Antonio Rosales Domingo, 19 de Abril del 2026, 00:12
En ese escenario, los “locos” no solo desafían el consenso: exhiben sus grietas y pagan el precio de decir lo que otros prefieren callar.
Por Antonio Rosales
«No es posible despertar a la consciencia sin dolor. La gente es capaz de hacer cualquier cosa, por absurda que sea, para evitar enfrentarse a su propia alma. Nadie se ilumina imaginando figuras de luz, sino por hacer consciente la oscuridad».
Carl Jung
Generalmente, uno se acerca a las mal llamadas “teorías de conspiración” cuando su sistema de creencias colapsa, derrumbándose por entero —ya sea rápido y de golpe, o tras un desgastante y largo proceso— y, entre el estupor y el trauma, no encuentra otros asideros intelectuales con los cuales aprehender la caótica y esquizoide realidad global que habitamos.
Podría afirmarse que, sin una profunda crisis, uno no podría considerar la posibilidad de que nos han hecho pervivir en una mentira, en un holograma programado por todas esas series, películas, noticiarios, canciones, documentales, programas educativos en escuelas públicas y privadas e incluso libros de supuestos historiadores, novelistas, psicólogos, politólogos, economistas o periodistas, financiados por toda esa maraña de think tanks, empresas, medios de comunicación, ONGs e instituciones adoctrinativas (perdón, “educativas”), que no son más que variopintas y edulcoradas fachadas de las mismas agencias de inteligencia del imperialismo, que han controlado el pensamiento de las masas y el curso de la historia del mundo con una perfección y detalle que Goebbels, Bernays y Maquiavelo admirarían por los terribles alcances de los actuales oligarcas globales, que se creen dueños del mundo. Además, si a esto le sumamos los diferentes métodos de manipulación de los algoritmos y las tendencias, el control escala a niveles inimaginables.
No es sencillo admitir, entender e investigar sobre cuántas gigantescas mentiras, añejos espejismos, medias verdades, ilusiones hiperefímeras y manipulaciones descaradas cimentan lo que habitualmente llamamos “realidad”, y cuánto de esa montaña de basura nos ha alimentado toda la vida a través de la historia oficialista, bestsellers, mass media, religiones, políticos, sistema educativo, el sistema médico, el sistema económico, la industria publicitaria, la industria alimentaria, la industria armamentística, el clima y el medio ambiente, la sexualidad, la tecnología, la psicología, la psiquiatría, el sistema bancario y monetario, etcétera.
Una vez que se despierta, no se puede parar, pese a que puede ser difícil resistir la caída de algunos (o todos los) paradigmas y certezas que han determinado las decisiones más triviales, pero también las más cruciales, de nuestras vidas. El derrumbe suele ir acompañado de otra demolición intangible pero irreversible: el fin de nuestra admiración, romantización e/o idealización por ciertas figuras públicas (entiéndase: políticos, intelectuales, periodistas, farándula, supuestos activistas, presuntos filántropos, figuras religiosas, personajes históricos, etcétera), proceso que puede cambiarnos aún más que ver cimbrados nuestros antiguos paradigmas.
El velo de los fanatismos pueriles se desgarra hasta romperse por completo y el ver a nuestros otrora ídolos con sus pies de barro y cieno, a veces —en ocasiones incluso cubiertos de sangre—, nos lleva en un primer momento a una descorazonadora incertidumbre que puede hundirnos en la más profunda de las tristezas e incluso en la más avasalladora locura; pero, si resistimos el golpe con resiliencia y equilibrio, posteriormente la vida nos regala una mayor confianza en nosotros mismos y una suspicacia hacia toda figura de autoridad que, en los tiempos que corren de psicópatas encumbrados por doquier, no solo es sana, sino necesaria y urgente para sobrevivir a los múltiples, simultáneos y encubiertos procesos globales de eugenesia y genocidio que se ejecutan a diario y sin descanso gracias a nuestro miedo, indefensión aprendida, indiferencia o ignorancia.
En ocasiones, quienes comienzan a despertar deciden detenerse conscientemente, cerrar los ojos y continuar transitando sus existencias desde la inocente inopia cognitiva en la que vivían antes, y en la que suelen vivir las mayorías. Es entendible y no se puede juzgar a quien decide seguir viviendo sin ver: no solo es doloroso emocional y psicológicamente, sino que es laborioso y toma tiempo procesarlo e integrar mentalmente (aprender, desaprender y reaprender) lo que se va descubriendo y comprendiendo al comenzar este incierto camino.
Además, hay que añadir un factor que es amargo en términos emocionales: el despertar suele conllevar el convertirse —o ser etiquetado como tal— en el patito feo o la oveja negra de la familia, la escuela, el trabajo, el vecindario, el grupo de “amigos” y de los diferentes grupos a los que uno pertenece. Y, si no se ha experimentado antes, por insignificante que parezca, puede ser una dura experiencia, pues, de repente, si no conoce más “despiertos” en su entorno, puede sentirse completamente solo, incomprendido y rechazado por quienes le rodean e incluso por quienes más ama y le aman (o le amaban).
¿Y quién quiere ser el tío, primo, hijo o padre loco de la familia? ¿Quién quiere ser el compañero “loco” de la oficina o de la escuela, quién el vecino “antisistema” que los demás no entienden y con el que ya no quieren relacionarse? ¿Quién quiere estar despierto, si sabe que el estarlo (o manifestar abiertamente que se está) es poco menos que declararse esquizofrénico, demente, lunático, psicópata, sociópata, traumado, paranoico, psicótico, raro, excéntrico o imbécil, en una sociedad cuyas perspectivas suelen reducirse a lo que tragan del sistema que han creado los mismos que nos oprimen y se benefician de la limitada visión de las mayorías? ¿Cómo y de dónde se saca el valor para ser diferente, pensar diferente, sentir diferente y tener la valentía de expresarlo abiertamente, cuando el miedo es el eje rector de este mundo plastificado, sanitizado, grafenado y domesticado?
Pero, si se está realmente comprometido con la verdad, el valor nace —o se encuentra— tarde o temprano, y uno aprende a bendecir la agridulce y rara bendición de poder vivir con los ojos completamente abiertos, sin importar que muchas veces parezca más cómodo vivir sin ver, ni saber ni entender más allá de lo muy poco y mal que el sistema quiere que comprendamos.
A lo largo de la historia de la humanidad hay cosas que siempre se repiten: lecciones que el ser humano no aprende, por más que el tiempo intente enseñarlas. Una de ellas es el rechazo, la exclusión e incluso el abierto intento de exterminio de todo lo diferente o lo “disidente”. Es una situación universal: a ningún grupo de poder le conviene que nada que amenace el estado de las cosas adquiera poder, relevancia, legitimidad y se masifique.
Por eso la ridiculización, la caricaturización de estos temas, el estereotipo del “conspiranoico” delirante y con gorrito de aluminio, como si la cordura fuera un monopolio de quienes siempre creen en el sistema. Por eso la propagación, creación y difusión de desinformación o medias verdades que confundan o hagan perder credibilidad. Por eso intentan reducir —y muchas veces lo consiguen— el impacto de todo aquello que pueda lograr que el resto de la gente considere como una posibilidad real el hecho de que las cosas pueden ser mejores, comience a pensar en otros mundos posibles y pueda organizarse para intentar rebelarse y cambiar completamente las cosas.
Por eso le hacen shadow banning a todo el material que vaya en contra de los relatos oficiales que nos imponen a diario. Por eso clonan, hackean y eliminan cuentas en redes sociales de aquellos a quienes consideran “rebeldes”, “subversivos” o conspiranoicos. Por eso eliminan, por decenas, centenas o millares, videos, textos, páginas de internet, libros. Por eso han invertido dinero y tecnología en esos falsamente benevolentes aparatos de propaganda y censura llamados “verificadores” o “fact checkers”, que, si bien en un primer momento a cualquiera inocentemente podría parecerle una buena idea (que nos digan claramente qué es verdad y qué es mentira, ahorrándonos el tiempo y trabajo de investigar por nosotros mismos cada información que nos llega), en realidad son otra de las muchas herramientas que utiliza el sistema para imponer el relato en turno, aun cuando para ello ellos mismos tengan que falsear, distorsionar y manipular la información que supuestamente están “aclarando” y “desmintiendo”.
Si todo eso no sirve, entonces recurren a difamar, ridiculizar, calumniar o caricaturizar a los disidentes. No importa lo que tengan que emplear para ello: cuentas bots automatizadas, programadas para atacar masivamente aquello que se quiere acallar; influencers, youtubers, seudoperiodistas y “celebridades” más cercanas a la farándula y a la estridencia que al rigor y a la inteligencia, que poco aportan en términos cognitivos, pero que cuentan con grandes redes de seguidores (reales o ficticios) que les ayudan a hacer el suficiente ruido y a destruir, sin piedad, lo que vaya en contra del sistema; espionaje cibernético, telefónico y presencial; infiltración; trabajo de inteligencia y contrainteligencia; amenazas, insultos… Y, cuando ni todo eso ha servido para atemorizar y callar a los disidentes, ni para neutralizar su impacto y popularidad, entonces viene el asesinato o las tentativas de ello.
Dicen que el mal no avanzaría y ganaría tan fácil si no tuviera toda suerte de cómplices, siervos, socios y colaboracionistas entre quienes se creen “buenos”, y es cierto. Es verdad que muchos de los que hacen el trabajo sucio a las élites lo hacen de forma más o menos consciente, poniéndose precio a sí mismos por unas cuantas o muchas monedas (tal como hizo Judas cuando traicionó a Jesucristo), sin ninguna clase de escrúpulos, conciencia ni mayor visión que la de sus deseos más mundanos, inmediatos y egoístas. Ese tipo de víboras, alacranes y oportunistas abundan.
Sin embargo, la plaga más común de cómplices y colaboracionistas es la de aquellos que, sin recibir paga alguna ni ninguna otra clase de compensación, buscan destruir al “loco disidente y conspiranoico”, creyendo que hacen un bien a los demás o incluso al “pobrecito loco” del conspiranoico en turno, corrigiendo, censurando o intentando reconducir al buen camino de los seres bien pensantes que no se cuestionan nada de lo que existe en este mundo. No es que haya en sí una maldad intencionada y premeditada, ni que se trate de personas de alma oscura que están de acuerdo con las élites perversas que gobiernan este mundo.
De hecho, suele tratarse de gente excesivamente bien intencionada, que auténticamente no soporta que alguien ponga en duda su sistema de creencias, porque, si dieran crédito a las “teorías de conspiración”, se activarían sus peores miedos y no podrían soportarlo. Su mundo, su personalidad, todo lo que conocen, se derrumbaría, y sienten que no serían capaces de construir un nuevo mundo de creencias. ¿Qué pasaría si, igual que el conspiranoico, se atrevieran a dudar de lo que oyen a través de los medios de comunicación todos los días? ¿Qué podrían encontrar si se atreven a indagar más allá de lo aparente? ¿Acaso acabarían “locos” como los “conspiranoicos” y, en consecuencia, padeciendo el mismo rechazo social y las burlas que ellos? ¡No! Primero morir que eso. Luego entonces, aquellos creyentes de los relatos oficiales que más temen al rechazo grupal son quienes suelen militar las causas de las élites con mucho mayor apasionamiento que cualquiera, incluso si ni siquiera están realmente convencidos de que los mass media les están diciendo la verdad.
No se trata de que sean cultural o académicamente ignorantes o desinformados (de hecho, muchas veces tienen maestrías, diplomados y doctorados), ni de que estén luchando por sus convicciones (convicciones que muchas veces no tienen, y menos propias), ni mucho menos de que estén defendiendo a las élites, de las que ni siquiera son plenamente conscientes del enorme poder que ejercen (ni acaso de su organización, estructura y existencia): están luchando porque esa avalancha de miedos e inseguridades no se les venga encima si el conspiranoico logra probar la falsedad o manipulación de algunas o todas las cosas que han creído durante toda su vida. Están luchando por sostener su precaria paz y estabilidad mental y emocional, que tristemente depende completamente de las creencias que les ha implantado el sistema, mucho antes de que pudieran desarrollar “anticuerpos” y “defensas” de escepticismo y pensamiento crítico que les permitan observar con mayor desapego lo que les dicen en los medios todos los días y lo que se les ha dicho toda la vida. Tienen miedo de pensar diferente y, si bien el miedo es normal y sano en su justa medida, acaba volviéndose contra ellos, haciéndolos cerrar su mente con gran desesperación, ansiedad e irse iracundos contra el “conspiranoico” que amenaza con exponer las grietas y fisuras de ese sistema de creencias, sin el cual el ciudadano promedio se siente desnudo, desarmado y no se atreve a existir. El deseo y sentido de pertenencia a un grupo (o a varios grupos) es instintivo y no siempre es necesariamente nocivo. A veces, incluso en contra de su propio beneficio, la gran mayoría de las personas se niega a renunciar a la seguridad y el confort que brinda el pertenecer.
Quizás habría que recordar que los extremos son malos, que confiar completamente y a ciegas en el sistema puede ser tan dañino como desconfiar las veinticuatro horas y a cada minuto de todo lo que sucede. La confianza absoluta, ciega y dócil puede convertirnos en ovejas listas para acudir al matadero, pero dejarnos dominar por una desconfianza permanente y ansiosa termina por quebrar hasta sus cimientos la salud mental de cualquiera. Y eso es un lujo que no nos podemos permitir, en especial cuando, justamente, en ocasiones el sistema también se las ingenia para alimentarse de ese miedo y usarlo a su favor. Difícil, pero no imposible, lograr el equilibrio: ver, dudar, cuestionar, pero sin permitir que se aprovechen de las emociones que nos genera la putrefacción del sistema.
Del mismo modo que creer en el sistema no te hace mejor persona, tampoco te hace peor. Asimismo, si bien tiene mucho de heroico atreverse a investigar y pensar diferente en un mundo que premia la conformidad, ser conspiranoico tampoco hace mejor o peor a la persona, pues es cierto que los prejuicios y el sesgo de confirmación terminan nublando el pensamiento, y por eso resulta importante cuestionarnos a nosotros mismos, incluso cuando ya nos creamos completamente “despiertos”.
Por eso, independientemente de si usted cree —parcial o completamente— en el sistema o si se siente parte de lo que llamamos “conspiranoia”, le invito a reivindicar el valor de la duda, el cuestionamiento, el pensamiento libre y el sano escepticismo. Sin la duda como hábito y necesario ejercicio cotidiano, jamás habrían existido las mejores obras de arte, los descubrimientos científicos más revolucionarios, las investigaciones periodísticas más arriesgadas, las exploraciones filosóficas que más han enriquecido al pensamiento humano. ¿Hasta qué punto es sano dudar y hasta qué punto es necesario creer? Eso solo nos lo dictarán nuestras experiencias y conciencia. Pero jamás podrá saberlo por sí mismo mientras no se atreva a salir de la caverna del mito de Platón y encontrar no solo la verdad sobre el mundo, sino, principalmente, la verdad sobre sí mismo.