Saltillo: donde los fuereños soñaban en tinta y tiza

Jaime Martínez Veloz

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Mientras la vida nos pone nuevas pruebas, resuena más fuerte que nunca aquella arquitectura invisible que tejimos con afecto, memoria y resistencia en Saltillo.

Por Jaime Martínez Veloz

A Saltillo llegamos con las mochilas repletas de mapas mentales y sueños dibujados sobre papel mantequilla. La ciudad nos recibía con sus mañanas frías y sus calles de adoquín que crujían bajo los pasos de los estudiantes forasteros. “¿De dónde vienen ustedes?”, preguntaban los meseros, y nosotros respondíamos: “De Torreón, lugar donde vencimos al desierto.”

La escuela de arquitectura era un crisol de imaginación y aguante. Entre bocetos mal trazados y maquetas de cartón que sobrevivían milagrosamente, apareció “La Tripa”—mi tocayo Jaime Velázquez—ligero de cuerpo, pero sobrado de ingenio. Lo delgado no le quitaba presencia: su voz siempre entraba antes que él, soltando risas y sarcasmos como proyectiles cariñosos.

Jugábamos a reinventar los planos del mundo y, en las tardes, los balones. Él, delantero en el soccer, feroz en el área chica. Yo, defensa de vocación, firme como un muro. En el equipo de Futbol Americano, él volaba como ala ofensiva o en ocasiones como halfback ya que corría muy rápido y ganaba buena cantidad de yardas; yo, como linebacker, lo vigilaba todo. Éramos los arquitectos de nuestras propias jugadas, diseñadores de momentos gloriosos entre tacos de fútbol y tacos de frijoles compartidos en casas de asistencia donde la sopa era siempre aguada, pero la plática bien condimentada.

“Saltillo no tiene mar, pero tiene rolas,” decía mi Tocayo. Creedence, Zeppelin, Santana… la música era la tinta invisible que conectaba nuestros días. Nos volvíamos nocturnos en las tardeadas, donde las guitarras eléctricas nos hacían olvidar que no teníamos lana para comprar las cervezas más caras. Con lo que había, bastaba. La juventud no necesitaba más que un buen rock y un amigo que bailara torpe, pero con alma.

Tripa, la democracia y las maquetas

Cuando la política universitaria tocó a nuestra puerta, fue él quien la abrió—pero como buen roquero, sólo se asomó. Me invitó a la planilla, decidido a ser presidente de la Sociedad de Alumnos. Su entusiasmo era contagioso, pero dos semanas después, soltó con descaro: “Tocayo, soy más de Pink Floyd que de protocolos. Mejor entra tú.”

Así comenzó mi travesía política, culpable bajo protesta de su espontaneidad. A veces les digo en tono irónico: “Si tienen algo que reclamar, háganlo con la Tripa. “el me empujó a esto.” Y aunque la historia es más compleja, esa anécdota nos une como un diseño compartido, como esos planos que se entienden sin tener que explicarlos.

Torreón: El retorno del arquitecto

Tras graduarse, volvió a Torreón, la ciudad del sol descarado y los vientos que huelen a nostalgia. Desde entonces, cada encuentro es un episodio más de esta serie infinita llamada amistad. Su Tsuru aguanta más que los años y su sarcasmo sigue intacto, como si fuera inmune al paso del tiempo.

Ahora libra una batalla contra el cáncer, pero no pierde la sonrisa. Me llama y me dice con tono entre valiente y burlón: “Tocayo, este tumor ya va de salida, lo estamos reduciendo como maqueta mal hecha.” En esas palabras vive su espíritu: indomable, juguetón, profundamente humano. Me pidió ayuda y se la di, como él me la dio en tantas otras formas, desde aquel lejano 1972.

Fraternidad Arquitectónica

No hay diseño más perfecto que el de una amistad que ha sobrevivido desde los cimientos. Tripa y yo somos como dos líneas que se cruzaron en Saltillo y se siguen intersectando con cada llamada, cada comida, cada aeropuerto en que nos despedimos sabiendo que el reencuentro está dibujado en el siguiente plano de la vida.

La Comarca Lagunera nos vio nacer y nos verá volver. Saltillo nos forjó y la música nos dio color. Fuimos fuereños que aprendieron a hacer hogar con amigos, a poner ladrillos de afecto donde otros sólo veían paredes.

Epílogo: Para que la vida lo vuelva a diseñar

Cuando me subí al avión y vi la ciudad hacerse más pequeña, pensé en su firmeza admirable, en su dignidad en esta lucha. Deseé con toda el alma que la vida le permita seguir trazando caminos, diseñando afectos y echando chistes como siempre. Que el cáncer se rinda ante su alegría, y que podamos volver a sentarnos a cotorrear como chamacos sin edad.

Porque la arquitectura no sólo construye espacios; también preserva memorias. Y esta amistad nuestra, Tocayo… está hecha con los mejores materiales: confianza, humor, lealtad y un buen montón de historias.