La designación de Julieta Ramírez dejó cuestionamientos por la falta de resultados públicos de la encuesta y la ausencia de una encuesta espejo.
Por Amador Rodríguez Lozano
Durante el evento realizado ayer en el World Trade Center de la Ciudad de México, Morena designó a Julieta Ramírez como coordinadora de la Defensa de la Transformación en Baja California. Sin embargo, detrás del espectáculo político quedaron molestias, dudas y varias heridas abiertas.
La inconformidad más evidente fue la de Ismael Burgueño, quien se consideraba listo para convertirse en el futuro candidato a gobernador. Contaba con el respaldo de la gobernadora, del equipo político estatal y con los recursos de Salgado, pero, por lo visto, nada de eso fue suficiente. Su rostro durante la ceremonia decía mucho más que cualquier discurso.
Eva María Moreno también llegó con grandes expectativas. Desde el lunes por la tarde y durante la mañana del martes, comenzó a difundirse masivamente en redes sociales que ella sería la elegida, que ya había recibido el aviso y que todo estaba definido a su favor. Esa estrategia habría causado molestia en la presidenta Claudia Sheinbaum y en Ariadna Montiel, porque podía generar una confrontación innecesaria dentro de Morena.
Julieta Ramírez obtuvo la coordinación, pero perdió una buena oportunidad para mostrar liderazgo y madurez política. Su discurso pudo ser más conciliador: reconocer a sus compañeros, invitarlos a sumarse y dejar claro que todos forman parte del mismo proyecto. En lugar de eso, ofreció un mensaje tradicional, poco sensible frente a quienes también participaron en el proceso. No se trata de cuestionar su triunfo, sino de señalar que ahora tendrá la responsabilidad de construir unidad.
También quedaron serias dudas sobre la elección. No se presentaron públicamente los resultados de la supuesta encuesta, no hubo una encuesta espejo y los aspirantes tampoco participaron en la selección de la empresa encuestadora. Al final, todos aceptaron la decisión porque probablemente ya sabían hacia dónde iba el proceso.
Todo indica que la definición se había tomado desde tiempo atrás. Por eso, más que encuestas, pareció tratarse de una decisión política presentada como un ejercicio democrático.
A la Presidencia de la República le hacen falta operadores sensibles, capaces de dialogar, construir acuerdos y evitar fracturas, no solamente personas encargadas de cumplir instrucciones. Las inconformidades están ahí y las cosas podrían complicarse mucho.
No quiero ser agorero, pero muy pronto veremos las consecuencias.
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