Trump extiende su influencia en toda América Latina
Si cae Brasil, solo quedarán México, Guatemala y Uruguay con gobiernos de izquierda en todo el continente.

Javier Biosca Azcoiti

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En América Latina, la derecha y la ultraderecha han ganado terreno mientras Washington interviene de forma cada vez más abierta en procesos electorales.

Por Javier Biosca Azcoiti

El ultraderechista Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente condenado por golpismo, ha ganado la primera vuelta de las elecciones en Brasil. Si el clan Bolsonaro consolida su victoria en la segunda vuelta del 25 de octubre, prácticamente toda América Latina quedará en manos de la derecha y ultraderecha, que ha teñido todo el continente de color naranja Trump.

“Trump ha dejado de tratar las elecciones extranjeras como asuntos exclusivamente internos de otros países”, escribía este lunes el politólogo Daniel Zovatto, exdirector regional para América Latina y el Caribe en el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral.

La injerencia electoral de Trump en el continente se produce a pecho descubierto y se anuncia negro sobre blanco en su Estrategia de Seguridad Nacional con el corolario Trump a la Doctrina Monroe de 1823. Del “América para los americanos” del siglo XIX al América para EEUU. Por no mencionar el protectorado establecido en Venezuela tras el secuestro de Nicolás Maduro.

En Brasil, además de los encuentros con los Bolsonaro y el apoyo explícito al candidato ultra, Trump impuso aranceles para tratar de condicionar a los jueces y forzar la absolución de Jair Bolsonaro por golpismo. Tras su reunión con Flávio en mayo, Trump declaró organizaciones terroristas a dos grupos criminales de Brasil, permitiendo al líder ultra presumir de su influencia y mostrarse como un político duro contra el crimen. Como respuesta, a finales de julio, Brasil rechazó el visado a dos miembros del Departamento de Estado, acusándolos de intentar interferir en las elecciones. “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”, proclamó el presidente Lula, progresista, en su reciente discurso en la Asamblea General de la ONU. Si gana Flávio, Brasil no solo cabrá en el patio trasero de EEUU, sino que lo hará en el bolsillo de Trump.

En Argentina, el presidente condicionó un rescate económico millonario a la victoria de Milei en las legislativas. En Honduras, por su parte, mostró su apoy a uno de los candidatos, indultó al expresidente Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico, y sugirió que la ayuda al país dependería del resultado electoral. En Colombia, Trump expresó su “apoyo completo y total” al ultra Abelardo de la Espriella. En el caso chileno, Trump presumió y se apropió del triunfo del ultra José Antonio Kast. “Me encanta cuando le doy apoyo a alguien… ¡y no pierde! Es un honor tener ese poder, incluso en países extranjeros. Lo hago porque pienso que eres bueno”, le dijo Trump a Kast tras su victoria. “¿Hay alguna forma en la que me puedan pagar por esto?”, añadió bromeando.

Desde que Trump llegó al poder, América Latina ha vivido varias elecciones generales y presidenciales, empezando por Ecuador, en la que el derechista Noboa se hizo con el poder —Trump le recibió en su mansión de Mar a Lago unos días antes de la segunda vuelta electoral—. Le siguió Bolivia, con el fin del reinado del MAS (Movimiento al Socialismo) y la victoria del conservador Rodrigo Paz. Después Chile y Honduras, con las victorias de los candidatos apoyados por Trump. Tras el triunfo conservador en Costa Rica llegó el turno de Perú —donde ganó la derechista Keiko Fujimori, que también trató de mostrarse próxima al líder estadounidense—, Colombia —con el ultra Abelardo de la Espriella— y ahora, Brasil.

No todo el giro conservador se explica por la injerencia de Washington en los procesos electorales, pero su influencia es evidente. De la derecha a la extrema derecha, todos quieren ganarse el favor del presidente estadounidense mientras visten sus discursos de nacionalismo y soberanía. Todas las elecciones de 2025 y 2026 excepto Guyana —que opera bajo dinámicas diferentes a las del resto de la región— las ha ganado la derecha. A ello se suman los que ya estaban en el poder antes de la llegada de Trump, como Milei en Argentina o Bukele en El Salvador, también inspirados por el color naranja trumpista.

Si principios de 2023 fue el pico de la ola progresista en el continente, con las seis principales economías (México, Colombia, Chile, Argentina, Perú y Brasil) y prácticamente el resto de países gobernados por la izquierda o centroizquierda, el mapa actual es una mancha naranja total. Si quitamos Brasil de la ecuación, trinchera decisiva del bloque progresista, solo quedarían México, Guatemala y Uruguay. Sin contar, por supuesto, a la izquierda autoritaria de Cuba y Nicaragua ni a Guyana, Surinam y Belice.

La influencia de Trump en la extrema derecha latinoamericana y la caída de prácticamente todo un continente a sus pies —si Bolsonaro gana la segunda vuelta— es una clara señal de alarma para Europa, que se enfrenta en los próximos meses a un importante ciclo electoral, empezando por España y seguido de otros países clave como Francia, Italia y Polonia. En todas ellas, el ascenso de la extrema derecha jugará un papel fundamental.

El apoyo a los “partidos patrióticos europeos”

Si bien la aproximación a Europa no es la misma que en América Latina, Trump también tiene algo que decir: “La creciente influencia de los partidos patrióticos europeos es motivo de gran optimismo. Nuestra política general para Europa debería priorizar fomentar la resistencia a la trayectoria actual dentro de las naciones europeas”. “El declive económico de Europa se ve eclipsado por la perspectiva real y más cruda de la desaparición de la civilización. Entre los problemas más graves se encuentran las actividades de la Unión Europea y otros organismos transnacionales que socavan la libertad política y la soberanía, las políticas migratorias que están transformando el continente y creando conflictos, la censura de la libertad de expresión y la represión de la oposición política, el desplome de las tasas de natalidad y la pérdida de las identidades nacionales y la confianza en sí mismas”, escribía la Administración Trump en su Estrategia de Seguridad Nacional de este año.

En junio, el Departamento de Estado ofreció becas y financiación de hasta tres millones de dólares para organizaciones y sociedad civil en Europa alineadas con el trumpismo. “[Para grupos que aborden] la migración, la soberanía nacional, la censura y desafíos de lawfare alineados con la filosofía política, legislación y nuestro legado civilizacional occidental común”. El canciller alemán, Friedrich Merz, en una posición de extrema vulnerabilidad ante los fuertes reveses y el ascenso de la ultraderecha en las elecciones regionales, lo dejó claro: “Nosotros no interferimos en las elecciones estadounidenses y no quiero que el gobierno estadounidense ni las instituciones cercanas a él interfieran en las elecciones alemanas”.

El punto de inflexión en la relación de EEUU con Europa fue el famoso discurso del vicepresidente, JD Vance, en la Conferencia de Seguridad de Múnich de febrero de 2025. Vance atacó a sus viejos aliados, se reunió con la líder de AfD, la extrema derecha alemana, y dejó claro que EEUU iba a tratar Europa como un campo de batalla en su guerra contra el liberalismo.

Pese a las contradicciones evidentes en la relación entre la extrema derecha europea y Donald Trump, el presidente de EEUU se ha convertido en el líder y gran referente de la internacional reaccionaria. Trump explota las divisiones y alimenta un ejército político de ultraderecha que articula su discurso sobre el nacionalismo y la soberanía, pero al que quiere convertir en vasallo.

Fuente: elDiario.es

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