
Cinthya Alvarado Enriquez Viernes, 01 de Noviembre del 2024
Una migrante narra su historia de scrificio para llegar a los EEUU.
Por Cinthya Alvarado Enríquez.
Cuando se abrieron las fronteras para migrantes centroamericanos, viendo esa oportunidad, dije: “si no es ahora, no es nunca”, y me dio el ánimo de irme a los Estados Unidos a luchar por mis sueños, para tener algo.
—Pero no ibas sola.
—No, iba con mi hija de diez años, arriesgando la vida de mi hija, pero con el poder de Dios llegamos.
Esa travesía es dura. Nosotros venimos sufriendo desde que salimos de Nicaragua, porque fueron muchos días en espera de la persona que nos iba a llevar. Luego de haber llegado a Suchiate, nos llevó 10 días llegar hasta la frontera norte. Allá nos pusieron en un cuartito; éramos unas cien personas y estuvimos durmiendo sentados en el suelo, no podíamos acostarnos, aguantamos hambre.
-¿Sentiste miedo?
Mucho miedo. Tuve la intención de regresarme, pero a la vez yo decía: “tengo que luchar, tengo que seguir, de aquí voy a salir”. Yo me aferré a una esperanza y esa me mantuvo de pie ante la lucha.
-¿Antes de pasar, fue riesgoso?
Sí, bastante. Se metieron policías y nos amenazaron, nos sacaron todo, hasta el último centavo, y los mismos policías le quitaron el dinero al coyote. Tuvimos que volver a juntar algo; les quitaron 16 mil dólares, además de lo que nos quitaron a nosotros. Y después, la cuota que estábamos pagando, la misma policía de un lugar que se llama Miguel Alemán, en la frontera de Tamaulipas, llegó vestida de negro y encapuchada, nos quitó los teléfonos y todo el dinero. Luego, dejaron los teléfonos en un baño. Nos amenazaron con entregarnos a migración.
Como si fuéramos objetos
Nos movieron a otra bodega, así le llaman, como si fuéramos objetos. El día que nos iban a pasar nos advirtieron: “no se estén comunicando con nadie, hoy en la noche los vamos a pasar”. Era como a las 12 o 1 de la mañana.
Tuve un accidente ahí; en la orilla del río caí, quedé enredada de un pie en una raíz y mi cuerpo colgando. Mi cabello y la cabeza me los arrastraba el río. Mi hija me ayudó, me agarraba, pero no tenía fuerza. Ella gritaba y uno de los que nos estaba pasando se regresó y me jaló para arriba. Yo no sé cómo mi pie quedó enredado en esa raíz; estaba tan firmemente sujeta que me sostuvo, porque si no, me hubiera caído al río, que estaba súper alto.
Nos subieron a una balsa de neumáticos; éramos como veinte personas. Rapidísimo nos pasaron al otro lado. Cuando el agua nos llegaba a la rodilla, nos dijeron: “aviéntense”, teníamos que mojarnos y luego atravesar por un montarral. No cruzaron y dijeron: “váyanse, ya ustedes solos”. Para mí era como una película; íbamos mojados hasta la cintura de lodo y agua. Había viento, frío, y veías montones de personas corriendo y escondidas en los matorrales. Se escuchaban voces en lo oscuro de la noche: “es por aquí”, “no, es por allá”, hasta se peleaban, discutían o decían: “aquellos se fueron por allá, déjenlos que se los lleve…”
Pero yo parecía escuchar una voz que me decía: “vete por aquí, espera, sigue, vete por acá”. En ese tramo, muchos migrantes quedan detenidos por la Border Patrol. Se veía mucha ropa tirada, que iban dejando: zapatos, bolsas, mochilas. Éramos un grupo con otras dos familias de Guatemala, cuatro personas. A medio camino, me encontré con otra muchacha con tres niños: uno en la espalda, otro adelante, como con mochila y otro más en la mano, pero chiquitos. Le ayudé con uno de ellos.
Caminamos por dos horas, en ese frío con la ropa mojada y el miedo. Mi hija fue muy fuerte, nunca se paró, no dijo nada. Ella no tenía sueño, no decía que estaba cansada, nada; ella seguía con gran ánimo. —Dice, quebrándose la voz—: “Perdón, pero fue duro”.
Dios me puso una palabra que yo iba orando por todo el camino: que Dios me iba a dar la fuerza del búfalo, y no sé cómo, pero esa palabra iba en mi mente y yo oraba solo eso. No había nada, un montarral y un zancudero terrible. Nos dijeron: “no se detengan hasta que lleguen”. Llegamos a un lugar donde a lo lejos se oía una bocina, fulano de tal, y nombres que eran llamados. Nos acercamos y nos quedamos acurrucados en unos arbustos. Ahí nos acurrucamos y acostados en el suelo decíamos: “¿será migración? ¿Será donde uno se entrega?” Pero tardamos media hora y yo dije: “estos que están llamando es donde nos tenemos que entregar”. Y fuimos, entramos y era como un estadio donde había miles de migrantes. Había un gran bullicio y parecía como una película de zombis. Les llamaban por país para hacer filas, y eran interminables.
¿Qué me salvó a mí? Que cuando llegué, yo iba con COVID, y al llegar ahí se me cerró la garganta y yo no podía hablar, así que enseguida me trasladaron junto con otros que también iban enfermos y nos pusieron en un hotel. Nos aislaron; eran unos cinco buses de gente con COVID. Nos pusieron en un registro y nos dieron números. Fue una noche larguísima; desde que salimos de Miguel Alemán a las 12, y eran las 4:00 a.m. y seguíamos en proceso, picados de zancudos. Yo iba con mucha temperatura; sentí hasta que ya me llevaban al hotel, antes no sentía nada.
Irse de migrante no es fácil
Para empezar, depende de qué nacionalidad seas. Para los mexicanos siempre ha habido muy pocas oportunidades, porque México no tiene problemas graves, tiene una economía buena, puedes buscar trabajo, etc. Cuando yo viajé, el presidente Biden abrió un permiso especial para nicaragüenses, cubanos, venezolanos y haitianos por la situación de cada país. Teníamos tres opciones: el parole, que es tener a alguien viviendo allá que firme por ti y te reciba; dos, puedes aplicar para refugiado si reúnes los requisitos, o puedes pedir asilo; o buscar un abogado para gestionar la residencia, pero te cobra 7 mil dólares por persona. Yo tenía que renunciar a mi país y no podría viajar.
Una migrante con visión sacrificio y esfuerzo
En tres meses junté 14 mil dólares y, en lugar de gastar en un abogado y que apenas tocara la corte a ver si lo lograba (no era seguro), mejor compré una casa en Nicaragua. Nuestro personaje en entrevista, como verdadera guerrera, encontró trabajo de limpieza en un restaurante. Trabajaba 12 horas diarias y, como hay mucha movilidad, le ofrecieron dos turnos. Entraba a trabajar a las 7 a.m., se levantaba a las 5, a las 6 dejaba a su hija en la escuela primaria en 5to grado y regresaba a las 2 o 3 de la mañana.
Y a veces, en su día de descanso, la llamaban para limpiar una casa y, aunque estaba muerta de cansancio, decía: “son cien dólares, sí me aviento” y ahí estaba, puesta de pie. La incansable trabajadora internacional fue ascendiendo de puesto, pero a veces le tocaba limpiar en un turno y en otro cocinar: hacer miles de tortillas, preparar cuarenta kilos de carne enchilada, freír decenas de kilos de tortillas para los chilaquiles, estar más de 12 horas de pie, hasta que, después de poco más de cuatro años, logró ascender a manager del restaurante. Pero si faltaba alguien o si se necesitaba, de todos modos limpiaba, dejándolo todo limpio: el piso, los muebles, los baños, los trastes, los aparatos, para regresar a dormir a las 2 de la mañana.
¿Ya habías logrado mucho? ¿Ya estabas adaptada a esa vida, a esa cultura? Tu hija logró adaptarse a estudiar en una escuela donde el primer año le costó mucho porque no hablaba inglés. Ahora ya habla bien inglés, ya está en high school, ya tiene muchos amigos, y decides regresar. ¿Qué te hace volver a Nicaragua y dejar todo eso?
Por sentirme enferma y no tener apoyo allá; nadie te va a consentir a decirte "no trabajes y cúrate". No, allá, si te enfermas, tienes que pagar muy caro la atención médica. Me caí, me quemé, tengo cicatrices en los brazos y piernas, se me hinchaban los pies, se me adormecía la cara. Sí o sí tienes que tener tus 500 dólares por cualquier cosa, y tener la renta y todos los taxes. El seguro social, llamado La Red, aplicas y, si te aceptan, te dan la consulta gratis, pero las medicinas son carísimas. A mi hija la operaron de las anginas y me costó 11 mil dólares. Siempre enferma la niña, yo con antibióticos, hasta que empezó a convulsionar.
Por obra del Señor, logré comprar un terreno, dos casas, una camioneta y una máquina de tortillas que ya mandé a mi familia. También ahorraba y compré muchas cosas: ropa, zapatos, cosas de la casa y las mandé a mi familia. Así que ahora me regreso para hacer mi negocio. ¡En mi pueblo no hay tortillería y eso voy a hacer ahora!