Cuando defender a los migrantes se convierte en motivo de persecución

Daniel Lee

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Los migrantes dependen con frecuencia de defensores y organizaciones que también enfrentan amenazas por acompañarlos, denunciar abusos y exigir protección.

Por Daniel Lee

Hay momentos en que una comunidad deja de preguntarse solamente quién está siendo detenido y comienza a preguntarse quién será el siguiente. Eso parece estar ocurriendo en Yonkers, Nueva York, donde la tensión provocada por las redadas migratorias ha alcanzado también a quienes levantan la voz para defender a los trabajadores y sus familias.

Diana Sánchez, activista poblana y fundadora del Movimiento Santuario de Yonkers, denunció hostigamiento policial contra ella, su esposo, José Cruz, y la propia organización, después de las protestas y acciones comunitarias emprendidas contra los operativos migratorios. Sus acusaciones deben ser investigadas con seriedad y con garantías de debido proceso, pero también obligan a plantear una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando las instituciones encargadas de proteger a una comunidad terminan siendo percibidas por esa misma comunidad como una amenaza?

El caso de Cruz es particularmente delicado. Según el relato de Sánchez, después de una gala estudiantil un policía ingresó al edificio y, cuando su esposo regresó al lugar, le cuestionó si pertenecía ahí, le exigió una identificación, le gritó y lo sostuvo contra una pared. La familia intervino y Sánchez grabó parte del episodio. El video, de acuerdo con su testimonio, alcanzó cerca de 142 mil reproducciones.

La versión policial es diferente: el agente habría observado a un hombre aparentemente intoxicado y con dificultades para mantenerse de pie. Sánchez rechaza esa explicación y sostiene que su esposo tiene antecedentes médicos que podrían explicar su condición.

Precisamente por eso, el asunto no debería resolverse en el terreno de las versiones enfrentadas ni en las redes sociales. Debe esclarecerse. Una actuación policial que implique retención física, cuestionamientos sobre identidad o cualquier forma de intimidación exige transparencia, supervisión y rendición de cuentas.

Pero el episodio adquiere otra dimensión cuando se coloca dentro del contexto migratorio que vive la comunidad.

Sánchez afirma que durante agosto fueron detenidos 10 hombres por autoridades migratorias, principalmente mexicanos y guatemaltecos, entre ellos trabajadores provenientes de Puebla. Según su testimonio, algunos operativos ocurrieron cerca de una escuela primaria pública y miembros de la comunidad observaron patrullas policiales bloqueando una calle mientras agentes migratorios realizaban detenciones.

La activista sostiene que los hombres regresaban de trabajar y que ninguno tenía órdenes de deportación. Esta información no ha sido acreditada de manera independiente en los datos disponibles, por lo que debe mantenerse como una denuncia pendiente de corroboración. Pero incluso con esa cautela, existe un elemento que no puede minimizarse: cada detención migratoria tiene consecuencias que van mucho más allá de la persona esposada.

Sánchez calcula que al menos 20 familias resultaron afectadas porque varios de los detenidos eran los principales proveedores económicos de sus hogares.

Ahí aparece el verdadero rostro de una redada migratoria: no termina en el momento en que un trabajador es llevado a un centro de detención. Continúa en la cocina de una familia que deja de tener ingresos, en la renta que ya no puede pagarse, en los hijos que esperan a un padre que no regresa, en las deudas que se acumulan y en la incertidumbre que convierte cada llamada telefónica en una posible mala noticia.

Detener a un trabajador puede significar poner en crisis a toda una familia.

Y cuando las detenciones ocurren en comunidades donde los migrantes han construido negocios, pagan impuestos, rentan o compran viviendas, trabajan en restaurantes, fábricas, construcción, limpieza, servicios y otros sectores esenciales, el impacto termina extendiéndose a toda la economía local.

El Movimiento Santuario de Yonkers nació en 2016, durante el primer gobierno de Donald Trump, y desde entonces ha trabajado no solamente en defensa de migrantes, sino también en problemas concretos de la vida cotidiana: vivienda, calefacción, licencias y apoyo a trabajadores excluidos de determinados programas.

Ese dato es importante porque desmonta una idea frecuente: que las organizaciones migrantes aparecen únicamente cuando hay una redada.

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