
Ponencia en la Semana del Periodismo en Hidalgo
Por Gilberto Meza
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Quiero empezar este texto parodiando al poeta Xavier Villaurrutia diciendo “yo también hablo del Covid”. Que me perdone el gran poeta del movimiento de los Contemporáneos por tergiversar así su hermoso verso que literalmente dice: Yo también hablo de la rosa/pero mi rosa no es la rosa fría…
Luego de esta breve digresión, empezaré por lo obvio: la pandemia que vivimos ha afectado gravemente a las empresas de comunicación, sean periódicos, revistas, radio y televisión, así como a los que utilizan internet como plataforma. También que si bien esto ha afectado a este giro en todo el planeta, hay diferencias notables sobre las afectaciones en cada país. Y una tercera, que dicha afectación se relaciona directamente con los apoyos que han tenido en cada nación.
Empezaré por el tercer punto y trataré de evitar lo más que pueda los datos para no distraerlos demasiado del punto central. Desde el inicio del nuevo gobierno (es un decir), los recortes a la publicidad oficial a los medios ha sido draconiana, con la sola excepción de Televisa, TV Azteca y, entre los diarios, La Jornada, considerados hasta hace apenas tres años como parte de la llamada Mafia del Poder, a la que se incorporó ese diario sin demasiados remilgos, al menos no conocidos. Estos acaparan, de acuerdo con información de FUNDAR y Artículo 19, así como la del propio gobierno, el 28.6%, y si se suman otros siete de los más favorecidos el porcentaje llega hasta el 52% del presupuesto destinado a publicidad. El resto, es decir mil 71.8 millones de pesos, se destinan al resto, 447 medios. Esto se complica cuando sabemos que el gasto destinado se redujo a una quinta parte del ejercido durante el gobierno pasado. Esto significa 2 mil 248 millones, contra los 11 mil 398 millones que ejercicio Peña Nieto. Se puede discutir, es cierto, que un gasto como ése, el de Peña Nieto, pudo haber sido un exceso, pero es un tema de discusión que no forma parte de este texto. Resumiendo, los medios de comunicación reciben hoy, con excepción de los 10 favoritos, apenas el 48% de la quinta parte de lo que se les destinaba hasta el final del gobierno previo, más allá de discusiones sobre si había corrupción o no pues no existen denuncias ni, tampoco, juicios al respecto, como no los hay en ningún campo de las políticas públicas. Es decir, vamos 0 a 0 en lo que a combate a la corrupción se refiere.
Visto así, se pueden entender los despidos ocurridos en los últimos tres años, así como los problemas en cadena que han suscitado, lo que es evidente en el descuido de sus ediciones y en la caída de la calidad de sus contenidos. La pandemia, se entiende, sólo vino a complicar más las cosas, pues afectó además sus ventas. No hay estudios claros sobre este tema, pero hay testigos, principalmente los voceadores, que han debido cerrar puestos y quioscos debido no sólo a la pandemia, sino también a la severa crisis económica que vivimos y que todos conocemos de primera mano, así que no abundaré en ello, sobre todo ahora que la inflación ha venido a descomponer todavía más la crisis económica.
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Guillermo Gasanini, y cito a El Economista en un artículo sobre el tema bajo la pluma de José Soto Galindo del 29 de noviembre de 2020. Gasino es director de circulación del despacho Arredondo e Hijos Distribuidora, quien le declaró al articulista: “No hay el poder adquisitivo suficiente para comprar periódicos y revistas. Por ejemplo, un ¡Hola! vale 60 pesos, y ¿tú qué prefieres: tener una revista quincenal o comprarte tres litros de leche? La gente así lo vive. Si nos remontamos a años atrás, la gente compraba uno, dos, tres periódicos y compraban dos, tres revistas. Ahora no”.
Hasta aquí la cita. Y por último, por lo que se refiere a este punto, es que la pandemia vacío las redacciones y provocó la muerte de muchos, demasiado, periodistas, sin contar con la amenaza y la inseguridad con que deben desempeñar su labor y que ha costado la vida a por lo menos 53 periodistas (de acuerdo al subsecretario de Gobernación Alejandro Encinas) en lo que va de este sexenio, en una cuenta que no parece que terminará. Más las amenazas vertidas directamente por el propio López Obrador, que aumenta el riesgo de muerte de todos los periodistas a los que acusa de conservadores. Si el presidente culpa a los periodistas de todos los males del país, entonces deben desaparecer, es la conclusión, el resultado de sus peroratas. Se entiende como una orden, y se está cumpliendo.
Así se podría resumir la crisis de ingresos y ventas, pero también en términos de calidad, empleo, variedad de géneros, investigación e inversión en tecnología para poder ser más competitivos. Todos estos índices, a la baja.
Veamos ahora el segundo punto, es decir cómo ha afectado la pandemia a los medios en el mundo, lo cual nos puede servir como contrapunto con lo que pasa en nuestro país.
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Cito a Ulises Castellanos, quien en su columna de este 13 de enero en La Silla Rota, señala: “El virus Sars-Cov-2 también le ha pegado significativamente a la viabilidad económica de los medios de comunicación tradicionales y nativos digitales, poniendo en riesgo absoluto su existencia”.
Ulises hace luego un recuento desgarrador. Entre marzo y junio de 2020, es decir en la primera etapa de la pandemia, las audiencias mostraban un mayor interés en el periodismo independiente, que buscaba información sobre la pandemia, pero el colapso de sus ingresos publicitarios, por la misma causa, provocó una explosión de fack news y los consecuentes ataques a la libertad de expresión promovidos desde el poder. Los ejemplos clásicos son los gobernantes populistas, como Trump, Bolsonaro, Putin, Erdogan, Johnson, Ortega y, como no, López Obrador, gobernantes que sienten que sólo ellos encarnan el pensamiento de los pueblos que gobiernan y, cómo no, la patria, la nación y el pueblo.
Me atrevería a decir que hoy no sólo los medios de comunicación están en riesgo: también la libertad de expresión, la primera condición para la democracia.
La pandemia, insiste Ulises, había impulsado la digitalización de los medios, pero para mediados de ese mismo año (2020) decenas de medios colapsaron. Y cita una investigación de la Universidad de Columbia y expertos europeos, con entrevistas a mil 400 periodistas de todo el planeta. El trabajo a distancia derivó en el abandono presencial de la información, como el reporteo en vivo o la consulta de documentos y fuentes. Muchos medios decidieron entonces migrar al universo digital, fenómenos que por cierto no ha concluido y que deja cientos de periodistas, editores y fotógrafos en el desempleo. Ello sin dejar de lado que otros tantos debieron cerrar ante la caída de sus ingresos. Y si a estos agregamos la derrota de las televisoras frente a las nuevas plataformas de streaming, como Netflix, Amazon, Disney, HBO, Paramount y otras que siguen surgiendo, la más reciente la anunciada por la fusión TelevisaUnivisión. El streaming les ha hecho perder audiencias, y relevancia. Sólo la radio parece estar sorteando con cierto éxito esta crisis.
El centro del problema que vienen arrastrando los medios desde hace ya más de una década es, sí, adivinaron, el modelo de negocios que mantienen los medios desde hace más de un siglo, y que le fue arrebatado por las grandes plataformas que hoy pretenden arrastrarnos al multiuniverso digital. Una historia que reseñé ya alguna vez y que ahora intento resumir para ustedes.
La pregunta que subsiste en el fondo de esto es ¿cómo es que Google, Facebook y el centenar de empresas como ellas se hacen de los recursos que les corresponderían a los diarios? En 2009, Andrew Neil, ex director de The Sunday Times de Londres, aguerrido defensor del acceso gratuito en sus orígenes, y quien refleja el gran desengaño que sufren hoy los grandes diarios, y los periodistas, señaló: “La tecnología era nueva y no la entendíamos. Nos dijeron que si conseguíamos muchos lectores el dinero vendría después. Pues los conseguimos y el dinero no llegó”. Y eso fue el principio del fin.
Algunos datos como los siguientes ilustran las consecuencias de este fenómeno. En julio de 2017, el día 10 para ser exactos, News Media Alliance, asociación integrada por unos dos mil grupos de medios, entre los que se cuentan los influyentes The New York Times y The Wall Street Journal, acusó en un comunicado que frente a Google y Facebook se ven forzados “a entregar sus contenidos y jugar bajo sus normas sobre cómo presentar, priorizar y monetizar las noticias y la información”, toda vez que dichas plataformas “distorsionan el valor económico que se obtiene haciendo buen periodismo”, y puntualizó que sólo estas dos empresas se llevaron más del 70% de los 73 mil millones de dólares que se gastan actualmente en publicidad en la Web.
“Pero estos dos gigantes digitales no emplean reporteros. No hurgan en los archivos públicos para descubrir corrupción, ni envían corresponsales a zonas de guerra ni cubren el juego de anoche. Ellos esperan que la económicamente exprimida industria de noticias haga por ellos ese costoso trabajo”, escribió en el WSJ el director ejecutivo de la News Media Alliance, David Chavern.
En Estados Unidos, donde es posible seguir desde sus inicios este fenómeno, entre 2001 y 2016 se perdieron 328 mil empleos: de 9,310 empresas de medios que existían en ese primer año, sólo sobrevivieron 7,623 al concluir el segundo, es decir 18% menos. Los empleos en el sector cayeron 57.8%, y esta situación se repite con sus particularidades en prácticamente todo el mundo Occidental, excepto en los llamados países emergentes, donde el periodismo cobra fuerza, quizás por el hecho de que estas naciones llegaron tarde al proceso de mundialización y sus efectos todavía no se dejan ver en toda su crudeza.
En México, por ejemplo, de acuerdo con una investigación del periodista Roberto Fuentes Vivar (en su columna Diario Ejecutivo), de 2008 a diciembre de 2017 (no hay cifras previas en el sector), el número de periodistas, diarios y revistas se habría reducido apena 15.1% y 18.2%, números que sorprenderían si no fuera porque ahora cada periodista empleado realiza el trabajo de cuatro, en una sobreexplotación tolerada por todos ante la creciente falta de opciones. Todo ello en un país, México, con 875 diarios reportados en 2014, 328 revistas, 53 empresas televisivas y 857 radiofónicas, pero donde el tiraje sumado de todos sus periódicos no alcanza el millón, y bajando, como escribió Jenaro Villamil en Proceso en 2017.
La respuesta, entonces, tendría que llegar desde ese centro, es decir cómo modificar, o cambiar, le modelo de negocios vigente, que les ha sido escamoteado por las empresas tecnológicas, y que no parece que se los quieran devolver.
Me gustaría poder ofrecer una, o unas respuestas a tan peliagudo asunto, pero mis capacidades personales no dan para tanto. Hay que decir que las mentes más brillantes de esta industria, si le podemos llamar así, están empeñadas desde hace ya muchos años en ello sin que hasta el momento hayan podido ofrecer una solución, mientras vemos fracasar todos los días el trabajo de los periodistas, más indispensable que nunca, no sólo en las crisis sociales sino también en medio de la pandemia. Todos los datos apuntan a que los lectores siguen buscando un periodismo independiente que les ofrezca respuestas puntuales a sus dudas. Los ciudadanos dudan cada vez más de las respuestas oficiales, por eso buscan en la web otras más apegadas a la realidad. Y es quizás aquí donde se abre una oportunidad. La Universidad de Guadalajara, en un estudio citado por el mismo Ulises Castellanos, advierte que los cambios ocurridos en los últimos años, como la dinámica de coberturas, formatos innovadores de trabajo remoto y colaborativo, así como las nuevas herramientas del mundo digital pueden abrir el camino hacia un nuevo modelo de negocios, que de este modo podrán librar con éxito no sólo la pandemia sino también las diversas crisis que enfrentan.
No obstante, me gustaría hacer un apunte. Lo que no pudieron ver entonces los directivos de los medios a los que hice referencia, al inicio de la ola de las empresas tecnológicas, es algo que también todos hemos acabado por comprender: que el Internet, o la Web, como quieran llamarlo, es más que las empresas tecnológicas, y que hoy ofrece oportunidades incalculables, con cientos de millones de internautas que emigraron a la Web y que demandan un periodismo independiente, crítico y veraz. Existen ya los intentos de hollar este camino. Un síntoma es el nacimientos de miles de páginas o portales que buscan atraer a este ingente número de posibles lectores, y el camino hasta el momento ha sido YouTube (sí, parte de las empresas tecnológicas pero que ahora recorre el camino inverso, es decir asociarse con los creadores de contenido atractivo, bien ejecutado y original que pueda monetizarse y pagarle a sus creadores por ello), pero es seguro que otras se unirán pronto pues el modelo es si no justo por lo menos más redistributivo.
Éste es el modelo que se está imponiendo en las sociedades más desarrolladas y que ha logrado capitalizar la decepción de millones de internautas (que no leen periódicos ni revistas y que tampoco ven televisión) decepcionados de los medios impresos, de la radio o de la televisión, pero que están informados y dispuestos a pagar por la calidad, y que se decantan también por nuevas plataformas como el podcast, el video o el documental, predispuestos a reportajes escritos, bien documentados y atractivos. De hecho, como intenté bosquejar más arriba, es desde allí desde donde se origina el nuevo reportaje independiente que tanto molesta al poder, y contra el que no puede combatir, ni censurar, ni siquiera amenazar con cortarles la publicidad. Y que en un instante son capaces de colocar tales contenidos en todo el planeta, lo que los empodera. Me hago cargo de que no es una tarea fácil ni inmediata, pero es un camino al futuro y a buscar romper el cerco que se nos ha impuesto. Al menos como yo lo veo, ese es uno de los posibles futuros de los medios impresos. No debemos olvidar que la generación de lectores de periódicos y revistas va de salida, y en menos de 20 años, o menos, esos lectores habremos muerto, y no necesariamente por la pandemia. Los que quedarán son los jóvenes, que ya no son lectores de impresos y que, por cierto, se han mudado ya de ese hogar que a nosotros nos resultaba tan confortable. Lo que estamos viviendo, hay que enfatizarlo, es un cambio de paradigma, que muchos de entre nosotros han entendido también y que se afanan en encontrar su lugar en ese enorme universo de la Web, bajo ensayo y error, que es la forma clásica en que se arriba a alguna verdad.
Los grandes perdedores, si me preguntan, serán otra vez los medios tradicionales. Es sencillo apreciarlo en nuestro país, donde el reportaje abandonó los diarios en papel para ubicarse en la Web, desde donde transmite mensajes poderosos. Los medios se quedaron con la nota informativa, que inunda la Web. Ya no es necesario comprar el diario de mañana para saber qué pasó. Lo sabemos desde hoy, casi en el momento en que ocurrió, y con fotos, videos y comentarios directos desde el lugar de los hechos. El resto de los géneros, con la sola excepción de los artículos de análisis, han desaparecido, porque apostaron, en mi opinión equívocamente, a recortar gastos para sortear la crisis, y se equivocaron al pensar que donde había que cortar era en reporteros, editores, fotógrafos, correctores, diseñadores, y contenidos. En una palabra, en calidad, en lo que hacía atractiva la lectura, donde era posible leer no sólo un reportaje sino también una crónica, una reseña o cualquier otro género de entre los que lograban atrapar al lector al ofrecerle posibilidades de entendimiento de una sociedad cambiante, crítica y analítica; hoy inclusos eso han perdido, y lo que nos ofrecen son notas informativas que ya conocemos, editadas en papel corriente y llenas de faltas de ortografía y descuidos imperdonables en cada página. La apuesta era por mayor calidad, con la publicación de materiales atractivos, que son los que importan no sólo en la Web sino en las ediciones en papel.
Es cierto que emprender esa ruta no se mira fácil, pero si algo es cierto es que por primera vez en su historia existe una clara amenaza contra la subsistencia de nuestro oficio, y que la ruta de la recuperación pasa por una mayor calidad de sus formatos, y por la creación de otro nuevos que puedan responder a la exigente demanda de una nueva generación de lectores, televidentes y radioescuchas. Habrá que empezar a escucharlos, a definir sus demandas y a esmerarnos en la calidad de nuestros contenidos, y a invertir.
Se equivocan quienes creen que si disminuyen su plantilla de editores, correctores o fotógrafos se librarán de la crisis. Los hechos han demostrado que es todo lo contrario, que sólo la calidad, variedad de géneros y calidad en su presentación nos sacará de la crisis, y que hay que empezar a pensar también en la socialización de los medios, aunque de esta manera se pueda perder su control vertical, como ha sido hasta ahora. Esa era ha pasado, es historia. Lo que sigue son medios incrustados en el capital social, la diversidad y la calidad. Quizás entonces podamos responder a la demanda de Andrew Neil en 2009 y recuperar un oficio en peligro. A mí, por lo menos, me queda claro que de poco vale la posesión de un cien por ciento de las acciones de una empresa de medios si su valor es cero. Sucede lo mismo que con el modelo de negocios al que nos hemos aferrado, porque no se pueden obtener resultados positivos con modelos que han mostrado ya su agotamiento y obsolescencia. De nosotros depende que acabemos como la última generación de periodistas o como una que intentó recuperarla con arrojo e imaginación. La historia está llena de esos casos.
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