
Por Alberto Farfán
La fallecida Premio Nobel Doris Lessing (1919-2013) nos ofrece en su novela corta El quinto hijo (varias ediciones), de una manera notable y por demás abrumadora, dentro de una atmósfera alucinante y de horror continuo la historia de un bebé en apariencia normal y con ello planteará una dura crítica hacia todo lo establecido, a la par de escritores de corte universal.
Novela de terror del mismo nivel de Frankenstein, de Mary Shelley, o de Drácula, de Bran Stoker, comparación genuina que nunca se le concedió, Lessing nos plantea la odisea de una familia inglesa común y corriente que vive feliz y más aún porque esperan la llegada de un nuevo bebé. No obstante, al aparecer Ben en sus vidas nos vemos inmersos en un escenario cargado de vicisitudes en que predomina el temor, dentro de un abismo atroz.
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Todo da inicio cuando Ben siendo aún un lactante es un ser capaz de llenar de moretones brutales los alrededores de ambos pezones de su madre; capaz a los seis meses, debido a su gran fortaleza física ya desde su nacimiento, de intentar romperle el brazo a su hermano, año y meses mayor que él: mientras que Ben “graznaba de placer”; capaz, al tener más de un año, de matar por estrangulamiento al gato y al perro de la casa: las mascotas al verlo cerca siempre huían. Nada indicaba por qué Ben hacía esto, pero lo llevaba a cabo como si fuera algo natural en él; no existían causas objetivas de su violencia asesina, de su barbarie indómita.
Para leer más del autor: Martha Robles en un monólogo catártico revelador, la columna de Alberto Farfán
Ben, según los médicos, era perfectamente normal tanto física como mentalmente; sin embargo, para los miembros del hogar y familiares que los visitaban, no. Le tenían pavor por sus acciones de crueldad, por su apariencia: “tenía el aspecto de un ser de anchas espaldas”, “era musculoso, amarillento, largo”; su sonrisa, era una sonrisa hostil, un mostrar los dientes”; y su mirada: sus ojos “parecían llenos de malevolencia”.
En este ambiente de pesadilla, con este pequeño niño quien encarna el pavor sin límites, quien encarna, en una palabra, el mal: la respuesta no se hace esperar. Se acuerda destinarlo a un “lugar especial”, dado que Ben “no es uno de nosotros”, es decir, a una especie de clínica en donde se envían a niños con malformaciones congénitas; pero no para tratamiento médico alguno, como se podría deducir, sino para matarlos. Se pretende con ello eliminar a Ben, aunque éste no tenga nada en común con aquellos monstruos (palabra usada por la madre de Ben, cuando ella tiempo después se decide a rescatarlo guiada por sentimientos de culpa y observa a los infantes ahí “internados”).
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Cuando Ben retorna a casa, después de su corta estadía en la clínica, se vislumbra ya el final inevitable: el colapso familiar, la destrucción del amor entre los padres, y del paso del amor al odio para con Harriet por parte de sus hijos mayores; como consecuencia de que fue ella quien trajo de regreso a Ben. Los parientes que los visitaban a menudo jamás volverán. Los hijos mayores deciden irse con ellos, pues no soportan vivir con Ben.
David, el padre, se sumergirá por completo en el trabajo; hará de cuenta que Ben no existe o, simplemente, dirá que no es su hijo, que es sólo de Harriet. Para ésta, sin embargo, la aprensión y el espanto persisten, pero a otro nivel. Al grado de indagar con suma constancia sobre una explicación científica al enigmático misterio que constituye su hijo Ben.
En efecto, Harriet da un giro dramático en su conducta; deja de actuar como los demás. Ahora quiere entender, asimilar, aprehender sin vacilaciones lo que encierra ese pequeño cuerpo, ese oscuro ser; que tiempo atrás odió, al extremo de desearle la muerte.
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Este proceso comienza, hasta cierto punto, cuando ella va por Ben a la clínica. En este sentido, ya no es sólo Harriet la que busca una respuesta, la que busca, cabalmente y sin ambages, asir todo lo vivido con su hijo mediante la razón; no, no es ella, ni la madre o la mujer, sino el ser humano consciente de que se encuentra cara a cara con el desconocimiento absoluto con relación: no a Ben, sino a lo que él es, a lo que representa, a lo que en él se origina.
Ya no es el Ben diabólico de pesadillas siniestras, de novelas y películas o de series televisivas, que se consumen para degustar la lucha entre Dios y el Príncipe de las Tinieblas. No, ahora es Ben, su hijo, real y tangible que reporta acaso “los aspectos más oscuros y brutales de la naturaleza humana”. Los cuales todavía esperamos conocer y comprender gracias a los avances de la ciencia y las nuevas tecnologías. Sobre la secuela de esta extraordinaria novela esperamos pronto abordarla, estimado lector.
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