato en febrero de 2001. Se presenta como una progresión habitual tras el nombramiento a una arquidiócesis importante, sin ninguna indicación de que el papa Juan Pablo II recibiera nueva información negativa durante ese periodo.

Las similitudes con el proceso de toma de decisiones seguido con Marcial Maciel en la Legión de Cristo no deberían sorprender. Tampoco debería sorprender el apoyo que otros depredadores, como Fernando Karadima, de la parroquia del Sagrado Corazón de Santiago de Chile, y Carlos Miguel Buela, del Instituto del Verbo Encarnado, recibieron del cardenal secretario de Estado de Juan Pablo II, Angelo Sodano, quien estuvo más que dispuesto a facilitar el razonamiento erróneo de Juan Pablo II en los casos de McCarrick y Maciel, ya que le permitieron hacer lo mismo con sus propios depredadores protegidos procedentes de Chile y Argentina.
Cabe destacar, a este respecto, que en los archivos PDF sobre McCarrick disponibles en las Bibliotecas Digitales Clinton, se incluye un perfil del propio McCarrick, desde los inicios de internet hasta su etapa como director de la Arquidiócesis de Newark (véase la pág. 3 del PDF en el recuadro inferior, contenido disponible sólo en inglés).
Como solía hacer Marcial Maciel con las vocaciones en la Legión de Cristo, las ceremonias de ordenaciones masivas, ya sea en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en Ciudad de México o, posteriormente, en la Basílica de San Pedro en Roma, McCarrick afirmó haber ordenado «más sacerdotes en los últimos 13 años que cualquier otro obispo en Estados Unidos».
Esa fue también una de las excusas utilizadas por los responsables de la Arquidiócesis de Santiago de Chile para desestimar las numerosas acusaciones contra Fernando Karadima, durante muchos años párroco de la parroquia del Sagrado Corazón y director de la ahora extinta Unión Pía Sacerdotal, un semillero de vocaciones sacerdotales, independientemente de cómo surgieran.
También fue la excusa utilizada por Carlos Miguel Buela para justificar los abusos, tanto sexuales como de otro tipo, tanto en el Instituto del Verbo Encarnado como en el siempre conflictivo seminario de la diócesis de San Rafael, Argentina.
A debate
A pesar de todas sus limitaciones, el caso de McCarrick es el único para el cual existe un relato oficial de la Iglesia Católica que explica cómo el abuso es un asunto institucional, y no la obra de un depredador solitario, capaz de engañar a la estructura de la institución más antigua del mundo occidental, como se autodefinen los obispos católicos cuando quieren recordar al mundo la relevancia de ellos y de su organización.
No está claro por qué tenemos un relato institucional de su caso, en comparación con los muchos otros casos donde el silencio ha sido la norma.
El caso ganó relevancia, lo que llevó a la publicación del informe específico, dados los efectos acumulativos de los escándalos al momento de su publicación (noviembre de 2020), pocos meses después de la publicación de la investigación del Gran Jurado sobre abusos sexuales del clero en la mayoría de las diócesis católicas de Pensilvania (2018), e informes similares emitidos en los últimos años en el estado de Illinois (2023), además de las ventanas retrospectivas para reportar casos en los estados de California y Nueva York, era realmente necesario proteger al papa reinante y, en última instancia, a la Iglesia Católica en su conjunto de las posibles implicaciones.

Más cuando se considera que la extrema derecha católica estadounidense ha utilizado, hasta la muerte del depredador, este caso para presentar a McCarrick como alineado de alguna manera con la agenda del papa Francisco en temas sociales.
Las similitudes existen, pero era un poco mayor que el papa argentino. Ambos se convirtieron en cardenales el mismo día, durante el consistorio del 21 de enero de 2001. Sus carreras son similares pero más allá de sus interacciones en Roma y en algunas reuniones continentales durante el llamado Sínodo de América, hay poco o ningún registro de grandes coincidencias.
McCarrick se jubiló en 2006 de la arquidiócesis de Washington, D.C., y no pudo participar en el Cónclave de 2013, pues ya tenía más de 80 años cuando Benedicto XVI renunció al cargo.
En ese sentido, las numerosas teorías conspirativas que lo sitúan como arquitecto de la elección de Bergoglio favorecen el negocio de la publicidad engañosa de la extrema derecha católica estadounidense, siempre ebria de teorías conspirativas de todo tipo, pero hay poca evidencia al respecto.
De hecho, lo que se sabe sobre la relación de Bergoglio con el Instituto del Verbo Encarnado de Argentina es que él y todos los obispos de la Conferencia Episcopal Argentina (excepto uno) solicitaron la supresión de la orden de Carlos Miguel Buela. Ello se contrapone al apoyo de McCarrick a Buela.

Las páginas 200-1 del informe relatan cómo McCarrick estuvo más que dispuesto a apoyar la orden de Buela, incluso a viajar a Argentina para ordenar a miembros de dicha orden.
El único obispo argentino que apoyó la orden de Buela es arzobispo emérito de La Plata, Héctor Rubén Aguer. En entregas anteriores de esta serie se han analizado algunos detalles de ese caso, como lo demuestra la historia enlazada a continuación.
El Informe McCarrick arroja luz sobre el conocimiento y el proceso de toma de decisiones del Papa Juan Pablo II en relación con los avances profesionales de Theodore McCarrick, en particular sus nombramientos como arzobispo de Washington D.C. y cardenal.
Advertencias del informe
El informe indica que el papa Juan Pablo II conocía, al menos, la información y las advertencias sobre el comportamiento inapropiado de McCarrick con adultos, en particular seminaristas y sacerdotes. Sin embargo, en la decisión final del papa polaco, las negaciones de McCarrick influyeron, al igual que un contexto más amplio de sospecha hacia las acusaciones contra el clero, que subyace a la actitud de Juan Pablo II, similar en todos los aspectos, hacia las acusaciones contra Marcial Maciel.
El papa Juan Pablo II nombró a McCarrick obispo de Metuchen en 1981 y arzobispo de Newark en 1986. El informe sugiere que estos nombramientos se basaron en la experiencia, las habilidades y los logros percibidos de McCarrick en ese momento.
Roma y los clérigos de alto rango en Estados Unidos solían percibirlo como alguien capaz. Logró ganar las elecciones internas de la conferencia episcopal para asumir puestos de liderazgo. El grado de negatividad de los informes de antecedentes sobre él de la década de 1970 en Nueva York también es tema de debate, pero parecen eximirlo de información sobre su conducta moral.
Sin embargo, a mediados de la década de 1990, comenzaron a surgir preocupaciones sobre el comportamiento de McCarrick hacia seminaristas y sacerdotes de la diócesis de Newark.
El cardenal John O'Connor de Nueva York realizó una evaluación informal antes de la visita del papa Juan Pablo II a Newark en 1995. Si bien O'Connor transmitió algunas de estas preocupaciones en una carta de 1999 al nuncio apostólico Montalvo Higuera, que posteriormente se compartió con el papa Juan Pablo II, quien finalmente concluyó que no había ningún impedimento para la visita papal.

La decisión de nombrar a McCarrick como titular de la arquidiócesis de Washington D.C. en noviembre de 2000 es el eje central del análisis del informe sobre la participación del papa Juan Pablo II. El informe revela que el papa Juan Pablo II inicialmente se opuso a este nombramiento debido a la información que había recibido sobre la conducta de McCarrick con adultos. Sin embargo, finalmente revirtió esta decisión.
Varios factores clave contribuyeron a este cambio: el cardenal O'Connor envió una carta en octubre de 1999 expresamente contra el ascenso de McCarrick a Washington, citando acusaciones anónimas de abuso de un menor y rumores de comportamiento inapropiado con adultos, incluyendo compartir camas con seminaristas. El papa Juan Pablo II conocía esta carta y McCarrick pudo saber que el pontífice recibió la carta de O'Connor.
Juan Pablo II encargó una investigación secreta sobre las acusaciones contra McCarrick, al pedir a tres obispos estadounidenses recabar información. El informe concluye que la información proporcionada por estos obispos era incompleta y, en algunos casos, inexacta, minimizando la gravedad de las preocupaciones, pero no hubo consecuencias prácticas de ningún tipo ni para los involucrados ni para la institución.
Fallas institucionales
Un punto de inflexión crucial fue una carta manuscrita de McCarrick al entonces obispo y durante mucho tiempo secretario personal de Juan Pablo II, Stanislaw Dziwisz, fechada el 6 de agosto de 2000. En esta carta, McCarrick negó vehementemente todas las acusaciones de relaciones sexuales con cualquier persona, joven o mayor, clérigo o laico.
En este sentido, el Informe McCarrick revela que el papa Juan Pablo II conocía las preocupaciones y acusaciones sobre el comportamiento inapropiado de McCarrick con adultos antes de nombrarlo arzobispo de Washington. Sin embargo, procedió con el nombramiento. El informe subraya una falla en el proceso de investigación y la dependencia de las garantías de los acusados, lo que pone de relieve un importante error de juicio en las más altas esferas de la Iglesia, reacias a creer a las víctimas y más preocupadas por perpetuar la idea de la “Iglesia como mártir”.
De este modo, las decisiones de Juan Pablo II permitieron a McCarrick seguir ascendiendo en la estructura de poder de la Iglesia Católica, donde continuaría perpetrando daños, a la vez que perpetuaba los numerosos ciclos de complicidad compartida, ya que es evidente que alguien en las profundidades de la curia de Juan Pablo II, alguien con acceso a las comunicaciones más reservadas enviadas al papa, advirtió a McCarrick sobre la carta de O'Connor.
La posibilidad de investigaciones de gran alcance, que lleguen hasta Roma, sigue vigente. Si no se han llevado a cabo en Estados Unidos o en algún otro país con el uso de las leyes para perseguir a organizaciones criminales es probablemente consecuencia de los posibles efectos políticos de tales investigaciones a gran escala.

Pero además, el problema es que las autoridades tendrían que investigarse a sí mismas. A pesar de ser exhaustivo el Informe McCarrick, carece de una explicación significativa de por qué fue sólo 30 o 40 años después, después de que muchos otros casos habían acaparado titulares en los medios de comunicación nacionales y locales de Estados Unidos, que las víctimas de McCarrick pudieron presentarse.
¿Qué les impidió durante tantos años contar su historia? ¿Qué mecanismos formales o informales se usaron para silenciarlos o, al menos, para convencerlos de que no valía la pena perseguir a una figura clave de la Iglesia Católica en Estados Unidos? ¿Fueron semejantes a los que existieron en México para proteger a Maciel? ¿Parecidos a los que se usaron en Chile para proteger a Karadima?
La actitud general de los departamentos de policía, las fiscalías estatales y otras autoridades civiles en los estados de Nueva York y Nueva Jersey también es un tema abierto a debate.
Llamado a testigos
Basta con observar lo que está sucediendo estos días en la escuela católica de Nuestra Señora de Bétharram, en Pau, Francia, para reconocer los riesgos potenciales, multinacionales, quizás incluso globales, para la Iglesia Católica de una investigación allí y en otros lugares donde se han registrado abusos a gran escala, tanto sexuales como de otro tipo.
La posibilidad ya existe. Como se ha demostrado en entregas anteriores de esta serie, los betharramitas, la orden que está detrás de la escuela de Pau, son propietarios de varias escuelas en Sudamérica y otras partes del mundo. El 2 de abril, los sobrevivientes de abusos sexuales por parte del clero hicieron un llamado internacional formal a testigos.
Su declaración reconoce que, “tras las revelaciones condenatorias de abusos físicos y sexuales en el colegio Nuestra Señora de Bétharram en Francia, con 152 denuncias presentadas y una investigación judicial en curso, sospechamos que estos abusos no se limitaron a Francia, sino que podrían haberse extendido a otros países donde opera la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús de Bétharram”.
Para ellos, su caso “revela décadas de violencia cometida por miembros de la congregación y supervisores dentro de una institución educativa destinada a proteger a los niños. Los incidentes, que abarcan desde la década de 1950 hasta la de 2010, incluyen agresiones físicas, abusos sexuales y maltrato institucionalizado”.
Recuerdan a las posibles víctimas que viven en otros países que “un exsupervisor del colegio ya ha sido acusado. Por primera vez, un caso de esta magnitud implica al Estado, a una congregación religiosa, a la Iglesia y a las víctimas”.
También reconocen la naturaleza global de la orden que respalda a Bétharram: «como sociedad misionera desde sus inicios, la congregación de Bétharram ha estado o está presente en múltiples países, como Argentina, Brasil, República Centroafricana, Francia, Gran Bretaña, India, Israel, Argelia, Uruguay, Italia, Costa de Marfil, Jordania, Palestina, España, Tailandia, Paraguay, Marruecos y Vietnam, entre otros».
Invitan a los sobrevivientes y a sus familiares de las escuelas propiedad de Bétharram a “dar un paso al frente. Su testimonio, incluso sobre hechos del pasado, es crucial para revelar la magnitud de este escándalo y lograr justicia. El sufrimiento no prescribe. Es hora de romper el silencio.
“Garantizamos un espacio de escucha compasivo y confidencial para quien desee compartir su experiencia.
“Pueden contactarnos a través del correo electrónico dedicado: [email protected]”.
Recuerdan que “las víctimas extranjeras de sacerdotes franceses pueden acceder a mecanismos de reconocimiento y reparación económica. El Colectivo Bétharram se compromete a apoyar a las víctimas, incluyendo asistencia legal.
Las víctimas de países hispanohablantes también pueden contactar con la Red Argentina de Sobrevivientes de Abuso del Clero disponibles en su grupo de Facebook aquí.
Los nombres de algunos de los colegios que Bétharram posee en Argentina aparecen en la imagen después de este párrafo.

La muerte de McCarrick, al igual que las de otros depredadores notorios, sirve como recordatorio de que la responsabilidad individual, aunque tardía, es insuficiente. La lección perdurable de su caso, amplificada por el propio informe que lo aborda, reside en la exposición de las fallas institucionales en todos los niveles.
