El papa Francisco ordena investigar abusos sexuales en el Sodalicio de Perú

Rodolfo Soriano-Núñez

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El papa Francisco nombra al arzobispo Scicluna como responsable de investigar los abusos sexuales, como lo hizo en la Legión de Cristo.

Religión y vida pública: Scicluna empezará su tarea el martes 25 en Lima, donde recibirá a víctimas de abusos sexuales de Luis Fernando Figari y Germán Doig, fundadores de esa orden.

Por Rodolfo Soriano-Núñez

En las primeras horas de este viernes, en Roma, se informó que el papa Francisco ha ordenado realizar una nueva investigación de los abusos sexuales perpetrados en el Sodalicio de Vida Cristiana, una organización religiosa similar a la Legión de Cristo.

Poco después, desde Lima, Perú, se informó que será el arzobispo de Malta, nacido en Canadá, Charles Scicluna, quien realice la nueva investigación de lo ocurrido en esa orden religiosa.

El Sodalicio ya ha sido investigado previamente. El arzobispo emérito de Lima, Juan Luis Cipriani Thorné, dijo en repetidas ocasiones que los investigó canónicamente y exigió al menos en una ocasión en 2015 a los líderes del Sodalicio que "no protegieran" a Luis Fernando Figari, el fundador sobreviviente de esa organización. Más allá de eso, no se sabe qué ocurrió con las investigaciones que, en su condición de arzobispo de Lima debía hacer.

De hecho, en teoría, la justicia peruana abrió una investigación contra el propio Cipriani de la que, más allá de los encabezados de prensa que generó en 2016, no se sabe si resultó algo o no. Todavía en 2018, Cipriani insistió en que él ni había encubierto ni encubría en ese momento a Figari.

Lo que sí se sabe es que hay varios juicios promovidos en el sistema judicial peruano, pero lamentablemente la mayoría son contra los periodistas que han osado publicar información de lo que ocurrió ya desde los setenta del siglo pasado, cuando esa “orden” fue creada.

El Sodalicio no es una orden en estricto sentido, aunque sí tiene elementos que la hacen similar a una orden como los franciscanos o los jesuitas. No lo es, entre otras razones, porque sus dos principales líderes y fundadores, Luis Fernando Figari y Germán Doig (finado) nunca fueron sacerdotes. Es, más bien, una suerte de federación de órdenes y movimientos, con vínculos con empresas privadas y grupos políticos en Perú y otros países donde operan.

Eso los distingue de otros casos de depredadores sexuales que operan desde las estructuras de la Iglesia Católica, como la ya citada Legión de Cristo, como el Instituto del Verbo Encarnado de Argentina, al que ya he dedicado una entrega de esta serie con ocasión de la muerte de Carlos Miguel Buela, su fundador.

 

 

O como en el caso de la parroquia de Providencia, donde Fernando Karadima, cura de esa parroquia durante varias décadas, presidía una suerte de confraternidad de abusos sexuales, la mayoría de cuyos miembros eran sacerdotes de la arquidiócesis de Santiago de Chile y que fue tan exitosa que llegó a contar con cuatro, así llamados “obispos de Karadima”.

Esos cuatro obispos, que la Iglesia los reconoce como “sucesores de los apóstoles” fueron discípulos, víctimas, compañeros sexuales y eventualmente cómplices de los muchos abusos que perpetró Karadima, el cura chileno de origen griego en la que era una de las parroquias estéticamente más bellas de Santiago y de toda América del Sur.

De nuevo Scicluna

La referencia a lo que ocurrió en Chile con Karadima no es un desperdicio, pues a Lima, a investigar al Sodalicio de Vida Cristiana, Roma ha decidido enviar una vez más a la dupla encabezada por el arzobispo Scicluna, y el sacerdote español Jordi Bertomeu.

El diario La República celebra que se les envíe. Sin embargo, si uno revisa con cuidado lo hecho por Scicluna y Bertomeu durante la segunda visita de Scicluna a Chile, ocurrida luego del fallido viaje pastoral de papa Francisco que atestiguó calles vacías y el desesperado intento de la Santa Sede de maquillar lo que fue un viaje para el olvido, uno encontrará poco o nada.

Scicluna, a fuerza de tantas “visitas apostólicas” que ha encabezado a lo largo de las últimas tres décadas, ya tiene un método que le permite desahogar su trabajo bien en términos generales.

Efectivamente recaba información, pero esa información no se publica por completo. En 2018, por ejemplo, la prensa chilena informaba que Scicluna había entregado el 20 de marzo de 2018 su informe sobre su visita a Chile. Desde entonces, hasta donde me es posible saberlo, no ha habido algún anuncio que uno permita suponer que la crisis en Chile está próxima a resolverse. Es cierto, renunciaron los obispos en mayo de ese año, pero ninguno de esos obispos que renunciaron han recibido algún castigo, civil o canónico.

 

 

De hecho, luego de que se entregó ese informe otros casos han surgido, como el del jesuita Renato Poblete que demuestra, de nueva cuenta, que los depredadores no actúan solos. Dan forma o se integran a complejas redes dentro de cada orden o diócesis, que les permiten actuar con los márgenes de impunidad, tanto eclesiástica como civil con la que actúan.

Charles Scicluna saluda a Jaime Bertín, alcalde de Osorno el 17 de junio de 2018, en la catedral de esa ciudad. Foto del municipio de Osorno.

En ese sentido, aunque Scicluna concelebró en Osorno, Chile una muy emotiva "misa de reconciliación" con Bertomeu en la que, una vez más, las víctimas y quienes les acompañan en su dolor escucharon del pesar que les causa a los obispos en Roma lidiar con estos asuntos, a pesar de las reiteradas peticiones de disculpas y de las promesas de Scicluna y Bertomeu, nada se ha logrado.

Nada que no sea que miles de jóvenes chilenos abandonen la Iglesia Católica, como ha documentado la Universidad Católica de Chile, asunto que se abordó en una entrega previa de esta serie Religión y vida pública.

 

 

Los obispos chilenos, un poco antes de la visita de Scicluna presentaron su renuncia en bloque en mayo de 2018. El papa Francisco las aceptó en algunos casos.

Sin embargo, algunos como el cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa, uno de los principales responsables de la crisis pues era el superior de Karadima, se han retirado a la vida privada sin que quede registro de la manera en que manejó pobremente, por decir lo menos, las muchas denuncias que presentaron las víctimas de Karadima y otros sacerdotes, vinculados o no a la parroquia que Karadima presidía.

Y es cierto, Errázuriz sólo estuvo doce años en la arquidiócesis de Santiago, pero durante esos años hizo todo lo posible para encubrir a Karadima y, sobre todo, para encubrir a sus antecesores en el cargo que, durante muchos años, algunos consideramos que, desde los sesenta del siglo pasado, sabían de los abusos que ocurrían en la parroquia del barrio de Providencia y simplemente no actuaban.

Cuando Roma finalmente aceptó que Karadima efectivamente había abusado, Errázuriz y su sucesor, el italiano Ricardo Ezatti Andrello, se negaron a vigilar que Karadima cumpliera con el "castigo" que Benedicto XVI le había impuesto: no celebrar misas u otros sacramentos en público. Fue hasta que los laicos chilenos presionaron a la Iglesia, que eventualmente Karadima sería despojado de su condición de sacerdote.

En ese sentido, el entusiasmo con el que el diario La República anunció el envío de la comisión se antoja difícil de compartir. No sólo Scicluna y Bertomeu no han resuelto ninguno de los problemas que les fueron denunciados en esa visita.

Se supone que ellos dos debían ir a México a realizar una investigación similar sobre la Legión de Cristo. Es cierto, la pandemia se atravesó y hubo un cambio en la nunciatura apostólica en la Ciudad de México, pero ya podrían haber anunciado algo parecido al viaje a Lima para esclarecer los muchos abusos perpetrados en la Legión de Cristo en México y otros países y, sin embargo, irán primero a Perú.

Bertomeu se supone que estuvo recientemente en Bolivia, luego de que estalló la cloaca de los abusos en el Colegio Juan XXIII de la Compañía de Jesús en Cochabamba.

 

 

De eso, se sabe que Bernardo Mercado, el antropólogo y sacerdote que dirige a los jesuitas bolivianos ha cumplido con las diligencias que le marcan las autoridades civiles desde La Paz, pero no hay información de qué hizo o qué encontró Bertomeu en Bolivia.

Antes de estar en Bolivia, Bertomeu y el propio Scicluna habían viajado a Paraguay, donde el Consejo Episcopal Latinoamericano recientemente, en marzo de este año, celebró el segundo congreso dedicado a la protección de los menores en ambientes eclesiásticos, organizado por el  Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (CEPROME). 

En ese sentido, sería útil que dado que esta visita será parte del estreno de Victor Manuel Fernández, como nuevo responsable del Dicasterio de la Doctrina de la Fe, en Lima haya algo más que el cuento del depredador como lobo solitario que nos contó monseñor Scicluna cuando vino por primera vez a México, en 2005, tres años antes de la muerte de Marcial Maciel, cuando todavía no era obispo.

El abominable depredador solitario

Si se le tuviera que creer a los reportes que publicó la Santa Sede todavía durante el pontificado de Benedicto XVI, tanto Karadima como Maciel fueron muy hábiles narcisistas, depredadores, que según los papeles del Vaticano, actuaron en una suerte de vacío institucional.

Cuando se conocen las historias de las víctimas y sobre todo la manera en que los obispos hacen hasta lo imposible por desalentar el que se presenten las denuncias canónicas o civiles, esa idea del depredador sexual como un “lobo solitario” es imposible de creer.

 

 

En 2005, por ejemplo, Scicluna dijo que se había entrevistado con al menos 30 víctimas de Marcial Maciel. A pesar de ello, la versión oficial de los abusos de Maciel sigue siendo que él hacía todas las cosas que hacía solo, como un depredador solitario.

Es manera de “explicar” el problema del abuso sigue siendo usada en México hasta ahora. El caso más reciente en México lo ofrecen víctimas del estado de Puebla del sacerdote Gerardo Espinoza Rubí, quien apenas el miércoles fue liberado por un juez del estado de Puebla.  

La liberación ocurrió a pesar de las abrumadoras pruebas que existen desde 2021 del abuso perpetrado por Espinoza Rubí contra un menor residente en el municipio de Aquixtla, Puebla. De hecho, los pobladores de Aquixtla estuvieron a punto de linchar a Espinoza Rubí cuando se supo que había violado a un niño que le ayudaba como monaguillo.

Fue la madre del menor quien no quiso mancharse las manos y por eso Espinoza Rubí fue entregado a las autoridades que han terminado por liberarlo. De ello la madre del menor y quienes le ayudan en este asunto acusan directamente al actual arzobispo, José Víctor Manuel Valentín Sánchez Espinosa, el arzobispo de Puebla.

Sánchez Espinosa fue durante cinco años fue obispo auxiliar y mano derecha de Norberto Rivera Carrera en la arquidiócesis de México.

Como hacía Rivera con Maciel, Sánchez ha hecho todo por desalentar el que se presenten más denuncias y por presionar a quienes ya lo hicieron para que se desistan o se retracten de las acusaciones.

En esa lógica, sería deseable que Scicluna y Bertomeu ahora sí cumplan con realizar una investigación cabal, que no arroje como conclusión que Doig y Figari eran narcisistas peligrosísimos que, además de ser homosexuales, un argumento que todavía es usado como parte de las "explicaciones" que algunos miembros de la jerarquía católica ofrece del abuso a pesar de que, como lo reconoció recientemente Pietro Parolín, el secretario de Estado de la Santa Sede, no hay  evidencia de vínculos entre abuso sexual y homosexualidad, operaban en una suerte de vacío institucional.

De hecho, en el caso del Sodalicio de Vida Cristiana ese riesgo es mayor. Lo es porque Doig y Figari nunca fueron sacerdotes. Figari, el único de los dos fundadores del Sodalicio que sobrevive, es un “laico”. Un “laico” clericalizado pero sobre el que,por no ser sacerdote, la Iglesia tiene poco control.

En ese sentido, Scicluna y Bertomeu deberían tener claro que la historia de los abusos en el Sodalicio ya la conocemos. Paola Ugaz, entre otras valientes periodistas peruanas, han ofrecido a detalle la manera en que el abuso ocurría.

Sin embargo, por eso mismo, sabemos también que ni Doig ni Figari actuaban en un vacío institucional. Eso es lo que les permitía navegar las aguas de las burocracias públicas en los países en los que tenían actividades, así como las igualmente tormentosas aguas de la burocracia vaticana.

Como lo hicieron Maciel en México y Estados Unidos, Buela en Argentina y Karadima en Chile, los fundadores del Sodalicio urdieron densas redes en las estructuras institucionales de la Iglesia en Perú, en Brasil (donde tienen parroquias), en Estados Unidos, donde el arzobispo emérito de Filadelfia, Charles Chaput los puso al frente de obras cuando era arzobispo de Denver y luego, de nuevo, en Filadelfia.

También lo hizo el actual arzobispo de Los Ángeles, el mexicano José Horacio Gómez cuando era arzobispo de San Antonio, Texas, además de las que les han dado obispos en otros países de América Latina, e incluso de Europa.

 

 

En Perú mismo, el Sodalicio rápidamente logró que sus miembros fueran consagrados incluso como obispos, lo que les dio acceso a mayores recursos materiales y simbólicos de los que pudiera tener un laico común y corriente.

Esos recursos les permitieron construir una red de complicidades e impunidad con vínculos con la política, gracias a su relación con el alcalde de Lima, el numerario del Opus Dei, Rafael López Aliaga, entre otras figuras que van del campo de la política al de la religión y de regreso en el complejo mosaico que es la vida pública en Perú.

Gracias al escándalo actualmente en curso en Bolivia, sabemos que Mercado, el provincial jesuita allá, suspendio a todos sus antecesores en el cargo en la provincia boliviana de esa orden religiosa, pues sabían de los abusos que ocurrían en el Colegio Juan XXIII de Cochabamba. En ese sentido, no es posible insistir de nuevo en que sólo Doig y Figari sabían de los abusos perpetrados por Doig y Figari en el Sodalicio.

La República, informa que será el 25 de julio próximo, el martes de la próxima semana, cuando inicien las investigaciones. Por lo que se espera que en esta ocasión sí haya algo más que la fábula del "abominable depredador sexual solitario" que, hasta donde es posible decirlo, es la novela favorita de monseñor Scicluna.

También es esperable que el futuro cardenal Víctor Manuel Tucho Fernández, aproveche esta oportunidad, la primera que tendrá como responsable del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, para demostrar qué aprendió de la dolorosa experiencia que vivió con uno de los sacerdotes a su cargo cuando fue arzobispo de La Plata.