La guerra invisible contra las democracias

Bernardo Méndez Lugo

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La guerra de información ha convertido las redes sociales y plataformas digitales en un nuevo terreno de disputa geopolítica.

Por Bernardo Méndez Lugo

Ciudad de México.- A lo largo de mi experiencia en el ámbito diplomático, he podido comprobar que las relaciones internacionales no se desarrollan únicamente en las cancillerías, las mesas de negociación o los organismos multilaterales.

También se libran en un territorio menos visible, pero cada vez más decisivo: el de las percepciones, las narrativas y la opinión pública. Hoy, ese espacio se encuentra profundamente transformado por las redes sociales y las plataformas digitales.

La intervención rusa en el debate político de Suiza y la experiencia británica alrededor del Brexit ofrecen dos ejemplos que merecen especial atención. Ambos muestran que la guerra de información contemporánea no necesariamente pretende convencer a una sociedad de votar en un determinado sentido.

Su objetivo puede ser más profundo y, por ello, más peligroso: sembrar dudas, exacerbar divisiones y erosionar gradualmente la confianza en las instituciones democráticas.

El caso suizo resulta particularmente ilustrativo. Durante la campaña sobre la iniciativa de neutralidad, las autoridades detectaron operaciones coordinadas y encubiertas de desinformación atribuidas a actores extranjeros.

Paralelamente, el medio estatal ruso RT intervino abiertamente en el debate interno mediante contenidos que amplificaban posiciones contrapuestas.

Uno de los episodios más reveladores fue la publicación de artículos contradictorios sobre una misma cuestión. RT llegó a presentar posiciones opuestas, incluso vinculadas a la misma persona.

Más que buscar una victoria argumentativa, la operación parecía destinada a introducir confusión y colocar a un medio extranjero en el centro de la conversación política suiza.

Desde una perspectiva diplomática, este fenómeno modifica la naturaleza tradicional de la injerencia. Ya no siempre es necesario intervenir directamente en una elección. Basta con influir sobre el entorno informativo en el que los ciudadanos forman sus opiniones.

La intervención de Maria Zajárova, portavoz de la cancillería rusa, añadió otra dimensión. Moscú cuestionó la neutralidad suiza y recurrió a episodios controvertidos de la historia europea, incluida la relación de Suiza con la Alemania nazi y el papel del oro durante la Segunda Guerra Mundial.

La utilización política de la memoria histórica no es nueva; lo novedoso es la velocidad y el alcance con que estas narrativas pueden circular en el ecosistema digital.

El Brexit ofrece una segunda enseñanza. Las divisiones que atravesaban a la sociedad británica eran reales: soberanía, inmigración, identidad nacional, desigualdad y relación con Europa. Rusia no necesitó inventarlas.

Una operación de influencia puede simplemente identificarlas y amplificarlas, como quien agrega combustible a un fuego que ya existe.

Esta experiencia debería hacernos reflexionar seriamente en América Latina. Nuestras sociedades mantienen discusiones legítimas sobre democracia, desigualdad, seguridad, migración, soberanía y modelos de desarrollo.

Precisamente por ello, debemos evitar dos errores igualmente peligrosos: subestimar la desinformación extranjera o utilizar la acusación de injerencia para descalificar cualquier crítica legítima.

México y América Latina necesitan fortalecer su resiliencia democrática sin sacrificar la libertad de expresión. Ello implica mejores capacidades de verificación, alfabetización digital, periodismo profesional, cooperación internacional y mecanismos transparentes para identificar operaciones coordinadas de influencia.

Pero también exige instituciones capaces de aceptar el disenso sin convertirlo automáticamente en una amenaza.

Hay aquí una cuestión de soberanía que América Latina no debería soslayar. La soberanía del siglo XXI no se limita al territorio, las fronteras o los recursos naturales; incluye también la capacidad de nuestras sociedades para formar libremente sus opiniones y tomar decisiones sin manipulación externa.

Esto no significa cerrar nuestros espacios informativos ni sustituir una propaganda por otra. Tampoco significa aceptar que toda crítica al gobierno, toda protesta social o toda narrativa incómoda sea producto de una operación extranjera.

Una democracia que responde a la desinformación restringiendo indiscriminadamente el pluralismo corre el riesgo de debilitar aquello que pretende proteger.

Desde mi perspectiva diplomática, ésta es una de las grandes tareas internacionales de nuestro tiempo. La defensa de la democracia ya no ocurre solamente en las fronteras físicas de los Estados; también ocurre en el espacio digital, donde se construyen percepciones, se disputan narrativas y se condicionan decisiones políticas.

Suiza nos recuerda el valor de una sociedad capaz de contextualizar la información. El Brexit nos advierte sobre el costo de permitir que las fracturas internas sean permanentemente amplificadas. Para América Latina, ambas experiencias contienen una advertencia común: nuestra vulnerabilidad no está solamente en que otros puedan intentar influir en nosotros, sino en que nuestras propias divisiones puedan ser utilizadas para hacerlo.

Por ello, la respuesta latinoamericana debe ser clara: ni ingenuidad frente a la injerencia extranjera ni paranoia frente al disenso interno. Necesitamos soberanía democrática, autonomía informativa y sociedades suficientemente críticas para distinguir entre debate legítimo y manipulación organizada.

En última instancia, la guerra de información no busca solamente que creamos una mentira. Su mayor triunfo sería conseguir que dejemos de confiar en nuestra propia capacidad para distinguir la verdad de la manipulación.

Cuando una democracia pierde esa capacidad, no solamente pierde una elección: comienza a perder algo mucho más profundo: su capacidad soberana para decidir su propio destino.

Fuente: unidadparlamentaria.com.mx

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