Los silencios del Dr. Murke

Alberto Farfán

Compartir

El Dr. Murke encarna la defensa de la reflexión individual frente al culto de la imagen y al discurso vacío.

Por Alberto Farfán

La idea de cultivar el hábito del silencio en la actualidad puede parecer, sin mayor análisis, un absurdo. Y más si consideramos a las Tecnologías de la Información y la Comunicación. Sin embargo, considero que no es así. Me refiero, debo aclarar, a ese silencio que por sí mismo es un espacio enriquecedor, que nutre a los individuos, que permite hacer crecer, interiormente, al hombre. El silencio para con las personas de nuestro entorno, en aras de un mayor conocimiento y acercamiento; del silencio para con uno mismo, en el ánimo de la autorreflexión.

En este sentido, el Premio Nobel alemán Heinrich Böll (1917-1985), nos entrega un libro de relatos de corte satírico, de los cuales resalta su texto Los silencios del Dr. Murke, en el cual la noción de que la gente calla poco se deriva de dos situaciones contrarias: ya sea porque la gente se encuentra saturada de información con cariz de propaganda, o porque, paradójicamente, carece de ello y piensa por sí misma. Se habla y se habla y no se dice nada, porque lo que está en juego es el reproducir clisés y no el comunicar.

En Los silencios del Dr. Murke, nos presenta dos personalidades antagónicas con relación al silencio (y a la vida). Por un lado, se encuentra el Dr. Murke, quien personifica al hombre hastiado de las multitudes, porque ha observado la pérdida de identidad y de individualidad en la gente, observa la alienación imperante; por ello busca el silencio y la soledad, con el anhelo de la individuación (Nietzsche dixit).

En el extremo opuesto encontramos a Bur-Malottke. Es el hombre triunfador; detenta una vasta obra escrita y hablada (en grabaciones), que hacen de él una gran personalidad, seguida por miles. Pero es el hombre desindividualizado, dependiente a ultranza de su entorno (del qué dirán); el hombre sujeto a las normas establecidas, ya decadentes; el hombre que proyecta su autoestima en los demás (si la gente lo respeta y admira, él se siente satisfecho); es, en suma, el enajenado y enajenador, que, en consecuencia, elimina de su actuar el silencio.

El Dr. Murke trabaja en una emisora radiofónica, y, curiosamente, su mayor preocupación es la de coleccionar silencios: cortes de cintas en las que no se advierte nada, sólo silencio es lo que se percibe, suspiros, pausas o inspiraciones.

Murke de un tiempo a la fecha ha alcanzado cierta satisfacción, pues ya tiene en su poder, después de un lapso considerable de trabajar en la emisora, tres preciosos minutos de silencio, los cuales escucha plácidamente en su casa. Y dice él que sólo ha logrado reunir tal cantidad porque la “gente calla poco”. Y la gente calla poco porque quiere resaltar bajo el guion propagandístico que le otorgan y no comunicar, como es el caso de Bur-Malottke.

Malottke es el gran superstar de la intelligentsia del lugar, es el seudo intelectual que, como sabe mucho, dice mucho. Este hombre solicita al director de la estación radiofónica, su amigo personal, que se cambie, de uno de sus discursos ahí grabados, la palabra “Dios” (la cual aparece veintisiete veces) por la frase “el Ser Supremo que veneramos”.

El director accede a la petición del Gran Hombre para ordenar tales cambios a Murke. Este último señalará a Malottke la necesidad de que dicha frase se repita en nominativos, acusativos, genitivos y en un vocativo. Acosado por su afán perfeccionista patológico Malottke acepta. Una y mil veces profiere lo que se le indica en la grabación. Pero todo esto lo acepta porque no quiere que los “errores” vayan en detrimento no tanto de su obra, sino de su imagen; desea que se le recuerde, después de muerto, como el último Gran Hombre.

Esto es, la relación de propaganda reemplaza al diálogo característico de la comunicación, por la alocución. Y ésta significa discurso unilateral, decir ordenando. Es el objetivo de sustraer, empequeñecer, adueñarse y alienar al otro. Cuando alguien establece una relación propagandística conmigo, me está suplantando, está hablando por mí. No oye más que a sí mismo.

Como podemos observar, Heinrich Böll dirige su crítica, implícitamente, a este tipo de situaciones sociales, enjuiciando en forma directa a Bur-Malottke y a los que son como él. Pero enalteciendo al que busca trascenderse a sí mismo.

En definitiva, en Los silencios del Dr. Murke se plasma de forma irónica y excelentemente sutil el derecho a la genuina individualidad, amén del acceso a la reflexión. Por cierto, ¿cuántos actuales influencers y yutuberos son como Bur-Malottke?, me pregunto ociosamente.