
Rodolfo Soriano-Núñez Lunes, 30 de Marzo del 2026
Si un varón adulto es víctima de abuso, la narrativa dominante es la masculinidad fallida de la víctima.
Es un laberinto en el que mujeres adultas y jóvenes, así como los varones adultos, deben probar que no tentaban o provocaban al sacerdote cuando ocurrió el abuso.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
El texto de esta semana es cualquier cosa menos fácil. No es que el caso sea especialmente raro, todo lo contrario. El problema es que, en México y América Latina, la narrativa prevaleciente es que el abuso sexual sólo importa si involucra a menores de edad. Mucho más si las víctimas son varones menores de edad. Ahí es donde permanece centrada la cobertura, incluso cuando son casos históricos.
Más recientemente, después de que algunas de las muchas mujeres víctimas de este flagelo pagaron el precio de dar un paso al frente, hay más disposición a reconocer que el abuso sexual no es lo que decían las narrativas diseñadas por el Vaticano para controlar los daños en los ochenta y noventa.
La idea era que el abuso era obra de “pervertidos”, cuya proliferación era el subproducto de la “revolución sexual” de finales del siglo XX. El abuso era obra del raro, la manzana podrida o un “abominable depredador solitario”, a pesar de que el tema se conocía desde hacía siglos.
Aunque ha habido evidencia del alcance del abuso durante muchos siglos, una nueva confirmación de los archivos de la Iglesia Católica llegó, como cuenta la historia vinculada después de este párrafo sobre los papeles de la Inquisición mexicana, cuando la Biblioteca Huntington en California publicó, entre muchos otros, el archivo de la Inquisición de un fraile franciscano que abusó de un niño en lo que hoy es el estado mexicano de San Luis Potosí en el siglo XVI.
Era una narrativa en clave de pánico moral. El texto vinculado arriba rastrea con más detalle cómo la jerarquía católica construyó, dio forma y usó esa narrativa como arma, para minimizar la escala del abuso y, sobre todo, para perpetuar la narrativa más amplia de una Iglesia sitiada, desesperada por hacer lo que sea para protegerse de las fuerzas del mal que pretenden destruirla.
Y para ser claros, el abuso sexual de menores es un crimen atroz, y sobrevivientes como José Barba, un exsacerdote de la Legión de Cristo, merecen un reconocimiento y gratitud especiales por haber dado un paso al frente cuando la Iglesia Católica, intoxicada con la teología populista de Juan Pablo II, apostó todo por la Legión de Marcial Maciel y otros grupos y movimientos como el Camino Neocatecumenal, una organización católica con estrechos vínculos con el Sodalicio de Vida Cristiana en Perú y otros grupos católicos depredadores.
Las acusaciones resuenan hoy en día en el caso de Antonio Cabrera, el sacerdote español y miembro de la Legión de Cristo ahora en un complejo proceso judicial sin un resultado cierto a la vista, pues ha podido, al alegar mala salud, obtener aplazamientos y estar bajo arresto domiciliario mientras está en un hospital.
Barba y el resto de los valientes antiguos miembros de la Legión de Cristo que, a mediados de los noventa, reabrieron las acusaciones de abuso en esa orden que se remontaban a finales de la década de 1940, merecen respeto y admiración.
Parte del problema
Sin embargo, se debe considerar que, por dolorosa que sea, la suya es sólo una parte del problema del abuso sexual del clero en contextos religiosos; también, que no se puede construir una jerarquía del dolor, y que el problema clave no es la edad de las víctimas, sino el desequilibrio de poder, la asimetría creada por las jerarquías, religiosas o de otro tipo. Además, hay que reconocer que la mayoría de los depredadores, religiosos o no, no son especialistas; son oportunistas.
Cuando la víctima es un menor, varón o mujer, hay un poco más de empatía. Cuando la víctima es una mujer adulta, hay círculos donde es posible encontrar alguna simpatía, al menos de otras mujeres que han pasado por la experiencia de ser objeto de acoso o abuso.
Cuando la víctima es un varón adulto, entonces es extremadamente difícil incluso reconocer la existencia de tal asimetría, de tal desequilibrio. Más en México donde la noción general es que si un varón mexicano se quiebra, incluso cuando atraviesa su hora más difícil, algo que la psicología social del mexicano integra en la noción de “rajarse”, tal varón ya está en desventaja y será inmediatamente etiquetado como menos viril, menos masculino, menos macho.
En ese sentido, los lectores deben considerar que el texto de esta semana pertenece a una categoría que carece de los ingredientes que busca cierto periodismo comercial cuando navega las aguas turbias del abuso sexual del clero.
Protasio, una identidad asumida para proteger a los familiares y seres queridos del sobreviviente, pero también para preservar su última oportunidad de buscar justicia dentro de la vía canónica de la Iglesia Católica, está lejos de ser la víctima “perfecta”, si es que tal cosa existe.
Era un adulto cuando buscó ayuda, devino víctima en el sur de la Ciudad de México, obviamente se involucró en el tipo de relación sexual que el machismo mexicano desprecia al tiempo que presenta, gracias al interminable juego de palabras del albur, como la última frontera del placer sexual.
El albur es una forma de habla sexualizada tradicionalmente limitada a los varones mexicanos y mexicoamericanos donde uno trata de demostrar su dominio del lenguaje al implicar que, en el contexto de la relación sexual, quien gana el “albur” es el de arriba, el macho activo y penetrante y no el de abajo.
El Laberinto de la Soledad de Octavio Paz ya abordó las muchas paradojas que el albur mexicano revela. Aunque superada por nuevas realidades, las intuiciones de Paz sobre las infinitas complejidades de la masculinidad mexicana aún son clave para entender el México contemporáneo.
Enmascarado como broma, como entretenimiento, el albur es una especie de válvula de seguridad, en algunos casos incluso un preludio, un juego previo al acto sexual. Si uno es capaz o está dispuesto a descifrar los crípticos dobles sentidos del albur, tiene una excusa para abrirse, para revelar la verdadera identidad o preferencia sexual de una manera que recuerda el viejo adagio español “entre broma y broma, la verdad asoma”.
Existe todo un subgénero de cine mexicano, rutinas de stand-up e incluso concursos donde, más recientemente, incluso las mujeres participan en estos juegos de palabras para afirmar su dominio y destreza sexual. En Estados Unidos, el único rastro está en comunidades mexicoamericanas y latinas. En Argentina, en los programas y películas de Alberto Olmedo o Jorge Porcell en los ochenta se veían rutinas similares, pero nada tan elaborado como lo mexicano.
Y la naturaleza críptica del albur, una especie de “dialecto” del español mexicano, se cuela a las sacristías, curias y seminarios. Después de todo, es un sistema semiótico que produce un orden masculino gracias a la amenaza de la feminización, afirma una masculinidad dominante para controlar, dominar, subyugar y abusar de otros varones.
Es relevante no porque sea humor sexual, sino porque es un mecanismo cultural a que enseña a los varones mexicanos que ser colocados en una posición sexual pasiva, simbólica o real, anula tanto su masculinidad como su credibilidad.
El albur no explica el abuso, ni lo causa; explica por qué, cuando el abuso ocurre a varones adultos, el reflejo cultural es el ridículo, la incredulidad y el silencio en lugar del reconocimiento. En casos de abuso clerical de varones adultos, este mecanismo opera silenciosa pero decisivamente porque ofrece una plantilla para descartar sumariamente a las víctimas “imperfectas”.
¿Encuentro consentido?
Y, cierto, Protasio ya era un adulto. Desde el principio habrá quienes afirmen que fue capaz de consentir y, como tal, la jugosa narrativa de la pederastia, la preferencia del Vaticano al crear Tutela Minorum (Tutela de Menores en latín) triunfa.
Cuando eso sucede, no es sólo triunfa la narrativa fácil de la pederastia, buena para el llamar la atención en redes, pésima para comprender lo que hay detrás de cada episodio de abuso, en entornos religiosos o de otro tipo, pues obliga a cerrar los ojos ante la asimetría de la interacción.
Más aún cuando Protasio estaba bajo el estrés combinado de su historial médico personal, marcado por la depresión, la muerte de su madre y su decisión de luchar contra la depresión al buscar una nueva vida en la Ciudad de México.
Lo que se pierde en las narrativas centradas en la edad de la víctima es que, incluso cuando son “mayores de edad”, cuando pueden consentir a una relación sexual, la característica más fundamental del abuso permanece: la asimetría entre el sacerdote y el laico.
Más aún porque la teología católica, a diferencia de otras teologías cristianas, está dominada por una escuela de pensamiento que ve la ordenación como un evento trascendental en la vida del ordenado, un momento en el que su propio ser es transformado por un “cambio ontológico”. Aunque tal narrativa parezca consistente en el papel, uno debe ser consciente de que frecuentemente se convierte en una licencia teológica para atacar a otros, menores o no.
Basta ver la actitud desafiante de Fernando Karadima cuando las autoridades chilenas trataron de procesarlo para ver cómo la narrativa del “cambio ontológico” se convierte en un arma usada por los depredadores para auto exonerarse; no importa lo que diga un obispo o el papa, ellos son “sacerdotes para siempre”.
Pero esa es la causa misma del inminente nuevo cisma en la Iglesia Católica cuando la Sociedad de San Pío X repita el guión de su fundador al consagrar obispos sin la aprobación explícita de León XIV. Como dice el viejo refrán mexicano: el pez por la boca muere.
El hecho es que una institución tan enamorada de sus juegos mentales queda atrapada en su propia trampa, donde la misma teología utilizada para proteger a los depredadores se usa ahora para justificar el cisma.
El sacerdocio como licencia
Aunque la teología católica oficial habla de un sacerdocio compartido incluso por las mujeres, la realidad es que dicho sacerdocio es, en la práctica, una reliquia, algo sólo entendido y aceptado por un puñado de fieles católicos del mundo.
En la realidad cotidiana de la Iglesia Católica, los sacerdotes son vistos como especiales. Incluso los orígenes mismos de la palabra clero se remontan a clerus, es decir, un grupo separado, especial, único, diferente del laico, investido con la “autoridad” derivada de la ordenación y otorgada a perpetuidad a través del mecanismo del “cambio ontológico”.
La distinción se hace más evidente cuando se celebran los sacramentos y rituales, pero también en momentos de crisis, cuando el laico atraviesa sus horas más oscuras, cuando busca refugio en una capilla o una parroquia, busca consejo, apoyo, acompañamiento, sediento de la seguridad inserta en la etimología misma de la religión: algo para religar, para restaurar un vínculo perdido.
Como muchos de nosotros, el personaje principal de la historia de esta semana, identificado por la Arquidiócesis Primada de México como caso: Prot. 11/2025 o Protasio para los propósitos de este texto, buscó la confianza y la seguridad que ofrece la religión en tiempos difíciles. Como aprendió de su familia en el Bajío mexicano, Protasio buscó ayuda y consejo de un sacerdote, un miembro de esos pocos elegidos que han sido transformados por el “cambio ontológico”.
Lo hizo en los últimos meses de la pandemia, cuando pensó que la Ciudad de México le ofrecería las oportunidades que su ciudad natal parecía no estar dispuesta a brindarle. Lamentablemente, Protasio, como muchas personas en todo el mundo, había lidiado desde finales de su adolescencia con problemas de salud mental, y la pandemia fue todo menos útil.
Resiliencia migrante
En ese momento había lidiado con problemas psicológicos durante más de diez años. Y tiene el historial médico que lo demuestra. Allí, sus médicos diagnosticaron una historia documentada de trastorno depresivo mayor y trastorno de ansiedad generalizada, incluyendo hospitalizaciones psiquiátricas.
Ya en el occidente de México, Protasio demostró que no se rajaba, un empleado responsable aplastado por la bancarrota de su empleador. Aunque su campo era el de las finanzas y el crédito, aceptó un nuevo trabajo en las áreas de marketing de un periódico local donde la presión para firmar contratos de publicidad destrozó su salud. De allí, siempre luchador, encontró empleo en una joyería.
Luego la pandemia golpeó a México como lo hizo en otros lugares. Fue en ese contexto cuando, ya en pareja, decidió probar suerte en la Ciudad de México en 2021, a pesar de estar bajo lo que sus registros médicos describen como un “estado de depresión clínica”.
La situación era peor ya que su madre recién había fallecido, y más porque la expectativa de la mudanza a la Ciudad de México fue aplastada por los efectos de la pandemia. Incluso si la mudanza había sido planeada, no fue un capricho, ni una aventura de fin de semana, la realidad de la economía en ese momento era que no había apetito para el tipo de empresa a la que fue invitado a formar parte, más aún cuando, después de la pandemia, carecía de capital para ser socio.
Quien haya pasado por la experiencia de mudarse de una ciudad a otra sabe que, junto con la emoción de llegar a un lugar nuevo, hay un impuesto implícito, incluso si uno se muda en el mismo país, hay un estrés asociado con dejar la red de seguridad de la familia, los amigos y el entorno donde uno creció.
¿Podría alguien sorprenderse de que la depresión de Protasio empeorara en la Ciudad de México? ¿Podría alguien culparlo por buscar el consuelo de una de las iglesias “nuevas” más bonitas de la Ciudad de México?
¿Sanar almas?
Incluso al revisar sólo las fotos en el perfil de Facebook de la parroquia, es fácil entender por qué uno asumiría que María Reina es un lugar para sanar almas rotas, uno donde alguien que atraviesa la noche oscura de la depresión encontraría luz y consuelo.
El diseño mismo del templo presenta a María Reina como un pasaje hacia un lugar feliz, con su altar principal como un enorme ventanal, con vistas a un exuberante jardín, similar a los de las mansiones de los cincuenta de San Jerónimo Lídice y el llamado Pedregal de San Ángel.
Si acaso, la línea de cronología de la vida de Protasio revela lo resiliente que es. Cuando fue a su nueva parroquia, cerca de la Unidad Independencia, un complejo habitacional en el sur de la Ciudad de México lo hizo durante la temporada navideña de 2022 para buscar ayuda, trataba de volver a las trincheras.
Buscaba apoyo de Dios, compasión y ayuda. Lo hacía según el modelo que los católicos de todo el mundo aprenden durante su educación religiosa infantil, algo que uno toma recibe de su madre o de sus abuelas.
Fue allí confiando en los “pocos seleccionados”, el clero, aquellos que en la teología católica se supone que son “alter Christus”, la representación misma de Cristo. Si su primer impulso hubiera sido un “ligue” fácil, además de las aplicaciones disponibles en todo el mundo, existe la activa “escena” en la Ciudad de México, un “buffet” para satisfacer cualquier apetito sexual.
Protasio llegó a María Reina en una profunda soledad y declive emocional, una verdadera noche del alma; uno de los sacerdotes de allí, una figura de autoridad en la parroquia que, para los propósitos del texto, se identificará como Marco Aurelio y quien inmediatamente fue informado por el propio Protasio de su situación, de su diagnóstico clínico y su historial de hospitalizaciones psiquiátricas.
Y ofrecer el anonimato no es gracia ni misericordia. Es una elección estratégica para evitar daños adicionales a la víctima, a los testigos inocentes, pero también para dejar que las ruedas de la justicia canónica giren sin interferencia mediática.
Protasius buscaba algún sentido de orden, el que las creencias religiosas ofrecen, alguna contención en contexto religioso. Por su propia admisión, trataba de “verbalizar años de silencio con respecto a su infancia y su orientación”.
¿Imitación de Cristo?
Lejos de imitar a Cristo, como propone Tomás de Kempis en la Imitación de Cristo o de ser como un “otro cristo”, como pide Cipriano, el sacerdote de María Reina vio la oportunidad de aprovecharse de un laico vulnerable. El abuso ocurrió en el contexto de una solicitud explícita de apoyo, de asistencia espiritual.
Marco Aurelio usó lo que Protasio reveló en el contexto de una solicitud explícita de asistencia espiritual como una hoja de ruta para el abuso. Debido a que María Reina es una parroquia de “élite” del sur de la Ciudad de México, donde cualquier quinceañera quiere celebrar su misa, hay una pequeña guarnición de sacerdotes, mucho espacio y trucos para encontrar un par de horas libres.
Pero eso también aumenta la asimetría de cualquier interacción. Aunque Marco Aurelio ya no puede ningunear a peones pobres, es, por decir lo menos, una celebridad local, un pilar de la comunidad, invitado frecuente de las casas elegantes en San Jerónimo Lídice; la víctima era un fuereño en la Unidad Independencia y en la Ciudad de México en general.
El abuso ocurrió a lo largo de 2023. Como es habitual, esta serie omite los detalles porque casi nunca aportan algo adicional al problema principal. Lo que importa es que una vez que ocurrió el abuso, cuando Protasio pudo retomar el camino y, una vez más, con la ayuda de profesionales de la salud, encontró la fuerza para creer en las muchas promesas de cambio real en la Iglesia Católica.
El 7 de mayo de 2025, Protasio presenta una acusación formal por escrito contra Marco Aurelio, el sacerdote de María Reina. Fue entonces cuando el Tribunal Metropolitano de la arquidiócesis marcó su caso con la clave: Prot. 11/2025.
Por lo general, debido a las heridas autoinfligidas por sus propios líderes a la Iglesia Católica, los primeros pasos del proceso parecen ocurrir a toda velocidad. Los obispos y monseñores quieren demostrar que los escépticos están equivocados, por lo que una semana después, el 13 de mayo de 2025, se registra oficialmente la queja formal de Protasio.
Para los propósitos del proceso canónico o eclesiástico, esta es la fecha oficial cuando comienza la “Investigación Preliminar”, según lo dictado en el canon 1717 del Código de Derecho Canónico. Tres días después, el 16 de mayo de 2025, el Tribunal emite un citatorio firmado por Juan José Hernández Flores, un sacerdote y autoridad dentro de su iglesia en estos temas.
Roma, México
Menos de una semana después, el 21 de mayo de 2025, unos minutos antes del mediodía, Protasio hace su primera aparición formal en Durango 90, sexto piso, en la colonia Roma de la Ciudad de México, la que inspiró la película homónima de 2018 de Alfonso Cuarón, para rendir su declaración. Ese día, el tribunal canónico le informa que "reunirá elementos" para probar los hechos.
Después del apuro inicial, el silencio se convierte en la norma. Preocupado por su caso, el 7 de julio de 2025, Protasio intenta ponerse en contacto con los monseñores del tribunal. Habla de estar desprotegido y vulnerable, lo opuesto al enfoque que el papa Francisco pidió que siguiera la Iglesia Católica.
A diferencia de los tribunales civiles, donde uno o sus abogados pueden intercambiar información, los procesos canónicos permanecen, en su mayor parte, cubiertos por el “secreto pontificio”, un dispositivo estrenado por Joseph Ratzinger cuando fue prefecto de la entonces Congregación, ahora Dicasterio para la Doctrina de la Fe, y luego elevado a la categoría de arte por Benedicto XVI.
Aunque la respuesta fue relativamente rápida, fue tan imprecisa como un manual para operar una computadora en ruso. Al día siguiente, el tribunal emite una respuesta de procedimiento, tipo plantilla o machote. Citan el documento del papa Francisco Vos Estis Lux Mundi y afirman observar la “debida diligencia mientras permanecen objetivos”. Sin embargo, no ofrecen algún cronograma, sólo afirman que se le informará “una vez que se hayan reunido los elementos necesarios”.
Un mes después, el 6 de agosto de 2025, casi tres meses después de la presentación inicial, el tribunal de la Arquidiócesis Primada de México emite otro citatorio formal que pide a Protasio ir a la colonia Roma el 15 de agosto de 2025. Los monseñores piden ahora su “valiosa y generosa colaboración”. Se le requiere traer su credencial para votar, la identificación nacional.
Curiosamente, mientras que la víctima debe ofrecer detalles completos de su identidad, los sacerdotes que investigan y eventualmente deciden sobre el comportamiento de un compañero sacerdote de la misma jurisdicción religiosa, mantienen su propia “confidencialidad” según el diseño de Ratzinger.
Seguir las reglas
Y Protasio ha seguido las reglas de su iglesia sobre el tema. Como muchas otras víctimas, quieren creer en las muchas representaciones de la liturgia de la penitencia por el abuso sexual del clero, interpretadas por Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y, más recientemente, por León XIV.
El problema es que incluso si uno estuviera dispuesto a creer que hubo algo de verdad en cualquiera de esas liturgias, es casi imposible creer que haya voluntad de cambiar la forma en que la Iglesia Católica aborda estos asuntos cuando una sobreviviente como Sandra Valdez narra su experiencia de su encuentro con el despectivo arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López.
Durante el encuentro, según el relato de Valdez en su libro de reciente publicación, esto fue lo que sucedió:
El obispo, sentado frente a mí, muy elegante con su sotana negra y solideo violeta; sus anillos de oro y una gran cruz colgando en su pecho, me escuchó en silencio con actitud prepotente. No dijo una sola palabra. No hubo ninguna expresión de su parte. Sin conmoverse en lo absoluto, me miraba fijamente con sus penetrantes ojos como tratando de intimidarme. Enseguida comprendí que su apatía y prepotencia, son mucho más grandes que su amor por el prójimo, y todavía mucho más grandes que el amor a Dios que tanto pregona la Iglesia católica.
—No voy a hacer un circo público con esto. No por ustedes. Lo hago en memoria de mis padres quienes fueron buenas personas, piadosos y respetuosos de su religión católica. Ahora, yo no profeso ninguna religión y es gracias al presbítero que me violó —le dije al señor Cabrera al borde del llanto.
Y peor, a pesar del tono judicial del citatorio del tribunal, para los propósitos de la Iglesia Católica, Protasio no es una víctima potencial o sobreviviente. Se le pidió “colaborar”, pero debe hacerlo en calidad de “paquete humano”, pues es una pieza de la evidencia en un proceso en el que el único que importa es Marco Aurelio.
Una entrega previa de esta serie, vinculada después de este párrafo, sobre un caso en la diócesis de Izcalli, en el área metropolitana de la Ciudad de México, ofrece detalles sobre cómo los sacerdotes en México y América Latina juegan a ser detectives de “asuntos internos” para los crímenes de otros sacerdotes. Advertencia: ninguno es un Serpico con sotana.
Jerarquía del dolor
Los lectores deben ser conscientes de que el caso no es “complejo” por sí mismo. Es complejo por diseño, porque la Iglesia Católica, con el apoyo de consorcios mediáticos, ha creado una jerarquía del dolor donde las únicas “verdaderas víctimas” son los varones menores de edad, y cualquier otra víctima debe competir para ser digna de la condición de víctima.
En esas narrativas, si un niño es abusado, la inocencia ha sido violada. Si una mujer es abusada, se ha explotado su vulnerabilidad, aunque cuando son mujeres menores de edad, siempre corren el riesgo de ser la Lolita perversa, la Salomé tentadora dispuesta a destruir a un hombre poderoso.
Cuando un varón adulto dice ser víctima de abuso, casi siempre la narrativa dominante es de una masculinidad fallida de la víctima. Es una narrativa donde las mujeres y varones adultos, e incluso las adolescentes, deben probar que no tentaban o provocaban al sacerdote para transgredir el sexto mandamiento, que es donde, para el actual Derecho Canónico, está la “litis”, el asunto en cuestión.
Por ello, intoxicados en su propia teología, muchos sacerdotes piensan que las víctimas, sus familiares y amigos, y los medios que tratan este tema no son más que alborotadores, una molestia o algún tipo de dolor inmerecido que deben soportar como testimonio de la fe.
La teología católica y, más significativamente, las regulaciones canónicas católicas están todavía a kilómetros de reconocer el daño que los sacerdotes depredadores pueden infligir, desde Maciel hasta Renato Poblete, desde Felipe Berríos hasta Marko Rupnik; no importan sus preferencias políticas, para la óptica ciega del Derecho Canónico, cuando se trata de víctimas adultas los sacerdotes sólo son culpables de transgredir el sexto mandamiento.
Como narra el texto vinculado antes de este párrafo, Berríos y Rupnik, ebrios de “cambio ontológico”, siguen siendo sacerdotes incluso si ambos han sido expulsados por los jesuitas, mientras intentan desacreditar a sus víctimas o hacerse las víctimas de los medios o, como hacía Maciel, de “los comunistas”.
Hasta ahora, el caso de Protasio permanece estancado, empantanado, en el laberinto procesal del Derecho Canónico. Durante los últimos seis meses aproximadamente, la pelota ha estado en la cancha de la Iglesia Católica y, dada la ausencia de un defensor del pueblo u ombudsman católico o alguna otra figura capaz de garantizar los derechos de los fieles, sólo queda esperar a que el cardenal Carlos Aguiar Retes aproveche la oportunidad de diferenciarse realmente de su predecesor en algo más que el tono o las actitudes en público.
Es una oportunidad también para demostrar que hay alguna ventaja para las rígidas estructuras jerárquicas de la Iglesia Católica en comparación con las de las diferentes ramas de la Iglesia Ortodoxa.
El año pasado esta serie consideró el caso de John Metsopoulos, un exlegislador local en Connecticut que, después de tener una carrera relativamente exitosa en la política local de los Estados Unidos, vino a la Ciudad de México con la esperanza de ayudar a su Iglesia Ortodoxa Griega a crecer aquí. Ese texto, disponible antes de este párrafo, muestra cómo lo que encontró fue abuso, bancarrota y miseria.
Es el turno de los monseñores de la calle Durango 90, en la Roma mexicana, decidir si mantendrán como sacerdote a alguien que, si uno creyera en su interpretación de las Escrituras y la teología católica, debería ser removido inmediatamente del sacerdocio.
Incluso si Marco Aurelio fuera encontrado culpable sólo de incumplir sus votos y falta "al sexto", una interpretación cabal de las reformas de 2005 de Benedicto XVI debería implicar su inmediata reducción al estado laical, pues representa un riesgo para los fieles que, sin saber de sus prácticas, se acerquen a él en búsqueda de dirección espiritual.
Sólo el tiempo dirá si Marco Aurelio, el emperador de su propia parroquia, puede sacrificar con éxito el eslabón más débil de María Reina: Protasio, quien no es un junior rico de las mansiones de San Jerónimo Lídice ni el miembro de una familia de la comunidad estrechamente unida en la Unidad Independencia. A pesar de ser mexicano, es tan extranjero en María Reina como podría ser un argentino o un español. Habla el idioma, pero está lejos de casa.
Y antes de descalificar a Protasio comoo una "víctima imperfecta" valdría la pena pensar si podría confiar en Marco Aurelio cuando atraviesa por lo que el fraile carmelita Juan de la Cruz llamó la "noche obscura del alma".
Postdata
La última semana de marzo trajo nuevos desarrollos en la crisis del abuso sexual del clero. El viernes 27, en la diócesis de Albany, la capital del estado de Nueva York, el obispo finalmente pudo acordar un paquete de compensaciones de 148 millones para más de 400 víctimas en esa jurisdicción religiosa.
Quien piense que se trata de una suma enorme de dinero debería tener en cuenta que algunos de los sobrevivientes han estado litigando sus casos por más de 20 años, como se puede ver en la lista PDF, publicada originalmente por la diócesis de Albany en 2022, disponible después de este párrafo. La lista incluye los nombres de 59 sacerdotes o, en algunos casos ya laicizados, algunos de ellos ya finados. Un análisis muy básico de los datos demuestra que cada depredador en esa lista atacó al menos a siete víctimas, 7.33 si se quiere ser preciso.
La lista de clérigos con acusaciones creíbles de abuso en la diócesis de Albany, NY. Texto en inglés.
Ahí es donde el consenso de los informes ahora disponibles de Estados Unidos, Francia y Alemania parece converger, pero hay que tener en cuenta que, como demuestra el caso de Protasio, algunas víctimas deben enfrentar obstáculos más complejos que otras.
En Portugal, en un movimiento sorprendente, los obispos aceptaron entrar en un proceso similar al que ya existe en España para abordar los muchos casos de abuso sexual del clero allí.
En Francia, Jean-Michel Alain di Falco Léandri, obispo emérito de Gap-Embrun en el corazón católico del sur de Francia, fue obligado a pagar una indemnización por el abuso sexual de un varón menor de edad que se remonta a los setenta. El caso es relevante porque es un desarrollo relativamente nuevo en la ley francesa.
La sentencia no fue emitida por un tribunal penal, sino por uno civil, reflejo de desarrollos que han ocurrido durante la última década en California y Nueva York, donde las legislaturas en Sacramento y Albany han reconocido la necesidad de las llamadas ventanas retroactivas o lookback windows que permiten que los casos de abuso sexual ya prescritos bajo la ley penal puedan seguir un proceso civil que permite compensaciones para las víctimas como la anunciada en Albany.
El tribunal civil condenó al obispo emérito a pagar 200 mil euros como indemnización. Existe la expectativa de una apelación y el abogado de Di Falco Léandri ya criticó un fallo que es el primero para Francia y muchos otros países donde la prescripción de los delitos sigue siendo un obstáculo importante.
La noticia de Francia es especialmente relevante para muchos países latinoamericanos con sistemas de justicia y jurisprudencia copiados al carbón del código napoleónico francés y las teorías que apoyan ese entendimiento de la ley.
Finalmente, en Bolivia, dos de las 70 víctimas de un sacerdote jesuita español tratan de obligar al gobierno de ese país a reabrir su caso. Entregas anteriores de esta serie han revisado a los jesuitas acusados de abuso sexual a gran escala en Bolivia.
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Un resumen de este texto está disponible en audio después de este párrafo.
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Nota de producción: El texto del resumen, como el principal, fueron escritos y editados sólo por el autor. La grabación de la lectura del audio se hizo con una herramienta de texto-a-habla (Microsoft Word vía Web). La IA se usó sólo para generar la voz y no para la creación del contenido.